martes, 1 de mayo de 2018

La importancia de un milagro




Es día 1 de mayo. Hoy es el ciento un aniversario del nacimiento de Ismael Molinero Novillo, conocido por Ismael de Tomelloso. Se da por concluido el año que se inauguró el 1 de mayo de 2017, para conmemorar el centenario de su nacimiento. Cabe destacar como actos más significativos la peregrinación que la delegación de Zaragoza realizó los días 23 y 24 de mayo a la tumba de Ismael, para depositar una imagen de la Virgen del Pilar junta a la Cruz que la acompaña, y la exposición que tuvo lugar en Madrid, del 22 al 27 de septiembre, en la Basílica de la Milagrosa, y que concluyó con la Misa presidida por el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro.


El Señor nos ha regalado en estos trescientos sesenta y cinco días pasados la ilusión de ver en los altares  a este Siervo de Dios. El proceso de beatificación se acelelaría con el reconocimiento de un milagro ocurrido por su intercesión. Ese hecho extraordinario que da pie a la instrucción de un procedimiento para investigación y estudio está ya formalizado. Un prestigioso ginecólogo tomellosero se ha ofrecido voluntariamente para verificar y rubricar una vez revisada toda la información médica recopilada. Este es requisito previo para elevar todo el procedimiento a la Congregación para la Causa de los Santos. Dos peritos médicos, designados por la Congregación, hacen estudio detallado del caso, se discute por la Consulta médica (cinco médicos peritos) y posteriormente ocho teólogos estudian el nexo elaborado por la Consulta médica y la intercesión atribuida al Siervo de Dios. De continuar el procedimiento se llega a la siguiente fase, en la  que se designa un ponente entre los cardenales que componen la Congregación, y en sesión solemne los cardenales y obispos dan su veredicto. Caso de ser favorable, el Santo Padre aprueba el Decreto de Beatificación.

El hecho en sí, muchos lo conocéis, ocurrió aproximadamente hace un año y medio. Inesperadamente una joven madre sufrió un grave percance al final de su embarazo, donde su vida y la del bebé corrieron muy serio peligro. Se temió por sus vidas. Enterados los padres de la futura madre se desplazaron desde Albacete –lugar de residencia- hasta Tomelloso. Durante el trayecto el matrimonio rezó una estampa a Ismael para su curación. La madre y el niño percibieron una inesperada mejoría, se recuperaron sin secuelas, a pesar de que el bebé estuvo varios minutos sin recibir oxigeno al cerebro, circunstancia que suele ocasionar lesiones irreversibles.

En agosto del año pasado tuve ocasión de conocer personalmente a la madre y al niño, evidenciando un buen estado de salud. Vidas normales, como si nada hubiera pasado. En enero de este año, al término de la Asamblea General Ordinaria de la Asociación para la Causa de Canonización celebrada en Tomelloso, me acerqué a saludar a los abuelos. Antonio -así se llama el abuelo- tuvo el detalle de enseñarme una reciente foto del chaval en la que se le ve en perfecto estado. El niño sigue sometido a controles y revisiones periódicas con resultados positivos.

Con todo, lo más relevante para un cristiano no está en el reconocimiento público de un milagro, que ya es mucho, sino en la circunstancia más profunda de descubrir la cercanía de Dios, nada ajeno a las situaciones más dramáticas de sus criaturas. Dios es un Padre que se preocupa de sus hijos; la pena es que los hijos tienden a  no relacionarse con el Padre, pero no por ello nos desampara. La Providencia siempre está en todos los acontecimientos de la vida, grandes y pequeños, gozosos y tristes. Dios está presente en la vida cotidiana, en la tuya y en la mía. Es cuestión de pedirle discernimiento, querer tratarle para amarle.

Independientemente al pronunciamiento que con todo rigor establezca la Iglesia respecto a lo acontecido a esta madre y a su bebé, en cuestión de fe  nada deberá cambiar. Ni para esta familia ni para quienes guardamos devoción  al Siervo de Dios. Que la Iglesia no tenga la absoluta certeza de que el hecho ocurrido sea merecedor de considerarlo milagro, resalta el rigor con el que se estudian los casos, y la importancia que supone afirmar pública y oficialmente que una persona haya vivido ejemplarmente las virtudes cristianas entre los de su tiempo, dejando una huella imperecedera en esas generaciones y en las sucesivas, y pueda afirmar categoricamente que su alma goza ya en el Cielo. Dios marca los tiempos. Solo Él sabe cuando el joven tomellosero subirá a los altares, cuando podrá tenerse devoción pública y formar parte del elenco de santos. 


Lo que es una realidad admirable, es que los santos  son un regalo de Dios para pedir favores a través de ellos; y lo que es más importante, para que tratandóles e imitándoles  tengamos el convencimiento de que también nosotros estamos llamados a vivir la santidad. Así vivió Ismael. Este debe ser nuestro anhelo. El Papa Francisco nos invita a ello en su reciente Exhortación Apostólica Gaudete  et exultate

A todo esto: ¡felicidades, paisano!

Empezamos mayo, dedicado a María. Este video es una buena introducción para estar cerca de la Virgen, como estuvo Ismael.


domingo, 22 de abril de 2018

Caminando en la Pascua con Cleofás


Estamos en Pascua de Resurrección, un tiempo alegre para vivir y proclamar  que Cristo ha triunfado sobre la muerte. Tú y yo también podemos triunfar si nos mantenemos fieles a Él. Pasaremos por ella, pero para una vida nueva, una vida ya sin fin. No hay mejor proyecto para el alma, es un regalo de Dios para la tuya y la mía.

Los planes de Dios no eran los planes con los que soñaban quienes participaban de esa comitiva que acompañaba a Jesús a su llegada a la Ciudad Santa, o de quienes ponían sus mantos en el suelo y recortaban ramas de árboles y las echaban por el camino para recibir al Rey Mesias. No, esos no eran los planes de Dios. Es normal, por tanto, que desde que Cristo fue sepultado sus discípulos estuvieran decepcionados y temerosos de haber perdido al Maestro; la esperanza de instaurar el Reino había sucumbido con la misma suerte que las insurrecciones de unos pretendidos caudillos del pueblo judío. Israel no podría estar por encima de todas las naciones y vivir una paz tan buscada, sufrida y anhelada. Desconcierto y pesadumbre. Este era el sentir expresado por Cleofás cuando el Señor resucitado se aparece a él y a otro discípulo caminando hacia  Emaus: “Nosotros esperábamos que sería él –Jesús el Nazareno-  el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó”(Lc. 24,21).

Acogerse al sentir de Cleofás es humanamente lógico. A veces pensamos que Dios no nos hace caso, que desaparece de nuestras vidas sin importarle un ápice el presente que vivimos y el futuro que nos aguarda. Creemos todo lo que narran las Escrituras, pero la idea de un Dios cercano al hombre se pierde: “Es verdad que algunas mujeres de las nuestras nos sobresaltaron, porque fueron muy temprano al sepulcro y, al no encontrar su cuerpo, volvieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, los cuales dicen que él vive” (Lc. 24, 22-23). Pero la resurrección de Cristo no supone cambios sustanciales en nuestras vidas, vivimos cotidianamente pensando en las realidades de la tierra, como Cleofás. Cerramos la Semana Santa el domingo de Ramos a lo sumo, cuando no el mismo Viernes Santo, olvidando el quicio de nuestra fe.

Y, sin embargo, la gran esperanza de salvación y felicidad para la humanidad sigue siendo la misma:¡Cristo vive!. “Es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza de que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo” (1).

Muchos se lo pueden preguntar: ¿en qué Iglesia? ¿En un mundo convulso? ¿Dónde reconocerlo? Han pasado veintiún siglos y los ojos de la fe siempre se abrirán en un altar donde se esté celebrando una Misa: “Estando a la mesa con ellos, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se abrieron sus ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia”. (Lc. 30, 31). Cleofás y los discípulos que compartieron la mesa con Jesús aquella inolvidable tarde quedaron conmovidos, reconocieron que era él; esas palabras, esos gestos eran de la misma persona que celebró la Última Cena el Jueves Santo. Esa tarde se instituyó la Eucaristía, se celebró la primera Misa; un alarde divino de amor por los hombres: Dios delante del hombre para ser acogido en su alma.

Sí, Dios está en el mundo. El mismo Cristo que ha resucitado viene a nuestro encuentro bajo las especies de pan y vino durante la Misa, se queda en el alma de quienes le reciben para dar testimonio de la Buena Noticia: ¡Cristo vive! La Eucaristía es el Sacramento del Amor. “Esta por tanto es la gracia más grande: poder experimentar que la misa, la eucaristía, es el momento privilegiado de estar con Jesús, y, a través de Él, con Dios y con los hermanos” (2). No podemos encontrarlo en medio del mundo si antes no tenemos ese momento íntimo en la Comunión. Cuando Cleofás y su compañero descubren que han estado con Jesús corren a Jerusalén para contarlo a los Once. Y ellos le confirman lo que habían visto: “El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón” (Lc. 24, 33, 34). 


Este tiempo de Pascua puede ser una gran ocasión para plantearte tu asistencia a Misa. ¿Llevas años sin asistir?, ¿vas cuando te apetece?, ¿crees que es un rollo de curas y gente mayor? Puede que sea el momento para cambiar el concepto que tienes de ella. No te sorprendas si te cuento que hay muchas conversiones delante de un sagrario. Cuando la Iglesia recomienda asistir todos los domingos y días de precepto no lo hace para fastidiarte el domingo. Es para que participes de ese Sacramento de la fe, oración que pronuncia el sacerdote una vez que ha quedado consagrado el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y esto es un acontecimiento primordial para la vida del cristiano.

Es una opción que puedes plantearte. Ser el Cleofás taciturno, tristón y deseperanzado, o el discípulo desbordante de alegría que ha experimentado que ¡Cristo vive!

 El video del Papa Francisco para este mes puede resultar especialmente interesante para aquéllos que tienen relación directa con la economía. 






domingo, 8 de abril de 2018

En la Fiesta de la Divina Misericordia

Elena Kowalska nació el 25 de agosto de 1905 en Glogowiec (Polonia). Tercera de diez hermanos de una pobre familia campesina, sus padres -Mariana y Estanislao-,  le transmitieron la fe en Dios y el amor al prójimo. Movida por una inspiración interior ingresó el 1 de agosto de 1925 en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. El 30 de abril de 1926 recibió el hábito y pasó a llamarse sor María Faustina. El 1 de junio de 1933 hizo los votos perpetuos en Cracovia, el Jueves Santo de 1934 se ofreció por los pecadores, especialmente por quienes desconfiaban de la misericordia de Dios. Falleció de tuberculosis en el convento de la Congregación en Cracovia, el 5 de octubre de 1938. Fue beatificada por  san Juan Pablo II el 18 de abril de 1993 y canonizada por el papa polaco el 30 de abril de 2000. Esta es una síntesis de la biografía de quien se la conoce como apóstol de la Divina Misericordia.

Su confesor espiritual, el beato Padre MiguelSopocko, por inspiración del Señor, le mandó escribir el Diario conocido como La Divina Misericordia en mi alma, donde relata su vida interior, las vivencias, confidencias, visiones y otras gracias extraordinarias recibidas en las apariciones del Señor  como Jesús Misericordioso, para revelarle la misión de proclamar al mundo la devoción a la Divina Misericordia.

Esa imagen que tantas veces habrás visto donde Jesús aparece resplandeciente por la gloria de la Resurrección, con dos rayos –blanco y rojo, que simboliza el Agua que santifica a las almas y  la Sangre que les da la vida- que salen del costado que fue traspasado, proviene de la visión que tuvo y el deseo expreso del Señor de que se dibujara: “Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en ti confío (Diario, 47). Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de la Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49). “Deseo –le dijo Jesús- que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores” (Diario, 699).


El pintor Adolfo Hyla se ofreció a pintar la imagen como promesa por haber salvado su vida  en la Segunda Guerra Mundial. En la casa cracoviana de la Congregación se le dio una estampa del cuadro pintado por Estanislao Batowski en 1942, quemado en la insurrección de Varsovia, que le sirvió, junto con las indicaciones dadas por Santa Faustina para pintar el definitivo cuadro, que concluyó en 1943.

San Juan Pablo II consideró que la principal tarea de su pontificado era predicar y exhortar a acudir a la Misericordia Divina. Por tres veces peregrinó al Santuario del Amor Misericordioso deCollevalenza para fortalecer su Mensaje. La segunda y principal encíclica, Dives in Misericordia, está dedicada a profundizar en ese amor misericordioso de Dios por los hombres. El mismo día de la canonización de santa Faustina instituyó la fiesta para el segundo domingo de Pascua. 




Misericordia es una palabra que proviene del latín, y está formada por miser (miserable, desdichado), cor, cordis  (corazón) y el sufijo -ia, que significa capacidad de sentir la desdicha de los demás. Un corazón apartado de Dios, aunque no de señales, es un corazón infortunado porque no vive para disfrutar del amor para el que ha sido hecho. De cómo tú corazón se sienta con respecto a Dios, así se sentirá con respecto al prójimo. "Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y le hace sensible a las necesidades de los hermanos, a través del compartir y de la participación" (1). Buena ocasión es este tiempo de Pascua para que repases cómo están los sentimientos y afectos con las personas que conoces y tratas, principalmente las que pueden pasar por diferentes necesidades.

Hoy cerramos el post con el trailer oficial de la película Faustina, Apóstol de la Divina Misericordia, que solamente en este día puedes ver gratis en internet. Este es el enlace: https://www.aciprensa.com/noticias/quieres-ver-gratis-el-film-faustina-apostol-de-la-divina-misericordia-te-decimos-como-33413 ¡Aprovecha!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

(1) Papa Francisco, Regina Coeli (27 d abril de 2017)


miércoles, 28 de marzo de 2018

El primer Domingo de Ramos




Como muy bien sabes la Semana Santa comienza con la llamada entrada triunfal del Señor en Jerusalén, lo que celebramos como el Domingo de Ramos. Nos centramos en contemplar los misterios de la pasión y resurrección del Señor, que son los centrales y fundamentales de esta Semana grande para los cristianos, pero poco tenemos en cuenta la llegada de Jesús a Jerusalén entre vítores y aclamaciones. La multitud extendió sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: “¡Viva el Hijo de David!”, “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”, “¡Viva el Altísimo!” (Mt. 21, 1-11). Nadie pensaba que cinco días después sería acusado de blasfemo, colgado en un madero, entre burlas e ironías -no sabemos si muchos o pocos- de los mismos que le habían aclamado.

Pero volvemos al principio. Llegaba Jesús, el profeta de Nazaret, como le llamaba la gente que le acompañaba, a la ciudad santa, repleta de gente por la concurrencia en esas fechas de peregrinos para celebrar la  Pascua judía.  Entre los presentes  estarían muchos de los que alimentó en la multiplicación de panes y peces, a los que curó de diversas enfermedades, a tantos que cambió el corazón con el Sermón de la Montaña. Los niños le rodearían sin dejarle avanzar para recibir abrazos y sonrisas por parte de quien con tanta simpatía les trataba: Dejar que los niños se acerquen a mí, les dijo en una ocasión a los Apóstoles cuando trataban de separarlos del Maestro. Después del efusivo recibimiento,   Jesús marchó a Betania, a casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro, a quien había resucitado cuando llevaba ya tres días muerto. Semejante acontecimiento avivó más la pasión de recibir a tan ilustre peregrino.

Los activistas contra al invasor romano veían en la figura de Jesús a un caudillo para
movilizar a la población. Ciertamente que las autoridades políticas y religiosas no estaban muy convencidas; el sumo sacerdote Caifás ya había instruido al Sanedrín, refiriéndose al futuro del Señor: “Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera” (Jn. 11,50). Pero una insurrección popular encabezada ideológicamente por el Profeta, al que muchos ya empezaban a considerar el Mesias, terminaría por encauzar sentimientos entre poder religioso, político y popular para restituir la libertad al pueblo judio.  Era la ocasión esperada desde la huída de Egipto para volver a ser Israel una nación soberana y poderosa, temida por otros pueblos, como lo fue bajo el reinado del rey David. No había dudas: Jesús era el enviado por Dios para convertir al pueblo judío en dueño de sus destino.


Todo encajaba a la perfección.  Dios adaptado a las necesidades del hombre. No voy a descubrir nada que no sea evidente: la fe de muchos cristianos se sostiene en esa oración de petición para que Dios nos alcance aquello que le pedimos. Tampoco descubrimos nada oculto si reconocemos que muchos han perdido la fe porque sus deseos no se han visto cumplidos. En momentos de desolación puede preferirse encontrar antes la lámpara de Aladino que a Dios en nuestra historia personal. Al menos -piensan-, tres deseos estarían realizados.  Es una relación de utilitarismo. Como Dios no me hace caso, rompo, como si quien saliera perdiendo fuese el Omnipotente. Esa idea podría ser la que empezó a hacer mella en Judas. Se sentiría defraudado porque el tiempo corría y no veía al Maestro capaz de identificarse con las inquietudes terrenas de sus compatriotas. O, tal vez,  estaba pensando en traicionarlo por no conseguir prebendas después de recorrer tantos caminos acompañando al Señor. Poca recompensa para tanto esfuerzo personal.


Elevar nuestras súplicas a Dios es aconsejable y loable para un cristiano. Jesucristo, en Getsemaní, angustiado y entristecido –para entender bien esta reacción tenemos que recordar su naturaleza humana-, tuvo esa oración con el Padre para pedirle apartar el cáliz de la pasión y muerte que iba a beber: Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt. 26, 42).  


Esta es la disyuntiva para un cristiano. Adaptar la voluntad de Dios a la de uno mismo, o pedir a Dios, que es i Padre,  buscar siempre hacer lo que nos pida sabiendo que todo será para bien.  Si Jesucristo se hubiera dejado llevar por las pretensiones humanas en lugar de las divinas, no existiría la Semana Santa. Recordaríamos entristecidos el final  en la tierra del profeta de Nazaret, pasando a la historia como un personaje más que murió injustamente de manera cruel. Y lo que es peor: no tendríamos esperanza de salvación. Con razón podemos repetir con fervor la oración que abre la meditación en cada estación del Vía Crucis: te adoramos, Cristo, y te bendecimos que por Tu Santa Cruz redimiste al mundo.

El Papa Francisco tiene el detalle de explicarnos en este video el sentido del Triduo Pascual, los días esenciales de la Semana Santa.



domingo, 18 de marzo de 2018

El peor de los enemigos



Lo reseñé al final del último post publicado y aquí estoy dispuesto a tratar sobre el peor enemigo que ha tenido, tiene y tendrá la humanidad. Y ahí, estamos incluidos todos, tú y yo también. Aunque no debemos darle un excesivo protagonismo, bien es verdad que le hacemos el juego sucio si le dejamos pasar inadvertido, como si no existiese;  porque cuanto menos se habla de él más eficaz es su labor. Peor aún es, si cabe, que lo poco que se le menciona sea para tenerle por ser travieso y simpatiquillo, inofensivo para el común de los mortales. Por si todavía no has caído quien es el personaje, ya es el momento de que lo sepas.  Me estoy refiriendo al Diablo.

En el Nuevo Testamento de la Vulgata se le conoce por Satán (satanás, en griego acosador o calumniador), en principio un ángel bueno como todos los creados por Dios. San Agustín nos dice que “el diablo estuvo en la verdad, pero no perseveró. Su defecto no estuvo en su naturaleza, sino en su voluntad”. Tertuliano en su obra “De Patientiarelata que "el diablo se dejó vencer por la impaciencia cuando Dios decidió hacer al hombre a su imagen y semejanza”. . Empujó a otros a su causa y así surgieron más espíritus malignos llamados demonios. A ellos se refirió el Concilio de Letrán, celebrado el año 1215: “El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos”. Las fuentes están entresacadas de las tradiciones judías, que atestiguan que la insumisión de los ángeles rebeldes se produjo a consecuencia de que  hombres y mujeres por acción generosa del Creador fuimos hechos a su imagen y semejanza, por lo que no aceptaron seguir sirviendo a Dios. Pudo más la envidia y la soberbia. Desde entonces, el infierno es morada del diablo y demonios con el objetivo de tentar al hombre para apartarlo de Dios.

La evidencia de estos espíritus malignos no es producto de mentes temerosas, oscurantistas, cristianos que viven en la burbuja del miedo y del temor a pecar. En absoluto. Fíjate quien hace referencia a ellos: “Y pensar que han querido hacernos creer que el diablo fuese un mito, una figura, una idea, la idea del mal. El diablo existe y nosotros tenemos que luchar contra él. La Palabra de Dios lo dice; sin embargo parece que nosotros no estamos muy convencidos de esta realidad”(1).

El ángel caído –como también se le llama- y sus huestes no excluye a persona alguna de sus objetivos. El mismo Jesucristo fue tentado en el desierto (Mt. 4, 1-14). Por ser  limitado no era capaz de comprender que el Hijo de Dios mostrara debilidad propia de la naturaleza humana. Y le tienta –seguro que lo recuerdas- con tres proposiciones: convertir en pan las piedras, tirarse desde el pináculo del Templo de Jerusalén y ofrecimiento de poder.

Después de ayunar el Señor durante cuarenta días el Diablo le ofrece pasar de tener hambre a reconfortar el estómago con pan fácil de obtener. Basta un milagro. La pregunta para examinarte tú y yo de una tentación parecida puede muy bien ir por aquí: ¿ Pasamos hambre tú y yo? No hambre por no percibir alimentos. Es otro tipo de apetito. ¿Somos capaces de poner barreras a nuestras pretensiones? ¿O caemos fácilmente en el afán de dar cumplida cuenta de esas necesidades ficticias que nos creamos? Piensa las veces que dices no a caprichos, a dar respuesta contraria a los dictados del cuerpo, a esos  influjos radiantes que entran continuamente por los ojos. Virtud de la sobriedad a tratar.



El demonio, que es vanidoso de por sí, le gusta que le halaguen. Fíjate la aparatosidad de la segunda tentación: tirarse desde la máxima altura del Templo de Jerusalén. Imagínate que vas por la calle, de repente te das cuenta que alguien va a tirarse desde la terraza de un piso –ponle tú la altura-. ¡Suicidio a la vista! ¡Pues no! Ves como pone los pies en el suelo por sus propios medios. ¡Ha salvado la vida! ¡Ha nacido un superhombre! ¿Quién no iría detrás de semejante tipo? Orgullo, vanidad. A ti y a mí nos gustan que nos halaguen, no me digas que no. ¡A quién no le gusta convertirse y ser centro de atención! O más bien querer convertirse, porque esa es otra, luego vienen las decepciones cuando experimentamos que no hacemos mella en los demás, que pasamos inadvertidos. Llega el desaliento y la crispación. O no valemos para nada, o los demás son unos necios que no aprecian el valor de nuestros actos. Virtud de la discreción a tratar.



Y la tercera tentación. El Diablo, que no tiene vienes en propiedad porque nada ha creado, ofrece a Jesús todos los reinos del mundo con la condición de postrarse ante él. Es el rey de la mentira. Codicia, ambición, ansias de poder y dominio son estrategias que mete en el corazón del hombre para prometerle un paraíso de felicidad en la tierra. Los frutos no tardan en recibirse. Desolación, tristeza, desesperación, vacío existencial, este es el salario que percibimos cuando nos dejamos llevar por la avaricia, sin otra pretensión que el tener . Caemos, irremisiblemente, en el engaño  más absoluto. Humildad, esta es la principal de las virtudes.


A decir verdad, para convencerte de la realidad del demonio hubiera bastado aconsejarte que empezaras por rezar el Padrenuestro por el final, una oración, sabrás, que fue la que dejó Jesucristo a sus Apóstoles cuando éstos le pidieron que les enseñara a orar (Lc. 11, 1-4). Hay una petición para que nos libre Dios de un mal, ¿no es así? Y para que no nos deje caer de una tentación. ¿Caes en la cuenta a quien se está refiriendo? No se está refiriendo al mal como enfermedad, a una inestabilidad económica o laboral, a una frustración sentimental o cualquier otro contratiempo que se presente en la vida. De quien quiere librarnos es del Maligno, de quien busca destruir los resortes morales de la persona para dirigirla a su antojo y despeñarla por la tristeza y desesperanza.  La gracia de Dios no nos faltará. Para esto precisamente se dejó tentar Jesús, para mostrarnos que siempre Dios puede más.

Del futuro de las almas nada prometen los demonios.  Dios ofrece el Cielo. ¿Y ellos? No está dentro del programa de marketing para futuros clientes informar acerca del futuro de las almas cautivadas por sus embustes. La publicidad engañosa es reserva de estrategia comercial. De ese espacio reservado que esconden ya hablaremos en otra ocasión. No obstante, quédate con la realidad hermosa para este final de Cuaresma, a punto de comenzar la Semana Santa, que eres hijo querido de Dios y que está empeñado en que seas feliz en la tierra y en el Cielo.

Y una sugerencia final. Encomiendate a la Virgen Santísima y al Arcángel San Miguel. A la Madre de Dios, que es la tuya, no la soporta; y con el Árcangel no puede.

Primer post de mes y, por tanto, vídeo del Papa Francisco con las intenciones de este mes. Con él te dejo. Puede servirte de mucho.


(1)  Papa Francisco. Meditación 30 de octubre de 2014.


domingo, 25 de febrero de 2018

Cuaresma: dos muros a derribar



Decía san Doroteo que “un muro de separación entre el hombre y Dios” solo puede ser destruido con la humildad. El principio de la Cuaresma siempre  hace plantearnos la relación con Dios. Los Miércoles de Ceniza se comprueba fácilmente la mayor asistencia de fieles en las Misas para recibir la imposición de la ceniza. Ponerse delante de un sacerdote, inclinar la cabeza y escuchar mientras se nos hace la señal de la cruz  “convertíos y creed en el Evangelio” o “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, es ya una manera humilde de reconocer nuestras miserias. Es una buena acción no obligatoria, pero sí recomendada para plantearnos que la conversión es el principal objetivo de este tiempo litúrgico en el que la Iglesia nos invita a participar plenamente. 

La Cuaresma pretende prepararnos para vivir con hondo sentido participativo, sobre todo espiritualmente, el significado de la Semana Santa. Un texto que te puede ayudar mucho  es el Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este año. Con el tema “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría” (Mt. 24,12) el Santo Padre enfatiza sobre los falsos profetas a los que llama “encantadores de serpientes”, “charlatanes”, “estafadores”, entendiendo por falsos profetas quienes propugnan por diferentes medios y métodos  unos modos de vida con nocivos efectos secundarios. Porque no hay peor efecto que hacer creer a una sociedad que el bienestar humano y espiritual se consigue alcanzando bienes materiales o por placeres momentáneos. La felicidad, aquella que colma todas las necesidades del corazón del hombre, es la que trajo Jesucristo con el ofrecimiento de su vida para la salvación del mundo.

Desarraigados de Dios, hay otro muro que construimos que conduce a un aislamiento del prójimo, a fomentar indiferencias, generando animadversiones que abren la puerta a odios que ponen en peligro la convivencia pacífica con los demás. Todo a consecuencia de abandonar la fuente del amor que es Dios, a creer que nuestras conductas siempre son acertadas, y que la responsabilidad  de todo el mal que acontece es siempre del otro. Recuerda el título del mensaje del Papa, es más, te diría que lo pienses y lo repitas las veces que puedas a lo largo de los días que restan de Cuaresma: “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”. No cedas a la tentación que el mundo ofrece de formar parte de esa mayoría. Dios es quien calienta tu corazón, quien lo puede llenar de caridad para darla a los demás. Si Cristo padeció,  si crucificado perdonó a sus verdugos e intercedió por ellos ante el Padre, es para que tu corazón y el mío sea capaz de perdonar, de querer incluso a quienes nos hacen daño, y no porque se hagan dignos de ser queridos, sino porque tú yo seremos los principales beneficiados al cerrar el corazón al odio y al rencor.

Para derribar muros se necesita del instrumental adecuado. Por nosotros mismos no podemos destrozar la dura piedra, es preciso acometer el derribo con la herramienta adecuada.  En el Sacramento de la Confesión tenemos el principal arma. Si queremos perdonar tenemos que reconocer que también ofendemos. Con la Confesión no solo limpiamos el alma sino que la fortalecemos para luchar por no caer en lo que más nos cuesta.

Y siempre busca a la mejor aliada, como en todos los casos, la Virgen. Ella supo estar cerca de Jesús con un corazón abierto al perdón. Pídele todos los días salir de casa con una buena dosis de Avemarías o Acordaos en la hendidura de tu corazón,  para que cuando surja el sentimiento de la antipatía o animadversión  hacia el prójimo, las reces para librarte del mal y de paso hacer una obra de misericordia con el ofensor. Así estarás más cerca de Jesucristo en la Semana Santa  y esperarás con mayor gozo el Domingo de Resurrección. Y de paso habrás ganado la batalla al enemigo, del que daremos cuenta en el próximo post.

Este video te da unas cuantas recomendaciones para la Cuaresma. Muy útil para los aficionados a coger el coche y ponerse en ruta. 



domingo, 4 de febrero de 2018

Cien post y un aniversario



Me vais a permitir en este primer post – en castellano, texto escrito que se publica en internet, foros, redes sociales o blogs, como es este- de 2018 centrar parte del mismo en mi propia persona. Hay una satisfacción personal y un aniversario de por medio.

El 30/05/2011 publiqué mi primer post y este es, precisamente, el número… ¡100! Si quieres indagar sobre la motivación que me impulsó a tomar esta iniciativa te invito a que leas el post Vale la Pena con el que inicié este Canto del Sol Inagotable, título, te lo recuerdo, que lleva el mismo nombre que una de las poesías que componen Amore Infinito, un trabajo discográfico de Plácido Domingo inspirado en poesías compuestas en su juventud por Karol Wojtyla, que lanzó en 2008.   De todas formas te anticipo la idea: “Los cristianos estamos obligados a utilizar los mejores medios de comunicación a nuestro alcance en cada época para difundir el Evangelio de Cristo”. El consejo fue dado por san Juan Pablo II. 

En  2011 se cumplieron treinta años del atentado perpetrado contra su persona. Era un buen año para empezar la aventura, con este santo patrono al que me encomiendo cuando escribo y publico. Además, hubo un hecho altamente significativo el año anterior para mi vida que me indujo, como muestra de agradecimiento a Dios, a involucrarme fielmente en esta tarea. Han pasado casi seis años y medio, vamos ya camino de los siete, y el ánimo está intacto. Las visitas aumentan desde diversos países y es un aliciente para seguir con la misma idea, con el mismo estilo y, sobre todo, con la misma ilusión del primer post. La puerta de este blog sigue estando abierta de par en par para ti, a la vez que también  abro la de mi alma para examinar si vivo lo que escribo. Porque todos tenemos flaquezas que superar, luchas –contra uno mismo, contra el mundo y contra el demonio- que hay que afrontar que pelear y, ¡cómo no!, victorias que hay que saborear.

Y ahora voy con el aniversario.  He esperado a publicar el post número 100 para destacar uno de los principales acontecimientos de mi vida.  El 28 de agosto de 1992 Marimar y yo fuimos una de las 217.512 parejas que contrajimos matrimonio. Salen las cuentas: ¡estamos en el año de las bodas de plata! Mientras en España tuvieron lugar acontecimientos tan importantes como las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, con gran repercusión a nivel nacional e internacional, para mi novia y yo el acontecimiento más trascendental para nuestras vidas tuvo lugar el mencionado día, en la Basílica Pontificia de San Miguel, en Madrid, evento que no trascendió más que para nosotros, nuestras familias y nuestros amigos. Fruto de ese matrimonio, somos padres de dos hijas, Elena y Alicia.

Dando un repaso a las estadística en este cuarto de siglo quienes apostamos por el modelo de convivencia tradicional no podemos sentirnos muy reconfortados. El número de matrimonios ha descendido hasta llegar a los 171.023, una quinta parte menos  de los que solo el 22% de los matrimonios se hacen por el rito católico. En España en los últimos quince años los divorcios se han triplicado (de 37.586 en 2001 a 114.019 en 2016). Es decir, que de cada diez matrimonios casi siete fracasan en el empeño de ser felices. No son buenas cifras para la institución familiar tan básica para el futuro de la sociedad, tan bien expresado por san Juan Pablo II: “El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad”(1).

Agradezco a Dios no estar dentro de esas cifras que generan infelicidad, crispación y, cuando menos, separaciones cuyos principales perjudicados son los hijos. Durante estos veinticinco años el Señor me ha tendido muchas manos sin cansarse, ha consolidado mi matrimonio con un  pilar sólido como es mi esposa y dos anclas bien amarradas que son nuestras hijas. Se han vivido tiempos confortables, otros difíciles y comprometidos por diferentes cuestiones; nada extraño en una relación prolongada.  Buena razón llevaban esos esposos que celebraban sus bodas de oro,  cuando en una entrevista que leí hace años afirmaban que el día que se casaron entraron a la iglesia dos –en clara referencia a ellos- y salieron tres. Y es así, o así debería de ser por una razón que muchos futuros esposos debieran tener en cuenta a la hora de contraer nupcias: el sacramento del matrimonio confiere una gracia específica para vivir las virtudes humanas y cristianas en la convivencia conyugal. Así es como se forjan matrimonios felices y estables, en las alegrías y en las tristezas, en esas pruebas de la vida a las que el Papa Francisco se refería en la bendición apostólica que recibimos por nuestro 25 aniversario.

Para poner broche final a este post número 100, y porque creo que más que un convencionalismo social es un regalo que Dios ha hecho a hombres y mujeres, no sin antes  mostrar mi respecto a todas esas parejas casadas en ceremonia civil, a esas parejas sin papeles –así llamo a aquéllas que prefieren convivir sin ningún reconocimiento legal, porque ellos mismos piensan que “para vivir juntos no se necesitan firmar documentos”-, a los esposos que que tristemente han visto frustradas sus expectativas de felicidad, reivindico el matrimonio por la Iglesia porque “los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar de moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar” (2).

Precisamente cierro este post con el vídeo mensual que recoge la intención del Papa Francisco. Es de lo más actual. 

Te espero en el siguiente post. Ya habré enterrado el ego y me dedicaré a no escribir sobre mí. Lo garantizo al menos hasta el número 200.

Y gracias a Marimar, a Elena y a Alicia por aguantar a un marido y a un padre cansino donde los haya. Y por dejarme tiempo libre para que tú sigas aguantándome desde esta parcelita colgada en el multitudinario mundo de internet. 

Sigo contando contigo.