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domingo, 4 de febrero de 2018

Cien post y un aniversario



Me vais a permitir en este primer post – en castellano, texto escrito que se publica en internet, foros, redes sociales o blogs, como es este- de 2018 centrar parte del mismo en mi propia persona. Hay una satisfacción personal y un aniversario de por medio.

El 30/05/2011 publiqué mi primer post y este es, precisamente, el número… ¡100! Si quieres indagar sobre la motivación que me impulsó a tomar esta iniciativa te invito a que leas el post Vale la Pena con el que inicié este Canto del Sol Inagotable, título, te lo recuerdo, que lleva el mismo nombre que una de las poesías que componen Amore Infinito, un trabajo discográfico de Plácido Domingo inspirado en poesías compuestas en su juventud por Karol Wojtyla, que lanzó en 2008.   De todas formas te anticipo la idea: “Los cristianos estamos obligados a utilizar los mejores medios de comunicación a nuestro alcance en cada época para difundir el Evangelio de Cristo”. El consejo fue dado por san Juan Pablo II. 

En  2011 se cumplieron treinta años del atentado perpetrado contra su persona. Era un buen año para empezar la aventura, con este santo patrono al que me encomiendo cuando escribo y publico. Además, hubo un hecho altamente significativo el año anterior para mi vida que me indujo, como muestra de agradecimiento a Dios, a involucrarme fielmente en esta tarea. Han pasado casi seis años y medio, vamos ya camino de los siete, y el ánimo está intacto. Las visitas aumentan desde diversos países y es un aliciente para seguir con la misma idea, con el mismo estilo y, sobre todo, con la misma ilusión del primer post. La puerta de este blog sigue estando abierta de par en par para ti, a la vez que también  abro la de mi alma para examinar si vivo lo que escribo. Porque todos tenemos flaquezas que superar, luchas –contra uno mismo, contra el mundo y contra el demonio- que hay que afrontar que pelear y, ¡cómo no!, victorias que hay que saborear.

Y ahora voy con el aniversario.  He esperado a publicar el post número 100 para destacar uno de los principales acontecimientos de mi vida.  El 28 de agosto de 1992 Marimar y yo fuimos una de las 217.512 parejas que contrajimos matrimonio. Salen las cuentas: ¡estamos en el año de las bodas de plata! Mientras en España tuvieron lugar acontecimientos tan importantes como las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, con gran repercusión a nivel nacional e internacional, para mi novia y yo el acontecimiento más trascendental para nuestras vidas tuvo lugar el mencionado día, en la Basílica Pontificia de San Miguel, en Madrid, evento que no trascendió más que para nosotros, nuestras familias y nuestros amigos. Fruto de ese matrimonio, somos padres de dos hijas, Elena y Alicia.

Dando un repaso a las estadística en este cuarto de siglo quienes apostamos por el modelo de convivencia tradicional no podemos sentirnos muy reconfortados. El número de matrimonios ha descendido hasta llegar a los 171.023, una quinta parte menos  de los que solo el 22% de los matrimonios se hacen por el rito católico. En España en los últimos quince años los divorcios se han triplicado (de 37.586 en 2001 a 114.019 en 2016). Es decir, que de cada diez matrimonios casi siete fracasan en el empeño de ser felices. No son buenas cifras para la institución familiar tan básica para el futuro de la sociedad, tan bien expresado por san Juan Pablo II: “El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad”(1).

Agradezco a Dios no estar dentro de esas cifras que generan infelicidad, crispación y, cuando menos, separaciones cuyos principales perjudicados son los hijos. Durante estos veinticinco años el Señor me ha tendido muchas manos sin cansarse, ha consolidado mi matrimonio con un  pilar sólido como es mi esposa y dos anclas bien amarradas que son nuestras hijas. Se han vivido tiempos confortables, otros difíciles y comprometidos por diferentes cuestiones; nada extraño en una relación prolongada.  Buena razón llevaban esos esposos que celebraban sus bodas de oro,  cuando en una entrevista que leí hace años afirmaban que el día que se casaron entraron a la iglesia dos –en clara referencia a ellos- y salieron tres. Y es así, o así debería de ser por una razón que muchos futuros esposos debieran tener en cuenta a la hora de contraer nupcias: el sacramento del matrimonio confiere una gracia específica para vivir las virtudes humanas y cristianas en la convivencia conyugal. Así es como se forjan matrimonios felices y estables, en las alegrías y en las tristezas, en esas pruebas de la vida a las que el Papa Francisco se refería en la bendición apostólica que recibimos por nuestro 25 aniversario.

Para poner broche final a este post número 100, y porque creo que más que un convencionalismo social es un regalo que Dios ha hecho a hombres y mujeres, no sin antes  mostrar mi respecto a todas esas parejas casadas en ceremonia civil, a esas parejas sin papeles –así llamo a aquéllas que prefieren convivir sin ningún reconocimiento legal, porque ellos mismos piensan que “para vivir juntos no se necesitan firmar documentos”-, a los esposos que que tristemente han visto frustradas sus expectativas de felicidad, reivindico el matrimonio por la Iglesia porque “los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar de moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar” (2).

Precisamente cierro este post con el vídeo mensual que recoge la intención del Papa Francisco. Es de lo más actual. 

Te espero en el siguiente post. Ya habré enterrado el ego y me dedicaré a no escribir sobre mí. Lo garantizo al menos hasta el número 200.

Y gracias a Marimar, a Elena y a Alicia por aguantar a un marido y a un padre cansino donde los haya. Y por dejarme tiempo libre para que tú sigas aguantándome desde esta parcelita colgada en el multitudinario mundo de internet. 

Sigo contando contigo.


miércoles, 24 de octubre de 2012

La perla del amor: el matrimonio

Este post va dedicado a vosotros, Vanesa y Jorge, que dentro de pocos días vais a contraer matrimonio. El título no me diréis que no es precioso. Sin embargo, con total sinceridad, os anticipo que no se me ha ocurrido a mí, está sacado de un artículo de José Manuel Mañú Noain, profesor navarro. La mayoría de las citas están obtenidas de esas reflexiones, que me han llegado a través del colegio de vuestras primas.
Empiezo recordando una primera fecha: sábado, 25 de febrero de 2012. Primer día de un fin de semana aparentemente intrascendente, uno más en los comienzos de este año. Sin embargo, para vosotros no lo es tanto: anunciáis que os vais a casar. Una grandísima noticia. A mí, novia, ya me das un encargo: tengo que prepararte un discurso para hablar delante de los invitados el día de la boda. Me huele a boda de las modernas, por aquello de dirigirse la novia a la concurrencia; pero no, inmediatamente desaparecen los temores: te vas a casar, os queréis, casar en la Iglesia.  Desde ese momento, la mirada se fija en ti. No te quito ojo de encima. No es para menos. Pero no por el hecho de que os caséis, que ya es significativo en los tiempos que corremos, sino por la alegría desbordante y contagiosa que transmites. Dan ganas de grabarte para colgar el video en You Tube como ejemplo a seguir para las novias casaderas.
Diez meses después, el sábado, 27 de octubre de 2012, cinco de la tarde, en la Parroquia de la Concepción de Nuestra Señora, calle Goya 26, Madrid: ¡os casáis! Cuando tengamos que cambiar la hora en la madrugada del sábado a domingo, ¡ya seréis marido y mujer! ¡Sincronizar bien vuestros relojes, porque empieza una nueva andadura en vuestras vidas! ¡Fenomenal!
Como habéis hecho ya el cursillo prematrimonial no seré yo quien os adoctrine sobre la importancia del matrimonio. ¿Me veis capaz? Claro que no. Pero siempre viene bien reflexionar sobre el sentido del matrimonio, no solamente para quienes estáis en puertas, sino también para los que ya la hemos atravesado. Hay dos definiciones que quiero que conozcáis. La primera, es en base a la Constitución francesa de 1791: “La ley no considera el matrimonio más que como un contrato civil”. Un poco fría resulta la definición ¿no? Suena como a un acuerdo entre dos partes, como un contrato de compra-venta, o como un compromiso de permanencia con una compañía de telefonía móvil. Ésta no creo que os convenza. Y ahora, la segunda: “El matrimonio es una comunión de amor indisoluble”.  Suena mejor ¿verdad? Es más bonita, más comprometida tal vez, por cuanto se refiere a un lazo de amor para siempre. La pronunció el beato Juan Pablo II en su homilía a los esposos el 2 de noviembre de 1982, en Madrid. Uno de vosotros aún no habíais nacido, según mis cuentas, y el otro estaría todavía con los dientes de leche. Yo, estaba con la mili recién terminada.
Por consiguiente, os doy la enhorabuena por darle un sentido cristiano a vuestro enlace. Habéis acertado. Os casáis en la Iglesia, y no por la Iglesia. Porque casarse como suele decirse por la Iglesia supone mencionar el lugar físico en el que se contrae matrimonio, al igual que puede ser un ayuntamiento, un juzgado o un restaurante mínimamente acondicionado para el acto. Pero casarse en, no se refiere únicamente a hacerlo dentro de, sino  ajustándose a unas condiciones en este caso establecidas por Dios a través de la Iglesia. ¿Para qué? Para que seáis felices el resto de vuestras vidas. Sí, digo bien: ¡para el resto de vuestras vidas! Os vais a casar en la presencia de Dios, delante de uno de sus ministros,  porque  queréis uniros para el resto de vuestras vidas,  con plena libertad y teniéndonos por testigos a nosotros, vuestros familiares y amigos para así hacerlo público. ¡Cómo debe ser!
Sabéis que no son tiempos de uniones permanentes, que las parejas prefieren uniones temporales porque desconfían desde el primer momento uno de otro. Con estas premisas difícilmente puede lograrse el objetivo de unidad e indisolubilidad.  Se piensa más en cuando podrá romperse el vínculo que en llegar a mayores unidos por el objetivo que un día se marcaron. ¿Quién no conoce matrimonios que se han roto o que están a punto de hacerlo? Pero os digo con tono tomellosero: ¡no tengáis miedo de perpetuar vuestra relación! Mirar vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros tíos. Repasar en las celebraciones familiares cuando nos juntamos los matrimonios que somos, y los hijos que tenemos fruto de ese amor. ¿Sería lo mismo si en lugar de juntarnos seis matrimonios lo hiciéramos seis personas? ¿Verdad que no? ¡Pensar que para la próxima celebración familiar ya seremos siete matrimonios! ¡Qué gozada! ¡Bienvenidos al club los nuevos esposos!
Es cierto que hay momentos de oscuridad, de zozobra, donde aparecen dudas, desánimos; tampoco es nada nuevo lo que os cuento después de cinco años de noviazgo que lleváis. Sin embargo, la fuerza del amor puede más. Para los tibios, los que dan por perdida la batalla de la entrega por el otro, está frase -desconozco quien es el autor- puede escandalizarles; a vosotros, no obstante, os tiene que hacer pensar: Quiéreme más cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite. Ser felices no consiste en no asumir riesgos, sino en querer a personas, en tener un corazón enamorado y entregado al cónyuge. Discusiones, enfados y regañinas, sí; son inevitables; pero que no termine el día sin pedir perdón; de lo contrario puede correrse el riesgo de incurrir en esa advertencia de Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.
 Cuesta encontrar la llave que abre la puerta de la felicidad, y es una pena que la dejemos entreabierta para que se cuele por una rendija el aire sucio y maloliente del egoísmo. Además, ya sabéis que contraer matrimonio en la Iglesia tiene una gran ventaja: puesto que el matrimonio es un Sacramento (signo visible –os recuerdo- instituido por nuestro Señor Jesucristo, que produce la gracia), se hace posible que Dios entre en vuestra vida. Seréis tres. Pero tranquilos, no tendréis que ponerle plato para comer ni cama para dormir. No aumentará el presupuesto en la casa. No os penséis que es como tener una suegra (mala) en casa; al contrario, es una garantía de amor, porque, sencillamente, Él es Amor.
Fiarse de Dios es una elección metafísica, pero hay otra cuestión que vosotros tenéis que aplicar: la cuestión física; es decir, el empeño, la voluntad que empleéis  para el éxito. Porque en el matrimonio también se aplica una ley física como es la del  principio de causalidad (que no casualidad). Siempre hay un efecto provocado por una causa. El argumento más frecuente que se oye a una pareja divorciada es la de que el amor se ha acabado, como si tuviera fecha de caducidad. No, el amor no se acaba, se apaga. En la medida que se piensa más en el yo que en el tú la llama va siendo más tenue, hasta extinguirse. ¿Solución? Probar con el coche a no reponer gasolina –la incomunicación es el chivato que se enciende en el matrimonio para advertir que el combustible del cariño está bajo mínimos-; o dejar de comer día sí y día también y sabréis lo que es la inanición. Hasta una minúscula flor no se ve en el campo por casualidad, necesita del sol, la lluvia y el oxígeno para mantenerse aparente sobre la tierra. Pues en el amor, pasa lo mismo. Si no se cuida, si no se mima, si no se está pendiente de llenar el depósito (y esta labor para que fructifique atañe a los dos) se asfixia; pero no por casualidad o porque el destino lo quiera así; sino por la indiferencia. ¿Consecuencia? Que a los tres meses de contraer matrimonio, legalmente ya se puede solicitar la demanda de separación y, por consiguiente, divorcio a la vista. En vuestro caso, que sois una pareja de grandes objetivos, tenéis que tener bien grabada esta frase de San Agustín: “La medida del amor es amar sin medida”. ¡Hala, manos a la obra! ¡Sin complejos! Y si os tachan de inconsecuentes, vosotros a lo vuestro, haciendo caso a Jacinto Benavente, que comentaba: “El amor lo pintan ciego y con alas; ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”.
Y un último consejo: tener hijos. Si de unos padres altos, nacen hijos altos; de unos padres rubios, nacen hijos rubios; de unos padres guapos, nacen hijos guapos (no hay nada más que mirar a mis hijas, aunque en este caso lo único que he aportado por mi parte es el apellido; la belleza e inteligencia corre a cargo de la contribución a gran escala de vuestra tía); de unos padres simpáticos y sonrientes como vosotros, nacerán hijos simpáticos y sonrientes. El mundo necesita hombres y mujeres sonrientes. Y vosotros tenéis la semilla para aportar alegría al mundo. Hace unos días leía una frase que me llamó la atención. Es ésta: “una sonrisa significa mucho; enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la ofrece”. Además, los hijos favorecen que si en algún recoveco de vuestros corazones habita cierta dosis de egoísmo desparezca aumentando el afán de servicio.
Finalmente, la tercera fecha: 5 de marzo de 2010. Recuerdas, Vanesa, que te entregué la estampa de un paisano amigo, Ismael de Tomelloso, para que te encomendarás a él. No hace falta recordar el momento y el lugar. Sé que  te hiciste amigo suyo. Él también era alegre y divertido. El día de vuestra boda será buen momento para agradecer –por mi parte así pienso hacerlo-, poder disfrutar de esta señalada fecha junto a tus familiares y a los de Jorge, especialmente los que han pasado por muy serios problemas de salud. Esa frase de que hay que tener amigos hasta en el infierno es tan absurda como temeraria.  Los amigos hay que tenerlos en el Cielo. Ellos son los que verdaderamente interceden por nuestro bien.
Y un último apunte: podéis entrar en el post de septiembre de 2011, por si queréis conocer más impresiones mías sobre el matrimonio.
Espero que me deis las gracias por esta entrada dedicada a vosotros. Ya veis que me la he currado de lo lindo con tanta cita. Bromas aparte: si en cada entrada pongo el mayor empeño por intentar calar en el corazón de algún internauta, en esta, por supuesto, que el afán es mayor. ¡Os lo merecéis!
¡Ah, claro!... el video, que creo que muy apropiado.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Matrimonio, sí; y para siempre

La principal causa que genera los divorcios entre los matrimonios ingleses es el desamor,  por encima de las infidelidades y de crisis personales o laborales.  Éstos son los resultados del estudio recientemente publicados por una consultora inglesa. En España no se hace preciso ni posible conocer estadísticas sobre los motivos de divorcio: con la Ley 15/2005 de 8 de julio, por la que se modifican el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Civil en materia de separación y divorcio, es innecesario alegar causa justa que lo motive para obtener una resolución favorable. Incluso basta que lo solicite uno, aunque esté en desacuerdo el otro. El único requisito es que deben haber transcurrido tres meses desde que se contrae el enlace matrimonial para poder instarlo. Es el llamado “divorcio express” que tiende a facilitar la ruptura matrimonial sin necesitarse el trámite de la separación previa. La consecuencia directa es el elevado índice de divorcios en los últimos años en España.
Sin caer en eufemismos muy dados en nuestros tiempos para esconder verdades incuestionables,  hay que decir que el divorcio es un fracaso. Las leyes lo encubren como un derecho de los cónyuges en base a la libertad individual de cada cual; pero es notorio que el divorcio pone fin a una relación. Y con un lastre añadido para la sociedad: los hijos son las víctimas inocentes, marcadas para toda su vida, con el agravante de que difícilmente entablarán relaciones sentimentales estables por la experiencia negativa vivida entre sus propios padres.
 Hace unas semanas entraba  a  la parroquia de San Alberto Magno,  que frecuento un par de veces por semana, y casualmente coincidí con la celebración de una boda. Llegué en el preciso momento que el sacerdote daba unos consejos prácticos  -con un sutil tono de humor, pero lleno de sentido común-, a los novios: “Mira –le decía al novio- , tú a partir de ahora vas a tener que convertirte en adivino; sí, digo bien, adivino: cuando veas a tu esposa triste tienes que imaginarte lo que pueda pasarle antes de que te lo cuente. Así entenderá que te preocupas de ella”. Y a la novia le dio este otro: “Acostúmbrate cuando tengas que decirle algo que no le va a gustar a tu marido, a esperar a sentarse. El mejor momento, o el menos malo, para  razonar los hombres es cuando están tranquilos y relajados”. Esa misma noche escuchaba por televisión a una mujer, ya entrada en años, que iba ya por su tercer matrimonio. Seguramente ni ella ni ninguno de sus maridos había puesto en práctica los consejos de este sacerdote. El amor, si se cuida y aviva, lo puede todo; de lo contrario, consecuencia lógica: se desvanece, muere de inanición.
Efectivamente, el matrimonio para toda la vida puede parecer un empeño imposible. Así creyeron entender los discípulos del Señor cuando con palabras categóricas se pronunció sobre la inviolabilidad del vínculo contraído: “De manera que ya no son dos sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre”. (Mt. 19. 6-7). Los discípulos interpelaron al Señor: “Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse” (Mt. 19,10). Y se quedaron tan panchos. Pero es que para Dios no hay nada imposible. Busca continuamente la  felicidad del hombre. Y el matrimonio a mí me parece que es un regalo sabio de un Ser Divino.
Aunque pueda parecer que Dios nos fastidió de por vida al mostrar tan claramente a los hombres la inviolabilidad del matrimonio, la realidad no es así. La cuestión puede ser otra. ¿Qué razón puede tener nuestro Creador para hacernos ver que el matrimonio debe ser de un hombre y una mujer para toda la vida? Párate a pensar cómo está la sociedad, -sin pesimismos, eso sí-, y verás que muchos males que se padecen es consecuencia del mal funcionamiento familiar, de los matrimonios desavenidos, despreocupados de unos hijos que, irremediablemente, tienen que salir conflictivos viviendo el ambiente de desamor que se sufre en tantos  hogares;  de no querer ver el matrimonio como una iniciativa libre, en la que un hombre y una mujer se comprometen de por vida a crear, mantener y acrecentar un proyecto común para garantizar una estabilidad afectiva que conducirá inexorablemente al nacimiento de los hijos, formando una familia que se convierte en base para el progreso de una sociedad. Así se comprende mejor que Dios, en su afán de proporcionar felicidad terrena al hombre, otorgue a hombre y mujer la posibilidad de unir sus vidas de manera estable.
Quienes nos hemos casado por la Iglesia  nos olvidamos fácilmente de un “seguro” (Sacramento) que contratamos el día que nos casamos. Jesucristo es el jefe de mantenimiento del seguro del hogar (matrimonio). Por muchas averiguas que existan Él siempre está dispuesto a solucionarlas. Nunca pone pegas. Se desvela a todas horas para que vivamos en un hogar confortable. Ahora bien, el hogar hay que cuidarlo como si fuera una casa para toda la vida; porque verdaderamente así debe serlo. Nos pone una condición a la que libremente podemos renunciar: no olvidarlo. Y una cuota diaria: el respeto. Si a la conclusión de nuestras vidas hemos cumplido las clausulas (mandamientos) , nos regala una vivienda mejor: el Cielo.
La  causa principal del mal  en el mundo, en la sociedad, en los matrimonios, en el hombre al fin y al cabo, es el desamor. Nos equivocamos cuando cerramos la puerta para buscar el modo más fácil de querer (quererse a uno mismo) en lugar de abrirla para querer a otro (al prójimo), en éste caso a nuestra media naranja. Y la tarea es ardua pero efectiva: complaciendo a los demás, nos complacemos a nosotros mismos.
El hombre necesita una fuente para sustituir tanto amor  egoísta por un amor verdadero y duradero. Ésa fuente es Dios. Benedicto XVI en San Marino reconocía “la crisis de no pocas familias, agravada por la difusa fragilidad psicológica y espiritual de los cónyuges”, invitándoles a cultivar las riquezas de la fe.