miércoles, 24 de octubre de 2012

La perla del amor: el matrimonio

Este post va dedicado a vosotros, Vanesa y Jorge, que dentro de pocos días vais a contraer matrimonio. El título no me diréis que no es precioso. Sin embargo, con total sinceridad, os anticipo que no se me ha ocurrido a mí, está sacado de un artículo de José Manuel Mañú Noain, profesor navarro. La mayoría de las citas están obtenidas de esas reflexiones, que me han llegado a través del colegio de vuestras primas.
Empiezo recordando una primera fecha: sábado, 25 de febrero de 2012. Primer día de un fin de semana aparentemente intrascendente, uno más en los comienzos de este año. Sin embargo, para vosotros no lo es tanto: anunciáis que os vais a casar. Una grandísima noticia. A mí, novia, ya me das un encargo: tengo que prepararte un discurso para hablar delante de los invitados el día de la boda. Me huele a boda de las modernas, por aquello de dirigirse la novia a la concurrencia; pero no, inmediatamente desaparecen los temores: te vas a casar, os queréis, casar en la Iglesia.  Desde ese momento, la mirada se fija en ti. No te quito ojo de encima. No es para menos. Pero no por el hecho de que os caséis, que ya es significativo en los tiempos que corremos, sino por la alegría desbordante y contagiosa que transmites. Dan ganas de grabarte para colgar el video en You Tube como ejemplo a seguir para las novias casaderas.
Diez meses después, el sábado, 27 de octubre de 2012, cinco de la tarde, en la Parroquia de la Concepción de Nuestra Señora, calle Goya 26, Madrid: ¡os casáis! Cuando tengamos que cambiar la hora en la madrugada del sábado a domingo, ¡ya seréis marido y mujer! ¡Sincronizar bien vuestros relojes, porque empieza una nueva andadura en vuestras vidas! ¡Fenomenal!
Como habéis hecho ya el cursillo prematrimonial no seré yo quien os adoctrine sobre la importancia del matrimonio. ¿Me veis capaz? Claro que no. Pero siempre viene bien reflexionar sobre el sentido del matrimonio, no solamente para quienes estáis en puertas, sino también para los que ya la hemos atravesado. Hay dos definiciones que quiero que conozcáis. La primera, es en base a la Constitución francesa de 1791: “La ley no considera el matrimonio más que como un contrato civil”. Un poco fría resulta la definición ¿no? Suena como a un acuerdo entre dos partes, como un contrato de compra-venta, o como un compromiso de permanencia con una compañía de telefonía móvil. Ésta no creo que os convenza. Y ahora, la segunda: “El matrimonio es una comunión de amor indisoluble”.  Suena mejor ¿verdad? Es más bonita, más comprometida tal vez, por cuanto se refiere a un lazo de amor para siempre. La pronunció el beato Juan Pablo II en su homilía a los esposos el 2 de noviembre de 1982, en Madrid. Uno de vosotros aún no habíais nacido, según mis cuentas, y el otro estaría todavía con los dientes de leche. Yo, estaba con la mili recién terminada.
Por consiguiente, os doy la enhorabuena por darle un sentido cristiano a vuestro enlace. Habéis acertado. Os casáis en la Iglesia, y no por la Iglesia. Porque casarse como suele decirse por la Iglesia supone mencionar el lugar físico en el que se contrae matrimonio, al igual que puede ser un ayuntamiento, un juzgado o un restaurante mínimamente acondicionado para el acto. Pero casarse en, no se refiere únicamente a hacerlo dentro de, sino  ajustándose a unas condiciones en este caso establecidas por Dios a través de la Iglesia. ¿Para qué? Para que seáis felices el resto de vuestras vidas. Sí, digo bien: ¡para el resto de vuestras vidas! Os vais a casar en la presencia de Dios, delante de uno de sus ministros,  porque  queréis uniros para el resto de vuestras vidas,  con plena libertad y teniéndonos por testigos a nosotros, vuestros familiares y amigos para así hacerlo público. ¡Cómo debe ser!
Sabéis que no son tiempos de uniones permanentes, que las parejas prefieren uniones temporales porque desconfían desde el primer momento uno de otro. Con estas premisas difícilmente puede lograrse el objetivo de unidad e indisolubilidad.  Se piensa más en cuando podrá romperse el vínculo que en llegar a mayores unidos por el objetivo que un día se marcaron. ¿Quién no conoce matrimonios que se han roto o que están a punto de hacerlo? Pero os digo con tono tomellosero: ¡no tengáis miedo de perpetuar vuestra relación! Mirar vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros tíos. Repasar en las celebraciones familiares cuando nos juntamos los matrimonios que somos, y los hijos que tenemos fruto de ese amor. ¿Sería lo mismo si en lugar de juntarnos seis matrimonios lo hiciéramos seis personas? ¿Verdad que no? ¡Pensar que para la próxima celebración familiar ya seremos siete matrimonios! ¡Qué gozada! ¡Bienvenidos al club los nuevos esposos!
Es cierto que hay momentos de oscuridad, de zozobra, donde aparecen dudas, desánimos; tampoco es nada nuevo lo que os cuento después de cinco años de noviazgo que lleváis. Sin embargo, la fuerza del amor puede más. Para los tibios, los que dan por perdida la batalla de la entrega por el otro, está frase -desconozco quien es el autor- puede escandalizarles; a vosotros, no obstante, os tiene que hacer pensar: Quiéreme más cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite. Ser felices no consiste en no asumir riesgos, sino en querer a personas, en tener un corazón enamorado y entregado al cónyuge. Discusiones, enfados y regañinas, sí; son inevitables; pero que no termine el día sin pedir perdón; de lo contrario puede correrse el riesgo de incurrir en esa advertencia de Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.
 Cuesta encontrar la llave que abre la puerta de la felicidad, y es una pena que la dejemos entreabierta para que se cuele por una rendija el aire sucio y maloliente del egoísmo. Además, ya sabéis que contraer matrimonio en la Iglesia tiene una gran ventaja: puesto que el matrimonio es un Sacramento (signo visible –os recuerdo- instituido por nuestro Señor Jesucristo, que produce la gracia), se hace posible que Dios entre en vuestra vida. Seréis tres. Pero tranquilos, no tendréis que ponerle plato para comer ni cama para dormir. No aumentará el presupuesto en la casa. No os penséis que es como tener una suegra (mala) en casa; al contrario, es una garantía de amor, porque, sencillamente, Él es Amor.
Fiarse de Dios es una elección metafísica, pero hay otra cuestión que vosotros tenéis que aplicar: la cuestión física; es decir, el empeño, la voluntad que empleéis  para el éxito. Porque en el matrimonio también se aplica una ley física como es la del  principio de causalidad (que no casualidad). Siempre hay un efecto provocado por una causa. El argumento más frecuente que se oye a una pareja divorciada es la de que el amor se ha acabado, como si tuviera fecha de caducidad. No, el amor no se acaba, se apaga. En la medida que se piensa más en el yo que en el tú la llama va siendo más tenue, hasta extinguirse. ¿Solución? Probar con el coche a no reponer gasolina –la incomunicación es el chivato que se enciende en el matrimonio para advertir que el combustible del cariño está bajo mínimos-; o dejar de comer día sí y día también y sabréis lo que es la inanición. Hasta una minúscula flor no se ve en el campo por casualidad, necesita del sol, la lluvia y el oxígeno para mantenerse aparente sobre la tierra. Pues en el amor, pasa lo mismo. Si no se cuida, si no se mima, si no se está pendiente de llenar el depósito (y esta labor para que fructifique atañe a los dos) se asfixia; pero no por casualidad o porque el destino lo quiera así; sino por la indiferencia. ¿Consecuencia? Que a los tres meses de contraer matrimonio, legalmente ya se puede solicitar la demanda de separación y, por consiguiente, divorcio a la vista. En vuestro caso, que sois una pareja de grandes objetivos, tenéis que tener bien grabada esta frase de San Agustín: “La medida del amor es amar sin medida”. ¡Hala, manos a la obra! ¡Sin complejos! Y si os tachan de inconsecuentes, vosotros a lo vuestro, haciendo caso a Jacinto Benavente, que comentaba: “El amor lo pintan ciego y con alas; ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”.
Y un último consejo: tener hijos. Si de unos padres altos, nacen hijos altos; de unos padres rubios, nacen hijos rubios; de unos padres guapos, nacen hijos guapos (no hay nada más que mirar a mis hijas, aunque en este caso lo único que he aportado por mi parte es el apellido; la belleza e inteligencia corre a cargo de la contribución a gran escala de vuestra tía); de unos padres simpáticos y sonrientes como vosotros, nacerán hijos simpáticos y sonrientes. El mundo necesita hombres y mujeres sonrientes. Y vosotros tenéis la semilla para aportar alegría al mundo. Hace unos días leía una frase que me llamó la atención. Es ésta: “una sonrisa significa mucho; enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la ofrece”. Además, los hijos favorecen que si en algún recoveco de vuestros corazones habita cierta dosis de egoísmo desparezca aumentando el afán de servicio.
Finalmente, la tercera fecha: 5 de marzo de 2010. Recuerdas, Vanesa, que te entregué la estampa de un paisano amigo, Ismael de Tomelloso, para que te encomendarás a él. No hace falta recordar el momento y el lugar. Sé que  te hiciste amigo suyo. Él también era alegre y divertido. El día de vuestra boda será buen momento para agradecer –por mi parte así pienso hacerlo-, poder disfrutar de esta señalada fecha junto a tus familiares y a los de Jorge, especialmente los que han pasado por muy serios problemas de salud. Esa frase de que hay que tener amigos hasta en el infierno es tan absurda como temeraria.  Los amigos hay que tenerlos en el Cielo. Ellos son los que verdaderamente interceden por nuestro bien.
Y un último apunte: podéis entrar en el post de septiembre de 2011, por si queréis conocer más impresiones mías sobre el matrimonio.
Espero que me deis las gracias por esta entrada dedicada a vosotros. Ya veis que me la he currado de lo lindo con tanta cita. Bromas aparte: si en cada entrada pongo el mayor empeño por intentar calar en el corazón de algún internauta, en esta, por supuesto, que el afán es mayor. ¡Os lo merecéis!
¡Ah, claro!... el video, que creo que muy apropiado.

sábado, 13 de octubre de 2012

Me duele España

El título que da entrada a este post se corresponde al comienzo de una famosa frase que pronunció el gran literato don Miguel de Unamuno (1864-1936); intelectual preocupado por las inestables situaciones socio-políticas que se produjeron en España en el convulso periodo de tiempo que le tocó vivir. La frase completa es ésta: “Me duele España; ¡soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo!”. Mi identificación con esta frase es plena, a excepción del último punto y coma: sustituiría español por cristiano. La rectificación no es por desdecir al inquieto don Miguel, sino por priorizar. Lo entiendes ¿no?
Hecha esta puntualización, surge una pregunta para razonar el sentido de esta entrada: ¿puede un cristiano vivir al margen de los problemas que acechan en su territorio nacional? Sin entrar en consideraciones partidistas, la respuesta es no. Por tanto, como cristiano español estoy en condiciones de repetir la frase de don Miguel de Unamuno: ¡me duele España!
Un repaso al panorama político, social y económico da cumplida muestra: un gobierno autónomo, el catalán, dispuesto a independizar a toda una región del resto de España; las medidas del gobierno de la Nación a pesar de esquilmar la economía de millones de españoles no dan el resultado esperado; resoluciones judiciales ponen en libertad a terroristas sin cumplir con la legalidad vigente y aprovechan para acusar a la clase política de estar en “convenida decadencia”; según la Organización Internacional del Trabajo, España es el líder en cuanto a paro mundial se refiere; desde una red social se incitó para ocupar el Congreso de Diputados el pasado día 25 de septiembre “…para conseguir la disolución de las Cortes y la apertura de un proceso constituyente para la redacción de una nueva Constitución, esta vez sí, la de un estado democrático”; y según el Instituto de Política Familiar, en el último año se han producido más de 113.000 abortos, bajo el supuesto de riesgo psicológico o físico de la madre, en el 96,8% de los casos.
Recurro a ti, amigo, amiga, de Estados Unidos, de México, de Alemanía, Argentina o Perú –por hacer mención de vuestra nacionalidad a algunos de los que os habéis asomado a este blog- para preguntaros: ¿os avergonzáis, o sabéis de compatriotas vuestros que sean mal mirados por llevar a la vista una bandera de vuestra nación? ¿conocéis alguna región de vuestros países en los que la autoridad política  multe por roturar en sus tiendas el idioma propio junto con la lengua autóctona? ¿sabéis de familias que tengan problemas para que a sus hijos los profesores puedan impartirles las clases en castellano a pesar de que un Alto Tribunal haya dictaminado la obligación de dar cumplimiento a la Constitución? ¿Qué os enorgullece más, amigos, amigas, de Rusia, Colombia o Chile, que a la hora de mencionar vuestra nación se le llame entre vuestros compatriotas “este país” o aludan directamente al nombre de la nación en la que habéis nacido?
No te sorprendas, es una lamentable realidad: hechos así, ocurren en España. ¿Dónde quedan esas gestas de nuestros antepasados en Sagunto contra los cartagineses, los hombres de Numancia contra los romanos, la batalla de las Navas de Tolosa (de la cual se cumplen ochocientos años) derrotando al invasor musulmán, las empresas en Europa y América, la sublevación de un puñado de españoles en Móstoles para combatir y expulsar a las tropas napoleónicas?... Y ¿sabes dónde se encuentra la diferencia? En la falta de ideales, en la ausencia de objetivos comunes, de metas ilusionantes. Éste es uno de los grandes males de España, extensibles, eso sí, al resto del mundo. Más bien cada cual estamos dispuestos a construir una torre de Babel para alcanzar con su cúspide el cielo; pero no para estar más cerca de Dios, sino para hacernos dioses enormemente egoístas y deseosos de vanagloriarnos en nuestras propias complacencias. No importa derribar los resortes que han emergido y sostenido una civilización milenaria si es menester para afirmarnos en intenciones partidistas y sectarias. Mientras utilicemos la ignorancia y buena fe de muchas personas, y las cifras avalen un determinado poder de convocatoria es suficiente argumento para justificar nuestras intenciones, por desaforadas, ilegítimas o inmorales que sean.
Por segunda vez estoy leyendo “In silentio…”, la biografía de mi paisano Ismael de Tomelloso. Y una salvedad: te confieso con una gran satisfacción producto de mis raíces tomelloseras, que de todos los posts publicados en este que es tu blog, el segundo más visitado es el que publiqué el 19/7/2011 refiriéndome a mi paisano. Sigo: los sucesos trágicos y despiadados previos a la guerra civil, la experiencia en el frente, el asesinato de personas conocidas y queridas, especialmente, el consiliario de Acción Católica en Tomelloso, don Bernabé Huertas, le hicieron sufrir mucho, incluso tuvo que esconderse para no ser detenido por los milicianos; pero un sufrimiento callado, edificante, sin sentido revanchista y desesperado, de hondo calado sobrenatural. En los últimos días de su vida, prisionero y enfermo aceptó el sufrimiento “porque quería sufrir –son palabras suyas- por Dios, por las almas y por España”. No era un soñador ni un romántico empedernido; era un joven cristiano, alegre y generoso, que lejos de desesperar, de albergar odio en su corazón,  quiso entregar su vida siendo hecho prisionero por el ejército vencedor.
Dios, almas, España. ¿No  te parecen valores por los que levantarse cada día con el afán de mejorar el entorno en el que vivimos? No puede quererse aquello en lo que no se cree. Es así. Si nos consideramos apátrida de una ciudad eterna, difícilmente podemos considerar que somos hijos de un país (España), que nos ha aportado poder vivir en una tierra, dentro de una familia, formando parte de una ciudad o municipio, por la que muchos compatriotas entregaron sus vidas.  
Debemos sentirnos, sí, ciudadanos del mundo, miembros de un continente europeo, pero poseedores de un idioma, una cultura, una idiosincrasia que solamente adquirimos por ser españoles, por haber nacido en España. Y si queremos edificar en un mismo proyecto, con elementos comunes que nos identifiquen unos de otros,  pero que a la vez esa variedad nos enriquezca a todos, tenemos que hacerlo considerando que somos unos modestos albañilitos dirigidos por un arquitecto universal: Dios. Tu Padre, el mío.
Y un consejo: si sientes el anhelo, el deseo ardiente de llamar patria cada vez que te acuerdes o hables de España, no te cortes, ni te acomplejes porque puedan llamarte lo que tú y yo sabemos qué nos pueden llamar; el art. 2 de la Constitución, que parte de la clase política quieren cargarse con el eufemismo de reformarlo, dice así: "La Constitución se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…”
¡Y nada de pesimismos! No incurramos en ese tizne pesimista que rodeó a la Generación del 98 de la que formaba parte don Miguel de Unamuno, en torno al desastre de 1898. ¿Vamos a ser pesimistas en la fiesta de la Virgen del Pilar, que se presentó a Santiago cuando más abatido estaba en tierras gallegas para alentar su ánimo apostólico? De ninguna manera; para los españoles María tiene que ser el pilar de nuestra esperanza. Una España con hondas raíces marianas no puede dejarse arrastrar por el desánimo. Máxime teniendo por delante todo un reciente Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI ayer mismo.
Y como es el día de la Hispanidad, concluyo con esta frase que dirijo especialmente a los Hugos, Evos, Castros y Cristinas que proliferan por el continente iberoamericano, que escribió un escritor ecuatoriano, liberal y anticlerical –todo hay que decirlo-, llamado Juan Montalvo (1832-1889): “España, España. Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos”.