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domingo, 5 de mayo de 2019

Catorce días después del atentado en Sri Lanka


Si repasamos con cierto rigor analista, desde tejas para abajo como suele decirse, podemos descubrir que detrás de la pasión y muerte de Cristo, se dieron dos condicionantes humanos, uno religioso y otro civil. El religioso motivado por preservar  la integridad y la religión de toda una nación. En nombre de una religión se sacrificaba a una persona. El otro hecho sucedió al día siguiente de la detención de Jesús, delante del procurador romano Poncio Pilato, máxima autoridad representativa de Roma en la  región de Judea. Ante el caríz que tomaba el proceso acusatorio contra quien se declaró  Hijo de Dios, se exculpó de  su responsabilidad lavándose las manos en público. En sus manos estaba la vida de un inocente, pero prefirió, o no fue capaz, de evitar la condena a un justo. Pedro, poco tiempo después de la resurrección del Señor, exculpó a los dirigentes religiosos por esa determinación: “Ahora bien, hermanos, sé que procedisteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería” (Hc. 3, 17-18). 

También para perpetrarse los terribles atentados en Sri Lanka el Domingo de Resurrección, se tuvieron que concatenar dos hechos, uno religioso y otro civil.  En nombre de una religión, unos yihadistas embebidos en la más absoluta radicalidad del Islam, atentan en tres iglesias católicas y en tres hoteles con el resultado de 359 víctimas mortales y más de 500 heridos, la mayor tragedia terrorista en Asía. Entre las víctimas mortales una española, María, que había ido a pasar unos días con la otra víctima española, Alberto, residente en la India por motivos profesionales


La autoridad civil de Sri Lanka según se desprende de las palabras del primer ministro Ranil Wickremesinghe, elude asumir responsabilidad, se lava las manos ante los medios informativos: Los incidentes –curiosa manera de llamar a los atentados, salvo que la traducción no sea todo los correcta que se deba-  se vaticinaron el 4 de abril”, y que cinco días después “el jefe de los servicios de Inteligencia escribió una carta en la que detallaba los nombres de los terroristas y de la organización a la que pertenecían”. Esos informes parece que no llegaron a su mesa, ya poco importan las razones. En este caso también la máxima responsabilidad al frente de un país no ha sido capaz de evitar el derramamiento de sangre inocente.

Dos mil años después , en realidad desde los primeros tiempos del cristianismo, Jesucristo sigue estando perseguido. Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”(Hc. 9, 4-5), le dice el Señor a Pablo de Tarso, fiel cumplidor de la estricta  ley judía, en el momento que se le aparece camino de Damasco en busca de cristianos a los que encarcelar o ejecutar. Cada cristiano perseguido por su fe, cada cristiano apresado por su fe, cada cristiano asesinado por su fe, es otro Cristo crucificado. Todos son testigos de la Resurrección.

¡Cristo vive!, no lo olvides. Es una afirmación gozosa. A pesar de ese condicionante religioso y civil que ha provocado la tragedia en Sri Lanka el Domingo de Resurrección, los cristianos debemos sentirnos con el suficiente júbilo para decir al mundo que hay esperanza, que todo tiene un sentido, que Jesucristo está vivo, que existe Dios. No es un mensaje mío el que acabo de escribir. Lo he escuchado en el  vídeo que quiero compartir contigo.

¡Feliz Pascua de Resurrección!




miércoles, 28 de marzo de 2018

El primer Domingo de Ramos




Como muy bien sabes la Semana Santa comienza con la llamada entrada triunfal del Señor en Jerusalén, lo que celebramos como el Domingo de Ramos. Nos centramos en contemplar los misterios de la pasión y resurrección del Señor, que son los centrales y fundamentales de esta Semana grande para los cristianos, pero poco tenemos en cuenta la llegada de Jesús a Jerusalén entre vítores y aclamaciones. La multitud extendió sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: “¡Viva el Hijo de David!”, “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”, “¡Viva el Altísimo!” (Mt. 21, 1-11). Nadie pensaba que cinco días después sería acusado de blasfemo, colgado en un madero, entre burlas e ironías -no sabemos si muchos o pocos- de los mismos que le habían aclamado.

Pero volvemos al principio. Llegaba Jesús, el profeta de Nazaret, como le llamaba la gente que le acompañaba, a la ciudad santa, repleta de gente por la concurrencia en esas fechas de peregrinos para celebrar la  Pascua judía.  Entre los presentes  estarían muchos de los que alimentó en la multiplicación de panes y peces, a los que curó de diversas enfermedades, a tantos que cambió el corazón con el Sermón de la Montaña. Los niños le rodearían sin dejarle avanzar para recibir abrazos y sonrisas por parte de quien con tanta simpatía les trataba: Dejar que los niños se acerquen a mí, les dijo en una ocasión a los Apóstoles cuando trataban de separarlos del Maestro. Después del efusivo recibimiento,   Jesús marchó a Betania, a casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro, a quien había resucitado cuando llevaba ya tres días muerto. Semejante acontecimiento avivó más la pasión de recibir a tan ilustre peregrino.

Los activistas contra al invasor romano veían en la figura de Jesús a un caudillo para
movilizar a la población. Ciertamente que las autoridades políticas y religiosas no estaban muy convencidas; el sumo sacerdote Caifás ya había instruido al Sanedrín, refiriéndose al futuro del Señor: “Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera” (Jn. 11,50). Pero una insurrección popular encabezada ideológicamente por el Profeta, al que muchos ya empezaban a considerar el Mesias, terminaría por encauzar sentimientos entre poder religioso, político y popular para restituir la libertad al pueblo judio.  Era la ocasión esperada desde la huída de Egipto para volver a ser Israel una nación soberana y poderosa, temida por otros pueblos, como lo fue bajo el reinado del rey David. No había dudas: Jesús era el enviado por Dios para convertir al pueblo judío en dueño de sus destino.


Todo encajaba a la perfección.  Dios adaptado a las necesidades del hombre. No voy a descubrir nada que no sea evidente: la fe de muchos cristianos se sostiene en esa oración de petición para que Dios nos alcance aquello que le pedimos. Tampoco descubrimos nada oculto si reconocemos que muchos han perdido la fe porque sus deseos no se han visto cumplidos. En momentos de desolación puede preferirse encontrar antes la lámpara de Aladino que a Dios en nuestra historia personal. Al menos -piensan-, tres deseos estarían realizados.  Es una relación de utilitarismo. Como Dios no me hace caso, rompo, como si quien saliera perdiendo fuese el Omnipotente. Esa idea podría ser la que empezó a hacer mella en Judas. Se sentiría defraudado porque el tiempo corría y no veía al Maestro capaz de identificarse con las inquietudes terrenas de sus compatriotas. O, tal vez,  estaba pensando en traicionarlo por no conseguir prebendas después de recorrer tantos caminos acompañando al Señor. Poca recompensa para tanto esfuerzo personal.


Elevar nuestras súplicas a Dios es aconsejable y loable para un cristiano. Jesucristo, en Getsemaní, angustiado y entristecido –para entender bien esta reacción tenemos que recordar su naturaleza humana-, tuvo esa oración con el Padre para pedirle apartar el cáliz de la pasión y muerte que iba a beber: Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt. 26, 42).  


Esta es la disyuntiva para un cristiano. Adaptar la voluntad de Dios a la de uno mismo, o pedir a Dios, que es i Padre,  buscar siempre hacer lo que nos pida sabiendo que todo será para bien.  Si Jesucristo se hubiera dejado llevar por las pretensiones humanas en lugar de las divinas, no existiría la Semana Santa. Recordaríamos entristecidos el final  en la tierra del profeta de Nazaret, pasando a la historia como un personaje más que murió injustamente de manera cruel. Y lo que es peor: no tendríamos esperanza de salvación. Con razón podemos repetir con fervor la oración que abre la meditación en cada estación del Vía Crucis: te adoramos, Cristo, y te bendecimos que por Tu Santa Cruz redimiste al mundo.

El Papa Francisco tiene el detalle de explicarnos en este video el sentido del Triduo Pascual, los días esenciales de la Semana Santa.



domingo, 22 de febrero de 2015

El perdón siempre vence al odio



Esta imagen corresponde a la parroquia de Santa Mónica, en Rivas-Vacia Madrid, población de unos 50.000 habitantes situada en la provincia de Madrid. Recorriendo la fachada de la iglesia se pueden leer más pintadas, todas ellas de similar significado al de la imagen que encabeza este post.

Asistir a Misa los domingos se convierte para sus asistentes en una amenaza asidua por parte de algunos vecinos. Es el modo de protestar a que la Comunidad de Madrid haya autorizado la  construcción de un colegio católico que lleva el mismo nombre que el de la parroquia, para satisfacer la demanda y garantizar una mayor libertad de elección educativa por parte de las familias. En torno a 400 niños se desplazan diariamente a otras localidades para estudiar en centros católicos.  El Ayuntamiento, con trabas administrativas, no ha permitido hasta la fecha el comienzo de las obras. 

Ni alcalde ni concejales del Consistorio han mostrado la condena a estas provocaciones, que atentan contra el derecho al ejercicio de la libertad religiosa. Más aún: la Corporación municipal se ha convertido en el primer Consistorio que abre una Oficina de la Defensa de los Derechos y Libertades Públicas para gestionar, entre otros asesoramientos, las apostasías para “superar el intrincado laberinto de gestiones que permite dejar de ser un número más en las cifras que maneja la Conferencia Episcopal”. Con determinaciones públicas de este tipo, es fácilmente entendible que unos cuantos incontrolados actúen con tanta animadversión contra las creencias de sus conciudadanos.

No ha habido protestas ni manifestaciones, tampoco amenazas por parte de católicos que sufren las consecuencias del desprecio, de la animadversión y de –hablemos claro- persecución para ejercer el derecho a la libertad religiosa y a la libertad de enseñanza, que se ampara en la Constitución española. Si el objetivo de estas pintadas deleznables hubieran ido dirigidas hacia otras religiones la repercusión podría haber sido otra bien distinta, fácilmente imaginable. Pero siendo católico el objetivo,  los provocadores pueden estar tranquilos, saben que no existirán represalias. El perdón puede más que el rencor. Y no porque  los católicos hayamos nacido con unas cualidades innatas para frenar la ira y reparar el agravio; no, la razón es otra: imitar a Jesucristo, que se dejó clavar a un madero para perdonar los pecados de todos los hombres, los tuyos, los mios, y los de estos vecinos de Rivas que perturban el respeto a ejercer unos derechos otros tantos.


Hace unas semanas presencié en el cine la película Unbroken-El Invencible-. Narra la historia de Louis Zamperini, un famoso atleta norteamericano que se convirtió en héroe al tener un accidente aéreo en el Océano Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Junto con otros dos compañeros –uno de ellos falleció 33 días después-, pasaron 47 días a la deriva en una balsa, hasta que fueron hechos prisioneros por los japoneses. El responsable del campo de concentración era Matsuhiro Watanabe, un militar con fama de sádico que sometió personalmente al atleta a numerosas y fuertes torturas. Concluida la Segunda Guerra Mundial fue liberado y recibido como un héroe en Estados Unidos. Zamperini sufrió traumas y estrés post traumático a consecuencia de las experiencias vividas; el fracaso matrimonial y las secuelas derivadas de la guerra le impulsaron al consumo de alcohol hasta que  gracias a Billy Graham, un conocido predicador evangelista, enfocó su vida para contar sus experiencias basadas en charlas sobre el perdón. En 1950 visitó el Japón y pudo conocer a algunos guardias que le  custodiaron en el cautiverio, a los que nada más verles les abrazó como muestra de perdón. En 1988 fue relevista de la antorcha olímpica en los Juegos de Invierno celebrados en la ciudad japonesa de Nagano, y a pesar de los intentos por encontrarse con “El pájaro” –así se le llamaba a Matsuhiro Watanabe- y ofrecerle su perdón, se negó al pretendido encuentro. Zamperini escribió un libro, y hasta que murió en julio de 2014, a los 97 años, -sin poder ver el estreno de la película que Angelina Jolie llevó como directora a las pantallas cinematográficas-, continuó dando charlas relacionadas siempre con la reconciliación como signo de perdón.


De perdón y amor a nuestros enemigos se refirió el Papa Francisco en la homilía de la Misa de 18 de junio de 2013 en Santa Marta. Corta pero directa, como acostumbra, dijo: Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no solo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, alguna pequeña enemistad. ¿Quién no tiene antipatías? Por más que queramos enterrarlas siempre vuelven a renacer. Al igual que los catarros hay que tratarlos para que no deriven en afecciones más graves. Si dejamos de luchar por vencer las antipatías con facilidad y sin darnos cuenta pueden convertirse en odios, envidias y recelos que alteren la paz interior y aviven los juicios temerarios que tanto dañan la imagen del prójimo. El corazón corre el riesgo de enfermar de una peligrosa enfermedad: el odio.

Ahora que estamos en Cuaresma es una buena ocasión para hacer un chequeo al corazón y plantearnos tú y yo la capacidad para perdonar, para disculpar, para querer a pesar de todo a quienes consciente o inconscientemente perturban ocasional o temporalmente nuestras vidas. Y nada mejor para ese chequeo que ponerse en manos de unos buenos especialistas. Te los describo. Están como en un complejo hospitalario, llamado iglesias; no suelen vestir batas blancas sino pantalones, camisas y jerseys de tonos oscuros, aunque los hay que también van sin señas de identidad pública; no se identifican con placa sino con alzacuellos y están disponibles ante cualquier eventualidad del alma; atienden en consultas de reducido espacio llamadas confesionarios;  actúan no por poderes especiales, sino por un tratamiento llamado Confesión, producido por una ciencia denominada Misericordia. La inventó un genio llamado Dios. Y los resultados aplicados a un corazón que quiere ser curado son espectaculares. 

Reacciones a los sucesos como los de Rivas, y aptitudes personales como los de Louis Zamperini, demuestran que es posible vivir sin odios ni revanchas, y que el corazón lejos de ser un músculo que incita a la ira en determinadas situaciones, se fortalece con el riego por las arterias de un elemento indispensable para vivir con una paz interior a prueba de enojos: el perdón. Nada mejor que ejercitarlo a diario para que funcione óptimamente. La tarea cuesta, pero, pensándolo bien, creo que es preferible reflejar en nuestras vidas el comportamiento del atleta americano que el del militar japonés. Además, está demostrado que es bueno para la salud fumar la pipa de la paz que pintarrajearnos la cara y tocar los tambores de guerra para librar batallas contra nuestros enemigos, que, a decir verdad, ni son tantos ni tan fieros como los tenemos etiquetados.

A propósito de la Confesión, te dejo este video donde unos chicos lo explican de manera muy sencilla. ¡Ah!, no te pierdas el esquema que sale al final. Es muy constructivo.


jueves, 17 de abril de 2014

Semana Santa, la fiesta de la salvación


Estamos en Semana Santa.  Los orígenes se remontan al siglo IV en Jerusalén, para extenderse despúes a Oriente y Occidente. Esa expansión popular se debe a una peregrina española, Egeria, que dejó un testimonio excepcional de la liturgia que se vivía en los Santos Lugares.

Me gustaría amigo mío, amiga mía que tu paso por la Semana Grande no fuera, cuando menos, un tiempo sin más, vivido no solamente para recordar la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, sino que lo aproveches para rememorar esos santos misterios tan determinantes. ¿Repasas conmigo los días más trascendentales?

Domingo de Ramos

La Semana Santa comienza con este día alegre. Las gentes se agolpaba a la entrada de Jerusalén, extendían sus mantos, agitaban los ramos de olivo y las palmeras, y alababan al Señor con esos cánticos de aclamación al Mesías: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y Gloria en las alturas!(1).

Pero tanta alegría se rompe en un momento. Cruzada la ciudad, descendiendo al monte de Los Olivos, los discípulos, también jubilosos, cambian la expresión de la cara: ven llorar a Jesús. Se compadece de esta ciudad; días más tarde va a ser clavado en una cruz, va a ser rechazado por el pueblo a pesar de los intentos de darle la verdadera dicha. ¡Hay si conocieras por lo menos en este día lo que se te ha dado, lo que puede traerte la paz! Pero ahora todo esto está oculto a tus ojos(2).

En ese lamento del Señor encontramos a quienes hoy día rechazan, ignoran, el sacrificio de Dios para la salvación de todos nosotros. De diversos modos, muchos hombres y mujeres, incluso cristianos, prefieren dar la espalda al sentido profundamente cristiano de estas celebraciones. Jesús no cuenta en sus vidas, hay otras preocupaciones, otros alicientes, otros impulsos. Años después, Jerusalén -ciudad de la paz, traducida del hebrero- será destruida; su templo, del que tanto presumían, será demolido. De todo cuanto nos gloriamos un día será recuerdo; la suficiencia que sustituye a la fe, es perecedera. Vivimos el día a día sin pensar que hay un mañana. Podemos preguntarnos: ¿dónde ponemos nuestras aspiraciones, nuestros proyectos? Esas lagrimas derramadas por el Señor cerca de Jerusalén, también las derramas por ti, y por mi, y por cuantos deliberadamente le rechazan. Quiere darnos la verdadera paz, la que colma, la que llena, ¡la verdadera paz! Es el momento oportuno para reflexionar sobre las vanidades de esta vida.

Jueves Santo

En este día, en la Ultima Cena que Jesús celebra con sus discípulos, instituye la Eucaristía. Esa celebración tan indispensable para los cristianos donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Misterio insondable, Misterio de amor, Misterio de entrega: ¡Dios habitando en el alma en gracia! ¡Jesús Sacramentado presente en todos los sagrarios de todas las iglesias del mundo! ¡Un Dios cercano!

En los Oficios de este día santo Jesucristo lava los pies a sus discípulos. Detalle de entrega, muestra de humildad: ¡Dios arrodillado ante los hombres!, pecadores como tú y como yo, ejerciendo el deber del siervo cuando el amo llega a casa. 

Entrega por los demás. Si queremos ser otros Cristos debemos emplear nuestra vida en servicio al prójimo. Puede ser que en ocasiones baste con una sonrisa, con una escucha amable ante quien nos cuenta sus problemas, con unas palabras de ánimo para el que sufre, con compartir los bienes con los necesitados..., dar y darse. Somos seguidores del Maestro si procuramos preocuparnos por el prójimo. En quienes más sufren podemos encontrar el rostro de Jesús que nos impulsa a amarle amando a los hombres. Amor sincero, amor desinteresado, amor verdadero.

Viernes Santo

Se consuma la entrega total. Jesús carga con la cruz, donde se hallan los pecados de todos los hombres, los tuyos y los míos.  Cae bajo el peso del madero pero se levanta, llega exhausto hasta el calvario para culminar el sacrificio redentor.

Los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos se burlaban de él, y los transeúntes que pasaban al verlo le decían: Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él (3).

Hoy es despreciada la Cruz, los crucifijos molestan en las escuelas, en los lugares públicos,  es un signo de una religión donde a Dios se le ve derrotado, en el que el mal puede más que el poder divino. No hace falta ser una autoridad política y religiosa como en aquél tiempo para burlar, humillar e ignorar el plan de salvación propuesto al hombre por Dios. El desprecio al Señor puede estar en boca de cualquiera.  Si Jesucristo se hubiera bajado de la Cruz, las puertas del Cielo estarían cerradas; tú y yo podríamos caer en la desesperación en la que tantos seres humanos incurren porque no encuentran la esperanza que el hombre busca incansablemente.

Pedimos al Señor mirándole a la Cruz que nos reconozcamos pecadores, esclavos de tantas pasiones, de debilidades acomodadas a nuestras apetencias, de nuestras pensamientos y acciones que dañan al prójimo, que tanto perjudican -aún sin percibirlo- nuestra vida interior. Jesucristo ofrece su vida por nosotros. Las miserias de los hombres, de cualquier generación, clavan al Salvador en la Cruz. 

Repítele esa oración del Vía Crucis: Te alabamos Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste el mundo. Y dile despacio: Señor, perdóname. Quiero convertir mi vida en una ofrenda para reparar por mis pecados y por los pecados de todos los hombres.

Sábado Santo

Tiempo de espera. Vigilia Pascual. Yace el cuerpo de Jesús sin vida. Es bajado de la Cruz y entregado a su Santísima Madre. Nació en un pesebre y fue sepultado en el sepulcro de José de Arimatea. Desasido de todo. Es el contraste con el hombre actual; tú y yo que estamos tan colmados de bienes y medios para nuestro confort, nos cuesta apreciar que la felicidad se encuentra no en lo que tenemos sino en lo que somos. Nos acogemos a la espera con María, la Santísima Virgen; ella sabe que Resucitará el hijo único nacido de sus entrañas. Solo ella es quien nos puede reconfortar. No debemos perder la esperanza, ni siquiera en los momentos finales de nuestra vida, por muy atropelladamente que la hayamos vivido, porque Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente generoso: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y le dijo: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”(4). ¡Un ladrón arrepentido está con Jesús Resucitado en el Cielo!

El Verbo de Dios parece aniquilado por el mal. Ante el aparente fracaso, la esperanza debe inundar nuestros corazones. El mundo en tinieblas, sin Dios todo es oscuridad. Las iglesias están cerradas hasta la Vigilia Pascual, esperando la Resurrección del Señor. ¿Qué sería de la cultura, la arquitectura, el arte, la pintura, las tradiciones, sin haberse Encarnado el Salvador? ¿Y las almas y nuestras vidas? Sin Dios está la nada; con Dios lo tenemos todo.

Domingo de Resurrección

Cuando todavía no ha despertado el día, las santas mujeres van al sepulcro y ven removida la piedra de entrada. Ante la noticia, Simón Pedro y el apóstol Juan salen corriendo y encuentran la sepultura sin el cuerpo de Jesús. Los lienzos extendidos y el sudario que envolvía su cabeza enrollado aparte. ¡Jesús, el Hijo de Dios, ha resucitado! A todos les cuesta creer; a María no. ¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima! ¡Bendito el fruto de tu vientre, Jesús! ¡El Salvador ha resucitado y nos abre las puertas del Cielo! ¡La vida puede más que la muerte; la gracia más que el pecado!

En la oración colecta de la misa del jueves de la Tercera Semana de Cuaresma el sacerdote implora a Dios con esta oración: Te pedimos humildemente, a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio pascual.

Ahora entendemos que la Semana Santa no es un periodo de tristeza, de abatimiento, sino de esperanza, de alegría inconmensurable porque hemos resucitado con Cristo a una vida nueva.

Esa alegría desbordante es la que tenemos que transmitir a los demás. Que cuando te encuentres con quienes han preferido vivir la Semana Santa lejos del sentir cristiano, vean en tu rostro la alegría del Resucitado.

Pero no olvides que para obtener los frutos de la redención nuestro Señor Jesucristo ha tenido que pasar por la Pasión y Cruz, derramando su Santísima Sangre por nuestros pecados. Estos días santos deben hacernos meditar que el derroche de Amor hecho por Dios tiene que ser aprovechado para sentirnos humildemente rescatados. 

Vuelvo a ofrecerte otro video de los chicos que se hacen llamar Fearless. Por cierto, según mis fuentes de traducción del inglés al castellano esta palabra significa algo así como sin miedo. ¿Tú y yo vamos a tener miedo de implicarnos en la Nueva Evangelización a la que nos llama el Papa Francisco, teniendo por compañero a Jesús Resucitado? ¡Ni hablar!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

(1) Lc. 19,38
(2) Lc. 19,42
(3) Mt. 27,40
(4) Lc. 23,42




domingo, 14 de abril de 2013

Viviendo la Pascua

¡Felices Pascuas! Estamos en Pascua de Resurrección. Durante este tiempo (cincuenta días desde el Domingo de Resurrección hasta el día de la Ascensión), la Iglesia nos invita a vivir un tiempo de alegría, de esperanza. Jesucristo nos abre las puertas del Cielo: somos herederos de la vida eterna.
 Me hace ilusión imaginarme ser un discípulo  conviviendo con la Virgen y entre los Apóstoles, todavía incrédulo, temeroso de las represalias de los judíos contra los seguidores del Maestro.  María Magdalena ha llegado sobresaltada, dice haber visto a Jesús. Acudo a la Virgen y le pregunto: "María, ¿es posible, lo que dice la Magdalena?". Y sonriente me contesta: "Lo mejor está por llegar, mi Hijo ha cumplido su promesa; espera y verás". Y si lo dice la Madre de Dios, a quien Jesús desde la Cruz me la ha dado como Madre, la creo. Poco después entran Pedro y Juan, acaban de llegar del sepulcro y lo han visto vacío. No han robado el cuerpo del Señor, porque han visto que las vendas que envolvían su cuerpo sin vida estaban cuidadosamente colocadas. Y me acuerdo de ti, amigo mío, amiga mía, que me sigues, que de vez en cuando, tal vez cuando no tienes nada mejor que hacer, te asomas desde un rincón del mundo para curiosear por este blog. Es primera hora de la mañana. Entre sobresaltos de los Apóstoles y discípulos, entre emociones desbordantes de las santas mujeres, entre abrazos a María –a la que me parece que el Señor ya se ha aparecido, pero que no quiere decirlo para que seamos nosotros mismos con nuestros ojos quienes seamos testigos de su Resurrección-, me pongo en un rincón de la sala donde los Apóstoles y la Virgen están desde que el viernes fue sepultado Jesucristo, cojo el ordenador para escribir un nuevo post. ¡Quiero hacerte llegar con la máxima celeridad que el Señor ha resucitado! ¡Ha entregado su vida por ti, para que tengas vida en Él! ¡Ha resucitado! No lo he visto con mis propios ojos, pero me fio de María Magdalena, de Juan y Pedro y, sobre todo, de la Virgen María, que guarda en su corazón un contenido gozo infinito.
No sé cómo explicarte la emoción que has de sentir. Imagínate el mayor anhelo que tienes ahora mismo. Tu mayor ilusión. ¿Un trabajo estable? ¿Una nota en los próximos exámenes de selectividad que te permita acceder a esa carrera que tanto te atrae para tu futuro profesional? ¿Curarte de una enfermedad que padeces, o padece alguna persona cercana a ti? ¿Volver a encontrarte con esa persona que tanto significó en tu vida  y que la distancia y el tiempo ha separado irremisiblemente? ¿Tener ese hijo que tarda en llegar y que tanto supone para tu cónyuge y para ti? Infinidad de ilusiones ¿verdad? Ahora piensa que conoces a una persona y te dice que sabedor de tu ilusionado objetivo, va a proporcionártelo para convertir tu tristeza en alegría, una alegría permanente en tu vida. ¿Cómo reaccionarias? Naturalmente sentirías un incontrolado júbilo y un desbordante agradecimiento. Si esa persona es tu ídolo musical o cinematográfico, si es ese crack del deporte que sigues con total apasionamiento, o si es el líder en audiencia de ese programa que no te pierdes por radio o televisión, la admiración por esa persona aumenta hasta límites insospechados. Nunca jamás dejarás de estarle agradecido. La sorpresa se acrecienta si a continuación esa persona te dice que va a entregar su vida para que alcances ese objetivo que colma tus ilusiones. Mayor entrega imposible, ¿no es así? ¡Todo un personaje famoso que se acuerda de tí para entregar su vida por tu causa! Así es Jesucristo.
Porque lo grandioso no es que el Señor muera y resucite. Dios puede hacerlo por ser Omnipotente, Todopoderoso, tiene poder para vencer a la muerte. Pero ¿entregar su vida por ti? Aquí ya sorprende. Es por una causa que tal vez no te has parado nunca a meditarla: lo hace por un amor infinito hacia ti. La vida se entrega por un ideal, que nace de un corazón enamorado. Sería capaz de dar la vida por ti, hemos oído en muchas ocasiones. Así lo ha hecho Jesucristo. Dios es Amor. Muere por amor, y también para reparar.  Reparar, ¿por qué? Por los pecados. ¿Los míos?, me dirás; sí, así es, por los tuyos, y por los míos, por los de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Jesús entrega su vida para salvarnos. De hecho, el nombre de Jesús en hebrero significa el Mesías, el que salva. Nos libra del pecado para poner a buen seguro nuestra felicidad eterna.
El pecado no es una ficción que la Iglesia haya creado para someter al hombre a sus dictados ocultos, no es una visión temeraria por ofender a un Dios justiciero, no es producto de conciencias poco desarrolladas. El mismo Cristo no esconde que el obstáculo entre la redención y los hombres es el pecado. Poco antes de su muerte da las últimas instrucciones a sus discípulos: “Y les dijo que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros daréis testimonio de esto”. (Lc. 24, 46-48). En la Última Cena, cuando el Señor instituye la Eucaristía también resalta el pecado como enemigo del hombre para vivir en gracia de Dios: “Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados.” (Mt. 26, 27-28).En la primera aparición a los discípulos, ya resucitado, vuelve a dar instrucciones para combatir el pecado: “Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envío mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.” (Jn. 20, 21-23). El Señor enseña a orar a los Apóstoles con el Padre Nuestro. Y en esa filial oración, le pedimos que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal.
Surge, entonces, necesariamente la pregunta: ¿Y qué es el pecado? El Catecismo de la Iglesia católica, en su punto 1849 así lo define:  "El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso hacia ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana". Daña al hombre, porque se apega a bienes que no son el fin al que está llamado, pervierte el sentido de su existencia, y perturba la paz y el respeto por el prójimo. Con tantos canales de información, incluso a lo mejor por experiencias cercanas vividas por ti, puedes comprobar que el pecado impregna los comportamientos humanos; pero siempre es el hombre quien libremente opta por hacer el bien o el mal. Podemos silenciar el pecado, incluso negar su existencia, pero  no dejará de reflejarse en las conductas individuales y sociales del género humano. Es una realidad. Daña al individuo, y también la convivencia con su semejante. Te anticipo que éste será el tema del próximo post.
El pecado es ese oscurecimiento del alma porque le falta la luz verdadera. Es ese invierno permanente del espíritu, del que solo puede salir para contemplar el sol cuando está en consonancia con el de su Creador. La primera reacción de Adán y Eva después de cometer el pecado es esconderse de Dios. Se sienten avergonzados, saben que han obrado contrariamente a lo que Dios les había ofrecido para su eterna felicidad. El hombre de hoy se esconde de Dios. Objetivamente en su conciencia no quiere acercarse a la luz verdadera, prefiere la tiniebla, para que sus malas acciones no delaten que es un ser imperfecto, que necesita de Dios para ser criatura íntegra.
Ahora que hemos dejado el invierno para vivir la primavera, que estamos en Pascua, es un buen momento para pensar si en tu alma germina, o quieres que germine, la alegría de saber que el personaje más importante y famoso de la Historia, Jesucristo, ¡ha resucitado por ti!, ¡vive para ti! 
Termino, la entrada se va haciendo larga, y  Pedro  ha llegado con rostro descompuesto,  ojos brillantes, -¡parece otro!- y entre lagrimas y sonrisas dice que ¡el Señor Resucitado se le ha aparecido! Miro a María, paciente y sonriente, me mira y hace un leve movimiento de abajo a arriba con la cabeza, asintiendo las palabras de Pedro. Lo mejor está por llegar, amigo mío, amiga mía.
Te regalo este videoclip oficial de la película Maktub (palabra árabe que significa destino). Hace unas semanas tuve ocasión de ver la película para hacer una exposición en el colegio de mis hijas, dentro de las actividades que se tienen en el Año de la fe. El protagonista es un chaval enfermo de cáncer linfático, que por su manera de ser, de cargar con la enfermedad, y por su sentido trascendente de la vida, hace felices a las personas de su entorno. Si tienes ocasión de poder verla hazlo, creo que te gustará. Y si no, te sugiero que repases con detenimiento la letra de la canción. El título ya dice mucho: nuestra playa eres tú. El mensaje es  muy propio del tiempo de Pascua. El maktub tuyo y mío está con Dios. ¡No lo dudes!

domingo, 8 de abril de 2012

Semana Santa: pecado, dolor y esperanza

No sé si te ocurrirá como a mí,  pero cada año durante la Semana Santa me asombro del modo en que Jesucristo se  ofrece para nuestra salvación. Condenado, ultrajado, flagelado, crucificado, muerto…, la Humanidad Santísima del Señor abatida en un cuerpo descarnado. El mismo Dios sufriendo, derramando hasta la última gota de su Sangre no solamente por la salvación de sus contemporáneos, sino que la prolongó con sus brazos en la Cruz para toda la Humanidad.
Tan solo hace tres meses  estábamos celebrando la Encarnación del Hijo de Dios. Benedicto XVI en la Audiencia General del 14 de diciembre del pasado año, enlazaba una celebración y otra: “El culmen de la historia de amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén”. ¿Y qué rompe esa historia de amor? No te sorprendas de la respuesta: el pecado. Sí, el pecado tan olvidado hoy día, tan al margen de las conciencias incluso de hombres y mujeres cristianos, es el enemigo entre Dios y el hombre. Y no podemos caer en el tópico de que es un invento de la Iglesia para  controlar el comportamiento de los bautizados. No. El pecado es consustancial al ser humano por nuestra debilidad que es fruto de la soberbia, de nuestra indefensión ante el mal,  de querer reconocernos como individuos capaces de suplantarnos al amor de Dios. Igual que hay enfermedades que ponen en serio peligro nuestra vida, y que provocan la muerte del cuerpo, el pecado también produce enfermedades que pueden hacer padecer nuestra alma hasta el punto de separarse para siempre de Dios. Jesucristo Resucitado conociendo ésta debilidad intrínseca en todas las generaciones,  confirió a los apóstoles la potestad de perdonar los pecados (Jn. 20,23). Pero el  pecado no termina con el triunfo de Cristo en la Cruz; es la victoria ante el mal, y la estrategia del mal ahora que es vencido no es otra que hacer ver al hombre que ya no existe,  que puede vivir olvidando el pecado viviendo en un estado en el que también se olvida de Dios, erigiéndose en el único ser capaz de obrar por sí mismo sin necesidad de ampararse en más conducta que la que su propias determinaciones le aconsejan. El sufrimiento de Cristo en la Cruz, la entrega  de Dios por la humanidad, nos descubre cada Semana Santa que el mal en el mundo persiste; pero que con la victoria sobre la muerte el hombre puede caminar seguro con la garantía de que el bien impera sobre el mal, que el amor de Dios puede más que el pecado, que el destino del hombre no es la desdicha de la muerte sino la esperanza futura de gozar en la vida eterna.
Con la muerte en la Cruz Dios  no solamente quiere redimir nuestros pecados, sino que pone al alcance del ser humano un arma hasta entonces enarbolada por el enemigo: el sufrimiento. Es un obstáculo para la felicidad de las personas. En sus diferentes aspectos el dolor perturba el anhelo de felicidad del hombre, y le puede consumir en un distanciamiento de Dios por entender que la enfermedades, las frustraciones personales, las tragedias,  son consecuencia del olvido del Padre hacia sus hijos, provocando una desesperación que es la peor reacción que podemos tener ante la incomprensión de las desgracias y padecimientos. De esta manera,  aparentemente tan humillante, Jesucristo convierte el dolor unido a la Cruz, en manifestación de adhesión a la voluntad de Dios.
En tu vida, en la mía, ante el sufrimiento tenemos dos opciones reflejadas en los ladrones ajusticiados con Jesús. Una, la del ladrón desesperado que  le pide salvarse a sí mismo y librarlos a ellos del suplicio; la otra, la del  llamado buen ladrón, que  movido por la esperanza le pide al Señor que se acuerde de él cuando llegue al Cielo; y Jesucristo, siempre misericordioso, comprensivo de la poquedad del hombre ante el sufrimiento por haberlo padecido Él mismo, le asegura que ese mismo día, estará con Él en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).
En este tiempo pascual que comienza el Domingo de Resurrección, haz propias las palabras de san Agustín  y afirma con él: “en Cristo, la divinidad del Unigénito se hizo partícipe de nuestra mortalidad, para que nosotros fuéramos partícipes de su inmortalidad”.
¡Feliz Pascua de Resurrección!