martes, 26 de noviembre de 2013

Tu alma después de la muerte


La Iglesia invita en el mes de noviembre a considerar los fines últimos –novissimis en latin- del ser humano. Si tus padres te bautizaron al poco tiempo de nacer, indudablemente que no recuerdas el ritual del Bautismo. Si lo has recibido en edad adulta puede que sí. No obstante, te lo recuerdo en parte para resaltar la parte que viene a colación. El sacerdote, después de conocer el nombre escogido para el nuevo hijo o hija de Dios pregunta a los padres: “¿Qué pides a la Iglesia”?. Respuesta: “La fe”. “¿Y qué te da la fe?”. “La vida eterna”. A través de este Sacramento Dios nos acoge como miembros de su familia divina y simboliza el paso de la vida terrena a la eterna.

La temporalidad de nuestro existir en la tierra siempre ha movido al hombre a preguntarse el futuro de la existencia después de la muerte. La Escatología –palabra griega que significa “reflexión sobre las cosas últimas”- se encarga del estudio teológico que ayuda a asomarse más allá de esta vida. Para realizar este estudio hay una condición: tener fe. Ser creyente.

El predicador de la Casa Pontificia, predicador del Papa, el padre capuchino Raniero Cantalamessao , en la revista Palabra del mes de julio 2013, hace una precisión propia de quien está embebido en las profundidades de la fe; pero que tan bien nos puede venir a ti y a mí. A la pregunta de lo que creemos los que nos definimos como creyentes  contesta que “Casi siempre creen en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un más allá”. Pensamos que por el hecho de creer en un Alguien superior nos tenemos por creyentes; y no es así. “Pero ésta es un fe deista, -explica- no una fe cristiana; siguiendo la famosa distinción que hacía Karl Barth, esto es religión, pero todavía no es fe”. Ésa es la diferencia primordial. Para tener fe tenemos que creer en Jesucristo, Hijo de Dios; no en Algo, en un Ser, en un Creador. Si es así, nos quedamos en personas religiosas, con una vaga idea de nuestro destino post mortem.

Admitiendo la religiosidad por naturaleza del ser humano, y que la sociedad laica propone un pensamiento contrario al cristiano, podríamos reducir a tres las opciones que la ideología laica ofrece como respuestas a la pregunta del futuro después de la muerte. Líbreme Dios de introducirme en derroteros racionalistas, contrapuestos a la doctrina católica en torno al “más allá”, para defender lo que para mí es más convincente y razonable como relata la Biblia y en la enseñanza oral de Jesucristo, respecto al cuerpo y alma de los hombres y mujeres que han vivido, que vivimos y que vivirán. De paso, refrescamos ese ansía de eternidad, que ya en tiempos de Juan Ramón Jiménez empezaba a echarse en falta, y él se encargaba de recordarla: "¡Cielo, palabra del tamaño del mar que vamos olvidando tras nosotros!".

Hagámoslo sencillo. Imagínate que llamo a la puerta de tu casa, me recibes, y después de presentarme me atiendes amablemente, pasamos al salón, me invitas a sentarme. Acto seguido, para no entretenerte demasiado tiempo, te doy a conocer las opciones por si tienes inquietudes sobrenaturales y te interesa plantearte seriamente qué pasará cuando dejes esta vida. Vamos a diferenciarlas por letras.

a) Es la más sencilla. Profundamente atea. No tiene sentido trascendental alguno. Vive la vida sin más. No te rayes pensando que sucederá después de abandonar este mundo. ¿Para qué? El hombre y la mujer no somos más que materia. Llegad el momento con la muerte se acaba todo. Es el mismo final que el de una lombriz. Da lo mismo que hayas empeñado tu vida en hacer el bien a los demás o que te hayas dedicado a violar a cualquier pobre mujer que se haya cruzado por tu camino, en ser un genio de la arquitectura o a asesinar mujeres y niños porque estás convencido que la provincia donde naciste es un estado históricamente sometido por otro. No hay premio ni castigo. Es indiferente. Disfruta a tope. Aprovecha la vida. Si te viene el contratiempo, el fracaso o la enfermedad, maldice todo lo que puedas para desahogarte. Las tragedias propias o ajenas las despachas con una queja para confirmar que llevas razón: Esta vida es una …. y ¡a vivir que son dos días!

b) Aquí ya hay que pensar más. Tienes que tener un convencimiento  de que además de materia, el ser humano tiene espíritu. Morimos y el cuerpo desaparece, pero queda el espíritu. ¿Qué hacer con él? ¿A dónde nos lleva? Te introduzco en el movimiento gnostico. Aviso: tienes que tener unas grandes tragaderas intelectuales para empaparte el contenido por el cual tu alma se convertirá en inmortal. A los seguidores de esta tesis se les llama gnosticos, porque tienen el conocimiento secreto revelado por los Apóstoles a su grupo de élite. Falsificar el Evangelio es una de las armas preferidas. Buscan eliminar las doctrinas cristianas. Viene a ser como el New Age moderno con unas creencias perfectamente cambiables por cuanto buscan más la novedad que la verdad. No tratan muy bien a nuestro cuerpo, al que consideran una cárcel de la que nos liberamos después de la muerte, considerando pervesiones la procreación y el matrimonio. La divinidad está compuesta de una multitud de espíritus individuales. Para ellos, Jesús no es dios ni hombre, sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo para darnos unos conocimientos necesarios para librar a nuestras almas de los cuerpos. Por supuesto que no admiten la redención de Cristo, porque con los conocimientos gnósticos se accede a la verdadera vida mas allá de la materia. El alma vivirá en el Pleroma, o mundo espiritual invisible, que se forma a través de las emanaciones de poderes espirituales, denominados aeones,  que emite el  Ser Supremo. Tienes que echarle mucha imaginación; tanta si cabe, como esos escritores que viven de publicar novelas con fondo gnóstico, después del éxito alcanzado por el Código Da Vinci. Pero, insisto, si dispones de poco tiempo para reflexionar, y no utilizas transporte público para desplazarte por tu ciudad y entretenerte con tanta literatura sobre el tema, te sugiero pasar a la siguiente opción.

c) Esta está basada en las religiones orientales, mantenida antiguamente por algunos pensadores griegos. Acaecida la muerte, el alma comienza una serie de reencarnaciones sucesivas hasta alcanzar un estado final de purificación. El retorno en seres humanos puede llegar a alcanzar las ciento ocho reencarnaciones; dependiendo del estado del alma a la muerte, así tendrá que purificarse en sucesivas reencarnaciones. En esta corriente no existe Ser superior; digamos que es el propio alma únicamente quien realiza el proceso de autorredención. Hay una creencia reencarnacionista llamada “metempsicosis”, que enseña que los grandes pecadores pueden reencarnarse en un animal o en una planta. El objetivo, resumiendo, está en que en base a sucesivas reencarnaciones se paguen culpas de vidas anteriores y el alma se purifique hasta llegar a un alma absorta en “el todo”, para formar parte de un “Dios” o “Brama”.

d) Y para terminar mi exposición, para no robar más tiempo del que dispones, apuro un vaso de agua que amablemente me has ofrecido, y te expongo la teoría que a mí, particularmente, me da más resultado, por ser más razonable y creible, respetando, por supuesto, tu libertad de elección. Para adscribirte a esta teoría se necesita un requisito: saber y querer amar. ¿Quién no ha amado alguna vez? ¿A quien no le gusta ser amado? Esta es la que más dignidad concede a la persona, sea cual sea su condición. Sobre esta doctrina han divagado admirables doctores en teología como San Agustín, Santa Teresa de Jesús o Santo Tomás. Pero tú ya sabes mi argumento para no distraerte más de lo debido: la simplificación. Por eso, te advertía de un requisito: querer amar, dejarte querer. ¿Y a quien? ¿Y por quién? Por Jesucristo. Uno de sus seguidores contemporáneos, el apóstol Juan, lo dejó escrito: “Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él”. (1 Juan, 4, 7-9). Por tanto, si consideras que Dios es amor, que te quiere con todo el amor (infinito) que Dios puede tener, te sentirás querido y amado en cuerpo y alma, como se quieren los enamorados. En toda relación afectiva, los dos enamorados tienen que renunciar a aquello  que les diferencia y puede causar desavenencias. En este caso, Jesucristo en la Cruz clavó todas aquéllas conductas –pecados- que impedían derrochar el afecto de uno –tú y yo- hacia el Otro. Lo único que te pide para estrechar esa relación son pequeñas o grandes renuncias, que redundará en tu propia felicidad. Porque la verdadera felicidad está en dar y no en recibir.

Esta doctrina tiene una gran ventaja. No está sujeta a la temporalidad. Cuando dos personas están firmemente enamoradas temen que la separación sea una realidad que les condiciona a quererse. Las despedidas se hacen interminables, no quieren separarse, afrontan la separación con tristeza. No digamos cuando la partida es para siempre. Se juran amor eterno; pero el amor humano es temporal. Pues bien, en este caso, no es así. Si Dios mismo te ofrece un amor (infinito), es para disfrutarlo para siempre (en la eternidad). Por tanto, no es un amor condicionado a esta vida. Va más allá: hasta el más allá. Es un amor sin fin, una felicidad para siempre. Serás “cieloso” por vivir en el Cielo; pero nunca celoso porque Él es incapaz de serte infiel.

 Un enamoramiento que no conoce fronteras, que ni la muerte es capaz de separarlo, sino al contrario, se perfecciona al poder ver a Dios cara a cara, es la mejor oferta que te puedo hacer para afrontar el término de esta vida con la esperanza segura en una vida (con Dios) que no acaba. Me lo ha contado mi madre muchas veces. Su madre (mi abuela) no las tenía todas consigo con respecto al futuro después de la muerte. Decía que nadie había vuelto para contarlo. Y a base de decírmelo yo he deducido una teoría: ¿qué es lo que pasa cuando estás con un amigo al que no ves desde hace años y te juntas para tomar unas cañas? ¿O cuando estás con tu novio o novia después de pasar una semana sin verle? ¿O cuando estás presenciando un épico encuentro de tenis entre Nadal y Federer? Se contesta con esta frase: ¡se me ha pasado el tiempo volando! Así debe ser cuando el alma se encuentra con Dios en el Cielo. Es tal la satisfacción infinita que se tiene que “olvidar” volver a la tierra para que sepan algo de ti. Y como allí no existe tiempo, hay un “eterno” olvido de dar un aviso en casa para decir que vas a llegar tarde por lo muy feliz que te sientes junto al Señor. No te pido que tengas la fe del carbonero. Discurre con serenidad y memoria. Piensa en los que no renunciaron a ese amor a costa de perder sus vidas (terrenales); los que se alejan de sus familias para irse a otro continente a ayudar a tantos seres humanos como tú y como yo, pero olvidados y abandonados a sus miserias; o ese vecino o vecina, compañero o compañera de trabajo, o quien tiene apuros económicos o salud debilitada, pero que cada vez que hablas con ellos te tratan con cariño y te ofrecen la mejor de sus sonrisas, y que sabes que todos los domingos, e incluso todos los días, asisten a Misa en la parroquia de al lado de tu casa. ¿Verdad que te llaman la atención? Pues son los que se han dejado “atrapar” por esos tejos que el Enamorado lanza indiscriminadamente. ¿No ves que son pruebas de estar plenamente enamorados?

Esta es la oferta que te recomiendo. De quien te quiere “tirar los tejos” hablaremos más detalladamente, en el siguiente post una vez que este domingo día 25 se ha clausurado el Año de la Fe. Acontecimiento que es indispensable mencionar. Mientras tanto, me despido de ti, gracias por tu atención, te dejo tiempo para que te replantes las opciones que te dejo. Volveré próximamente para saber por cual de ellas te has decantado.

¡Ah, un olvido! Esta frase te puede ayudar a elegir la mejor opción: “Si nos atrevemos a creer en la vida eterna, a vivir para la vida eterna, veremos cómo la vida se torna más rica, más grande, libre y dilatada”. Su autor es un anciano enamorado. Se llama Joseph Ratzinger. Y sabe mucho del tema.

Para quitar seriedad a la entrada, te obsequio con este video. Ahora que se acerca la temporada de compras navideñas y de pisar muchas superficies de centros comerciales, ándate con ojo no vayan a sorprenderte de esta manera. Es un cuadro de Rembrandt que sale a la calle, bueno, a un centro comercial de Amsterdam, pero… ¿por qué no puede ocurrir en España?


viernes, 1 de noviembre de 2013

Beatificación 522 mártires en Tarragona



La beatificación de 522 mártires en Tarragona el 13 de octubre ha pasado a ser la más numerosa de cuantas se han efectuado en la historia de la Iglesia. Con esta cifra se llega a 1.523 mártires de los llamados del siglo XX, de los cuales 11 ya han sido canonizados.

Se han vertido algunas críticas por la ciudad, la fecha y el acontecimiento en sí, buscando posicionamientos políticos, cuando en realidad no hay más que determinación puramente religiosa. Y existen argumentos suficientes para constatarlo. Las siguientes preguntas sirven de aclaración.

¿ Por  qué en Tarragona? Los primeros mártires hispanos entregaron su vida en esta ciudad. En el año 259, el obispo San Fructuoso y sus dos diáconos, San Eulogio y San Augurio sufrieron martirio por no renegar de la fe. Otra poderosa razón es que Tarragona es la ciudad en la que en este proceso más causas se han abierto: sufrieron martirio 147 cristianos, encabezados por su obispo auxiliar.

¿Por qué en esta fecha? El Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto XVI concluye el último domingo de este mes, y es un acierto pleno cerrar el evento con una beatificación de tal magnitud. De hecho el lema de la beatificación ha sido: Firmes y valientes testigos de la Fe. Es a lo que siempre estamos llamados los cristianos, sin exclusión de momentos y circunstancias en función de la época que vivamos.

¿Por qué mártires del siglo XX? Porque no fueron mártires de la guerra civil. Durante los años 1931 a 1936 fueron asesinados unos veintiocho religiosos. En esos años no había guerra civil, sino una situación de persecución religiosa: quema de conventos y de iglesias, asesinatos de personas a causa de su fe. Desde el siglo IV en que el emperador Diocleciano asumió el poder en el Imperio Romano, no había habido una persecución religiosa en España como la sufrida. Cerca de 7.000 religiosos asesinados y miles de seglares que entregaron su vida por el simple hecho de ser católicos. Los procesos de beatificación podrían alcanzar los 10.000.

El cardenal Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, que presidió la ceremonia en representación del PapaFrancisco, fue determinante en la homilía que pronunció. Invito a leerla íntegra y pausadamente. Me quedo con este texto: “Recordemos de antemano que los mártires no fueron caídos de la guerra civil, sino víctimas de una radical persecución religiosa, que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Estos hermanos y hermanas nuestros no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres y mujeres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe, solo porque eran católicos, porque eran sacerdotes, porque eran seminaristas, porque eran religiosos, porque eran religiosas, porque creían en Dios, porque tenían a Jesús como único tesoro, más querido que la propia vida. No odiaban a nadie, amaban a todos, hacían el bien a todos…Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra”.

El Papa Francisco, en mensaje emitido por videoconferencia antes de la celebración litúrgica, hizo una breve reflexión para explicar quiénes son los mártires: “Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquél “amar hasta el extremo” que llevó a Jesús a la Cruz”. Porque el amor debe ser total: “ No existe el amor por entregas, el amor en porciones”.

Descubriendo la biografía de cada uno de ellos podemos admirarnos de su valentía para morir violentamente, pero con una paz interior que solo las almas en gracia pueden vivirla. Todos podrían haber salvado la vida –aunque bien es verdad que no lo tengo claro dada el odio mostrado por sus verdugos- si hubieran adjurado de la fe. No se les pedía reunir sumas de dinero, ni participar en movilizaciones sociales, tampoco en unirse al frente en el combate; solamente se les pedía a cambio renegar de la fe. Con una frase bastaba. Pero no se conoce un solo testimonio de un cristiano que salvara la vida por renunciar a confesar delante de sus verdugos a Cristo.

Posiblemente tú y yo no volvamos a revivir estos violentos episodios; seguramente no estemos llamados a ser uno de esos 105.000 cristianos que cada año mueren en el mundo por ser seguidores de Jesucristo, o uno de los 100 millones de cristianos perseguidos en los países donde no se respeta la libertad religiosa.

Pero no por ello perdemos protagonismo si tenemos en cuenta que en nuestras vidas, en los días vividos aparentemente sin sobresaltos, existen ocasiones en las que podemos vernos delante de nuestros verdugos dispuestos a que abjuremos de nuestra fe, a que sucumbamos en pequeñas tentaciones que de manera encubierta se nos ofrecen para renunciar en situaciones determinantes a ser fieles a Jesucristo. El peligro de la vida cristiana no está en ninguna situación como la de los mártires, que superan el pavor de la muerte sin renunciar al valor Supremo por el que han vivido; el riesgo en la vida corriente de cada cristiano, en la tuya y en la mía, está en esas pequeñas renuncias que pueden hacernos perder -¡y quien no conoce más de un caso ocurrido, y de los cuales nadie estamos a salvo si no es por la gracia de Dios!- de pasarnos al otro bando; al bando de la comodidad, del egoísmo, de la sensualidad, de la avaricia, incluso del relativismo para acallar nuestras conciencias sin dejar de sentirnos –sentirnos sin sentir- cristianos. Ése es el riesgo, y esa es la heroicidad que nuestro Señor nos pide: ser fieles diariamente dentro de una sociedad donde tantas apetencias materiales nos ofrece para arrinconar a quien verdaderamente nos reparta sentido y felicidad a nuestras vidas.

 Cada día nos ponemos en situación de ejercer de palabra o de obra nuestra fidelidad a Dios. Podemos convertirnos en mártires ordinarios si sabemos derramar en lugar de sangre nuestros egoísmos y comodidades. ¿Has pensado que hay muchos momentos en nuestras vidas que podemos sucumbir a las tentaciones, que de manera encubierta se nos ofrecen para renunciar a nuestra condición de cristianos aunque solo sea por un momento? Seguramente sí. Pues por cada acto por pequeño que sea donde mostramos esa fidelidad al Señor, nos convertimos en héroes. Por el contrario, en esos momentos puntuales donde nos dejamos vencer por debilidades consentidas, donde prima el yo antes que Él, es cuando nos convertimos en villanos.

Los mártires no llegaron a serlo por decir sí a Jesucristo en lugar de salvar sus vidas momentos antes de su ejecución; sino porque a lo largo de su existencia supieron renunciar con la gracia de Dios a dejarse llevar por las tentaciones, que por pequeñas que sean siempre suponen una separación del amor que gratuitamente Dios nos regala.

Esta es la lección que pueden darnos los mártires a quienes intentamos agradar diariamente a Jesucristo a través de nuestra fidelidad, tan inconsistente en ocasiones, tan puesta a prueba y derrotada tantas veces. Fidelidad, sí; fieles en la familia, en la facultad, en el trabajo, en los hogares, con los amigos; fieles a Dios, porque es de quien verdaderamente podemos fiarnos. El medio para luchar contra las infidelidades posiblemente lo conozcas: es un Sacramento, llamado de la Reconciliación. Está en juego no nuestro nombre en los altares, sino en el Cielo.

Te dejo el video oficial del Domund 2013. Saca tus propias conclusiones. Yo he sacado una: que la fe es alegría.