sábado, 4 de mayo de 2013

¡Sí a la vida!

En el anterior post me dejé llevar de la imaginación para recrear las escenas vividas en el cenáculo donde los Ápóstoles y la Virgen, junto con las santas mujeres y otros discípulos, estaban reunidos después de dar sepultura al cuerpo de Jesús. El ordenador lo tenía conmigo para contarte las experiencias que se vivían en esos momentos claves para la Humanidad, para tu alma y para la mía. Te contaba que había cierta agitación porque María Magdalena decía haber visto al Señor Resucitado; Pedro también llegó lleno de alegría, con ese apasionamiento que le caracteriza, jubiloso por haber visto a Jesús.  María, sonriente,  me había dicho una frase que no dejaba de darle vueltas sobre su significado: “Lo mejor está por llegar…”.
Y puedo contártelo: ¡el Señor se nos ha aparecido a todos! –bueno, menos a Tomás que decepcionado por la muerte del  Señor prefirió por unos días la soledad a la compañía de sus hermanos y de la Virgen-. No creíamos que era Jesús, ha tenido que enseñarnos las manos y el costado para que viésemos las heridas de los clavos y la lanzada; ¡los más osados le han tocado para comprobar que es Él,  que tiene carne, que tiene huesos! ¡Y ha comido un trozo de pez asado para mostrarnos que su cuerpo glorioso es carnal! (Lc. 24, 35-48). Pero esto no es todo: a dos discípulos que caminaban en dirección a Emaús se les ha aparecido. Le han invitado a quedarse con ellos y cenar porque estaba anocheciendo, y le han reconocido en la fracción del pan (Lc. 13-32). Con Tomás ya entre nosotros, se ha vuelto a aparecer. Ante la incredulidad le ha pedido que le meta los dedos en las heridas de sus manos y la mano en la herida del costado. Y Jesús, siempre complaciente, ha accedido.Tomás, descompuesto y llorando a moco tendido se ha arrodillado y le ha dicho una frase que quiero repetirle muy a menudo al Señor: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 19-31).  Tomás ya no se ha vuelto a separar de nosotros. Nos ha abrazado a cada uno de nosotros, y le ha pedido disculpas a la Virgen por su incredulidad: “Perdona, María, perdóname Madre, por dudar”. María acariciándole la cara le ha dicho: “No te preocupes Tomás, mi Hijo Misericordioso te ha perdonado. Tu testimonio servirá para que muchos crean sin haber visto”.  Días después ha habido una tercera aparición a algunos apóstoles: Pedro, Tomás, Bartolomé, Santiago y Juan y otros dos estaban pescando. Un hombre desde la orilla les ha indicado que deberían echar las redes a la derecha de la barca para conseguir pesca.  ¡Y han pescado ciento cincuenta y tres peces! No tenían fuerza para sacar la red. Juan ha reconocido al Señor desde la barca. Pedro, al oírle decir que es el Señor se ha atado la túnica como ha podido y se ha echado al agua para llegar antes hasta Jesús. Ya en la orilla el Señor les ha invitado a sentarse para tomar el almuerzo. Ha tomado el pan y el pescado para dárselo a todos los discípulos, que sabiendo que era  Jesús, no se han atrevido a hablar (Jn. 21, 3-14).
Para dar por concluidas mis escenas imaginarias participando de la Resurrección del Señor, me he despedido de la Virgen. María me ha dicho que como Reina de los Apóstoles me asistirá para que sea un testigo más de la Resurrección del Señor en medio del mundo.  Me quedo sin palabras en ese momento: ¡a mí me quiere el Señor para predicar la Buena Nueva! Después del silencio emocionante –estar en presencia de María  te llena de una paz infinita-, le he canturreado con mi pobre voz entrecortada esta canción que he aprendido de mis hijas: 
María mírame, María mírame,
si tú me miras Él también me mirará,
 Madre mía mírame, de la mano llévame,
muy cerca de Él que ahí me quiero quedar.
Vuelvo a la realidad propia de mi existencia. El mejor modo de plasmar la alegría de la Pascua es reflejarlo en situaciones concretas. No podemos aspirar a la vida eterna, si no sentimos desvelo por defender la vida humana. Por eso, el pasado día 6 de abril, asistí en  la Puerta del Sol junto a una de mis hijas –que participó como voluntaria en el evento recaudando fondos para sufragar gastos originados- a la celebración del Día Internacional de la Vida, promovido por diferentes asociaciones Provida. Miles de personas nos dimos cita en Madrid y en otras ciudades de España para reivindicar el derecho a la vida desde su concepción hasta el final de la misma de forma natural. Hubo testimonios de discapacitados físicos y psíquicos, de madres que abortaron influidas por el entorno familiar o médico, de hijos nacidos sanos a pesar de un mal pronóstico clínico, de mujeres que pudieron nacer gracias a la negativa en el último momento de una doctora para practicar el aborto a su madre, etc. Se reclamó al gobierno mediante la lectura de un Manifiesto la actual  derogación de la ley del Aborto, se pidió a las autoridades europeas y nacionales, “políticas activas y eficaces de protección a la familia, sostén de la sociedad en esta época de crisis, fuente de solidaridad y garante de la vida y el cuidado a los más necesitados”. Cerró el acto el grupo Beat Beat Yeah, recordando canciones de Los Beatles. Una manera alegre, civilizada, de decir un claro Sí la a vida. Una periodista de una emisora de radio se acercó a mi hija para preguntarle porqué estaba allí: “Las personas –contestó- no somos quienes para quitarle la vida a un ser humano”. Perfecta reflexión –y no por ser mi hija-: si no decidimos el momento de nacer, tampoco debemos resolver cuál es el momento de morir. Tiempo tendremos de desarrollar más pormenorizadamente el triste tema del aborto.

En la anterior entrada traté de destacar que el pecado obstruye esa relación armoniosa del hombre con Dios, exponiéndole a perder el ansía de eternidad que todos llevamos dentro. Pero también afirmé que el pecado engendra muerte, deteriora las relaciones con nuestros semejantes. Surge un paralelismo entre el alejamiento de Dios y el desprecio a la vida humana, ¿no crees? Niños muertos en el vientre sus madres, asesinatos en relaciones de pareja, hijos que mueren por la violencia de sus padres, reyertas que conducen a homicidios, millones de seres humanos que mueren por la hambruna, guerras, odios, revanchas… ¿Es nuestro mundo más humano cuando prescinde de Dios? ¿Suplantamos a Dios por el hombre para que siendo el eje de la existencia revierta en la consecución de derechos inalienables para una mejor convivencia?  San Agustín definía el pecado como  amor de sí hasta el desprecio de Dios”. El amor desmedido hacia uno mismo conduce al desprecio del Creador y, consecuentemente, al deterioro de las relaciones humanas. Y ese desprecio al prójimo repercute en legislaciones que en nada tienen en cuenta los derechos ni siquiera de los más indefensos. Ejemplo claro, las leyes abortistas. Desde que en Estados Unidos se dictó la infamante sentencia del Tribunal Supremo en el caso Ro v. Wade, en 1973, en el que se legalizó el aborto, se han matado a 50 millones de seres humanos.  En España, país europeo vanguardista en prácticas abortistas, desde que se legalizó en 1985 hasta 2011, 1.693.366 niños han muerto sin haber podido nacer.

No puede haber mayor coherencia entre el seguimiento a Jesucristo y el comportamiento cristiano: la defensa a ultranza de la vida desde el momento de la concepción. Entregó su vida para vencer el pecado, para derrotar a la muerte, y ofrecernos el camino para alcanzar la vida eterna. Quien promueve muerte, no es de Dios; quien defiende la vida, actúa conforme al designio de Dios. ¿De qué lado estás?

El tiempo de Pascua concluye la semana próxima -¡qué rápido ha pasado ¿verdad?-. Nuestra Santa Madre Iglesia, en su tercer mandamiento nos aconseja comulgar al menos una vez al año por Pascua de Resurrección, y en el segundo confesar los pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar. Es conveniente tenerlo en cuenta porque en materia de sacramentos el orden de factores sí puede alterar el producto.  ¿Qué tal si pones en práctica esos consejos?

Si te preocupan los problemas del mundo, si no te conformas con expresar lamentos que a nada conducen, si crees que puedes colaborar en un mundo mejor, ve este video. A lo mejor te hace cambiar de aptitud, si es que aún no la has cambiado.