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domingo, 24 de marzo de 2019

Pederastia, una plaga que asola el mundo



Reiniciar los post dos meses después con un tema como son los casos de pederastia en la Iglesia, puede resultar un plato demasiado fuerte. Podría haber elegido otro un poco menos complicado de reflexionar y desarrollar. La decisión está tomada. El silencio sobre estas lamentables noticias que hemos ido conociendo, no puede ser el mejor consejero. Parece que los vientos se van calmando y la arremetida de ciertos medios contra la Iglesia por la publicación de diversos casos de pederastia van dejando de ser noticia. La tormenta informativa ha causado estragos. No hay motivos para que los católicos nos escondamos, adoptemos un silencio para que otros vociferen. Es cierto que los escándalos de abusos sexuales son muy graves, tanto los hechos en sí como el ocultamiento por parte de las autoridades eclesiásticas responsables. Pero de ahí a dar la impresión que es desde dentro de la Iglesia católica donde se crea y se promueven estos delitos contra niños media un abismo. La inoculación de este virus viene de otras partes, de una sociedad degradada por el uso y abuso del consumismo sexual. Nos amparamos en datos aún a riesgo de extendernos más de lo deseado.

La pederastia puede considerarse una plaga que asola el mundo, siendo millones de niños las principales víctimas. Según UNICEF se estima que 120 millones de niños han sufrido las consecuencias de las perversiones sexuales de sus agresores, estimando que en el 90% de los casos son hombres. Son actos delictivos en la mayor parte de países, si bien en algunos asiáticos hay un turismo pedófilo reconocido y no perseguido. Según datos de Interpol, en Europa se estima que hay unos 18 millones de niños (año 2013) que sufren abusos. Desde 2015 España cuenta con un Registro Central de Delincuentes Sexuales. Según el diario El País, en informe publicado el 3 de octubre de 2018, 45.155 personas no pueden trabajar con niños por sus antecedentes penales, de ellos, 2574 son menores. En España una decena de sacerdotes han sido condenados por pederastas, y a finales de 2018 sólo cinco estaban cumpliendo condena.

Que se sepa, solamente la Iglesia a nivel institucional ha reconocido públicamente el mal infringido  a consecuencia del comportamiento de sacerdotes pederastas. Seguimos aportando datos. Según cifras oficiales que recoge el Anuario Pontificio de 2017, en el mundo hay 1.285 millones de católicos, el 17% de la población mundial, el total de clérigos es de 466.215. Teniendo en cuenta que los principales abusadores son familiares, profesores, educadores, trabajadores en centros deportivos de ONG, monitores, voluntarios en trabajo con niños, sin contar a los proxenetas y traficantes de niños, el índice de casos en estos estratos sociales es superior si establecemos una comparativa con la Iglesia católica, sin contar con casos que se han dado también en otras confesiones religiosas. La comparación no justifica la responsabilidad de la Iglesia, estamos de acuerdo; sí es un hecho objetivo  que el índice de casos es de los más bajos, en base al elemento humano que constituye la Iglesia.

Es muy difícil hacerse a la idea de que hombres que libremente decidieron entregarse a Dios cometan estos actos. ¿Trastornos psíquicos? ¿Pasiones irrefrenables? Solamente ellos pueden saberlo. Es bien conocida la frase pronunciada por el beato Papa Pablo VI durante la homilía en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, en 1972: “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios”. Desde entonces nadie ha dicho que haya salido.  Es un misterio que el Papa Francisco lo ha recordado recientemente: “No hay explicaciones suficientes para estos abusos en contra de los niños. Humildemente y con valor debemos reconocer que estamos delante del misterio del mal, que se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús”. 

Y ese mal, esas acciones malvadas e incontroladas cometidas,  son aireadas de distintas maneras por los detractores y enemigos de la Iglesia. Es el caso del escritor Frederic Martel, quien el 21 de febrero, justo el mismo día que se inauguraba en el Vaticano el Encuentro sobre Protección de Menores, publicaba un libro titulado ““Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano”, del que dice haberle costado tres años de trabajo, pero sin desvelar las fuentes que han sufragado los viajes y entrevistas, donde quiere “mostrar la hipocresía de los miembros del Vaticano, por aquello de practicar la homosexualidad para luego condenarla”. Está dentro de una perfecta ingeniería social para concienciar a las gentes con el mismo argumento de un padre, respondiendo  a su hijo cuando en la mañana de un domingo, al pasar por la parroquia próxima a mi casa, le preguntó: “Papá, ¿qué hay ahí dentro?”. Y el padre, el joven padre, sin complejo alguno le miró y le dijo: “Es un sitio al que no se tiene que pasar porque hacen mal a los niños”. En el siglo XXI ya no se necesitan circos romanos, ni echar a los cristianos las fieras, basta  un ordenador, una imaginación desbordada  y, eso también, una oculta fuente de financiación, para desgarrar ferozmente a una creyente. Las redes sociales es el público que asiste enfervorizado pidiendo más y más sangre, más y más humillación; no para distracción, sino para el aniquilamiento del enemigo. Son dos mil años en permanente estado de acoso.


Aludía antes al Encuentro sobre Protección de Menores, que se celebró del 21 al 24 de febrero en el Vaticano, y que reunió a cardenales, obispos y superiores de órdenes religiosas, entre otros participantes. Fue a iniciativa del Papa Francisco, principal valedor no solamente en la Iglesia católica, sino en todo el mundo, para luchar con decidido empeño contra esta lacra mundial. En el discurso al final del encuentro hizo un agradecimiento: “Agradezco, en nombre de toda la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que no solo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por los escándalos de unos pocos -pero siempre demasiados- hermanos suyos. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos”.

Uno de esos sacerdotes fieles fue don Rodrigo Fernández Salas, conocido por “Don Rodri”, fallecido precisamente durante la celebración de ese Encuentro, el día 22 de febrero. Fue el primer sacerdote que traté a mi llegada a Madrid. Un hombre que dedicó la mayor parte de su ministerio sacerdotal a atender a profesores, alumnos, padres del colegio Tajamar y cualquier persona que queríamos tratarle. La puerta de su despacho siempre estaba abierta para recibir a quienes queríamos verle y charlar con él; sus consejos, siempre sencillos y claros. Hombre fiel a su vocación y a sus amigos, y por amigos nos tenía a todos sin importar las veces que nos acercábamos a él. ¡A cuántos niños y a cuántos jóvenes trató y ayudó? Porque a todos nos veía como lo que somos, hijos de Dios.


Y como él, muchos, muchos, ¡miles y miles de sacerdotes que emplean su vida en servicio a las almas! Que no nos intenten engañar ni bajar el ánimo. Eso sí, tal vez tú y yo, debiéramos plantearnos rezar más por ellos. Por otro lado, tengo el pleno convencimiento que no habrá más casos de pederastia en la Iglesia. Espero que en Europa y en el mundo, tampoco.

Video del Papa Francisco en este mes de marzo. Aunque queden pocos días de mes, es  una realidad la que denuncia que se da a lo largo de todo el año, de toda la historia.

miércoles, 25 de julio de 2018

Por la caridad entra la peste


Es un refrán que he conocido hace pocos días y parece ser que  se originó en el siglo XIV, con la temida propagación de la peste negra por Europa. Salvo casos excepcionales, el único modo de sobrevivir a la enfermedad era evitar contraerla. El pánico imperante conducía a criticar a quienes ayudaban a los enfermos. 

Parecidas críticas hubo en España  cuando los sacerdotes y médicos Miguel Pajáres y Manuel García Viejo, miembros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, fueron repatriados después de contraer el ebola en tierras africanas donde desempeñaban su labor misionera. Para algunos estos dos enfermos que morirían días después en el Hospital Carlos III de Madrid, no deberían haber sido trasladados para evitar contagios entre personal sanitario y propagar el virus entre la población. 

En la sociedad en que vivimos nada puede extrañarnos del resultado  de alguna una encuesta sobre la aceptación del refrán comentado. Seguro que habría muchos simpatizantes que se identificarían plenamente con su significado. Es fácil encontrar justificación para pasar de largo estados donde podríamos hacer más por el prójimo. Contaba mi cuñada que una noche paseando al perro escuchó en una vivienda los lamentos de una mujer que podría estar siendo maltratada por su pareja. Al pedir a los vecinos que estaban asomados a la ventana la letra del piso para llamar a la policía, una mujer le dijo que en los problemas de familia no había que meterse. Afortunadamente, otro vecino sí ofreció la letra y gracias a su colaboración mi cuñada -y no los vecinos- pudo llamar a la policía para personarse una dotación en el piso minutos después. Detalle de civismo que no por todos es bien aceptado. 

Es  la influencia del hedonismo, sin lugar a dudas, que nos hace buscar lo placentero a cualquier precio, de quedar sin implicación alguna con quien siente necesidad de ser tenido en cuenta. La verdadera peste que debemos evitar, por agrietar la esencia de la convivencia solidaria, es la del egoismo, de lo contrario acabaremos como irónicamente escribió G.K. Chesterton: “Tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados: sentémonos en sofás y seamos una raza endurecida”.




Por bien de la humanidad el refrán en cuestión no ha tenido aceptación alguna para quienes se sienten llamados a servir al prójimo. A la hora de hablar de desvelos por los necesitados, y aplaudiendo a todas las Organizaciones No Gubernamentales que con gran empeño acometen tareas humanitarias en diferentes partes del mundo, la institución que más voluntarios ha aportado a labores en beneficio de los más débiles es, desde los primeros tiempos de su existencia la Iglesia católica. Miles y miles de personas dejan atrás sus familias, sus hogares, sus países, y van en busca del necesitado. He conocido misioneros españoles que por circunstancias de enfermedad o descanso obligado por sus superiores vienen a España. Hablas con ellos y no piensan más que en volver a la misión que han dejado. No les importa pasar limitaciones, exponer sus vidas hasta el punto de que la muerte  sobrevenga en las circunstancias que sean, para ellos el objetivo es el otro, el necesitado de atenciones sanitarias, y sobre  todo  de cariño. 


Las iglesias locales también desempeñan labores encomiables.  Atienden carencias materiales, afectivas, educativas, sanitarias… A día de hoy la Iglesia española puede decirse  que está con 97.000 personas acompañadas en centros de orientación familiar; con 115.000 personas orientadas y acompañadas en la búsqueda de empleo; con 77.000 personas mayores, enfermos crónicos y personas con alguna discapacidad; con 140.000 emigrantes que han recibido ayuda; con 20.000 personas recibiendo asesoría jurídica; con 23.000 personas atendidas en centros para el tratamiento de las drogodependencias; con 47.000 niños y jóvenes atendidos en algún centro de atención y tutela de menores; con 23.000 mujeres acompañadas y ayudadas en centros para promoción de la mujer y atención de víctimas de violencia. Se cifra en 2.800.000 millones las personas atendidas en centros para mitigar la pobreza.

Para el seguidor de Jesucristo la preocupación por el prójimo es fiel reflejo del amor de Dios. Y a esto es lo que llamamos caridad, el amor por los demás en toda su plenitud. La persona es el principio y fin. En la Encíclica Spe Salvi se preguntaba Benedicto XVI: “¿Cómo se ha desarrollado la idea de que el mensaje de Jesús es individualista y una huida de las cosas de este mundo?”. En la sociedad de la alta tecnología siguen latentes los mismos problemas y vicisitudes que se originaron en la revolución industrial. Las máquinas y los aparatos, los avances electrónicos, no han podido cubrir las necesidades más básicas del ser humano en su totalidad. El pobre sigue mirando al mismo lado para ver quien puede ayudarle. Y lo encuentra en la Iglesia, porque “Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”(1).

La  precursora de la caridad fue una mujer que  destaca en la historia como ejemplo y entrega de generosidad. La Virgen María es el modelo más sublime. Llevando  en su viente a Dios Encarnado, recorrió unos 130 kilómetros de terreno montañoso para ir desde Nazaret hasta la aldea donde vivía su prima Isabel; no tuvo duda, se levantó y marchó deprisa... y permaneció con ella unos tres meses (Lc. 1, 39-56). Eso lo hizo la Madre de Dios. Tú y yo debemos aplicarnos este otro refrán que tantas veces hemos escuchado: Amor con amor se paga. Y de paso, contribuimos a cambiar el mundo. Su ejercicio es muy saludable.


Video breve, claro y oportuno con el que cierro este post..


(1) San Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, n. 21




domingo, 18 de junio de 2017

Las cuentas muy claras


Posiblemente este sea el post más atípico de cuantos he publicado. Más que opinión aporto cifras y datos. Me parece justo, necesario y oportuno; estamos todavía en plena campaña de declaración a Hacienda, y estimo que es una buena aportación  dar a conocer cómo se financia la Iglesia católica. De esta manera aprovecho a la vez,  para quitar crédito a la noticia que se ha divulgado en algunos medios de comunicación, acerca de que la Iglesia recibe 11.000 millones de euros del Estado, asumiendo que la modalidad de financiación de la Iglesia es una realidad que muchos todavía tratan de discutir -y aquí incluyo a ciertos partidos políticos con representación parlamentaria y con posibilidades de formar gobierno en un futuro-, por cuestiones ideológicas y anticlericales.

Fue en 2006 -con entrada en vigor al año siguiente-, siendo presidente del gobierno de España el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, el año en que se llegó al acuerdo entre el Estado y la Santa Sede para recibir la Iglesia en España el 0,7% de los impuestos, de aquéllos contribuyentes que voluntariamente marcan “la casilla de la Iglesia” en su declaración de la renta. Este es el modo legal en el que la Iglesia cubre aproximadamente el 25% de sus gastos. El 75% restante se hace a través de donativos y colectas. La Hacienda Pública española se convierte así en mero gestor entre el contribuyente y la Iglesia. No hay, por tanto, partida asignada. Dependiendo de lo que el contribuyente declare y decida, la Iglesia obtiene ingresos. Y no siempre van emparejadas el número de contribuyentes con los ingresos recibidos. Tanto es así que en el ejercicio de 2015, 7.347.612 españoles marcaron la casilla del 0,7%, 55.841 más en relación al año anterior, pero los ingresos fueron inferiores -249,2 frente a los 250,3 de 2014-, por tener menos bienes que declarar. También los ingresos de la Iglesia en cada ejercicio fiscal, va en función de la marcha de la economía española.

¿Y del tema del IBI? Habrás escuchado por activa y por pasiva que la Iglesia tiene el privilegio de no pagar el impuesto de bienes e inmuebles. Pues sí, es así en parte, porque hay otra parte que no, ya que existen bienes que carecen de esa exención. El régimen fiscal de la Iglesia en España viene determinado por la Ley de Mecenazgo. Esta ley tiene un régimen especial para fundaciones (incluidas las de los partidos políticos), asociaciones de utilidad pública, ONG´s, federaciones deportivas y confesiones religiosas que tienen acuerdos con el Estado. Es decir, que, de privilegio excepcional, nada, todo dentro de lo que marca la ley, con el mismo beneficio que otras entidades sin ánimo de lucro.

La Iglesia católica, queda claro, no es una lacra económica para el Estado, más bien es todo lo contrario. El Estado ingresa anualmente 14 millones de euros en cotizaciones a la Seguridad Social de los sacerdotes, y otros 20 millones de los laicos que trabajan en diócesis y parroquias, sin incluir los trabajadores de colegios y hospitales.

Según un estudio de KPMG, una de las cuatro firmas más importantes en servicios profesionales que ofrece, entre otros, el de auditorías, cifra en más de 22.600 millones de euros la aportación al PIB, por los bienes de interés cultural con los que cuenta la Iglesia, con más de 160.000 empleos directos.

La asistencia a los más desfavorecidos también es una preocupación que la Iglesia católica, a través de Cáritas, promueve y destina parte de lo recaudado. En torno a 500.000 personas se ven favorecidas de la labor de Cáritas, cuyo presupuesto se cubre con el 65% que de un modo u otro procede de lo que la Iglesia recibe por más de siete millones de españoles, que contribuyen con ese  0,7 % de sus impuestos.


Con el fin de dar cumplida cuenta de su actividad económica, cada año la Conferencia Episcopal rinde cuentas al Estado a través de la presentación ante el Ministerio de Justicia, de la Memoria Anual de Actividades.

Por si todavía quedan aspectos que no han quedado suficientemente claros, te invito a ver este vídeo. Así completa la información que se ha querido aportar a través de este blog, sin más merito que dedicar un poco tiempo a conocer los detalles de financiación de la Iglesia en España, fácilmente alcanzable en internet.




viernes, 28 de febrero de 2014

Señor, que bien estamos aquí


Ya sé que el niño disfrazado de Papa Francisco no piensa en esos momentos lo que da pie al título de esta entrada; pero no me digas que no es encantadora la imagen. Ocurrió en la audiencia del pasado miércoles. Como ya estamos en carnavales a su madre se le ocurrió la idea de vestir así al chaval y presentarlo al Papa. Francisco no tuvo reparo en cogerlo cariñosamente entre sus brazos. En esta entrada nos referiremos al Papa Francisco y también a una madre.

Con este post doy por concluido los dedicados a invitarte a establecer un idilio entre tú y ese personaje tan carismático y que tanto ha trascendido en la historia de la Humanidad, Jesús de Nazaret. Noviembre fue el mes donde te sugerí descubrir el inmenso amor de Dios hacia ti; en diciembre, aprovechando las fiestas navideñas, te ofrecí impregnarte de esa santísima Humanidad de Jesucristo; en enero me referí al lugar del encuentro con Él, en la Iglesia, y en este mes que concluye te puedo mostrar el modo y manera en que el Señor se relaciona con aquéllos que le buscan.

Si como hombres y mujeres que profesamos la fe católica consideráramos que  perteneciendo a una institución jerárquicamente estructurada, cumplidores de unas normas morales de conducta y fieles a unos actos de piedad establecidos para dar culto a Dios, estaríamos en el camino de salvación, quedaría sometido el futuro de nuestras almas al resultado de nuestros propios aciertos y errores, dependientes del esfuerzo personal de cada uno. El camino estaría errado; nos faltaría la principal cualidad: la gracia de Dios. El cristianismo se asienta en tres pilares insustituibles: Cristo, Iglesia y Sacramentos.

El lugar para alcanzar la gracia de Dios, para vivir cara a Dios, pasa por pertenecer y vivir dentro de la Iglesia; porque es el lugar determinado por Jesucristo para llevar a cabo su plan de salvación a través de los Sacramentos. Esta es la clave para entender el compromiso cristiano de ser miembro de la Iglesia.

¿Y qué es un Sacramento? La definición más entendible a mi juicio es la que proporciona E. Schillebecks: “Un sacramento es, ante todo y sobre todo, un acto personal de Cristo que nos abraza, en el plano de la visibilidad terrestre de la Iglesia”. En realidad, los sacramentos “sustituyen” la presencia visible de Jesús y en ellos el creyente se encuentra con Él (1).

 Si queremos encontrarnos con la persona de Jesucristo estamos abocados a recibir los Sacramentos. El alma necesita la fortaleza, el alimento imprescindible para tratar al Señor; el cauce de la gracia son los Sacramentos. San Ambrosio escribe: “¡Cristo, te me has manifestado cara a cara; te encuentro en tus Sacramentos!”. Jesucristo actúa en la Iglesia, de un modo misterioso pero real por medio de ellos. Así se,  perpetúa su promesa: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28,20).

A modo de síntesis podríamos exponer que la labor de la Iglesia es hacer presente a Cristo entre los hombres, anunciar su doctrina, llevando a cabo la obra salvadora encomendada a Pedro y a sus discípulos, los Apóstoles.

Como hijo de la Iglesia me gusta referirme a ella como madre: “Veamos en la Iglesia a una buena mamá que nos indica el camino a recorrer en la vida, que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y que sabe ponernos en las manos de Dios” (2).

 Nos acoge como una madre en el momento del Bautismo, nos concede esa madurez espiritual en el Sacramento de la Confirmación, nos perdona y nos ayuda en la lucha espiritual mediante el Sacramento de la Penitencia, alimenta el alma y nos fortalece con el Sacramento de la Eucaristía y al final de nuestra vida nos acompaña en el Sacramento de la Unción de Enfermos. Para que Cristo pueda hacerse “presente” en nuestras almas necesita de hombres capaces de administrar esos Sacramentos; de ahí el del Orden Sacerdotal, y mediante el Sacramento del Matrimonio, refuerza el vínculo matrimonial entre los esposos, renueva la entrega prometida y en las etapas de crisis vigoriza los lazos entre padres e hijos fortaleciendo la unidad de la familia.

Cristo, por tanto, se encuentra en la Iglesia. Seguirle es estar en la Iglesia. No es posible mantener el enamoramiento pensando solamente en la persona amada; se piensa en ella cuando no está, pero se espera el momento del encuentro. Esa ocasión esperada para participar plenamente en la dicha de tenerle cerca, dentro del alma, ocurre en la Iglesia. Podríamos afirmar con el cardenal Christoph Schönborn que “Quien ha encontrado la Iglesia, ha encontrado el camino del hogar” .

En toda relación es preciso que los enamorados donen parte de sí mismos contribuyendo mutuamente a esa unión de afectos; la entrega es de un yo para ti y viceversa. La persona enamorada busca agradar, complacer al otro olvidándose de sí mismo. Jesucristo, toma la iniciativa: toda la divinidad la entrega para ti, para mí, para todos los hombres sin excepción a través de los Sacramentos. Y quien lo encuentra puede exclamar como Pedro, cuando Jesús se transfiguró mostrando a él, a Santiago y a Juan la divinidad de su Cuerpo: “Señor, qué bien estamos aquí” (3).

Sí, pensarás que lo que te propongo es una aventura, tal vez la más importante de tu vida; lo es. Te propongo ver este video para despegarte un poco de la comodidad en que fácilmente podemos incurrir, para despegar hacia metas espectaculares. A ver qué te parece.

(1) Aurelio Fernández, Yo Creo, pág 161
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 18-IX-2013

(3) Mt. 17, 1-4


domingo, 26 de enero de 2014

Venid y lo veréis

Venid y lo veréis. Esta es la respuesta que Andrés y Juan recibieron de Jesús al  preguntarle dónde vivía(1). Debieron quedar impresionados del trato con el Maestro al constatar Juan la hora que tuvo lugar el encuentro: la décima. El encuentro con Cristo siempre marca una época en la vida personal; siempre hay un antes y un después.

En el post de diciembre había quedado en señalarte un lugar para encontrarte con Él. Te hablo, ya sabes, de Jesús de Nazaret,  cuya vida no es una leyenda: “El pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud”(2).

Es normal que cuando dos personas estás enamoradas siempre existen lugares especiales para encontrarse, para entablar una amistad más profunda, para conocerse el uno al otro, para que el amor crezca con el trato. En el caso que nos ocupa, este lugar se llama Iglesia. Jesucristo así lo dispuso, con un proyecto divino de eficacia y duración: para toda la vida. Fue muy claro en la misión encomendada a Pedro: “y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). En tres ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús  el término “Iglesia”,  y 114 veces se hace mención a lo largo de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

La palabra Iglesia -en griego (Ekklêsía)- significa “convocación”. A los cristianos Dios nos convoca para que convivamos en una misma vocación y misión. Tiene todo el sentido de la lógica humana: la cualidad de socialización es característica primordial entre los hombres. Estamos necesitados unos de otros; nadie, por muy independiente que se crea o piense que así vive, es ajeno a depender de otro. Y si no piensa desde que te levantas hasta que te acuestas cuantas personas han sido necesarias para desarrollar tu vida diaria: el conductor de transporte público que te aproxima hasta la parada próxima a tu trabajo, el panadero que te suministra el pan, el kioskero que te vende el periódico, la empleada de mercería que te vende esos hilos para arreglar el vestido que te has comprado y te queda un pelín largo, el empleado de esa compañía telefónica que te ha gestionado el contrato para financiar el teléfono móvil de última generación que te has comprado o te han dejado los Reyes Magos… Sorprendente el número de personas que sin percibirlo colaboran en cubrir tus necesidades básicas diarias a veces, y excepcionales en otros casos.

Sin embargo, algunos cristianos dicen poner en práctica con éxito aparente  ese eslogan de “Cristo sí; Iglesia, no”. El beato Juan Pablo II dio cumplida cuenta y formuló una contestación a esta idea, afirmando: “Cristo sí; Iglesia, también”. No es una propuesta moderna ésta que contradictoriamente se propugna; ya San Cipriano en el siglo III enseñaba que “Nadie puede llamar a Dios Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”. Si en la economía de salvación Dios hubiera previsto no ser imprescindible convocarnos y convivir entre los católicos, no hubiera instituido la Iglesia. Pero Dios sabe más. Veintiún siglos desde que Jesucristo instituyó la Iglesia, la única Iglesia fundada por Él, es argumento suficiente para reflexionar sobre su carácter sobrenatural;  necesaria e imprescindible su existencia. Por tanto, es cuestionable sostener con perspectiva humana que el hombre pueda salvarse solo.

 En  la Audiencia del Papa Francisco el pasado día 15, se refería con estas palabras a la necesidad de pertenecer y vivir en la Iglesia: “Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser “canales” de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados”.

A pesar de nuestros límites y nuestros pecados. Quien piense  que la Iglesia está solamente  constituida para curas y obispos, y grupo selecto de fieles con grandes cualidades personales para ser piadosos, están tan equivocados  como quienes piensan que la Iglesia es hoy día una institución pasada de moda en la que pocos viven y predican con el ejemplo. Hay de todo en la vida del Señor. Entre el trigo hay cizaña, que no es lo mismo que decir que entre la cizaña hay trigo.

Los apóstoles no eran un dechado de perfecciones. El primer intento de “tráfico de influencias” tuvo como protagonistas a los hermanos Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que a instancia de su madre propusieron a Jesús sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino de los Cielos(3). Pocos días más tarde otro de ellos,  Judas Iscariote, vendió al Maestro por treinta monedas a los príncipes de los sacerdotes(4). Y en la noche del apresamiento del Señor, Pedro le negó por tres veces(5).

A lo largo de la historia de la Iglesia vemos cómo se pone de manifiesto la fragilidad de los cristianos, arrastrados por otros que olvidaron ese consejo evangélico de Juan Bautista -“Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn. 3,30)- provocaron herejías, doctrinas contrarias a la fe,  cismas en Oriente y Occidente, escándalos… Los grandes Padres y Doctores de la Iglesia no aparecen en periodos cándidos, recogidos en las celdas de sus monasterios sin otro ideal que elucubrar y buscar inspiraciones divinas para dejarlas escritas. Destacan, ante todo, por afianzar la Tradición de la Iglesia, ante la extensión de conductas y pensamientos desviados originados entre propios cristianos. El origen del  Credo de Nicea-Constantinopla, por hacer referencia a un dogma de fe, data del siglo IV y es la verdad fundamental de la Iglesia, regla de fe tanto en Occidente como en Oriente, para fortalecer la doctrina de la Santísima Trinidad y vencer definitivamente al arrianismo, enseñanzas que nacieron de Arrio, presbítero alejandrino nacido en Líbia.

En el año 2000 la Basílica vaticana asistió a un acto histórico. Fruto del éxamen de conciencia para la preparación del Jubileo, el beato Juan Pablo II presidía una celebración solemne dedicada al reconocimiento ante Dios y los hombres de las faltas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Siete cardenales arzobispos colaboradores del entonces Obispo de Roma elevaron a Dios siete súplicas de perdón. “Nunca más contradicciones con la caridad en el servicio de la verdad; nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas contra cualquier pueblo; nunca más recursos a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos” fueron las palabras con las  que el Papa Wojtyla cerró el acto.

No recuerdo que quienes con sus planteamientos filosóficos e ideológicos  infringieron dolor y sufrimientos a tantos millones de seres humanos por “crear” paraísos terrenales  en la vida pidieran perdón;  ni quienes propugnan todavía hoy  estas ideologías totalitarias por las que se han ocasionado grandes holocaustos hayan pedido perdón; ni quienes a costa de explotar y engañar al prójimo para obtener beneficios económicos exacerbados, hayan pedido perdón; ni a los principales responsables de organismos internacionales,  que conociendo que la tercera parte de los alimentos en el mundo y la mitad en Europa se tiran, mientras que uno de cada siete habitantes de la tierra pasa hambre, hayan pedido públicamente y a nivel internacional perdón, por cometer, provocar o aceptar semejantes ambrunas; ni que aquéllos líderes que profesan una religión en la que el grito más sonoro en los cinco continentes es el de “Boko Haram” (“Occidente es culpable”), hayan pedido perdón por los miles de asesinatos y barbaries cometidos en nombre de un Dios al que manipulan con intenciones políticas. En fin, no conozco que quienes crearon la esclavitud, la guillotina en nombre de una revolución para implantar unos derechos y libertades en el mundo; el marxismo, el nazismo o el capitalismo como sistemas opresores del género humano; el aborto como derecho a costa de segar vidas de seres humanos indefensos, hayan pedido perdón. La Iglesia, que ha sido clara y perseguida por levantar la voz contra estas atrocidades, sí.

Porque Jesús –acuérdate que este nombre propio significa el Salvador-, no ha venido para quienes se creen justos, hombres y mujeres impolutos, seres perfectos, sino para llamar a los pecadores(5), a quienes sentimos el peso de nuestras miserias, para quienes nos consideramos enfermos pero nos sentimos convencidos de que el Médico de las almas puede curarnos.

Mientras Chioma Dike quedaba en casa preparando la comida de Navidad en 2011, terroristas islamistas hacían estallar un coche bomba en la puerta de su parroquia: cuarenta y un feligreses morían, entre ellos su marido y sus tres hijos.  “Tengo el corazón roto –confesaba Chioma- pero lo pongo todo en manos del Señor. Sólo Él puede consolarme, nunca perderé la fe en Él”. Ocurrió en Nigeria. Este pasado año han muerto en parecidas circunstancias 1.200 personas. ¿Y qué hacen los cristianos? Perdonar.  Hezekiah Kovona es uno de los 327 seminaristas en la ciudad de Jos. “Nosotros –dice- queremos ser sacerdotes. En Nigeria los extremistas siguen el camino de la violencia, pero nosotros queremos seguir el camino del Señor”. Estos son solo dos testimonios de dos nigerianos, cuyo país es el principal vivero de vocaciones de toda Africa: 5.000 seminaristas, miles y miles de monjas, cristianos comprometidos para dar testimonio de Jesucristo, exponiéndose a arriesgar sus vidas. Se destruyen templos, pero se reconstruyen y los padres llevan a sus hijos a catequesis para aprender a perdonar, para aprender a amar. Ninguno actúa por su cuenta, no aplican el eslogan de “Jesucristo, sí; Iglesia, no” porque saben que estar fuera de la Iglesia es estar ausentes de Dios.

Por eso hace más de dos mil años Jesucristo fundó la Iglesia. Para perdonar. Para amar. Para que tú y yo podamos descubrir y disfrutar de la Misericordia de un Dios capaz de hacerse hombre para que el hombre sea capaz de convivir con Dios. Y ese Dios es el que se hace presente en la Iglesia. ¿Cómo? Perdona la insistencia: Venid y lo veréis. ¿Quedamos para el siguiente post?

Como una imagen vale más que mil palabras, te dejo unas cuántas durante dos minutos. Es una buena manera de terminar este post. 

martes, 14 de agosto de 2012

Sacerdotes, ¡los necesitamos!

Durante el pasado mes de julio de una manera u otra he tenido presente especialmente a algunos sacerdotes. Sin entrar a valorar comportamientos y aptitudes – que de todo hay en la viña del Señor-, me quedo con una petición y un encuentro personal. La petición correspondió a un sacerdote de una parroquia cercana a mi casa, que el 14 de julio cumplió 55 años desde su ordenación sacerdotal. El sábado anterior, de manera tímida y sonriente al terminar la celebración eucarística me pidió que donde me encontrara el sábado siguiente me acordara de él en mis oraciones. Así lo hizo con otros feligreses de la parroquia en la que tan divinamente está al frente. Ese sábado, día 14, asistí a la Santa Misa que celebró, y lleno de alegría recordaba en la homilía el día que dijo sí al Señor y sus estancias en distintos destinos como sacerdote. Me hizo pensar: debía ser yo quien le pidiera tenerme presente en su trato con Dios; y a mí, humildemente, ¡un hombre de casi ochenta años con más de medio siglo de entrega ministerial me pide que rece por él! Humildad se llama esta gran virtud.
El día 20 de julio, después de más de 20 años sin encontrarnos,  en nuestro pueblo, Tomelloso, pude volver a ver y abrazar a un antiguo compañero de colegio, sacerdote desde hace ocho años. Gracias a una conversación en un bar que tuvimos un domingo a la salida de Misa en nuestra parroquia, mi vida espiritual empezó a tomar rumbo desde nuestra época veinteañera. El tiempo que estuvimos juntos fue corto; al fin y al cabo había venido para pasar unas horas con su familia. Él sabe el día en que quiero volver a verle en Madrid, en una iglesia y delante de unos novios particularmente entrañables. Es un momento que anhelo. Cuando subí a su coche me fijé en una estampa descolorida que llevaba en lugar discreto pero visible. Era de nuestro paisano el Siervo de Dios Ismael de Tomelloso. De no haber muerto a la edad de veintiún años hubiera querido ser sacerdote. Para el ejercicio de su ministerio se encomienda mi buen amigo a nuestro paisano que está en el Cielo. Ismael ofreció su vida prisionero desde una cama de un hospital; mi buen amigo ofrece al Señor su vida como sacerdote desde una capellanía en un colegio de Jaén. Todo para gloria de Dios.
Desde 1929 los sacerdotes tienen a un Patrono universal al que encomendarse para sus tareas ministeriales: San Juan María Bautista Vianney,  conocido por el Santo Cura de Ars. El Papa Pio XI canonizó y declaró Patrono universal del clero a un hombre al que por su escasa ciencia le costó Dios y ayuda –nunca mejor dicho- ser ordenado sacerdote. Fue destinado a una pequeña población francesa de unos 320 habitantes, Ars, dominada por la ignorancia religiosa, las tabernas y los bailes. El Vicario general de la diócesis ya le anticipó la labor a realizar: “No hay mucho amor de Dios en esta parroquia;  usted procurará introducirlo”. Pues, bien, desde 1827 a 1859 la iglesia de la humilde aldea francesa no estuvo un momento vacía; a Ars llegaban multitudes para confesarse con el reverendo Vianney. Destacó por el ardiente deseo de acercar almas a Dios, por el espíritu de mortificación y de oración, y, sobre todo, por su infatigable dedicación a administrar el Sacramento de la Penitencia. A un abogado de Lyon que peregrinó a Ars le preguntaron qué había visto allí. Y contestó: “He visto a Dios en un hombre”. Desde el mismo día de su ordenación el Santo Cura se consideró un vaso sagrado destinado al ministerio divino. Desde muy joven se lo decía a su madre: “Si fuese sacerdote, querría ganar muchas almas”. Y hablando de la sublime dignidad del sacerdocio expresaba sus emociones: “¡Oh, el sacerdote es algo grande! No, no se sabrá lo que es, sino en el Cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor”.
Los sacerdotes están para acercar almas a Dios, son los mediadores entre Dios y los hombres. El Señor quiso perpetuar el sacrificio de la Cruz en cada una de las Misas que se celebran desde que se instituyó la Eucaristía en la Última Cena. Al igual que eligió a una mujer,  la Virgen Santísima, para encarnarse de nuestra propia condición humana, necesita de hombres elegidos por Él para quedarse entre nosotros, para ser alimento de nuestras almas. Jesucristo, por haber adquirido la naturaleza humana sabe que, como personas, es recibido en vasos de barro frágiles, quebradizos y a veces muy sucios. Los sacerdotes, como tú y como yo, también están condicionados por las miserias humanas, y cuanta menos vida de piedad vivan más fácilmente puede perderse el significado para el que son llamados. Pero aún así, si el Señor se sirve de la pobre condición humana para estar con nosotros, en nosotros, no hay más alternativa para los católicos: tenemos que ser un apoyo del que Dios se sirva para ayudarles a ser mejores. Tienen el enorme mérito de haber dejado casas, familias, estudios, novias, profesiones… para convertirse en presbíteros. Si desaparecieran, si negaran la llamada de  Cristo, no podría habitar entre los hombres, no podría regalarnos tantas gracias como nos concede en los sacramentos; las iglesias, sin poder celebrarse Misas no pasarían de ser edificios para visitas turísticas; las almas se debilitarían y morirían por falta de vida espiritual. Sin sacerdotes, Dios no podría seguir derrochando su infinito amor por ti y por mí.
No sé amiga mía, amigo mío, que posicionamiento tendrás con los sacerdotes. Creo yo que hay dos: o comprender que son humanos, aceptando que pueden caer y entender la difícil y privilegiada misión que Dios les ha conferido, pero que la Iglesia los necesita, ¡Dios mismo los necesita!, o unirte a esa corriente de crítica y de aniquilamiento moral promovida por aquéllos, precisamente, que menos tienen que ver con la Iglesia por no sentirse miembros de ella, con la inestimable colaboración de aquéllos católicos inconsecuentes con la trascendencia que para la Iglesia tienen los sacerdotes. Si eres de los primeros, practica aquel consejo que le dio un joven y simpático sacerdote a una parroquiana después de que ésta protestara vehementemente por abrir la iglesia tarde: “La culpa –le dijo este buen sacerdote, con tono enérgico pero sonriente- la tiene usted por rezar poco; si rezara más habría más sacerdotes y no me encontraría yo solo en esta parroquia”. El buen curita, llegaba con la hora ajustada después de haber estado asistiendo a unos chavales de la parroquia en unos campamentos. Llegó sofocado, con mochila al hombro y deportivas, con su pantalón y camisa gris y su alzacuellos, pero en disposición de poner su voz y sus manos para que Jesucristo pudiera ser recibido por la señora un día más.
Recemos por nuestros curas, sepamos comprender por el bien de ellos y de la Iglesia los errores en que puedan incurrir, que sientan el respeto y el cariño que se merecen; convenzámonos que son muchos más los que quieren ganar almas al Cielo que los que cuartean su vocación dejando el ejercicio de su ministerio a su mínima expresión. Nosotros necesitamos de ellos para que el inmenso Amor de Dios siga siendo introducido en el mundo.
Este video te ayudará. No, no son actores, son sacerdotes que transmiten alegría a la Iglesia, al mundo, a los corazones de todos aquéllos que se dejen.

domingo, 20 de mayo de 2012

El Tesoro de la Iglesia

Circula en  Facebook un curioso recuadro en el que se intercala una imagen de Jesús y una fotografía del Santo Padre. Se compara la vida de pobreza que vivió nuestro Señor y, según los creadores de la perversa comparación, la fastuosidad en el vestir y modo de  vivir de Benedicto XVI, representando el afán de riqueza que persigue la Iglesia.
La pobreza y el hambre son grandes tragedias que asolan el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que el 13,2% de la población mundial (920 millones de seres humanos) sufren hambre y desnutrición en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aportado un informe en el que destaca que una tercera parte de la humanidad sigue sin tener acceso a los medicamentos que necesita para tratar sus dolencias, y que el tráfico de medicinas falsas causa la muerte  cada año a más de 200.000 personas en los países pobres. Estas situaciones injustas e incomprensibles para el mundo moderno, son propensas para que los que alientan que todos los males del ser humano provienen de la Iglesia arremetan contra ella sin contemplaciones. Medios de comunicación y redes sociales son aprovechados para estos fines.
 La preocupación por los pobres va unida al peregrinar de la Iglesia por este mundo, cuya riqueza no ha sido capaz de administrarla equitativamente  el hombre contemporáneo. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, los Santos Padres se han erigido en los principales portavoces de los peligros que el progreso industrial, económico y tecnológico podría acarrear. Encíclicas como Rerum Novarum (León XIII, 1891), Quadragesimo Anno (Pio XI, 1931), Pacem in Terris (Juan XXIII, 1963), Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), Octogesima Adveniens (Pablo VI, 1971), Evagelii Nuntiandi (Exhortación apostólica de Pablo VI, 1976), Laborem Exercens (Juan Pablo II, 1981), Deus caritas est (Benedicto XVI, 2005), han advertido que el consumismo egoísta e insolidario de una parte de la Humanidad, conlleve a que millones de hombres, mujeres, ancianos, niños, adolezcan de unos derechos elementales  que por ser personas son inalienables, universales e inviolables.  El Siervo de Dios Pablo VI, lamentaba esa  falta de fraternidad: “El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.” Carta. Enc.  Populorum progressio, n.66).
A los que contumazmente ponen sus ojos en las vestiduras de los papas, y del patrimonio de la Iglesia, para arremeter contra la insolidaridad con los pobres –por falta de espacio dejo para otra ocasión este controvertido tema que tanto preocupa a los instigadores anticlericales amparados por los pobres ignorantes que fomentan estas campañas-, basta recordar el contenido de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 76, elaborada durante el  Concilio Vaticano II: “Las realidades terrenas y espirituales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia usa los medios temporales en cuanto su propia misión lo exige”. Y la misión fundamentalmente evangelizadora de la Iglesia no olvida las necesidades básicas de los pobres, a los que se considera también hijos de Dios. Sin una estructura propia de una institución extendida por los cinco continentes, no se podría llevar a efecto toda la labor social que la Iglesia ejerce por todo el mundo.
Manos Unidas (asociación de la Iglesia católica creada en España en 1959 por un grupo de mujeres de Acción Católica para "declarar la guerra al hambre") recaudó el pasado año 51,7 millones de euros para ejecutar 605 proyectos en varios países. En 2010 fue distinguida con el Premio Príncipe de Asturias por su "apoyo generoso y entregado a la lucha contra la pobreza y a favor de la educación para el desarrollo en más de sesenta países". Los 50.000 euros del galardón se emplearon en ayuda a la población desplazada por el terremoto de Haití.

 Cáritas (otra asociación nacida en España del seno de la Iglesia católica) atendió a 6,5 millones de personas en el último año, de las que 4.860.000 fueron pobres de entre más de 80 países de todo el mundo y 1.632.499 de nuestra empobrecida España. Podríamos hacer mención de otras ONGs cristianas, congregaciones religiosas, movimientos misioneros que desde una perspectiva material y espiritual alivian las necesidades de personas mayores, personas sin hogar, enfermos de sida, reclusos, toxicómanos, desempleados, inmigrantes, niños abandonados, mujeres embarazadas abandonadas por su parejas... En los más necesitados, en ese hermano sufriente de los que nos acordamos en campañas solidarias a través de medios de comunicación una vez al año, para acallar tal vez un poco la conciencia de ver tantas imágenes de miseria, de conocer los millones de personas que sufren en el mundo de los que también forman ellos parte, los cristianos ven, tenemos todos que ver, el rostro de Jesucristo que nos alienta a buscar el bien físico, moral y espiritual en el prójimo.
Esta labor social de la Iglesia se comprueba diariamente viendo dónde acuden los pobres: basta mirar la puerta de una iglesia, entrar a un despacho parroquial, para ver que allí se encuentran buscando ayuda. No están en las puertas de las sedes de los partidos políticos, ni en las de las centrales sindicales, ni en los ayuntamientos, ni en los parlamentos. No. Están entre quienes le ofrecen ayuda, sin más requisito que su presencia, entre quienes gracias a una fe vivida practican la caridad con quien consideran también lo que verdaderamente son: hijos de Dios.
Y esa es la labor de la Iglesia con el Santo Padre a la cabeza como Sucesor de Pedro, que sigue saliendo al encuentro del más indefenso y necesitado; pero no solamente para cubrir sus necesidades básicas, las que por el egoísmo del propio hombre no es capaz de paliar, sino, y sobre todo,  las espirituales, las que dan a conocer el mayor tesoro, la mayor riqueza que el ser humano puede albergar en su vida: Jesucristo.


jueves, 15 de marzo de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (y II)

 El ser humano no solamente es un ser racional, sino también, y no menos importante, es un ser relacional; es decir, para desarrollar su personalidad, para enriquecer su interior, necesita incuestionablemente relacionarse con los demás. Hemos crecido dentro de una familia; hemos logrado nuestra formación académica en colegios y universidades; desarrollamos una labor profesional dentro de un grupo de trabajo; nuestra salud depende de unos profesionales de la medicina y centros hospitalarios fundamentales para preservar y cuidar nuestra salud. A pesar de poder sufrir malas experencias familiares, escolares, profesionales o sanitarias, para fomentar una estabilidad afectiva, unos conocimientos y titulaciones académicas, garantía de cubrir necesidades básicas o cuidar y preservar nuestra salud, por nosotros mismos no podemos alcanzar estas metas si no es formando parte de estos segmentos de la sociedad. 
 Sin embargo, son demasiados cristianos los que dicen “toparse” con la Iglesia;  ésta es percibida por ellos como un obstáculo para mantener y avivar la fe que dicen tener. Son los considerados creyentes, pero no practicantes. Bautizados, pero alejados de la Iglesia. Dicen no necesitarla para tratar y amar a Dios.  Arriesgada decisión -digo yo- cuando está en juego el presente y el futuro de sus vidas y de sus almas.
Ciertamente que la Iglesia pasa por momentos de zozobra; pero los males que sufre no surgen desde sus cimientos mismos, sino desde el propio corazón del hombre que con su conducta se aleja de Dios y  sucumbe a las tentaciones que imperan en el mundo. Dicho de otro modo:  la Iglesia no expande unos vicios que crea, sino que se ve inoculada por la proliferación de éstos en la sociedad.
Le preguntaron en una ocasión a la beata Madre Teresa de Calcuta cuál sería, según ella, lo primero que debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo. La Iglesia no es solamente el Papa y los obispos; somos todos los bautizados, que con nuestras palabras y obras, con nuestras acciones y omisiones engrandecemos o humillamos a la Iglesia, que, por otro lado, siempre será Santa  porque en ella está el Señor.
Con todo, la principal cuestión no está en el daño que hacemos a la Iglesia con estas conductas, sino en el mal que se provoca al alma con esta aptitud de autosuficiencia. Construyendo una fe individualista,  los católicos que obran así pasan la vida con la incertidumbre del mañana. Pensar que la Iglesia es un inconveniente para buscar el Cielo, es contrario a la razón de Jesucristo para fundarla. Si el hombre fuera capaz de salvarse por sus propios medios, no tendría sentido la existencia de la Iglesia; estaríamos en una contradicción, y Cristo adoptó la condición humana para participarnos que la dignidad de la persona pasa por considerarnos lo que somos, hijos de Dios, teniendo por madre a la Iglesia. 
Como refería en la primera entrada, la locura patológica de Don Quijote y la oscuridad de la noche le hizo confundir el castillo de Dulcinea con la iglesia. El hombre contemporáneo padece también esa oscuridad interior que le enmaraña el sentido real de su existencia. Busca dulcineas sin encontrarlas, persigue amores que le conducen al vacío, encuentra desconsuelo en lugar de paz. Por el contrario, es preciso hallar la luz que da sentido a la vida. Fijar la vista en el horizonte no es sinónimo de acertar con el objetivo a perseguir. En las carreras de galgos también éstos fijan su objetivo delante de su vista; no perciben que toda la carrera la pasan detrás de una liebre mecánica a la que no alcanzarán jamás.  Pobre bagaje   del hombre sobre la tierra que se afana en felicidades efímeras, en sueños irrealizables.
 Don Quijote de la Mancha murió minutos antes que Alonso Quijano -éste era el nombre real del personaje de Cervantes antes de nombrarse caballero andante-.  Volvió a recuperar la lucidez y abominó de los libros de caballerías. Recibió los últimos sacramentos -que Dios nos concede por medio de la Iglesia para fortalecer y purificar el alma en los últimos momentos de nuestra vida-.  Quiso que figurase este epitafio en su sepultura: Yace aquí el hidalgo fuerte/que a tanto extremo llegó/de valiente, que se advierte/que la muerte no triunfó/de su vida con su muerte.
Sin embargo, te recomiendo no ser cuerdo hasta las últimas consecuencias, disfrutar de una locura que  es una chifladura que engancha: la de  vivir y sentirte  hijo de Dios. Haz la prueba. Es para volverse locos (de amor).  Benedicto XVI lo explicó nítidamente a los jóvenes en agosto, en  el Aeródromo de Cuatro Vientos en la pasada JMJ: “La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. El está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza”.  Y advertía sobre las tendencias desorientadas: “No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.





domingo, 19 de febrero de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (I)

Desde que en la última entrada  anticipé que en la siguiente me referiría a la Iglesia, se me vino sin dudar la idea de titularla con esta frase pronunciada por Don Quijote de La Mancha en una de sus frecuentes andanzas.  Hace ya bastantes años que leí la obra maestra de Miguel de Cervantes; y, desde luego, aconsejo su lectura por tres razones: soy manchego (de Tomelloso, no de El Toboso como suele confundirse), me gusta la literatura y estoy convencido de que es un libro que nos pueden hacer discurrir a la vez que sonreir para aprovechamiento de nuestro conocimiento.
Indagando sobre su significado descubro la frase original: “Con la Iglesia hemos dado, amigo Sancho”.  Don Quijote y su fiel escudero iban buscando el castillo de Dulcinea cuando de noche llegaron a El Toboso. La oscuridad, la mente perturbada del protagonista de Cervantes y la distancia hizo confundir el castillo que, por supuesto, no existía, con la iglesia del pueblo.  A continuación, vino la frase del Caballero de la Triste Figura, sin ánimo de queja ni sentido anticlerical por parte de su autor.  La frase adquirió otras connotaciones al cambiar algún personaje de la época el verbo dar por topar, aludiendo al poder de la Iglesia en el siglo XVI y XVII y, por extensión, en la actualidad a cualquier autoridad que se interpone en los intereses de la persona que lo pronuncia. ¿Verdad que cambia el significado?
Este doble sentido que tiene la frase dependiendo del verbo que empleemos me ha hecho dividir este comentario en dos partes: en esta primera voy a referirme al sentido de la frase cuando se utiliza  el originario verbo dar; y,  la segunda, partirá del sentido de la frase cuando lo hace con el verbo topar. Todo ello, teniendo de tema principal a la Iglesia, por supuesto.
Los cristianos tenemos, o deberíamos tener,  una alegría trascendental cuando nos encontramos con la Iglesia para encauzar el ansía de Dios. Es decir, cuando buscamos a Dios y nos encontramos con Él por medio de la Iglesia. Históricamente es incuestionable que Jesucristo vino al mundo, que llamó a un grupo de hombres, los convirtió en apóstoles para extender la Revelación a todos los rincones de la tierra, eligiendo a Simón, al que llamó Pedro, que significa roca, para revestirle de una potestad imperecedera a él y a sus sucesores: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). Y no se propuso establecer una iglesia temporal hasta la desaparición de sus discípulos; al contrario, quiso perpetuarla: “ Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Dos frases que encierran unas directrices marcadas para los hombres y mujeres de toda generación. El mismo que se hizo hombre, que  curó el cuerpo y alma de muchos, que murió por nosotros, y que abrió el camino de la eternidad  a todas  las criaturas resucitando y ascendiendo a los Cielos, establece una institución con aparente organización humana pero en la que misteriosamente se hace presente a través de unos signos (Sacramentos) en los que actúa el mismo Cristo para alimentar y fortalecer la fe de sus fieles seguidores, que somos tú yo bautizados en el seno de la Iglesia. ¿No es ésta una prueba concluyente de que la Iglesia no es una creación de hombres para perpetuarse en un poder omnímodo?
Ciertamente que en dos mil años han surgido disensiones, escisiones, herejías, reformas, cismas, escándalos…, pero la Iglesia Santa subsiste.  Nietzsche se atrevió a dar por muerto a Dios;  para Augusto Comte la religión era una explicación fantástica o mítica de los fenómenos de la naturaleza; y  según Feuerbach el hombre habría fabricado la idea de Dios…: nihilismo, positivismo y marxismo  surgieron para, entre otros objetivos, aniquilar la religión e incluso al mismo Dios para enaltecer al hombre. Vano esfuerzo: El hombre lejos de Dios no ha alcanzado la felicidad anhelada en la tierra; es más, el hombre sigue teniendo el mismo afán por buscar a Dios, aunque, en ocasiones, lo haga por caminos equivocados.   
Repasando mi  infancia -a ti puede que también te haya pasado-, siempre la cercanía de nuestra madre nos ha aportado paz.  Recuerdo que siempre que había tormenta dejaba el juego y me iba junto a mi madre. Después, cuando amainaba la tormenta y salía el sol, volvía a mis juegos con más  alegría y mayor serenidad. A mi edad, no ha cambiado esta aptitud; ahora las tormentas son otras, las inquietudes son más  espirituales; pero siempre me da paz sentirme en el regazo de mi Madre, la Santa Iglesia Católica, que no es perfecta por estar formada por hombres y mujeres con las limitaciones propias de la condición humana,  pero, precisamente, esos condicionantes hace que la acepte y rece por ella. 
Pero estar convencido de que la  Iglesia es mi Madre, dar con ella,  no es únicamente para sentirse aliviado en momentos puntuales de la vida; es para buscar y encontrar “la Verdad que no es una idea, una ideología o un eslogan, sino una Persona, Cristo” (Saludo del Santo Padre en la Plaza de Cibeles en la fiesta de acogida de los jóvenes en la JMJ celebrada el pasado mes de agosto en Madrid). 
Todos los santos han vivido su fe estando muy unidos a la Iglesia. San Cipriano fue categórico: “No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre”.  Si esta frase te hace pensar, proponte llevarla a cabo.
Cada día  amigo mío, amiga mía,  se nos debería quedar pequeño para agradecer a Dios habernos podido encontrar con la Iglesia. La pena es cuando los cristianos se topan con la Iglesia. Pero éste es tema ya de la próxima entrada.

lunes, 23 de enero de 2012

Religiones, no todas son iguales

Es habitual que al tratar de temas sobre religión nuestros interlocutores se despachen con la manida frase de que todas son iguales; incluso a la hora de emitir valoraciones sobre masacres producidas por grupos terroristas, se diga que son consecuencia de fundamentalistas que llevan hasta el extremo sus creencias religiosas. Y no solamente se defiende esta postura por quienes menos informados están; también quienes expresan sus opiniones en medios de comunicación fomentan estas argumentaciones sin más base que ésta: los extremismos son malos.
Pero no te preocupes, que no voy a disertar sobre cuestiones metafísicas del judaísmo, hinduismo, budismo o islamismo en comparación con el cristianismo, no; mi pretensión es una cuestión temporal. Es fácilmente evaluable – lo difícil, eso sí, es resumirlo en folio y medio- que si existe una religión que aporta más desvelos por el  prójimo, especialmente el más necesitado, más afán por mejorar al conjunto de la sociedad, y más cooperación desinteresada al bien común, ésta es la religión católica.
Cuando nos referimos a Cáritas (traducido del latín al castellano significa caridad), muchos piensan que es una ONG muy enraizada en la opinión pública. Pero esta institución benéfica nació en 1947 desde el seno de la Iglesia Católica para ocuparse de los más pobres de entre los seres humanos. Acoge a personas necesitadas sin distinción de razas, creencias, nacionalidades; no es necesario acreditar estado de insuficiencia material: basta con la palabra y la presencia para recibir alimentos, pagos de suministros o atención sanitaria.  Allí donde ocurre una catástrofe acude para paliar los efectos entre la población. Unas cifras demostrativas de la labor en España: en 2010 ayudó a 950.000 personas, destinó el 63,02 % de los recursos a atender a familias españolas, viendo como los fondos públicos (la aportación del Estado) bajaron un 1%, unos 200.000 euros menos que el año anterior, pese a que muchos organismos públicos derivan a Cáritas a quienes van pidiendo ayuda.
El afán de ayuda al prójimo de  la Iglesia Católica traspasa fronteras, abarca los cinco continentes. Los católicos españoles somos los segundos del mundo –Estados Unidos es el primero- que más colaboramos en los proyectos de evangelización y respaldo económico de los misioneros. El pasado año, se  enviaron a las misiones 16.950.952 euros. Se estima que unos 14.000 misioneros españoles están repartidos por todo el mundo. Detrás de cada misionero hay un afán apostólico, pero intrínsecamente va unida  una labor social para erradicar la pobreza y promover la dignidad de las personas, entregando, incluso la vida  en esas labores. Así lo atestigua Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias: “Cada cinco minutos (en zonas de misión) muere de forma violenta un cristiano, por el hecho de serlo; y medio centenar de misioneros fallecen cada año de modo martirial”.
Tampoco la Iglesia Católica está al margen de cuestiones tan básicas para el mundo como es la paz. La fe católica no puede entenderse sin alentar la paz en los corazones de todos los hombres y mujeres, en las familias, en el mundo. En el convulso siglo XX, asolado por dos guerras mundiales, con exterminios de millones de seres humanos producidos por el nazismo y el comunismo, una de las figuras más emblemáticas por defenderla ha sido el Beato Juan Pablo II. En 1986 el Papa Wojtila quiso mostrar que las religiones no son factores de odio y violencia, sino de paz, y reunió en Asís a líderes religiosos de todo el mundo para rezar por la paz. Veinticinco años después, su sucesor en la Sede de Pedro, Benedicto XVI, bajo el lema “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” reunió en el mismo lugar a 300 representantes de distintas religiones y no creyentes que participaron en la jornada de diálogo y oración el pasado mes de octubre. Una muestra del sentido ecuménico que caracteriza a la religión católica. El siglo pasado, también ha sido en el que más católicos han derramado su sangre a causa del odio y la represión religiosa.

Los extremismos sí que son buenos si son consecuencia del derroche de amor por el prójimo. Amando a Dios, se ama al prójimo hasta dar la vida por él. El Fundador de la Iglesia Católica murió en un madero por amor a todos los hombres; su Madre, La Virgen Santísima, allí estaba a los pies de la Cruz. Ella fue la primera que llevó a cabo el mensaje de Jesucristo, cuando al enterarse por el Ángel que su prima Isabel estaba encinta, fue sin demora a una ciudad de Judá para atenderla, quedándose con ella unos tres meses, según nos narra el evangelista Lucas. Llevaba ya al Hijo de Dios en sus entrañas; el Amor de Dios la impulsó a ayudar a quien más necesidad tenía en esos momentos, y comunicar la alegría de dar a conocer la Encarnación del Hijo de Dios.

La Iglesia Católica atesora una virtud que no atesora ninguna otra religión: la caridad, -–junto a la fe y esperanza, son llamadas virtudes teologales-;  virtud por la cual podemos amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Dios es lo primero, y entre Dios y tú, debe estar el prójimo. Con razón ha dicho Benedicto XVI que el distintivo del cristiano es “la fe que se hace operativa en la caridad”. Así se entiende que tantos cristianos hayan entregado su vida por los demás a lo largo de veinte siglos. En la Beata Madre Teresa de Calcuta, tenemos el ejemplo más reciente.

Dentro del respeto que debe existir entre todas las religiones, unidos por las grandes aspiraciones al bien, a la justicia y a la verdad, los cristianos no debemos dejar al margen que el amor por el prójimo es cualidad primordial para ser seguidores de Jesucristo. Unidos a Él contribuimos a implantar el Reino de los Cielos aquí en la tierra, a través la Santa Iglesia Católica. De ella hablaremos en la próxima entrada.