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domingo, 3 de noviembre de 2019

Halloween, más truco que trato



Día  31 de octubre de 2019. Un año más la fiesta de Halloween impregna parques de atracciones, parques temáticos, salas de fiestas, cines, colegios, portales de viviendas, calle, familias.

Una nueva versión de la relación del ser humano ante la tragedia de la muerte, sin más argumentos que mofas, burlas, diversiones…Costumbre importada, éxito garantizado... y pingües beneficios a un amplio espectro de negociantes relacionados con esta mal llamada fiesta. El objetivo, perfectamente elegido, los niños nada mejor que los niños -que curiosamente son los que por su edad e inocencia menos piensan en la muerte y en la maldad- para insertarse en las raíces de una sociedad. El terror vencido por la carcajada, el grito por la guasa, la tristeza por la euforia. No se necesita más. Ni ideas gnósticas, ni teorías esotéricas sobre la evidencia de la muerte. Basta tomarse a chufla el enigma que angustia la existencia del ser humano. Este es el arma para combatir a la muerte. Pobre argumento. ¿De verdad tenemos la plena convicción que el ser humano supera así los efectos siempre desoladores de la muerte?


La respuesta al misterio de la muerte no está en la burla, en los rostros desfigurados por los efectos del maquillaje o en el jolgorio callejero con “muertos vivientes” pululando una vez al año, como se nos quiere cauterizar. La respuesta se encuentra en una Persona, Es la misma respuesta que ha habido siempre, bien haya sido en la Edad Media, en el Renacimiento o en la Revolución industrial o la que habrá en el siglo XXII. Siempre la misma: Jesucristo. Ayer, hoy y siempre, Camino, Verdad y Vida. Bien claro lo tenía Goethe cuando afirmó que “el hombre es un vaso que solo llena la eternidad”.

Escribo hoy, 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos. Me encuentro en mi pueblo, Tomelloso, recordando a mi hermano en su primer cumpleaños en el que ya no puedo felicitarle. El año pasado le regalé por estas fechas una novela. Para este año será una Misa en nuestra parroquia, que lleva el nombre de un santo, Santo Tomás de Villanueva. Y mañana visitaré el cementerio, y rezaré por mis difuntos y por todos los difuntos. Le echaré de menos, y a mi madre, y a mi padre; pero  no tendré motivos de tristeza sino de esperanza, porque para un cristiano la muerte no se vence con ilusorias fiestas -¿me puede decir alguien qué es lo que se celebra en la noche de Hawolleen?-sino con la confianza puesta en la promesa de Quien entregó su vida para abrirnos las puertas del Cielo.

Este es el mejor trato, lo demás son trucos para alejarnos del verdadero sentido de la vida.



jueves, 1 de noviembre de 2018

Halloween, ¿Truco o trato?



Durante los siglos XVI y XVII en Inglaterra  los católicos sufrieron persecución por los protestantes. El rey James I y su Parlamento estuvieron a punto de sufrir un atentado que no llegó a perpetrarse porque uno de los conspiradores católicos, Guy Fawkes, traicionó a sus compañeros avisando del apremiante atentado. A pesar de no llevarse a cabo el Guy Fawkes fue ejecutado. La fecha del descubrimiento de la traición empezó a celebrarse por los luteranos con una fiesta divertida donde grupos de protestantes guardaban su identidad para visitar los hogares católicos exigiendo ser abastecidos de cerveza y pasteles. La frase truco o trato (trick or treat) se hizo popular, y la fiesta del “Día de Guy Fawkes” llegada a América se trasladó al 31 de octubre, uniéndose con la fiesta de Halloween.

Los niños adquieren principal protagonismo recorriendo las casas de su vecindario con disfraces propios de la fiesta, y con la frase famosa “amenazan” de broma a los dueños de las casas si no les dan las requeridas golosinas. La fiesta adquirió un especial significado después de la campaña trick or treta para la UNICEF en 1950. Hay mucha similitud entre esta costumbre y el tradicional aguinaldo que piden los niños tras visitar casas y cantar villancicos, una costumbre muy enraizada en los países nórdicos para felicitar la Navidad y que en España todos conocemos. Aquí no hay trato ni truco, sino intención de ganarse unas monedillas o dulces a cambio de hacer pasar un buen momento al vecindario.



Indudablemente que en una y otra fiesta los niños irradian risas, alegría; pero adentrándonos en el trasfondo de Halloween y Nochebuena,  ¿qué representan los niños cuando llaman a la puerta? La noche del 31 de octubre es –disfraces, jolgorio y operación comercial a gran escala a un lado- ¿“disfrutar” que la muerte es el final de la vida? Triste paradoja. Sin embargo, la noche del 24 de diciembre no representa tristeza, tiniebla, malos semblantes; significa luz, esperanza, porque precisamente lo que se celebra es que nos nace Jesús, vencedor de la muerte. Esta es la esperanza cristiana.


Precisamente anoche me llegó un WhatsApp de una amiga y vecina tomellosera. La parte superior de la imagen  tenía una calabaza de Halloween, encerrada en un círculo  con una raya transversal roja. A continuación un mensaje: “Yo no celebro Halloween”. Debajo otra imagen representando el sepulcro abierto donde fue enterrado Cristo, y una vista de luz resplandeciente. Y la explicación: “ porque mi Dios es Dios de vida y no de muerte”. Es una manera muy gráfica de expresar el sentido de una fiesta y otra. Diría más: un modo de cómo afrontamos la vida y la muerte. Podríamos reducirlo todo a esta pregunta: ¿Reir en Halloween o gozar en el Cielo?


Posiblemente Guy Fawkes tenía el pleno convencimiento de que si delataba a sus veleidosos compañeros católicos –no estoy haciendo apología de terrorismo- salvaría la vida. No se veía formando parte activa del complot para terminar con la vida de James I. Y sin embargo, la perdió, no tuvieron piedad de él los que recibieron el chivatazo. De alguna manera este es el mensaje de Halloween. Ríe, diviértete, transmite a los niños y jóvenes que se puede pensar en  la muerte con el disfrute de la vida; pero no servirá para nada.  

Halloween es un truco. El 31 de octubre es la fecha elegida. Hay un trato mejor que comienza el 24 de diciembre. Ésta sí que es la fiesta grande. La de la alegría y la esperanza. Hoy, 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, mira a qué niños quieres recibir en tu casa. Decide si quieres el truco o el trato. 

Intención mensual del Papa Francisco, con un tema muy candente.





miércoles, 1 de noviembre de 2017

Halloween no es la solución


Las calaveras siempre han tenido una estrecha relación con el fenómeno de la muerte. La primera imagen que vi, fue de niño en la feria y fiestas de mi pueblo. Unos feriantes, disfrazados a veces de bruja otras con un mono negro con el dibujo de un esqueleto, me impresionaban cuando les veía en el llamado “trenillo de la muerte”; y no digamos cuando  en el túnel de la atracción para repartir unos cuantos escobazos. Las banderas de los barcos pirata también destacaban por la calavera con un par de huesos de fémur cruzados, como símbolo de la presencia de la muerte frente a los barcos objeto de abordaje. También literariamente la calavera ha tenido mucha repercusión. En la Tragedia de Hamlet, de William Shakespeare, recordarás el soliloquio del príncipe Hamlet, reflexionando sobre la vida y la muerte, sobre el “ser o no ser, esa es la cuestión” con un cráneo en la mano. La muerte, qué remedio, siempre presente en la historia del hombre.

Ahora los tiempos han cambiado, o, más bien, nos los están cambiando. La calavera no produce crispación, recordar la muerte ya no es señal de desasosiego, al menos eso intentan inculcarnos. Con la llegada del día 31 de octubre, víspera de la cristiana fiesta de Todos los Santos, ya es frecuente contemplar cómo disfrutan niños, jóvenes y mayores, disfrazados de muertos vivientes, de esqueletos de pies a cabeza o de malvadas brujas. Esta son las armas para contrarrestar los traumas pasados, cuando en las familias se tenía por costumbre con carácter generalizado visitar y llevar flores a los difuntos, ofrecer misas o encender velas en las casas y en las iglesias, acompañadas de una oración para pedir por las benditas ánimas del Purgatorio. Todo gracias a la famosa fiesta de Halloween, fiesta pagana donde las haya, de procedencia anglosajona y fomentada, difundida y comercializada por los Estados Unidos de América, con pingües beneficios para todos aquéllos que se quieren apuntar a hacer caja a costa de los acérrimos consumidores, con la mirada puesta en los inocentes niños, principal objetivo como si sus mentes y sus vidas estuvieran sujetas a esas edades al ineludible acontecimiento temeroso para los mayores.

Pensar seriamente en la muerte no es de necios. Los sabios de la antigüedad tuvieron una honda preocupación en el destino después de la muerte. A Platón fue una de las cuestiones que más le preocupaba; Séneca escribió que “se precisa de toda la vida para aprender a vivir; y, lo que es más extraño todavía, se necesita toda la vida para aprender a morir”. Olvidarnos de la muerte, parodiar sobre su existencia, es la peor manera posible para afrontarla cuando llegue. El efecto Halloween ya no dará resultado, de poco habrá servido las celebraciones en torno a ella, porque en la medida que nos hayamos preparado en la vida estaremos en disposición de afrontarla con ánimo sereno y esperanzado de pasar a otra.


Hace unos días en uno de los grupos de whatsApp al que pertenezco, se recibió una nota de voz de un sacerdote a la salida del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, pidiendo oraciones por un niño de ocho años, al que le habían descubierto dos tumores en la cabeza, que iba a ser operado de inmediato. El sacerdote le explicó al chico el significado de administrarle el sacramento de la Unción de Enfermos, que era para que Dios le llenase de paz, fortaleza y esperanza, a lo que el chaval respondió con madurez y serenidad. Ante el riesgo de peligrar su vida, el sacerdote no le ha ofrecido cambiar el pijama del hospital por un disfraz de vampiro, sus amiguitos no le ofrecen lo de “truco o trato” para hacerle sonreír, sus padres no le han prometido cuando se recupere invitarle a comer un “menú de la muerte”, que ofrecen en estas fechas algunos restaurantes, para aliviarle y hacerle llevadero el difícil trance por el que iba a pasar. No. En estas circunstancias Halloween no hace efecto. El entorno afectivo y familiar de este niño ha optado por poner su vida en manos del único que vence a la muerte: Jesucristo. Fuera de Él el inevitable trance de la muerte se convierte en tragedia, en desesperación, sin olvidar que por este trauma todos pasaremos, porque como escribía Horacio, “la muerte lo mismo llama a las cabañas de los humildes que a las torres de los reyes”. El miedo a la muerte solamente puede ser derrotado por la esperanza en una nueva vida; erramos si cerramos los ojos al mayor enigma del ser humano, acertamos si reconocemos que el sentido de la vida está en alcanzar la salvación eterna. ¿Solos? No; con Cristo, porque nos lo ha dicho “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6).



“La muerte no es el final” es una composición musical cristiana creada por el sacerdote español Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991). En 1981 el pasaje central se convirtió en himno para honrar a los caídos de la Fuerzas Armadas Españolas.  Te sugiero que leas completa la composición. Es el mejor broche con el que puedo terminar este post.

Me llega el tuit diario del Papa Francisco y no puedo dejar de transcribirlo, hoy festividad de Todos los Santos. Dice así: "Queridos amigos, el mundo necesita santos, y todos nosotros, sin excepción, estamos llamados a la santidad. ¡No tengan miedo!". Aleccionador ¿no?


martes, 8 de diciembre de 2015

¿Imagine o Credo?


De todas cuantas imágenes se han podido ver a raiz de la matanza en Paris, el pasado día 13, hay una que me ha llamado poderosamente la atención. En pleno centro de la capital francesa, la mañana siguiente al siniestro y muy cerca del lugar de la masacre, un joven al piano interpreta la famosa canción de John Lennon, Imagine. Habrán sido cientos las veces que tú y yo habremos escuchado una de las últimas composiciones del ex-beatle antes de que otro perturbado mental terminase con su vida, tal día como hoy, en el año 1980. En ella hay una intención "antirreligiosa, anti-nacionalista y poco convencional está recubierta de azúcar", afirmación que entrecomillo porque así fue explicada por su autor. Te invito a escucharla porque es muy pegadiza, pero te aconsejo leer su letra. Lennon invita a imaginarse un mundo sin paraíso ni infierno, ni tampoco religiones ni países; un mundo, donde toda la gente vive en paz.

Achacar la culpa de los males de la humanidad a los estados y religiones es una corriente de pensamiento que encierra un  rancio ateismo,  en el que no hay más horizonte que la existencia marcada por la provisionalidad, en la que el ser humano sabe que es partícipe únicamente de formar parte de un ciclo donde nace, vive, se reproduce y con la muerte da paso a una renovación de la humanidad. Asi se termina una etapa, se concluye una vida anónima, marcada por la frustración; después no hay más horizonte que la nada. No es extraño que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, famoso por la frase "Dios ha muerto", acabara sus días sumergido en la locura. La desesperanza conduce a la frustración y de ahí a la desesperación. 

El ateísmo ha cambiado tácticas y técnicas para no sucumbir, ya no busca desarrollar argumentos filosóficos para desterrar a Dios del mundo; ahora es más práctico,  quiere evidenciar que las acciones malvadas como las cometidas en París,  muestra que Dios no puede existir, que no es posible que un mundo y una criatura creada desde la divinidad actúe causando estragos y sufrimientos. La conocida frase de Carlos Marx "la religión es el opio del pueblo" queda anticuada, ahora el mal muestra que el ser humano está solo en la historia, que siempre lo ha estado y que su final siempre terminará en tragedia.

En rigor, los trágicos hechos de París, las guerras y exterminios que pesan sobre la historia de la humanidad, las crueldades cometidas hacia seres indefensos, la irrelevancia que tiene la vida del prójimo para aquéllos que incurren en el odio y la violencia, muestran que esta vida no es la mejor ni la única; de lo contrario, el ser humano sería un estrepitoso fracaso. Pensar que la vida presente y futura depende de un desalmado, de una desgraciada casualidad, hace al hombre ser presa de una angustiosa vaciedad interior. Si el destino final lleva a la víctima al mismo lugar que al verdugo, la existencia del hombre no puede ser más cruel. Si el alma  de la persona que sucumbe a manos de un criminal va a gozar o a penar tanto como la suya, la vida que vivimos es absurda. Si la muerte nos conduce al final de una existencia, el paso del hombre por este mundo es una previsible catástrofe personal.

Solamente desde una óptica religiosa, podemos encontrar  los seres humanos sentido en este peregrinaje. Guste o no guste,  el hombre es un ser religioso. Siempre lo ha sido. Los primeros hallazgos arqueológicos que se conocen, descubren la religiosidad primitiva, entendiendo como religión la búsqueda de un ser superior para encontrar respuesta a los interrogantes sobre su destino. El cristianismo de respuesta a la pregunta clave sobre el destino final. El Credo que profesamos marca el pasado, el presente y el futuro. Y no porque los cristianos hayamos descubierto que los hombres estamos llamados a la vida eterna; sabemos que somos inmortales porque Dios se ha hecho hombre, ha muerto por nosotros, en reparación por nuestros pecados, ha resucitado a una vida nueva y ha abierto las puertas del Cielo... ¿para todos? El Credo nos responde: ... dese allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. El destino final de nuestras almas no será el mismo para todos.

El año litúrgico concluye siempre en noviembre con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Es en esta fiesta donde se realza la figura de Jesucristo como Juez. El evangelio de Mateo, capítulo 25, versículos 31-46, es un buen texto para replantearnos la infinita misericordia de Dios, pero también su infinita justicia. Jesús habla a sus discípulos de la segunda venida para juzgar a los vivos y difuntos, y expresa bien a las claras que habrá castigo eterno para unos y vida eterna para los justos, muy en función del amor al prójimo que hayamos podido participar. Ello no significa que haya que esperar hasta el final de los tiempos para que quienes han rechazado la misericordia de Dios se vean condenados y los justos premiados, hay un juicio particular en el momento que se acaba nuestra vida. Es en ese momento donde rendimos cuentas al Señor de los actos de nuestra vida, de la correspondencia al amor de Dios y de nuestras acciones en beneficio o perjuicio del prójimo.  Será en el juicio final, donde el cuerpo se encuentre con el alma, bien para vivir la felicidad plena en el Paraiso, o la condenación para siempre en el Infierno.

A decir verdad, si nos referimos a coherencia, veo más coherente la fe que profesamos en el Credo que  el contenido de la canción Imagine, de Jhon Lennon. El triste final de su vida es un ejemplo de que creer en Dios es más racional que no creer en nada. Sirva este 35 aniversario de su fallecimiento para rogar por él, y por cuantos mueren sin fe en la vida eterna. La Misericordia de Dios siempre está al alcance de un alma en las postrimerías de la vida terrena. Tengámoslo presente en este día de la Inmaculada Concepción, en el que el Papa Francisco ha abierto la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro para dar inicio al Jubileo de la Misericordia.  Por supuesto, dejamos el tema para un próximo post.






Os dejo este video con los chicos de Fearless. Hablan, por cierto, de coherencia.




domingo, 1 de noviembre de 2015

Holywins vs. Halloween




Posiblemente estés mucho más familiarizado de unos años a esta parte con la fiesta de Halloween que con la de Holywins. Son palabras difíciles de pronunciar, pero lo que nos importa más que la pronunciación es su significado. La etimología de Halloween  proviene de "All hallow´s,  que traducido al castellano es víspera de todos los santos. Halloween hunde su raíces en costumbres anglosajonas, heredadas de los pueblos celtas, que en los últimos años ha traspasado fronteras y, como ya es natural con otras costumbres importadas, en España está adquiriendo un relieve que afecta a la cultura, tradición y creencias.  Holywins se forma por la unión de las palabras holy (santo) y win (vencer). Por tanto, significa "la santidad vence". Esta fiesta surge en el año 2002 en Paris y se está extendiendo en las parroquias españolas, a fin de contrarrestar los efectos de la propagación de la fiesta de Halloween, que es una celebración que resurge el antiguo paganismo, plagado de supersticiones ante el fenómeno inédito de la muerte. 

La fiesta de Halloween es fundamentalmente infantil y juvenil. Los destinatarios son quienes menos piensan en la muerte. Holywins también tiene principales protagonistas a los niños, aunque con menos afán comercial y divulgativo. En Holywins los niños se disfrazan de ángeles, santos, religiosos, en contraposición a la de Halloween donde los chicos y chicas se disfrazan de brujas, monstruos, fantasmas, zombis y demonios, con tridente y rabo incluidos. El trasfondo de la fiesta de Holywins en las parroquias es el de hacerles ver a los niños que  Dios nos ha creado para ser felices en la tierra pero que sueña con tenernos en el Cielo. Desconozco cual es el mensaje en los colegios que se da a los niños con la fiesta de Halloween. Mucha imaginación deben tener lo profesores para explicar a los alumnos el sentido de disfrazarse de brujas o diablos.

Expuestos los significados de estas fiestas, si tuvieras que elegir ¿por cual te decidirias? ¿Halloween o Holywins? ¿Disfraz de ángel? ¿Disfraz de demonio? O lo que es lo mismo: ¿piensas que la muerte es el final definitivo de tu vida? ¿O piensas que la muerte es el comienzo de otra llena de plenitud? Reflexiona: Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom. 6,23). San Pablo no tenía dudas, ¿y tú? ¿Vas a dejarte influenciar por modas importadas nacidas de costumbres paganas por no conocer a Dios? Hay que tenerlo claro: solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza (1). La esperanza que tuvieron tantas santos cuya fiesta se celebra hoy. Descubrieron el inmenso amor de Dios: El hombre se explica sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo.


La quietud interior de una persona, de un grupo, de un pueblo o de una sociedad no se consigue a base de burlas ante la trascendencia de la muerte. Por muchas piruetas que queramos tener, por muchos desplantes que seamos capaces de expresar, siempre llegará la ocasión donde habrá que afrontarla con seriedad. El sentido del rechazo ante esta experiencia siempre estará presente, incluso entre personas creyentes. Pero hay una explicación, hay un sentido, hay una esperanza: ¡Cristo! Cristo nos sostiene a través de la noche de la muerte que él mismo cruzó; Él es el Buen Pastor, a cuya guía nos podemos confiar sin ningún miedo, porque Él conoce bien el camino, incluso a través de la oscuridad.




El Paraiso, no lo olvides, no es un lugar privilegiado para unos pocos. Puede que la fiesta de Todos los Santos sea como una meta inalcanzable, solamente para cristianos excepcionales, para santos, de los que conocemos y llamamos santos de altar, los que han sido canonizados. No es así. Te doy una definición sencilla de lo que podemos entender por santos: aquella persona que descubre lo mucho que le ama Dios, y que no es capaz de decirle que no. 

En una ocasión preguntaron a la Beata Madre Teresa de Calcuta lo que sentía cuando el mundo le aclamaba como santa, y contestó al periodista: "La santidad no es un lujo, es una necesidad". Y así debe ser para los cristianos. Una necesidad. Máxime aún cuando desde el Concilio Vaticano II proclamó la "llamada universal de todos los cristianos a la santidad". 

Pídele a María -también lo pido para mi-, que es Puerta del Cielo y Reina de todos los Santos, que te ayude a luchar decididamente con todo cuanto te impide ser un cristiano con más esperanza. Un propósito: ser santo. Y una meta: el Cielo.  

Insertalo bien en tu disco duro: ¡Holywins! ¡La santidad vence!

(1) Benedicto XVI, Audiencia (2-XI-2011). También para las citas que siguen.

domingo, 16 de noviembre de 2014

¡ A vivir que son dos días!





Cuando veo la fecha del último post repaso un punto del Diario de la Divina Misericordia, escrito por Santa María Faustina Kowalska, el 1338, en el que escribe lo siguiente: En el momento en que escribo estas palabras he oído a Satanás gritando: Escribes todo, escribes todo y por eso perdemos tanto. No escribas de la bondad de Dios, Él es justo. Y dando aullidos de rabia, desapareció.

El 24 de septiembre hice la última entrada y es mucho tiempo transcurrido; puede que el enemigo  número uno de la salvación del hombre haya hecho sibilinamente su trabajo, como así acostumbra. No quiero estar en el bando de los  que escriben poco sobre Dios teniendo ocasión para hacerlo. Porque desde este blog no hay más pretensión que  escribir sobre las bondades de Dios, y no hay mayor bondad que pueda recibir el ser humano de Dios que la de sentirse salvado, porque es amado por el Creador. 

Por eso la Iglesia, fundada por Jesucristo para derramar torrentes de gracias entre los hombres,  nada más comenzar noviembre celebra el primer día  la Fiesta de Todos los Santos y el segundo el de los Fieles Difuntos; de esta manera conmemoramos el triunfo de quienes han alcanzado el Paraíso y pedimos por quienes aún se purifican en el Purgatorio hasta alcanzar el encuentro con el Padre Celestial.

De paso puede y debe servirnos este mes de noviembre para profundizar en la vida futura a los que peregrinamos por este mundo. Porque del modo en que vislumbremos el fin de nuestra existencia podremos vivir esta vida. No estoy de acuerdo con quienes en un afán de loable y sincera responsabilidad, piensan en otra vida pero centrándose únicamente en esta. La vida puede adquirir un devenir dependiendo de qué idea y con qué esperanza afrontemos la realidad incuestionable de la muerte. Para unos, puede resultar el final de una existencia, y para otros el principio de una nueva vida.

Vamos a reducir al máximo en este post la manera de discurrir sobre el futuro de tu alma y la mía; y lo hacemos con dos frases, y te invito a reflexionar sobre ellas. Una frase encierra un encendido aferramiento a esta vida, otra una esperanza inconmensurable de eternidad.

 “¡A vivir que son dos días!”. Es una frase que adquiere cuotas de éxito notable. No tiene autor conocido, al menos que uno sepa. No es necesario tratar a una persona de vida desenfrenada para escucharla. Entre buenos amigos, familiares entrañables y personas ejemplares es habitual oírla, especialmente en esos momentos tristes en los que se  pierde a un ser querido y donde parece no existir más esperanza que vivir intensamente el momento actual. Es una expresión para reafirmar el presente, siempre y cuando  sea agradable, porque de lo contrario la frase no tiene sentido. Está hecha para quienes están conformes con el trato que les da la vida. Salud, familia, economía, amigos, colman las más elementales pretensiones, pueden considerarse personas satisfechas…, ¿felices?, pensemos que para ellos es así. Pero no es una frase muy consistente por dos razones. Si alguno de los soportes que nos dan bienestar  se pierde se desvanece la seguridad, surgen crisis que dan al traste con la estabilidad emocional o afectiva que era el soporte de la vida. Si se parte una de las patas de la mesa, esta se viene abajo. La otra razón de la inconsistencia es el tiempo. Llegará un día en que será el último. Se acabará. Esos “dos días” habrán terminado. Difícilmente encontrar una muerte en paz pensando lo bien  que nos ha tratado la vida, los éxitos alcanzados, el bienestar logrado, las expectativas cubiertas; la amargura de la agonía no se supera con la dulzura de los recuerdos. Siempre se estará sujeto a que esos dos días puedan ser cincuenta, veinte años, o quién sabe si puede ser pasado mañana. En cualquier caso, la vida siempre se escapará demasiado pronto. Es una continua cuenta atrás desde que nacemos.



“Nunca más serviré a señor que se me pueda morir”. Esta otra frase fue pronunciada por san Francisco de Borja. Llegó a ser virrey de Cataluña. Tuvo que conducir a Granada los restos mortales de la emperatriz Isabel, mujer a la que conocía y admiraba por su belleza. Llegados a Granada al  abrirse el ataúd que contenía el cuerpo de la bella mujer la vida le cambió por completo al descubrir el rostro desfigurado de la emperatriz y pronunció esta famosa frase. Renunció a toda su fortuna, ingresó en la Compañía de Jesús para servir a un señor que no muere, para servir al Dios vivo, y el significado de la vida  le cambió por completo.

El mes de noviembre se cierra en el último domingo con la fiesta de Cristo Rey. Otra ocasión que la Iglesia invita a reflexionar sobre la entrega de nuestro corazón. Podemos servir al César, que es tanto como decir a nosotros mismos, convirtiéndonos en emperadores de nuestro  existencia siempre expuesta al carácter temporal,  o podemos entregar el corazón al Señor, no solamente por la inquietud del destino final de nuestra alma, sino para vivir el Cielo desde la tierra, amando a Dios, y amando al prójimo, que es el modo más acertado de amarnos a nosotros mismos.

La esperanza en la vida eterna no es una orientación metafísica, no es una corriente de pensamiento filosófico que el hombre ha fraguado en su pensamiento. Es una consecuencia del hecho histórico, del origen de la Buena Nueva que a lo largo de veintiún siglos ha transformado la vida de millones de seres humanos. La teología cristiana se sustenta en dos razones: que Jesucristo resucitó de entre los muertos y ascendió al Cielo;  y una promesa a todos los hombres: El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás (1).

La lectura con detenimiento de este párrafo  puede hacerte pensar qué frase puede sustentar tu vida: Esta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no  hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brio, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo (2).

En términos deportivos: si te aficionas a un deporte, qué menos que simpatizar con el deportista o equipo que más éxitos puede cosechar; de esta manera disfrutarás del deporte y de las victorias alcanzadas. Pues con la fe puede pasar exactamente igual: el  triunfador siempre es Dios, porque gracias al sacrificio redentor en la Cruz de Jesucristo, el principal rival para la felicidad del hombre –la muerte- está vencido. Y  aunque a lo largo de la contienda –de esta vida- se pasen apuros y desalientos, tristezas y sufrimientos, la victoria sabemos que corre de Dios, y si estamos unidos a Él, nosotros participaremos del triunfo definitivo. Piénsalo, porque este mes de noviembre  puede cambiar conceptos de tu vida. ¿O no?




(1) (Jn. 11,25-27)
(2) Papa Francisco, Mensaje Urbi et Orbi en la Pascua (20-IV-2014)










martes, 26 de noviembre de 2013

Tu alma después de la muerte


La Iglesia invita en el mes de noviembre a considerar los fines últimos –novissimis en latin- del ser humano. Si tus padres te bautizaron al poco tiempo de nacer, indudablemente que no recuerdas el ritual del Bautismo. Si lo has recibido en edad adulta puede que sí. No obstante, te lo recuerdo en parte para resaltar la parte que viene a colación. El sacerdote, después de conocer el nombre escogido para el nuevo hijo o hija de Dios pregunta a los padres: “¿Qué pides a la Iglesia”?. Respuesta: “La fe”. “¿Y qué te da la fe?”. “La vida eterna”. A través de este Sacramento Dios nos acoge como miembros de su familia divina y simboliza el paso de la vida terrena a la eterna.

La temporalidad de nuestro existir en la tierra siempre ha movido al hombre a preguntarse el futuro de la existencia después de la muerte. La Escatología –palabra griega que significa “reflexión sobre las cosas últimas”- se encarga del estudio teológico que ayuda a asomarse más allá de esta vida. Para realizar este estudio hay una condición: tener fe. Ser creyente.

El predicador de la Casa Pontificia, predicador del Papa, el padre capuchino Raniero Cantalamessao , en la revista Palabra del mes de julio 2013, hace una precisión propia de quien está embebido en las profundidades de la fe; pero que tan bien nos puede venir a ti y a mí. A la pregunta de lo que creemos los que nos definimos como creyentes  contesta que “Casi siempre creen en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un más allá”. Pensamos que por el hecho de creer en un Alguien superior nos tenemos por creyentes; y no es así. “Pero ésta es un fe deista, -explica- no una fe cristiana; siguiendo la famosa distinción que hacía Karl Barth, esto es religión, pero todavía no es fe”. Ésa es la diferencia primordial. Para tener fe tenemos que creer en Jesucristo, Hijo de Dios; no en Algo, en un Ser, en un Creador. Si es así, nos quedamos en personas religiosas, con una vaga idea de nuestro destino post mortem.

Admitiendo la religiosidad por naturaleza del ser humano, y que la sociedad laica propone un pensamiento contrario al cristiano, podríamos reducir a tres las opciones que la ideología laica ofrece como respuestas a la pregunta del futuro después de la muerte. Líbreme Dios de introducirme en derroteros racionalistas, contrapuestos a la doctrina católica en torno al “más allá”, para defender lo que para mí es más convincente y razonable como relata la Biblia y en la enseñanza oral de Jesucristo, respecto al cuerpo y alma de los hombres y mujeres que han vivido, que vivimos y que vivirán. De paso, refrescamos ese ansía de eternidad, que ya en tiempos de Juan Ramón Jiménez empezaba a echarse en falta, y él se encargaba de recordarla: "¡Cielo, palabra del tamaño del mar que vamos olvidando tras nosotros!".

Hagámoslo sencillo. Imagínate que llamo a la puerta de tu casa, me recibes, y después de presentarme me atiendes amablemente, pasamos al salón, me invitas a sentarme. Acto seguido, para no entretenerte demasiado tiempo, te doy a conocer las opciones por si tienes inquietudes sobrenaturales y te interesa plantearte seriamente qué pasará cuando dejes esta vida. Vamos a diferenciarlas por letras.

a) Es la más sencilla. Profundamente atea. No tiene sentido trascendental alguno. Vive la vida sin más. No te rayes pensando que sucederá después de abandonar este mundo. ¿Para qué? El hombre y la mujer no somos más que materia. Llegad el momento con la muerte se acaba todo. Es el mismo final que el de una lombriz. Da lo mismo que hayas empeñado tu vida en hacer el bien a los demás o que te hayas dedicado a violar a cualquier pobre mujer que se haya cruzado por tu camino, en ser un genio de la arquitectura o a asesinar mujeres y niños porque estás convencido que la provincia donde naciste es un estado históricamente sometido por otro. No hay premio ni castigo. Es indiferente. Disfruta a tope. Aprovecha la vida. Si te viene el contratiempo, el fracaso o la enfermedad, maldice todo lo que puedas para desahogarte. Las tragedias propias o ajenas las despachas con una queja para confirmar que llevas razón: Esta vida es una …. y ¡a vivir que son dos días!

b) Aquí ya hay que pensar más. Tienes que tener un convencimiento  de que además de materia, el ser humano tiene espíritu. Morimos y el cuerpo desaparece, pero queda el espíritu. ¿Qué hacer con él? ¿A dónde nos lleva? Te introduzco en el movimiento gnostico. Aviso: tienes que tener unas grandes tragaderas intelectuales para empaparte el contenido por el cual tu alma se convertirá en inmortal. A los seguidores de esta tesis se les llama gnosticos, porque tienen el conocimiento secreto revelado por los Apóstoles a su grupo de élite. Falsificar el Evangelio es una de las armas preferidas. Buscan eliminar las doctrinas cristianas. Viene a ser como el New Age moderno con unas creencias perfectamente cambiables por cuanto buscan más la novedad que la verdad. No tratan muy bien a nuestro cuerpo, al que consideran una cárcel de la que nos liberamos después de la muerte, considerando pervesiones la procreación y el matrimonio. La divinidad está compuesta de una multitud de espíritus individuales. Para ellos, Jesús no es dios ni hombre, sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo para darnos unos conocimientos necesarios para librar a nuestras almas de los cuerpos. Por supuesto que no admiten la redención de Cristo, porque con los conocimientos gnósticos se accede a la verdadera vida mas allá de la materia. El alma vivirá en el Pleroma, o mundo espiritual invisible, que se forma a través de las emanaciones de poderes espirituales, denominados aeones,  que emite el  Ser Supremo. Tienes que echarle mucha imaginación; tanta si cabe, como esos escritores que viven de publicar novelas con fondo gnóstico, después del éxito alcanzado por el Código Da Vinci. Pero, insisto, si dispones de poco tiempo para reflexionar, y no utilizas transporte público para desplazarte por tu ciudad y entretenerte con tanta literatura sobre el tema, te sugiero pasar a la siguiente opción.

c) Esta está basada en las religiones orientales, mantenida antiguamente por algunos pensadores griegos. Acaecida la muerte, el alma comienza una serie de reencarnaciones sucesivas hasta alcanzar un estado final de purificación. El retorno en seres humanos puede llegar a alcanzar las ciento ocho reencarnaciones; dependiendo del estado del alma a la muerte, así tendrá que purificarse en sucesivas reencarnaciones. En esta corriente no existe Ser superior; digamos que es el propio alma únicamente quien realiza el proceso de autorredención. Hay una creencia reencarnacionista llamada “metempsicosis”, que enseña que los grandes pecadores pueden reencarnarse en un animal o en una planta. El objetivo, resumiendo, está en que en base a sucesivas reencarnaciones se paguen culpas de vidas anteriores y el alma se purifique hasta llegar a un alma absorta en “el todo”, para formar parte de un “Dios” o “Brama”.

d) Y para terminar mi exposición, para no robar más tiempo del que dispones, apuro un vaso de agua que amablemente me has ofrecido, y te expongo la teoría que a mí, particularmente, me da más resultado, por ser más razonable y creible, respetando, por supuesto, tu libertad de elección. Para adscribirte a esta teoría se necesita un requisito: saber y querer amar. ¿Quién no ha amado alguna vez? ¿A quien no le gusta ser amado? Esta es la que más dignidad concede a la persona, sea cual sea su condición. Sobre esta doctrina han divagado admirables doctores en teología como San Agustín, Santa Teresa de Jesús o Santo Tomás. Pero tú ya sabes mi argumento para no distraerte más de lo debido: la simplificación. Por eso, te advertía de un requisito: querer amar, dejarte querer. ¿Y a quien? ¿Y por quién? Por Jesucristo. Uno de sus seguidores contemporáneos, el apóstol Juan, lo dejó escrito: “Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él”. (1 Juan, 4, 7-9). Por tanto, si consideras que Dios es amor, que te quiere con todo el amor (infinito) que Dios puede tener, te sentirás querido y amado en cuerpo y alma, como se quieren los enamorados. En toda relación afectiva, los dos enamorados tienen que renunciar a aquello  que les diferencia y puede causar desavenencias. En este caso, Jesucristo en la Cruz clavó todas aquéllas conductas –pecados- que impedían derrochar el afecto de uno –tú y yo- hacia el Otro. Lo único que te pide para estrechar esa relación son pequeñas o grandes renuncias, que redundará en tu propia felicidad. Porque la verdadera felicidad está en dar y no en recibir.

Esta doctrina tiene una gran ventaja. No está sujeta a la temporalidad. Cuando dos personas están firmemente enamoradas temen que la separación sea una realidad que les condiciona a quererse. Las despedidas se hacen interminables, no quieren separarse, afrontan la separación con tristeza. No digamos cuando la partida es para siempre. Se juran amor eterno; pero el amor humano es temporal. Pues bien, en este caso, no es así. Si Dios mismo te ofrece un amor (infinito), es para disfrutarlo para siempre (en la eternidad). Por tanto, no es un amor condicionado a esta vida. Va más allá: hasta el más allá. Es un amor sin fin, una felicidad para siempre. Serás “cieloso” por vivir en el Cielo; pero nunca celoso porque Él es incapaz de serte infiel.

 Un enamoramiento que no conoce fronteras, que ni la muerte es capaz de separarlo, sino al contrario, se perfecciona al poder ver a Dios cara a cara, es la mejor oferta que te puedo hacer para afrontar el término de esta vida con la esperanza segura en una vida (con Dios) que no acaba. Me lo ha contado mi madre muchas veces. Su madre (mi abuela) no las tenía todas consigo con respecto al futuro después de la muerte. Decía que nadie había vuelto para contarlo. Y a base de decírmelo yo he deducido una teoría: ¿qué es lo que pasa cuando estás con un amigo al que no ves desde hace años y te juntas para tomar unas cañas? ¿O cuando estás con tu novio o novia después de pasar una semana sin verle? ¿O cuando estás presenciando un épico encuentro de tenis entre Nadal y Federer? Se contesta con esta frase: ¡se me ha pasado el tiempo volando! Así debe ser cuando el alma se encuentra con Dios en el Cielo. Es tal la satisfacción infinita que se tiene que “olvidar” volver a la tierra para que sepan algo de ti. Y como allí no existe tiempo, hay un “eterno” olvido de dar un aviso en casa para decir que vas a llegar tarde por lo muy feliz que te sientes junto al Señor. No te pido que tengas la fe del carbonero. Discurre con serenidad y memoria. Piensa en los que no renunciaron a ese amor a costa de perder sus vidas (terrenales); los que se alejan de sus familias para irse a otro continente a ayudar a tantos seres humanos como tú y como yo, pero olvidados y abandonados a sus miserias; o ese vecino o vecina, compañero o compañera de trabajo, o quien tiene apuros económicos o salud debilitada, pero que cada vez que hablas con ellos te tratan con cariño y te ofrecen la mejor de sus sonrisas, y que sabes que todos los domingos, e incluso todos los días, asisten a Misa en la parroquia de al lado de tu casa. ¿Verdad que te llaman la atención? Pues son los que se han dejado “atrapar” por esos tejos que el Enamorado lanza indiscriminadamente. ¿No ves que son pruebas de estar plenamente enamorados?

Esta es la oferta que te recomiendo. De quien te quiere “tirar los tejos” hablaremos más detalladamente, en el siguiente post una vez que este domingo día 25 se ha clausurado el Año de la Fe. Acontecimiento que es indispensable mencionar. Mientras tanto, me despido de ti, gracias por tu atención, te dejo tiempo para que te replantes las opciones que te dejo. Volveré próximamente para saber por cual de ellas te has decantado.

¡Ah, un olvido! Esta frase te puede ayudar a elegir la mejor opción: “Si nos atrevemos a creer en la vida eterna, a vivir para la vida eterna, veremos cómo la vida se torna más rica, más grande, libre y dilatada”. Su autor es un anciano enamorado. Se llama Joseph Ratzinger. Y sabe mucho del tema.

Para quitar seriedad a la entrada, te obsequio con este video. Ahora que se acerca la temporada de compras navideñas y de pisar muchas superficies de centros comerciales, ándate con ojo no vayan a sorprenderte de esta manera. Es un cuadro de Rembrandt que sale a la calle, bueno, a un centro comercial de Amsterdam, pero… ¿por qué no puede ocurrir en España?


miércoles, 14 de agosto de 2013

Accidente de Angrois y El Grao de Gandía


Recordar el trágico suceso de Angrois no tiene más interés que buscar una reflexión a lo acontecido. Cuando parece que el hombre domina sobre lo creado, que es dueño de su destino, se producen circunstancias trágicas como las vividas:  un error humano, una distracción, una anomalía técnica pueden dar al traste no ya con un propósito, ilusión o proyecto, sino con muchas vidas. Ante los pasados trágicos acontecimientos se produce la clásica pregunta imposible de contestar con rotundidad. Queremos encontrar explicación buscando al principal causante: ¿el destino?, ¿una fuerza superior de maldad que busca la infelicidad del hombre?, ¿un dios que se desentiende de las criaturas?

Sabemos que nuestras vidas están sujetas a la temporalidad. Limitaciones espaciales, físicas, intelectuales…, el poder del hombre no puede doblegar la impetuosidad de la naturaleza, la ciencia asume que el gran avance contra algunas enfermedades son batallas ganadas, pero la derrota de la muerte está incuestionablemente perdida. Para colmo, a pesar de los elogiables intentos del hombre por buscar la paz, las guerras no desaparecen, sino que se recrudecen por la vileza humana. El hombre, no es perfecto. No puede garantizar la vida del semejante sobre la faz de la tierra.

 Sucesos como el de la curva de A Grandeira nos hace pensar por qué tiene que morir la novia de un joven que espera a pocos kilómetros la llegada de la persona que tanta felicidad le produce; por qué tiene que dejarse la vida un veterinario que consigue un puesto de trabajo en Madrid y está a punto de conocer al hijo nacido en Santiago de Compostela hacía un mes; por qué ese primo de un compañero de trabajo; por qué ocurrió el accidente ese día y a esa hora, y no otro día o cinco horas antes, por ejemplo, de que un tren de características similares a las del siniestrado pasara por la misma vía, por la misma curva y llegara a su destino final. ¿Por qué a estas personas? ¿Por qué en la proximidad de una fecha festiva? ¿Por qué tan cercana a la ciudad donde iba a celebrarse?

Podemos, no obstante, -y ésta es la razón principal de este post- hacernos a raíz de conocer las tragedias humanas otra pregunta: ¿para qué? La pregunta clave para tu vida y la mía, para todos los hombres y mujeres es si estos acontecimientos terribles no debiera plantearnos la cuestión de si no estamos creados para una vida mejor. Si obramos acertadamente poniendo todas nuestras ilusiones, todos nuestros anhelos, en una vida que tiene fecha de caducidad. Por supuesto, que infinidad de hombres y mujeres se marcan  pretensiones muy nobles en esta vida, y que produce marcada tristeza conocer que el motivo de no alcanzarlos sea por la repentina muerte en circunstancias trágicas. ¡Cómo no voy a lamentar que una joven se deje la vida en un vagón que le transportaba hacia el encuentro con su novio, si yo he tenido esa sensación de que el tiempo no pasa esperando la llegada de mi novia! ¡Cómo no voy a entristecerme de la muerte de un hombre que viaja para conocer a su hijo, si yo soy padre de dos hijas! ¡Cómo no voy a conmoverme de ese muchacho que no volverá a encontrarse con su primo, si cuando era poco más de un párvulo murió en un terrible accidente de tráfico una prima mía con diecisiete años de edad! Precisamente estos hechos luctuosos tienen para mí un significado esperanzador: somos viajeros en el mundo con destino a la eternidad.

El famoso científico Albert Einstein maduró acerca de la perspectiva trascendental del hombre. Se hacía esta pregunta, con respuesta final: “¿Cuál es el sentido de nuestra vida, cuál es, sobre todo, el sentido de la vida de todos los vivientes? Tener respuesta a esta pregunta se llama ser religioso”. El hombre religioso es quien tiene la respuesta. Mientras busquemos  la felicidad a costa del olvido de Dios, seremos permanentemente inseguros, infelices e, inexorablemente, condenados a la frustración, al oscurecimiento de nuestra existencia. Si el propio hombre es capaz de prescindir del sentido trascendente de su vida, si se le elimina la esperanza se aboca a la desesperación. El Papa Francisco, en la primera encíclica publicada en su pontificado hace mención del sufrimiento humano: “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda la historia del sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz”. (Lumen Fidei, pág. 88-89). El Dios que entra en la Historia haciéndose carne mortal acompaña al hombre, a ti y a mí, por los caminos –a veces tortuosos- de la vida.

Este verano he disfrutado desde la terraza del apartamento contratado en Gandía de una panorámica que viene al hilo de lo que quiero expresar. Bien entrada la noche presenciaba la partida de pequeñas y humildes embarcaciones para faenar. Al amanecer regresaban con más o menos carga, imagino que cansados los pescadores, pero deseosos de encontrar reposo. Durante la jornada nocturna seguro que esperaban el amanecer, recoger la pesca y volver al puerto, regresar a casa. La faena en alta mar no les impediría recordar a sus seres queridos, a sus esposas, a sus hijos; los enamorados, en el amor que han dejado en tierra. Estas escenas me hacía recapacitar sobre nuestra relación con Dios: nos proporciona una embarcación cuando nacemos para surcar los mares por donde quiere que faenemos. Encontramos periodos de calma, de zozobra y también de tempestades. Pero Él no nos abandona nunca, siempre nos espera en el mejor puerto posible, el Cielo. Amarra el barco, coge las redes de nuestra pesca, selecciona los peces buenos y deshecha los malos; se queda con nuestras buenas obras y olvida las malas, si somos capaces de reconocer que en ocasiones no hemos obrado conforme a sus consejos, anteponiendo el afán de aventuras con el riesgo de convertirnos en náufragos en medio de las tormentas. Desgraciadamente para nosotros no actuamos con la prudencia de un marinero experimentado, perdemos fácilmente el rumbo que nos marca la brújula por considerar que el acertado es el que nosotros mismos nos asignamos. El peligro del naufragio adquiere fuerza cuando perdemos la orientación.

Volviendo a la terraza del apartamento, hubo otra tarde muy significativa: el 16 de julio. Esa tarde presencié con mi familia la procesión en barca de la Virgen del Carmen. Distintas clases de embarcaciones se dieron cita en la proximidad de la parroquia de San Nicolás  de Bari –ahora te contaré su historia más reciente- para acompañar a la Virgen, transportada en otra embarcación pesquera. Esta procesión mariana y marítima me hizo pensar en la necesidad de meter muy en la proa de nuestras vidas a la Virgen, para que nos proteja, nos ayude y nos salve. Cuando nos acogemos a ella tenemos siempre el rumbo más seguro.

Y ahora vamos con la historia. Durante la Guerra Civil fue destruida la parroquia de San Nicolás de Bari en Gandía. Concluida la contienda fue nombrado párroco don Juan Minaya Pavía, quien desde sus comienzos hizo cuanto estaba de su mano para volver a levantarla. Gracias a la cesión de un terreno por doña María de los Ángeles Suárez, esposa de don Vicente Calderón Pérez-Cavada –que fuera presidente del Club Atlético de Madrid, e hijo adoptivo de Gandia donde financió una fundación educativa que lleva el nombre de su esposa, y en la que reciben enseñanza gratuita más de quinientos niños- se pudo reconstruir la citada parroquia en la misma zona del Grao de Gandía. Este matrimonio está enterrado en esta iglesia, junto al altar de San Francisco de Borja,  duque de Gandia y descendiente de realeza, que tras quedar viudo y con ocho hijos, conoció a San Ignacio de Loyola, renunció al ducado y a toda su hacienda e ingresó en la Compañía de Jesús para vivir desprendido de posesiones y entregarse al servicio de Dios. Un sacerdote, una esposa y madre de familia y un religioso. A cada uno el Señor les encomendó una labor, llenar la red de buenas obras.

En la introducción de la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, el beato Juan Pablo II con la expresión latina  “Duc in altum”  -remar mar adentro-, nos invitaba a comienzos del tercer milenio a adentrarnos en las entrañas del mundo para fructificar los talentos recibidos. Es así como debe encontrarnos el Señor cuando nos mande regresar a la otra Orilla: activos, faenando con la esperanza firme en el regreso. Con esperanza, porque de lo contrario nos convertimos en esa clase de mujeres y hombres a los que se refería San Pablo: “Si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”. (I Cor. 15.19). Fíjate que no dice no creer en Cristo mientras vivimos, es decir, creer; sino poner la esperanza en esta vida, supeditar nuestra preexistencia en la tierra.

Es humanamente comprensible la desolación, la incomprensión por estos sucesos. Tristeza, desconsuelo, abatimiento, son sentimientos propios para los familiares y amigos de las víctimas. San Francisco de Borja, también desconsolado pidió al Señor la curación de su esposa, escuchando una voz celestial que le respondía: “Tú puedes escoger para tu esposa la vida o la muerte, pero si tú prefieres la vida, ésta no será ni para tu beneficio ni para el suyo”. Derramando lágrimas respondió: “Que se haga tu voluntad y no la mía”. Debemos dar por seguro, amigo mío, amiga mía, que incluso en las circunstancias más penosas que podamos afrontar, el Señor siempre sacará beneficio para nuestra salvación, para nuestra felicidad eterna y la de quienes nos ocupamos de poder alcanzarla.

Recemos por los fallecidos. Con tus oraciones y las mías, por los méritos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, los trenes hacia el Cielo caminan a más alta velocidad. Siempre seguros llegan a un destino que Ni ojo vió, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que Dios preparó para los que le aman. (1. Cor. 2.9).

Este video puede servir de recuerdo a todas las víctimas fallecidas en las proximidades de Santiago de Compostela. No he dudado un momento en seleccionar otro para cerrar el post. Me lo manda una seguidora que ha vivido muy de cerca la desgracia de Angrois. La letra de la canción muestra un estado de ánimo de Dani Martín:  la compuso a raíz de la muerte de su hermana, de 34 años de edad. Escucha la canción con atención y ten el firme propósito de aprovechar cada momento de tu vida en pensar y vivir para los demás. No lo dejes para el futuro, porque no depende de ti.







domingo, 10 de febrero de 2013

En recuerdo de Whitney Houston

Gracias a una compañera de trabajo he podido conocer el contenido traducido al castellano de uno de los éxitos de Whitney Houston: One Moment in Time (Un momento en el tiempo) . El acceso a internet facilita enormemente conocer aquellas canciones que hace décadas escuchábamos sin más opción que quedarnos con la música y no así con la letra por ser cantadas en inglés. Ahora, por ejemplo, podemos descubrir que The winner takes it all (El campeón se lo llevó todo), interpretada por Abba, trata de unos dioses que juegan a los dados, y deciden en una relación de una mujer y dos hombres, quién es el ganador para convertirse uno en amante dejando en segundo lugar al otro, como amigo; que en la última canción grabada por Los Beatles antes de su separación, cuyo título es Let It Be, (Déjalo ser…), mencionan a la Madre María como ayuda ante los obstáculos y luz en horas de oscuridad; o que Phil Collins en Can´t stop loving you hace un canto de ese amor que marcha,  pero dejando tal huella en el corazón que se niega a dejar de amar. A lo largo de nuestra vida siempre existen momentos y situaciones que nos identifica con una canción determinada por su contenido. Si te das cuenta la mayoría de las canciones que entran por los oídos y se quedan en el corazón se refieren a despedidas, desamores, frustraciones sentimentales, amores imposibles… El corazón se recoge en sentimientos cuando anhela el objetivo imposible, cuando no es correspondido, cuando entra en nostalgia al ver alejarse los felices momentos vividos. Y para aprender a amar, hay que aprender a sufrir. Así es la vida. Y como solo tenemos una, hay que amarrarnos bien a ella para sacarle todo el provecho posible.  Todas las ocasiones son propicias para fortalecer nuestras virtudes, para luchar contra las propias miserias.
Reconozco que One Moment in Time me ha calado. Por la composición musical, por la letra y la interpretación.  Desde un primer momento me surgió la duda: ¿A quién le pide Whitney un momento en el tiempo? ¿A su madre? ¿A su manager? ¿A su mejor amigo? ¿A quién puede pedir un momento para sentir la eternidad? Dos días antes de morir subió al escenario por última vez para ensayar la gala de los Premios Grammy 2012. Junto con Kelly Price cantó “Jesus loves Me”, en la que se repite ocho veces “Oh, si Jesús me ama…”, “Si Cristo me ama…” El título de la canción y el contenido de la letra dice mucho, casi todo, y puede dar contestación a la pregunta. En el cénit de su carrera profesional y en el ocaso de su vida Whitney muestra que fama y felicidad no es complemento inquebrantable, que el éxito personal no es ver colmados nuestros deseos materiales, sino saber para lo que se nace, para lo que se vive y para lo que se muere. 
Hace pocos días me quedé con una frase que se colgó en Facebook que decía: hay dos grandes días en la vida de una persona: el día en que nace y el día en que descubre para qué. El principal reto que tiene el ser humano en pleno siglo XXI es discernir el sentido que debe tener su vida. ¿Alguna vez te has preguntado seriamente si has descubierto el sentido de tu vida? Esa es la pregunta clave para encauzar una vida. Vivir para qué. No queremos plantearnos la pregunta pero no por eso deja de estar candente en nuestro pensamiento. ¿Vivir para qué? ¿Para morir? Triste meta. Derrota anunciada. Necesitamos ampliar nuestro horizonte, ser capaces de vislumbrar no solamente las raíces de nuestra existencia, sino el futuro de nuestras vidas. Benedicto XVI descubre que los límites del ser humano no se reducen a una existencia temporal: “El hombre ha sido creado para el infinito. Todo lo finito es demasiado poco”. Queremos ser libres, buscamos superar obstáculos, eliminar barreras, pero siempre nos topamos con los límites de una concepción del hombre que no sobrepasa el concepto del tiempo. A pesar de haber podido alargar la media de edad en la tierra, ¿somos más felices por vivir más años? Posiblemente no. ¿Es la humanidad más feliz por haber puesto los pies en la luna? ¿Somos más dichosos por vivir una vida más confortable que nuestros padres? Ta vez tampoco. Luego entonces, el desencanto ¿no será consecuencia de que todo lo fiamos a cuestiones materiales, sin plantearnos que la verdadera felicidad consiste como Whitney Houston nos canta en alcanzar la eternidad y ser libres de todas, absolutamente todas, las limitaciones humanas que nos impiden ser verdaderamente dichosos?
Y esa felicidad, rozar la eternidad, no es ni más ni menos que disfrutar de la presencia de Dios. Sí, disfrutar de la eternidad ya en la tierra. Los católicos tenemos un momento durante el día en que se para el tiempo. Podemos vivir ese tiempo de eternidad en una celebración que recorre diariamente los cinco continentes: la Santa Misa. En el altar de una basílica,  de una catedral, de tu parroquia o de la más humilde de las iglesias de África, Dios se hace presente, se ofrece por ti y por mí, no como acto simbólico y testimonial; sino como Ofrenda por tus pecados y por los míos, único obstáculo que nos separa de la Eternidad. Si ya es decir mucho, más es saber que si tú lo quieres, porque de ti únicamente depende la respuesta, puedes albergar en tu alma al Dios Eterno.  De haber conocido y participado Whitney Houston de este Misterio posiblemente su vida hubiera cambiado radicalmente. Este Año de la Fe es buen momento para que te impregnes más del contenido de esta celebración, que asistas no solamente en días de precepto, sino algún día entre semana, y que si lo haces diariamente no te acostumbres a una rutina piadosa: ¡vívela! Y la mejor manera es que con las debidas disposiciones recibas al Señor cada vez que asistas. Pide el auxilio de María, que fue la primera en albergar en su seno a Jesucristo. ¿Que no vas? Pues que sepas que también Dios te está esperando, porque el Cielo también ha sido creado para ti. Aunque estés distante, Él está muy cercano, muy próximo, como si fueras el único habitante de la tierra.
Finalmente, hablemos de la muerte de nuestra diva. El próximo día 11 será el aniversario de su fallecimiento en extrañas circunstancias.  El 18 de febrero de 2012 se celebró un funeral Gospel en la Iglesia New Hope Baptist en Newark, New Jersey, en una ceremonia multitudinaria. El día 19 fue enterrada junto a la tumba de su padre en Westfield, New Jersey. Practicada la autopsia se encontró agua en sus pulmones. Se especuló que quedó dormida por los efectos de un calmante y alcohol lo que hizo que muriera ahogada por asfixia. Tú y yo no vamos a especular por las circunstancias de su muerte. Nuestras inquietudes son otras.

No obstante, puedes pensar que ese final de vida sea poco ejemplar para alcanzar la gloria. No hay que estar tan seguro. Verás. La fama de santidad de San Juan María Vianney fue célebre en Francia. Son famosas sus muchas horas de confesionario en el pueblecito de Ars. Miles y miles de personas peregrinaban para confesarse con él. Además el Señor quiso darle el don de la intuición sobrenatural. Un día una mujer enlutada, entre los muchos peregrinos que esperaban de rodillas la llegada del santo cura al templo de la iglesia, se vio sorprendida al detenerse San Juan María Vianney e inclinarse al oído para decirle: “Se ha salvado”. Ante el sobresalto de la mujer le repitió: “Se ha salvado.” La desconfianza de la mujer hizo que el cura santo silabeando le repitiera: “Le digo a usted que se ha salvado. Está en el purgatorio y hay que rezar por él… Entre el parapeto del puente y el agua, tuvo tiempo para hacer un acto de contrición. La Santísima Virgen le alcanzó esta gracia… Algunas veces su esposo, aunque irreligioso, se unía a las oraciones de usted. Esto le mereció la gracia del arrepentimiento y el supremo perdón.” El marido de esta mujer murió de suicidio voluntario. La pobre viuda no podía imaginárselo sino condenado. Desesperanzada de no volver a verle más. La mujer no pudo contener la alegría: “¡Se ha salvado. Le veré, pues, en el Cielo…!”. “¡Señor cura, ya estoy curada!”.  Esta atormentada mujer no arrastraba otra enfermedad que el desconsuelo de no haber podido hacer más por llevarle por el buen camino, el de la salvación de su alma. Hablar de Dios, ya sabes, es hablar de misericordia, misericordia infinita. Y con el auxilio e intercesión de la Virgen más almas van al Cielo. Eso sí, no te acojas tú a la pillería de vivir una mala vida y reconciliarte con Dios en el último momento de tu vida. No es buena táctica incurrir en la temeridad; pero lo que es más desalentador es pensar que siendo posible en esta vida gozar de la presencia de Dios Eterno, la perdamos en cuestiones temporales que nos impedirá ser felices en la tierra y dichosos, por siempre, en el Cielo.
Nací el mismo año que Whitney Houston y comprenderás que no tengo edad para colgar posters en mi habitación. Descarto la idea. Pero después de haber escuchado muchas veces esta canción, confieso que la tengo dentro de mis voces preferidas y One Moment in Time entre mis canciones destacadas. Me ha aleccionado a partirme el corazón por las personas que Dios ha puesto en mi vida y aspirar a alcanzar la vida eterna con más empeño desde la tierra.
Gracias. Y disculpar la extensión de este post. Creo que ha superado records. Propongo para los siguientes ser más escueto. No quiero que os eternicéis leyendo.
No hace falta añadir cual es el cierre musical para esta entrada. Es un recuerdo y un pequeño homenaje. El día 11 la recordaré especialmente.