viernes, 28 de febrero de 2014

Señor, que bien estamos aquí


Ya sé que el niño disfrazado de Papa Francisco no piensa en esos momentos lo que da pie al título de esta entrada; pero no me digas que no es encantadora la imagen. Ocurrió en la audiencia del pasado miércoles. Como ya estamos en carnavales a su madre se le ocurrió la idea de vestir así al chaval y presentarlo al Papa. Francisco no tuvo reparo en cogerlo cariñosamente entre sus brazos. En esta entrada nos referiremos al Papa Francisco y también a una madre.

Con este post doy por concluido los dedicados a invitarte a establecer un idilio entre tú y ese personaje tan carismático y que tanto ha trascendido en la historia de la Humanidad, Jesús de Nazaret. Noviembre fue el mes donde te sugerí descubrir el inmenso amor de Dios hacia ti; en diciembre, aprovechando las fiestas navideñas, te ofrecí impregnarte de esa santísima Humanidad de Jesucristo; en enero me referí al lugar del encuentro con Él, en la Iglesia, y en este mes que concluye te puedo mostrar el modo y manera en que el Señor se relaciona con aquéllos que le buscan.

Si como hombres y mujeres que profesamos la fe católica consideráramos que  perteneciendo a una institución jerárquicamente estructurada, cumplidores de unas normas morales de conducta y fieles a unos actos de piedad establecidos para dar culto a Dios, estaríamos en el camino de salvación, quedaría sometido el futuro de nuestras almas al resultado de nuestros propios aciertos y errores, dependientes del esfuerzo personal de cada uno. El camino estaría errado; nos faltaría la principal cualidad: la gracia de Dios. El cristianismo se asienta en tres pilares insustituibles: Cristo, Iglesia y Sacramentos.

El lugar para alcanzar la gracia de Dios, para vivir cara a Dios, pasa por pertenecer y vivir dentro de la Iglesia; porque es el lugar determinado por Jesucristo para llevar a cabo su plan de salvación a través de los Sacramentos. Esta es la clave para entender el compromiso cristiano de ser miembro de la Iglesia.

¿Y qué es un Sacramento? La definición más entendible a mi juicio es la que proporciona E. Schillebecks: “Un sacramento es, ante todo y sobre todo, un acto personal de Cristo que nos abraza, en el plano de la visibilidad terrestre de la Iglesia”. En realidad, los sacramentos “sustituyen” la presencia visible de Jesús y en ellos el creyente se encuentra con Él (1).

 Si queremos encontrarnos con la persona de Jesucristo estamos abocados a recibir los Sacramentos. El alma necesita la fortaleza, el alimento imprescindible para tratar al Señor; el cauce de la gracia son los Sacramentos. San Ambrosio escribe: “¡Cristo, te me has manifestado cara a cara; te encuentro en tus Sacramentos!”. Jesucristo actúa en la Iglesia, de un modo misterioso pero real por medio de ellos. Así se,  perpetúa su promesa: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28,20).

A modo de síntesis podríamos exponer que la labor de la Iglesia es hacer presente a Cristo entre los hombres, anunciar su doctrina, llevando a cabo la obra salvadora encomendada a Pedro y a sus discípulos, los Apóstoles.

Como hijo de la Iglesia me gusta referirme a ella como madre: “Veamos en la Iglesia a una buena mamá que nos indica el camino a recorrer en la vida, que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y que sabe ponernos en las manos de Dios” (2).

 Nos acoge como una madre en el momento del Bautismo, nos concede esa madurez espiritual en el Sacramento de la Confirmación, nos perdona y nos ayuda en la lucha espiritual mediante el Sacramento de la Penitencia, alimenta el alma y nos fortalece con el Sacramento de la Eucaristía y al final de nuestra vida nos acompaña en el Sacramento de la Unción de Enfermos. Para que Cristo pueda hacerse “presente” en nuestras almas necesita de hombres capaces de administrar esos Sacramentos; de ahí el del Orden Sacerdotal, y mediante el Sacramento del Matrimonio, refuerza el vínculo matrimonial entre los esposos, renueva la entrega prometida y en las etapas de crisis vigoriza los lazos entre padres e hijos fortaleciendo la unidad de la familia.

Cristo, por tanto, se encuentra en la Iglesia. Seguirle es estar en la Iglesia. No es posible mantener el enamoramiento pensando solamente en la persona amada; se piensa en ella cuando no está, pero se espera el momento del encuentro. Esa ocasión esperada para participar plenamente en la dicha de tenerle cerca, dentro del alma, ocurre en la Iglesia. Podríamos afirmar con el cardenal Christoph Schönborn que “Quien ha encontrado la Iglesia, ha encontrado el camino del hogar” .

En toda relación es preciso que los enamorados donen parte de sí mismos contribuyendo mutuamente a esa unión de afectos; la entrega es de un yo para ti y viceversa. La persona enamorada busca agradar, complacer al otro olvidándose de sí mismo. Jesucristo, toma la iniciativa: toda la divinidad la entrega para ti, para mí, para todos los hombres sin excepción a través de los Sacramentos. Y quien lo encuentra puede exclamar como Pedro, cuando Jesús se transfiguró mostrando a él, a Santiago y a Juan la divinidad de su Cuerpo: “Señor, qué bien estamos aquí” (3).

Sí, pensarás que lo que te propongo es una aventura, tal vez la más importante de tu vida; lo es. Te propongo ver este video para despegarte un poco de la comodidad en que fácilmente podemos incurrir, para despegar hacia metas espectaculares. A ver qué te parece.

(1) Aurelio Fernández, Yo Creo, pág 161
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 18-IX-2013

(3) Mt. 17, 1-4