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domingo, 24 de junio de 2018

Milagro de amor tan infinito



En lo que llevamos de mes varios noticias importantes han acontecido, merecedoras de dar relieve informativo: reunión de Donald Trump con Kim Jong-un, inesperado cambio de Gobierno en España, comienzo del campeonato mundial de fútbol de selecciones nacionales en Rusia... Las noticias dan paso a otras en cuestión de minutos. Doy por hecho que éstas al tanto de éstas y de otras  muchas más, gracias al desarrollo de los periódicos digitales y las redes sociales de las que sin duda eres participe.  

Para mí hay una que ha trascendido por encima de todas. Es la que quiero resaltar. Ocurrió  el domingo día tres de este mes, aunque en ciudades como Toledo tuvieron el privilegio de producirse el jueves anterior.  En este día en numerosos pueblos y ciudades dentro y fuera de nuestras fronteras, tuvo lugar un acontecimiento anual único en todos los sentidos: ¡el Cuerpo de Cristo salió a las calles para ser adorado! Sí, me estoy refiriendo a la solemnidad del Corpus Christi.  Un notición. El mismo Dios en la calle, así como suena. Los que vamos teniendo cierta edad lo aprendimos de memoria siendo pequeños: tres días hay a lo largo del año que deslumbran más que el sol:  Viernes Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. 

Todo comenzó en esa Última Cena hace veintiún siglos. Jesucristo instituye la Eucaristía. Un trozo de pan se convierte en su Cuerpo, un poco de vino en su Sangre. La primera Misa de la historia, los Apóstoles son los primeros asistentes. Milagro de amor tan infinito.


Dos antiguos compañeros de instituto se juntaron a comer, aprovechando que uno de ellos se había trasladado a vivir a la ciudad donde residía el otro. Restaurante tranquilo, placida comida, contando experiencias vividas, situación de los hijos, con algún que otro comentario sobre temas de actualidad. El encuentro tocaba a su fin, pero una pregunta hizo que la conversación se alargara. “Oye, y con Dios ¿qué tal?”, preguntó uno al otro. La pregunta sirvió para que el interpelado abriese su corazón, con toda naturalidad expuso su fría o inexistente relación con Dios.  Dos horas, tres horas..., el tiempo parecía no contar.  Las tornas  cambiaron, el interpelado pasó a ser interpelante con una propuesta tajante:  “¡Muéstrame que Dios te ama!”, le dijo para pasar así de la teoría a los hechos consumados. Segundos  de silencio, antes de contestar el interpelado a su buen amigo;  y llegó la prueba: “La Santa Misa”, le respondió, con plena seguridad que había contestado no para salir del paso, sino para mostrar con relajada reflexión que no hay demostración más real y sincera que la ofrecida. Milagro de amor tan infinito.

Ocurrió a principios del siglo IV en Abitina, pequeña localidad próxima a la actual Túnez. 49 cristianos fueron sorprendidos mientras celebraban la Eucaristía en casa de Octavio Félix. Habían transgredido la severa prohibición del emperador romano. Trasladados a Cartago fueron interrogados por el procónsul Anulino. El derecho romano exigía a los acusados responder a las acusaciones formuladas. Uno de los cristianos detenidos hizo una corta y tajante alegación: “¡Sine dominico non possumus!”, lo que traducido al castellano significa: sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Después de atroces torturas, los 49 cristianos fueron asesinados. Milagro de amor tan infinito.


La Santa Misa es un milagro de amor infinito,  Jesucristo se da  en cuerpo, alma, humanidad y divinidad  bajo apariencias de pan y vino. Se entrega para que puedas recibirle. ¿Para qué? Te contesta san León Magno: “nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo solo tiende a convertirnos en aquello que recibimos”.

Solamente el desconocimiento del misterio del Altar nos hace fríos, distantes, indiferentes o ingratos con este milagro de amor de Dios con la persona y  para el mundo. Ni conviene ignorarlo ni acostumbrarnos a participar rutinariamente porque debe ser  el eje y fundamento de nuestra vida; de esta manera "renovamos nuestra alianza con él y le permitimos que realice más y más su obra transformadora" (1).

Ni demasiado bonito equiparable a un sueño, ni elucubraciones de teólogos, exégetas o místicos; es nada más y nada menos  que el Sacramento de nuestra fe, como afirma el sacerdote después de la Consagración. Un buen libro  al respecto de fácil lectura, l -y los hay en notoria cantidad- puede abrirte  este verano grandes expectativas para participar y disfrutar del milagro de amor tan infinito. Dios te espera, créelo. 

Te dejo con este video que expresa mucho mejor lo que he querido transmitirte en este post. Y como puedes ver, he sido poco original en darle titulo.


(1) Papa Francisco, Exhortación Apostólica Gaudete et exultate, 157, pág. 101.




viernes, 8 de diciembre de 2017

Bautismo, una reserva para entrar en el Cielo

Estamos ya inmersos en el mes de diciembre. Noviembre ya ha quedado atrás. Parece que hubiera una contraposición entre el mes pasado, dedicado a recordar y ofrecer sufragios por nuestros difuntos y este mes de diciembre, donde se resalta más el comienzo de la vida, merced a la llegada de la Navidad. Sin embargo, para un cristiano hay una relación muy estrecha, por cuanto la llegada al Cielo pasa por tener que abandonar este mundo, habiendo nacido y recibido -no importa si en los primeros días de vida como en los últimos, porque la misericordia del Señor no conoce fechas sino situaciones- el sacramento del Bautismo. Bien claro se lo dejó Jesús a Nicodemo: Te lo aseguro: quien no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Jn. 3,5).

Fue precisamente en una Misa a la que asistí el día de los Fieles Difuntos, donde escuché decir por el sacerdote celebrante que recibir el Bautismo es como reservar una estancia en el Cielo. Me gustó esta definición, muy acorde con los tiempos actuales, donde tanto nos gusta prever todo con antelación. Con el sacramento del Bautismo tendremos siempre la credencial para pasar al Cielo. 

Hace casi un mes asistí al bautizo de María, hija de Vanesa y Jorge, dos sobrinos por parte de la familia de mi esposa, a los que dediqué un post en su enlace matrimonial (La perla del amor: el matrimonio, 24-X-2012). Tuvo el privilegio de bautizarse con agua del río Jordán, el mismo río donde también quiso ser bautizado Jesucristo por Juan El Bautista para “cumplir con toda justicia” (Mt. 3,15).


Me llamó poderosamente la atención el ritual con el que comienza la ceremonia. Los padres y padrinos esperan a la puerta de la iglesia para ser recibidos. El sacerdote o diácono celebrante se dirige a ellos desde dentro de la iglesia para darles la bienvenida, y después de una breve oración les acompaña hasta el interior del templo. La Iglesia nos espera. La Iglesia nos acoge: “Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación (Fausto de Riez, Spir. 1,2). Dios es quien salva; la Iglesia es el cauce. Y así seguirá siendo hasta el final de los tiempos, desde que en el siglo II se empezó esta práctica, tal y como está testimoniado, aunque es muy posible que el bautismo a los niños se viniera haciendo desde el comienzo de la predicación apostólica.  

Mi más sincera felicitación a María. Enhorabuena a Jorge y Vanesa porque habéis hecho el mejor regalo que se le puede proporcionar a vuestra hija. No es un regalo visible del que podáis presumir como padres, no es una entrega de esfuerzo físico como puede ser tenerla una madrugada entera en brazos hasta dormirla. Cuando la llevéis al pediatra comprobaréis que no habrá crecido ni engordado màs por el sacramento recibido el día 21 de noviembre. Insisto: nada de resultados visibles en María. Pero estar seguros que ese día el Cielo estuvo de fiesta porque el nombre de María, como el vuestro cuando fuisteis bautizados, quedó inscrito con un sello espiritual indeleble. ¿Para siempre? Sí, para siempre. Es un privilegio de Dios con nosotros. Conviene, eso sí, no olvidarse de ella. Con el bautismo el alma se abre a otros sacramentos que nos serán de gran ayuda a lo largo de la vida para que cuando esta acabe llevemos con nosotros la credencial para entrar en la vida eterna.

No podemos concluir este post sin destacar la fiesta de hoy, toda vez que guarda relación con el tema tratado. La Virgen María es la única persona -junto a Jesucristo- que no tuvo necesidad  su alma al nacer de ser limpiada para librarse del pecado original que cometieron nuestros primeros padres. En previsión del nacimiento de Jesús, desde el primer instante de su concepción, fue preservada de toda culpa original por singular privilegio de Dios. 



El 8 de diciembre de 1854, el beato Pio IX definió esta verdad dogmática, mandando construir una columna en dedicación a la Inmaculada en la Plaza de España de Roma. Y es que desde 1644 ya se venía celebrando esta fiesta en todo el territorio que formaba el Imperio Español. Fuimos la primera nación del mundo en defender el dogma de la Inmaculada Concepción. Es Patrona de España.

Comienzo de mes. Ineludiblemente el final de este post pasa por colgar el video del Papa por si quieres conocer su intención universal para diciembre. Puede venirnos muy bien para estas fiestas familiares que están por llegar.



domingo, 2 de julio de 2017

El Amor no es amado


El mayor derroche de generosidad que puede efectuar una persona es dar la propia vida para salvar otra. Ha habido muchos casos donde actuaciones altamente altruistas han dado como resultado que la vida de quien más peligro corría la salvó, en perjuicio de quien la arriesgó hasta las últimas consecuencias. Seguirán dándose hechos donde se ponga de relieve el buen corazón de muchos en beneficio de otros. Por eso es muy posible que la gran mayoría de católicos cuando oímos o leemos que el Señor nos amó hasta el extremo, se nos venga la imagen de Cristo crucificado, muerto en la Cruz. Es el mejor modo de considerar una actuación divina con lógica humana.

Sin embargo, la homilía que escuché el domingo de la solemnidad del Corpus Christi, en el Real Oratorio Caballero de Gracia -si vives en Madrid o si en alguna ocasión estás de paso te recomiendo que lo visites, en este año se está celebrando el 500 aniversario, y el Papa Francisco ha concedido un Año Jubilar-, me hizo pensar sobre esta consideración. El sacerdote celebrante dijo que el derroche más grande del Señor por la humanidad fue quedarse en la Eucaristía. Palabras profundas, con mucho sentido. Así puede entenderse mejor esa promesa que Jesús hizo a los Apóstoles antes de subir al Cielo: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Dejarse clavar en la Cruz, morir ignominiosamente para que tú y yo podamos heredar el Reino de los Cielos, no fue suficiente para Jesucristo. Ascender a los Cielos para preparar nuestras eternas moradas, tampoco. No. Quiso más. Una locura: transformar un trozo de pan en su Santísimo Cuerpo.

El resultado no es ficción: Jesús está ahí, muy cerca de tu casa, de tu escuela, de tu centro de trabajo, de tu lugar de ocio. En cada iglesia por la que pasas hay un Sagrario, y dentro del Sagrario está el Señor. Está con nosotros, para adorarle, para hablarle, para verle con los ojos de la fe, pero, sobre todo, está para alimentar tu alma y la mía. Jesucristo en la Eucaristía, en el sacrificio del Altar, donde recibimos la mayor fuente de gracia para nuestras almas.

Pero ya no recorre aldeas, no pasa por sinagogas, no sube al monte para exponer bienaventuranzas; ahora te necesita a ti, como necesitó a Andrés para ir a anunciar a su hermano Pedro el hallazgo que cambió su vida: “hemos encontrado al Mesías” (Jn. 1,40-41).


En la breve meditación que el cardenal arzobispo de Madrid, don Carlos Osoro, pronunció en la explanada de la Basílica de la Almudena, con el Santísimo expuesto después de recorrer las calles de Madrid, el domingo de la festividad del Corpus Christi, aludió al encuentro del Señor con la samaritana en el pozo de Jacob. Cuando descubre que tiene delante al Mesías deja el cántaro -deja lo que le sobra- y va a la ciudad para comunicar lo que ha visto, a quien ha encontrado, de manera que muchos samaritanos creyeron por el testimonio de esta mujer. Y pedía a los allí reunidos reaccionar como lo hizo esta mujer. Olvidarnos de lo que nos sujeta, de los planes propios, para ir en busca de esas personas que tratamos y conocemos para ponerles delante del Señor, ser “callejeros de la fe” como pide el Papa Francisco a los jóvenes, en uno de sus tuits diarios, teniendo en cuenta que “en el testimonio de fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad a Cristo, reconociendo en cualquier circunstancia, incluso la más problemática, el don inestimable de ser sus discípulos misioneros”(1)

Así contribuiremos a paliar el grito de san Francisco de Asis que ha dado título a este post. 

También con la música puede adorarse al Señor. Este vídeo así lo demuestra.


(1)         Papa Francisco, Ángelus 25/06/2017



jueves, 21 de abril de 2016

El nombre de Dios es Misericordia


Fue en la Audiencia general del 9 de diciembre de 2015, al siguiente día de inaugurarse el Jubileo de la Misericordia, cuando el Papa Francisco indicaba la principal preferencia de Dios: Y, ¿que es lo que "a Dios más le gusta"? -preguntaba-. Perdonar a sus hijos, tener misericordia con ellos, a fin de que ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo

El mismo día de la Resurrección, Jesucristo se aparece a los Apóstoles reunidos y con la puerta cerrada por miedo a los judíos. Y les dice: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis les quedarán retenidos (Jn. 20, 22-23). Les concede la potestad de perdonar los pecados, y estos a su vez  lo transfieren a sus sucesores; así hasta nuestros días, porque independientemente a la época que viva el ser humano siempre estará necesitado de la misericordia divina. De este modo instaura el sacramento de la Reconciliación. No hay nada extraño que el Señor se valga de los hombres para actuar en las almas. ¿Acaso no nació del vientre de una mujer? ¿No tuvo por padre en la tierra a un carpintero? ¿No quiso reunir a un grupo de hombres y mujeres para dar a conocer el Reino de los Cielos? ¿Por qué no iba a seguir contando con el hombre para reconciliar al mundo con Dios?


 Cuando preguntaban a uno de los más famosos escritores del siglo XX, Gilbert K.Chesterton (Londres,1874-1936),  la razón por la que había ingresado en la Iglesia de Roma, contestaba que su primera respuesta era siempre: "para desembarazarme de mis pecados". El pecado ata, pesa sobre la razón, debilita las virtudes y deforma la conciencia. La mayor liberación que podemos obtener en esta vida es sentirnos perdonados por todas las caídas que nos apartan del amor de Dios. El pecado ya no provoca caer al precipicio de la desesperación; después del sacrificio redentor de Cristo para un corazón arrepentido es ocasión para el encuentro lleno de ternura con Dios: Por eso he repetido a menudo que el sitio donde tiene lugar el encuentro con la misericordia de Jesús es mi pecado(1).


Infinidad de vidas han cambiado, muchas lagrimas de alegría se han derramado, grandes horizontes se han abierto después de recibir la absolución  quienes se han acercado al sacramento de la alegría, como gustaba llamar a san Josemaría Escrivá de BalaguerEl propio Papa Francisco empezó a discernir lo que Dios le pedía en una confesión. Fue el 21 de septiembre de 1953. El joven Jorge Bergoglio contaba 17 años. Pasó por una parroquia de Buenos Aires antes de irse a la fiesta del Día del Estudiante. Había un sacerdote que no conocía (más tarde supo que había llegado a Buenos Aires para tratarse una enfermedad por la que murió al año siguiente) y sintió una gran necesidad de confesarse. Le cambió la vida:«Después de la confesión  sentí que algo había cambiado. Yo no era el mismo. Había sentido una voz, una llamada. Estaba convencido de que tenía que ser sacerdote. El Señor nos espera primero. Él nos «primerea» siempre». Dios le había mostrado el camino a través de un hombre, un sacerdote; mediante un sacramento, el de la Confesión.



Entristece y preocupa el escaso uso que se hace de este necesario y vital sacramento entre los cristianos. Cualquier sacerdote podría verificarlo en sus parroquias: muchos son los que comulgan y pocos los que confiesan. Pero también es una realidad que son pocas las iglesias donde hay turnos entre los sacerdotes para sentarse en el confesionario y facilitar posibles confesiones. Pero este es otro tema.  Para muchos, el no matar ni robar ya  constituye suficiente argumento para tener un alma intachable, a prueba de tentaciones, olvidando que además del mandamiento de no robar ni matar hay otros ocho; y si fueron puestos por Dios será porque necesitábamos tenerlos también en cuenta. Incluso numerosos cristianos dicen confesarse con Dios "directamente". Son buenas personas -alguna que otra conozco y doy fe de ello-, pero, posiblemente, por falta de formación, ignoran que el sacramento de la Confesión no es una invención de la Iglesia, sino un don, un regalo de Dios para el mundo. Pensar que Dios te ha perdonado evitando deliberadamente hacerlo conforme a lo prescrito,  es contradictorio conforme a las enseñanzas de Jesucristo.  Dios no puede contradecirse nunca. 

San Ignacio de Loyola, antes de convertirse, participó en la batalla de Pamplona donde cayó gravemente herido. Ante la posibilidad de morir, no teniendo sacerdote en el campo de batalla, recurrió a un compañero de armas para confesarle todos sus pecados. Obviamente, era laico, no podía absolverle, pero tenía esa sincera necesidad de tener delante de él a otro hombre para participarle sus penurias humanas. 


Ante cualquier duda o problema siempre acudimos a nuestro mejor amigo o persona experta que nos asesore. Siempre estamos necesitados de otro. Piensa por un momento desde que te levantas hasta que te acuestas de cuántas personas has dependido a lo largo del día. Sorprende hacer recuento ¿no? Pues para arrepentirte de tus miserias, para pedir perdón a Dios, para recibir su gracia ¿no vas a necesitar a una persona, a un sacerdote, que te de la absolución en nombre de Cristo? Porque esta y no otra es la única garantía de sentirnos perdonados. Además, en la confesión Dios no solamente perdona los pecados, sino que proporciona la gracia necesaria para combatirlos. 


Para el tema que trato con tu incondicional paciencia hay dos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica que te aconsejo leer, bien resumidos en el Compendio. El punto 290 dice: La Iglesia recomienda a los fieles que participan de la Santa Misa recibir también, con las debidas disposiciones, la sagrada Comunión, estableciendo la obligación de hacerlo al menos en Pascua. El 305 señala: Todo fiel, que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión.




Resumiendo. Estamos en Pascua de Resurrección. La Iglesia obliga -con la ternura de una madre- a que recibamos sacramentalmente al Señor al menos  en este tiempo. Confesar los pecados graves con las debidas disposiciones al menos también una vez al año y si vamos a comulgar. Ser antorcha de la misericordia de Dios en el mundo no se obtiene con voluntad, sino con la gracia de los sacramentos: Confesión y Eucaristía son imprescindibles para dar paz al mundo. No hay paz más consistente y justa que aquélla que proviene de la misericordia de Dios.


Ahora que ya sabes lo que a Dios más le gusta ¿vas a dejar pasar la oportunidad de agradarle? 



sábado, 24 de enero de 2015

Bautismo, ¿cuándo y para qué?


 Contaba hace años una de mis primeras compañeras de trabajo que su padre se había personado en una ocasión en la parroquia para pedir dejar sin efecto la inscripción de bautizado, con el fin de que constara su “baja” de la Iglesia Católica, como si de un socio de un equipo de fútbol o de una  peña taurina se tratara. No recuerdo los motivos por los que el padre de mi compañera se vio dispuesto  a adoptar tal determinación, pero para hacer esa demanda al párroco el hombre tendría que estar plenamente convencido. Ignoro si después de las razones que le daría el párroco para explicar tal imposibilidad, el padre de mi compañera se replantearía el empeño.

Aunque en los expedientes de bautismo no pueda constar la renuncia expresa a seguir llamándonos cristianos los que hemos sido bautizados, y dejar de pertenecer a la Iglesia, hay una cantidad determinada de cristianos que no profesan la fe, que no se consideran miembros de la Iglesia. Precisamente en el sacramento del Bautismo es donde más evidente se hace este desapego a las costumbres cristianas que nuestros antepasados tuvieron con nosotros. En un admirable "celo" por salvaguardar a sus hijos de cargas de conciencia para el día de mañana, los padres  posponen el bautizo hasta que ellos quieran hacerlo, que difícilmente llegarán a optar por una clara lógica: si no se viven las costumbres cristianas en los hogares donde son educados, cuesta creer que llegará un día en el que dirán a sus padres que quieren recibir el sacramento de la iniciación cristiana. Nuestro Señor pone unos cauces naturales para adquirir vida sobrenatural: los padres, y si éstos no asumen esos compromisos por haber decidido no vivirlos, estar  apartados de Dios, la transmisión de la fe se pierde. Dios podrá llamar a un chaval, a una chavala a través de amigos, asociaciones juveniles, clubes, o personas determinadas que se cruzan en sus vidas; pero tendrán la difícil tarea de conjugar esa iniciativa divina con la frialdad espiritual de sus hogares. Complicado.


En 1988, Emiliano Revilla, un importante empresario español, fue secuestrado. Tras 249 días de cautiverio fue liberado por sus captores. En una entrevista en  un programa de televisión el presentador  le preguntó si el día de su liberación había sido el más de su vida. Su respuesta sorprendió: No,-puntualizó- el día más feliz de mi vida fue cuando recibí el sacramento del Bautismo

Y es que para un cristiano el mayor regalo dado por Dios a través sus padres son dos vidas: la vida natural y la vida sobrenatural, por la que nos incorporamos a la Iglesia , que es donde se encuentra la salvación, que no puede encontrarse fuera porque allí donde está la Iglesia, está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está también la Iglesia y toda gracia (1).

Con el Bautismo del Señor se pone fin a la Navidad. Pasamos de  adorar al Niño Jesús a convertirnos en seguidores de Jesucristo. No sé a tí, pero a mí me resulta signficativo que antes de iniciar la vida pública Jesús guardase turno en la orilla del Jordán para ser bautizado por Juan, a pesar del recelo a hacerlo por saber que era el Mesias (Mc1,9-11; Lc. 3, 21-22 y Mt. 3, 13-17). Y no menos llamativo es que después de la resurrección vuelva a referirse al bautismo: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo. (Mt. 28,19-20). ¿Entendemos el empeño de que el Verbo de Dios hecho carne destaque de manera tan primordial la importancia del Bautismo? Además, alberga doble relevancia: abre la puerta a la gracia de Dios y al resto de los otros seis sacramentos instituidos por la Iglesia conforme a la Tradición.




 La Iglesia no tiene otro empeño que  velar por la salvación de las almas, hasta tal punto que, como tal vez sepas, si la vida de un recién nacido corre serio peligro de muerte, cualquier persona cercana a la criatura puede bautizarla derramando un poco de agua en su cabeza y pronunciando la frase que acompaña al rito: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Referirme a la Iglesia es , pues, referirme a una madre; esa es la debilidad que fortalece a un hijo de Dios. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno de María, en efecto, es preludio del nacimiento de cada cristiano en el seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos (cf.Rm 8, 29) y nuestro primer hermano Jesús nació de María, es el modelo, y todos nosotros hemos nacido en la Iglesia (2).

Solamente considerándonos hijos de la Iglesia, que nació del costado abierto de Jesucristo Crucificado, que se constituyó con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, encontramos la vía que nos conduce a la salvación. Para los que piensan que es una rémora del pasado, que pueden encontrarse con Dios prescindiendo de ella invito a leer pausadamente esta frase:  Desdichado es el que pretenda mantener encendida su llama rechazando la Iglesia (3). Porque no hay otro lugar para buscar, encontrar y amar a Cristo, añado, que no sea en la Iglesia.


(1) San Irineo, Adversus haereseses, 3, 24

(2) Papa Francisco, Audiencia general (3-IX-2014) 

(3) Henri de Lubac, en Meditation sur L´Eglise



viernes, 18 de julio de 2014

Tres días para cambiar una vida





Posiblemente habrás oído en alguna ocasión ese dicho popular que dice Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Bien es verdad que únicamente es la fiesta del Jueves Santo la que se mantiene en jueves, ya que las otras dos se celebran en distintos domingos, pero no por ello dejan de tener menor significado a pesar de perder veracidad el dicho comentado.

Tenía pensado referirme únicamente a la fiesta del  Corpus Christi por ser la última celebrada; sin embargo, voy a complicarme este post para enlazar estos tres días y discurrir la relación entre ellos dentro del plan de salvación de Dios para ti y para mí, para toda la humanidad. Cambiamos el orden del dicho popular y comenzamos por el tercer día que reluce más que el sol. 

La Ascensión del Señor. Jesucristo resucitado marca la meta a la que estamos llamados, el Cielo. Instantes antes de su partida alecciona a los Apóstoles sobre la trascendental importancia del Bautismo, el mandato primordial dado a la Iglesia  de guardar y enseñar lo mandado y una presencia misteriosa entre los hombres por tiempo permanente:  Y saber que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.(Mt.28, 19-20). El Señor no se queda temporalmente, ni se va y aparece circunstancialmente; se queda con nosotros hasta el final de los tiempos. Son palabras de Cristo, del Verbo Encarnado, las últimas que pronuncia ante sus discípulos. Cabe preguntarse ¿cómo?, ¿de qué manera puede ser esta presencia continua de Jesucristo de generación en generación? Pasamos a la siguiente fiesta, a ese otro día que reluce más que el sol

Jueves Santo. El Jueves Santo es un día grande, trascendental para la relación de Dios con el hombre, porque es cuando Jesucristo instituye la Eucaristía. Así queda recogido por Mateo (26, 26-29), Marcos (14,22-25) y Lucas (22,14-20). El Señor toma pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da a los discípulos: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Toma el cáliz, da gracias y lo da diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza que es derramada por muchos para remisión de los pecados. No es un acto simbólico, ni una ocurrencia de Jesús para despedirse de sus discípulos horas antes de entregar su vida por nosotros: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan, 5,51) .Sorprende tanto la afirmación que desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él (v.66). Palabra de Dios, que exaspera a algunos seguidores hasta el punto de abandonarlo, pensando que ese disparate solamente puede venir de una persona fuera de sí. ¡Comer el cuerpo y la sangre de un hombre que dice ser hijo de Dios!... Sí, son duras palabras, pero ¿para qué? Para vivir eternamente. Empezamos a entender un poco más. Si el Señor después de la Ascensión se queda entre nosotros en la Eucaristía, los cristianos ¿no debemos tener al menos un día al año para alabarle públicamente en la Sagrada Forma en la que se encuentra presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad? Esa fiesta es el Corpus Christi. Y pasamos a comentar el último día que reluce más que el sol.






 Corpus Christi. El origen de esta fiesta no se debe a lo acordado en un Concilio, por idea de un Papa o nacida del seno de una Orden religiosa. Dios se sirvió de una monja belga, santa Juliana de Mont Cornillon (1193-1258), que siempre tuvo una gran devoción al Santísimo Sacramento, para que a través de una visión, en la que la Iglesia era representada por una luna llena con una gran mancha negra, que significaba la ausencia de esta fiesta, se tuviera en consideración una  celebración para fomentar la devoción a Dios, presente sacramentalmente entre nosotros. La visión de Juliana fue conocida por el obispo y por el archidiácono de Lieja, que la transmitieron al Papa Urbano IV quien  el 8 de septiembre de 1624 publicó la bula Transiturusordenando en la misma  que se celebrara el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, otorgando muchas indulgencias a los fieles que asistieran a la Santa Misa y al Oficio.

 En esta fiesta  sale a la calle en procesión Jesús Sacramentado llevado en Custodias por sacerdotes en tantos pueblos y ciudades españolas y del mundo , para que le adoremos públicamente, con devoción y fervor popular. El resto del año está en un sagrario, muy cerca de nosotros. Allí donde atisbes una iglesia puedes pensar -debes pensar- que Jesús está presente. Esperando a que le visites, brindándote su amistad. Se expone a indiferencias, humillaciones, olvidos y hasta sacrilegios para ofrecer su amistad a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Y no solamente amistad y trato, sino también alimento para fortalecer las almas de quienes queremos no solamente que  forme parte de nuestra vida, sino que sea nuestra propia vida.

Por este Misterio de Amor, el Señor está con nosotros y se convierte en contemporáneo nuestro en cualquier momento de la historia. En virtud de esa libertad que tanto respeta Dios, tenemos posibilidad de elegir. O estar  junto a Pedro y decir con él: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios( Jn. 67-69). O con los que le abandonaron  porque dura es esta enseñanza, ¿quien puede escucharla? (Juan 6,60). 

Nuestras almas, la tuya la mía, están hechas para brillar; solamente se necesita acercarlas a la Luz que la ilumine.

¡Feliz verano!



viernes, 27 de abril de 2012

14-Abril: ¡Enhorabuena, Mónica!

Hace unos cuantos añitos –no preciso cuantos,  aunque para los que no te conocen sí afirmo que eres una mujer joven externa e interiormente- nos hiciste perder parte del protagonismo exclusivo que unos novios deben tener el día de su boda: tu hermana Marimar y yo tuvimos que compartir protagonismo en la Basílica Pontificia de San Miguel, porque ese mismo día  te empeñaste -en clara colaboración con el Espíritu Santo-  en hacer tu Primera Comunión. Cualquiera le decía a la cuñada más pequeña que no era el momento, que te esperaras para otra ocasión. Allí estabas tú, con tu vestido blanco, pelo corto y rubio propio–lo destaco para que se imaginen un rasgo más de ti-, muy joven,  recibiendo al Señor por primera vez.
El pasado día 14, volviste a adquirir protagonismo en el altar, ahora en la parroquia de San Jerónimo el Real de Madrid, recibiendo un nuevo sacramento: el de la Confirmación. Más alejados de lo que hubieramos querido nos tenías a quienes te acompañamos. Al lado de mí, tu marido, Eduardo. No sé si era impresión mía, pero por momentos percibía menos espacio en el banco. Si algún físico aparece por este blog y lee esta entrada, le pido que investigue sobre una teoría mía: los hombres, que sabido es que no somos de lágrima fácil,  estoy convencido que tendemos a aumentar nuestro volumen por retención de líquidos en situaciones  gratamente emocionales. Éste podría ser el caso de mi cuñado. Y sigo con tus acompañantes en este día especial. Tu hija Sofía, inquieta,  esperaba el momento para verte como te acercabas al altar. La pequeña, Inés, la que te había despertado a las siete de la mañana para que no hicieras tarde, prefirió en algunos periodos de la celebración soñar contigo más que estar despierta esperando el momento de la Confirmación. Ángeles y Ana, las hermanas siempre leales a cualquier celebración -¡cuántas llevarán ya y qué poco le agradecemos su presencia!- compartiendo banco, como está mandado.  Tus suegros, detrás, expectantes, pensando en su nuera rodeada de colegialas como si ella fuera una más. Tu sobrina Elena, la que un año antes se había Confirmado junto a su madre -sí, la novia y madrina tuya para esta ocasión, a la que, repito,  hace unos añitos le quitaste el protagonismo el día de su boda- recordaba a lo largo de la ceremonia los momentos vividos un año antes. A Alicia, tu otra sobrina, no la teníamos junto a nosotros: formaba parte del Coro del colegio Senara, el colegio de ellas, nuestro colegio, que con tan buenas voces y acertadas canciones participó en la ceremonia. Y, finalmente a Vanesa, tu sobrina mayor, quien llegó tarde, como a casi todos los eventos familiares, (bueno, esto no es del todo verdad: soy un poco exagerado, y me arriesgo a sufrir las consecuencias de la crítica y desposeerme de ser testigo de su boda que celebrará  en la iglesia de la Concepción de Nuestra Señora; y que si también quiere, tendrá el espacio oportuno en este blog, pues me agrada sobremanera que entre la familia de mi esposa se esté haciendo habitual  la recepción de sacramentos. Dios parece estar encaprichado con la familia Fernández-Martín), pero que cogió el mejor sitio intercalándose entre las catequistas.
Y llegó el momento de salir junto a tu madrina, Marimar –sí, repito y repito una vez más,  la novia que hace unos añitos le quitaste protagonismo en su boda- para recibir la imposición de manos del vicario del Obispo. Todos nos levantamos a una para ver mejor ese momento, emocionante: Dios derrochando su amor a través del Espíritu Santo.
Como te han ido preparando para recibir este sacramento poco puedo añadir que no sepas. Podría entorpecer la formación que has adquirido. Por eso, quiero hablarte de otros temas: la milicia y los perfumes. Sí,  escribo bien y lees bien. Ahora verás.
Siempre me ha resultado curioso que a raíz de recibir la Confirmación se nos alecciona con convertirnos en soldados de Cristo. Hoy día pertenecer a la milicia parece que es más un peso que un sano orgullo. Pero, ya lo sabes, no vas a tener que ir a las Cruzadas, ni reconquistar tierra santa, no; tu lucha, tu conquista, tiene que estar dentro de ti. La principal batalla la tienes, la deberíamos tener todos, en el corazón, donde se cuela -como a cualquier hombre o mujer que batalle por estar cerca de Dios- las miserias nuestras de cada día, los egoísmos apegados en nuestras entrañas, los pecados que aún siendo veniales, pueden minar sin prisa pero de manera gradual nuestra mirada hacia Dios. Tú solamente tendrás que poner –ya sé que lo haces de un tiempo a esta parte- empeño, y Cristo pondrá el resto para reinar en tu vida. Así alcanzarás la paz interior en un grado en el que te ocuparás más del prójimo, de deseos de acercar almas a Dios.
Cuando hay paz verdadera,  se quiere transmitir a los demás. En casa, en la familia, en el trabajo, en la calle con pequeños detalles hacia nuestros semejantes…,  siempre es ocasión de dar testimonio con el ejemplo, y si surge la ocasión, que llega voluntaria o involuntariamente, con la palabra. Es el perfume, el buen olor, que como cristiana comprometida tienes que dar. Tú, que eres mujer de las que salen a la calle bien arreglada, discretamente acicalada -es decir, como debe ser-, entenderás perfectamente la comparación que hago: se trata de dar buena imagen, de agradar.   Las buenas acciones, las correctas palabras, las sonrisas, producen en los demás una sensación agradable, y sin darse cuenta provocan  como un dulce  aroma sobrenatural, divino:  porque los cristianos tenemos que transmitir un perfume que se llama caridad; y te recomiendo que lo tengas para toda tu vida, no se gasta, no cuesta más que estar el alma en gracia de Dios,  no pasa de moda y su olor siempre es grato a los demás.
Milicia y perfume. Lucha interior y cuidado constante por los demás, por sus necesidades físicas y materiales, y también espirituales:  hacer que el amor a Dios sea real y efectivo para quienes nos rodean. La Confirmación debe reafirmar nuestro bautismo, impulsándonos a ver en los demás a hijos de Dios para que la Buena Nueva de la Resurrección de Jesucristo se extienda a todos los rincones de la tierra. Es el mejor modo de emplear la vida.
Concluyo con esta oración al Espíritu Santo, tu gran alidado, que has encontrado en internet, y que quieres que se publique. Tus deseos son órdenes. De paso, hacemos una defensa a ultranza de este canal de información (para que no critiquen que internet es malo en su esencia y en su contenido), que sin él no hubiera sido posible dedicarte esta entrada que, por circunstancias obvias, ha sido la más entrañable de todas las publicadas. Gracias por haberme dado ocasión para escribir de manera tan personal y familiar.
Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del hijo,
Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar,
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén