domingo, 14 de abril de 2013

Viviendo la Pascua

¡Felices Pascuas! Estamos en Pascua de Resurrección. Durante este tiempo (cincuenta días desde el Domingo de Resurrección hasta el día de la Ascensión), la Iglesia nos invita a vivir un tiempo de alegría, de esperanza. Jesucristo nos abre las puertas del Cielo: somos herederos de la vida eterna.
 Me hace ilusión imaginarme ser un discípulo  conviviendo con la Virgen y entre los Apóstoles, todavía incrédulo, temeroso de las represalias de los judíos contra los seguidores del Maestro.  María Magdalena ha llegado sobresaltada, dice haber visto a Jesús. Acudo a la Virgen y le pregunto: "María, ¿es posible, lo que dice la Magdalena?". Y sonriente me contesta: "Lo mejor está por llegar, mi Hijo ha cumplido su promesa; espera y verás". Y si lo dice la Madre de Dios, a quien Jesús desde la Cruz me la ha dado como Madre, la creo. Poco después entran Pedro y Juan, acaban de llegar del sepulcro y lo han visto vacío. No han robado el cuerpo del Señor, porque han visto que las vendas que envolvían su cuerpo sin vida estaban cuidadosamente colocadas. Y me acuerdo de ti, amigo mío, amiga mía, que me sigues, que de vez en cuando, tal vez cuando no tienes nada mejor que hacer, te asomas desde un rincón del mundo para curiosear por este blog. Es primera hora de la mañana. Entre sobresaltos de los Apóstoles y discípulos, entre emociones desbordantes de las santas mujeres, entre abrazos a María –a la que me parece que el Señor ya se ha aparecido, pero que no quiere decirlo para que seamos nosotros mismos con nuestros ojos quienes seamos testigos de su Resurrección-, me pongo en un rincón de la sala donde los Apóstoles y la Virgen están desde que el viernes fue sepultado Jesucristo, cojo el ordenador para escribir un nuevo post. ¡Quiero hacerte llegar con la máxima celeridad que el Señor ha resucitado! ¡Ha entregado su vida por ti, para que tengas vida en Él! ¡Ha resucitado! No lo he visto con mis propios ojos, pero me fio de María Magdalena, de Juan y Pedro y, sobre todo, de la Virgen María, que guarda en su corazón un contenido gozo infinito.
No sé cómo explicarte la emoción que has de sentir. Imagínate el mayor anhelo que tienes ahora mismo. Tu mayor ilusión. ¿Un trabajo estable? ¿Una nota en los próximos exámenes de selectividad que te permita acceder a esa carrera que tanto te atrae para tu futuro profesional? ¿Curarte de una enfermedad que padeces, o padece alguna persona cercana a ti? ¿Volver a encontrarte con esa persona que tanto significó en tu vida  y que la distancia y el tiempo ha separado irremisiblemente? ¿Tener ese hijo que tarda en llegar y que tanto supone para tu cónyuge y para ti? Infinidad de ilusiones ¿verdad? Ahora piensa que conoces a una persona y te dice que sabedor de tu ilusionado objetivo, va a proporcionártelo para convertir tu tristeza en alegría, una alegría permanente en tu vida. ¿Cómo reaccionarias? Naturalmente sentirías un incontrolado júbilo y un desbordante agradecimiento. Si esa persona es tu ídolo musical o cinematográfico, si es ese crack del deporte que sigues con total apasionamiento, o si es el líder en audiencia de ese programa que no te pierdes por radio o televisión, la admiración por esa persona aumenta hasta límites insospechados. Nunca jamás dejarás de estarle agradecido. La sorpresa se acrecienta si a continuación esa persona te dice que va a entregar su vida para que alcances ese objetivo que colma tus ilusiones. Mayor entrega imposible, ¿no es así? ¡Todo un personaje famoso que se acuerda de tí para entregar su vida por tu causa! Así es Jesucristo.
Porque lo grandioso no es que el Señor muera y resucite. Dios puede hacerlo por ser Omnipotente, Todopoderoso, tiene poder para vencer a la muerte. Pero ¿entregar su vida por ti? Aquí ya sorprende. Es por una causa que tal vez no te has parado nunca a meditarla: lo hace por un amor infinito hacia ti. La vida se entrega por un ideal, que nace de un corazón enamorado. Sería capaz de dar la vida por ti, hemos oído en muchas ocasiones. Así lo ha hecho Jesucristo. Dios es Amor. Muere por amor, y también para reparar.  Reparar, ¿por qué? Por los pecados. ¿Los míos?, me dirás; sí, así es, por los tuyos, y por los míos, por los de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Jesús entrega su vida para salvarnos. De hecho, el nombre de Jesús en hebrero significa el Mesías, el que salva. Nos libra del pecado para poner a buen seguro nuestra felicidad eterna.
El pecado no es una ficción que la Iglesia haya creado para someter al hombre a sus dictados ocultos, no es una visión temeraria por ofender a un Dios justiciero, no es producto de conciencias poco desarrolladas. El mismo Cristo no esconde que el obstáculo entre la redención y los hombres es el pecado. Poco antes de su muerte da las últimas instrucciones a sus discípulos: “Y les dijo que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros daréis testimonio de esto”. (Lc. 24, 46-48). En la Última Cena, cuando el Señor instituye la Eucaristía también resalta el pecado como enemigo del hombre para vivir en gracia de Dios: “Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados.” (Mt. 26, 27-28).En la primera aparición a los discípulos, ya resucitado, vuelve a dar instrucciones para combatir el pecado: “Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envío mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.” (Jn. 20, 21-23). El Señor enseña a orar a los Apóstoles con el Padre Nuestro. Y en esa filial oración, le pedimos que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal.
Surge, entonces, necesariamente la pregunta: ¿Y qué es el pecado? El Catecismo de la Iglesia católica, en su punto 1849 así lo define:  "El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso hacia ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana". Daña al hombre, porque se apega a bienes que no son el fin al que está llamado, pervierte el sentido de su existencia, y perturba la paz y el respeto por el prójimo. Con tantos canales de información, incluso a lo mejor por experiencias cercanas vividas por ti, puedes comprobar que el pecado impregna los comportamientos humanos; pero siempre es el hombre quien libremente opta por hacer el bien o el mal. Podemos silenciar el pecado, incluso negar su existencia, pero  no dejará de reflejarse en las conductas individuales y sociales del género humano. Es una realidad. Daña al individuo, y también la convivencia con su semejante. Te anticipo que éste será el tema del próximo post.
El pecado es ese oscurecimiento del alma porque le falta la luz verdadera. Es ese invierno permanente del espíritu, del que solo puede salir para contemplar el sol cuando está en consonancia con el de su Creador. La primera reacción de Adán y Eva después de cometer el pecado es esconderse de Dios. Se sienten avergonzados, saben que han obrado contrariamente a lo que Dios les había ofrecido para su eterna felicidad. El hombre de hoy se esconde de Dios. Objetivamente en su conciencia no quiere acercarse a la luz verdadera, prefiere la tiniebla, para que sus malas acciones no delaten que es un ser imperfecto, que necesita de Dios para ser criatura íntegra.
Ahora que hemos dejado el invierno para vivir la primavera, que estamos en Pascua, es un buen momento para pensar si en tu alma germina, o quieres que germine, la alegría de saber que el personaje más importante y famoso de la Historia, Jesucristo, ¡ha resucitado por ti!, ¡vive para ti! 
Termino, la entrada se va haciendo larga, y  Pedro  ha llegado con rostro descompuesto,  ojos brillantes, -¡parece otro!- y entre lagrimas y sonrisas dice que ¡el Señor Resucitado se le ha aparecido! Miro a María, paciente y sonriente, me mira y hace un leve movimiento de abajo a arriba con la cabeza, asintiendo las palabras de Pedro. Lo mejor está por llegar, amigo mío, amiga mía.
Te regalo este videoclip oficial de la película Maktub (palabra árabe que significa destino). Hace unas semanas tuve ocasión de ver la película para hacer una exposición en el colegio de mis hijas, dentro de las actividades que se tienen en el Año de la fe. El protagonista es un chaval enfermo de cáncer linfático, que por su manera de ser, de cargar con la enfermedad, y por su sentido trascendente de la vida, hace felices a las personas de su entorno. Si tienes ocasión de poder verla hazlo, creo que te gustará. Y si no, te sugiero que repases con detenimiento la letra de la canción. El título ya dice mucho: nuestra playa eres tú. El mensaje es  muy propio del tiempo de Pascua. El maktub tuyo y mío está con Dios. ¡No lo dudes!