domingo, 2 de abril de 2017

Cuaresma, maratón hacia la Pascua


Fue en los Juegos Olímpicos de Atenas en 1896, inaugurados por el barón Pierre de Coubertin, la primera vez que se disputó la prueba del maratón, en recuerdo al mito de la batalla de Maratón, que tuvo lugar en el año 490 antes de Cristo, en el que un tal Fidípides recorrió más de 246 kilómetros para avisar a los espartanos del desembarco persa en este municipio de la costa noreste del Ática, periferia de la antigua Grecia. No había otro medio de transmitir comunicaciones. La distancia se fijó en 40 kilómetros y ésta se mantuvo hasta los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, donde se determinó que el recorrido fuese de 42 kilómetros y 195 metros, que es la distancia que separa Windsor del estadio White City.  El vencedor fue un griego llamado Spiridon Louisun vendedor de agua que se llenó de todos los honores no solamente por ganar esta prueba, sino por ser también el único campeón ateniense en esos Juegos. Dos días antes permaneció en oración y ayuno para disputar la novedosa competición. Una manera muy espiritual de prepararse para un evento deportivo. Aquí es donde quería llegar a parar.

Como muy bien sabes, cuarenta días son los que separan la Cuaresma del Domingo de Ramos, que nos introduce en la semana de la Pasión del Señor y que culmina en el Domingo de Resurrección. Es otro maratón que los católicos recorremos con la intención de que nuestra alma esté en sintonía con el misterio central en que creemos: Jesuscristo entrega y da su vida “pro multis”, por muchos, que, como también posiblemente sabrás, reemplaza en la Consagración a “por todos”, a raíz de la 3ª Edición revisada del Misal Romano, publicado por la Conferencia Episcopal Española, para ganar la riqueza original de los textos. 

Para un deportista de competición la Cuaresma es muy fácil de entender. Ellos adoptan una preparación exigente con vistas a conseguir el mejor resultado posible; y para ello tienen que renunciar a pequeñas y grandes apetencias. El objetivo a batir está ahí, a corto o medio plazo. Para los cristianos el horizonte no es programable, es Dios quien decidirá cuando parará el cronómetro de nuestra existencia para concedernos el premio por el que nos hemos preparado con la ayuda de su gracia. Otra diferencia está en el sistema de premios. En las competiciones suele haber un solo ganador, como mucho tres se ven recompensados en los Juegos Olímpicos subiendo al pódium para recibir las medallas, el resto, valga la expresión, muere en el anonimato. Y, sin embargo, a Dios no le importa tanto la posición en la que acabes tu periplo por este mundo, sino la preparación para llegar al último día de competición. El premio sabemos cual es: la Pascua, el triunfo del alma y, por tanto, también del cuerpo, para subir al mayor pódium posible: el Cielo.


Al igual que existen aparatos en el ámbito deportivo para medir la frecuencia cardíaca o la distancia recorrida para saber cómo nuestro cuerpo responde al esfuerzo, el tiempo de Cuaresma es muy propicio dotarnos de un medidor para saber el estado de forma de nuestro espíritu, que se llama caridad. Es esa virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, por amor a Dios. Se presentan no pocos obstáculos, lo sabes tan bien como yo, para encontrar ese equilibrio Dios-hombre, porque algunos son propensos a poner zancadillas, voluntarias o involuntarias, pero se pueden superar con la fortaleza de la gracia de Dios; y si nos hacen caer y provocar heridas o lesiones, ahí tenemos ese masaje reparador llamado Confesión.

En estos días que restan de periodo cuaresmal te sugiero que estés muy pendiente de este indicador.  Es el principal medidor para saber si está siendo efectiva esa puesta a punto para celebrar con las debidas disposiciones las fiestas que se avecinan. Te propongo una buena piedra de toque: reparar los ultrajes e indiferencias provocados por los enemigos de la fe, los ignorantes y los propios católicos -que de todo hay en la viña del Señor-, contra los valores y sacramentos que administra la Iglesia por mandato de Jesucristo. Y cuando participes en los oficios, reces el Via Crucis, contemples un paso en las procesiones que vas a ver, o visites un monumento, reza con especial fe y devoción. ¿Que no tienes pensado asistir? Piénsalo bien, el Señor en esta Semana Santa quiere pasar por tu vida. Tú y yo necesitamos ser coherentes con nuestra fe, porque la Iglesia necesita hijos e hijas congruentes para regalar al mundo el misterio de salvación de Dios por los hombres.

Este video es uno de los que más reproducciones tiene en You Tube. Escúchalo y sabrás por qué.

¡Nos vemos en Pascua!