viernes, 30 de diciembre de 2016

A la luz de Belén




Para dar sentido a una celebración son necesarios dos requisitos: primero, que exista el hecho a celebrar, y segundo, tener capacidad de memoria para recordarlo. Voy al grano. Hace unos días me comentaba un compañero de trabajo, con un simpático punto crítico, que el Nacimiento de Cristo era más creíble por la fe que por la constatación histórica, que es tanto como decir que la Navidad tiene un elemento festivo sin constatación histórica de haberse producido aquello que se recuerda. No es una afirmación aislada, tiene una base comúnmente aceptada entre los escépticos.

Desde los primeros tiempos el cristianismo ha tenido que asumir un plus de rigor histórico para demostrar el paso por este mundo de Jesucristo, exigencia que no han necesitado personajes como el emperador de Francia Napoleón Bonaparte, el rey de Macedonia Alejandro Magno o el corsario musulmán Jeireddin Barbarroja, por poner tan solo tres ejemplos de personajes históricos.

Sin embargo es una realidad histórica contrastada que Jesucristo nació en Belén, vivió gran parte de su vida en Nazaret y murió crucificado a las afueras de Jerusalén por revelar que era el Hijo de Dios, blasfemia que era castigada con la pena de muerte por las autoridades civiles y religiosas de Israel. Los principales testigos históricos, como en cualquier investigación sobre la veracidad de un personaje de la historia, son sus partidarios y discípulos, especialmente los Apóstoles. Si nos referimos a documentos, el Nuevo Testamento -compuesto de los evangelios canónicos, las epístolas de Pablo, y otras siete más y el libro del Apocalipsis- es el que remarca la vida de Jesús y los comienzos del cristianismo.


Hay otras fuentes no cristianas que amplían la validez histórica de las cristianas. Sin profundizar en sus contenidos para no extenderme en este post -invito a hacer una instrospección por internet para conocerlos con más detalle- dejo una serie de historiadores, filósofos y escritores que así lo avalan: Flavio Josefo, Tácito, Mara-bar Serapión, Suetonio, Plinio El Joven, Luciano de Samosato, Thallus o Celso. El Talmud y los llamados rollos del Mar Muerto son documentos que también refieren la historicidad de Cristo.

Y sin reparar mucho en ello, tenemos una prueba irrefutable: el antes y el después en la historia a partir del Nacimiento de Jesús, el comienzo de la Era Cristiana. Mucha notoriedad tuvo que tener Jesús, y la tuvo, para que el calendario por el que nos orientamos en el tiempo parta desde su nacimiento. Ningún personaje histórico ha sido tan determinante como para asentar la cronología histórica del mundo tomando como partida el año que nació.

A pesar de todo para muchos queda la duda de si el Niño que nació en Belén será algo más que un hombre. De ahí, que el mejor modo de disipar la duda es sostener que todo es un montaje de los primeros cristianos para fomentar la figura de Jesucristo, como un mito en la historia de la humanidad. O bien, tratar de desacralizar la Navidad, quitar el protagonismo religioso y poner en su lugar unas fiestas basadas en una amnesia colectiva e individual, sin más sentido que celebrar sin sentido. ¿Y por qué? El Papa Francisco encuentra la respuesta a la vez que nos exige: “Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia” (1).

Es ésta una realidad que a poco que nos fijemos rezuma en la sociedad. Lo comprobé hace unas semanas en un centro cultural de la ciudad donde vivo. En la puerta de entrada se formaba una larga cola para pasar a la primera planta. En esa planta se había formado un rastrillo -¿navideño?- y se hacía dificultoso caminar entre puesto y puesto. Ropas, bisutería, objetos decorativos entre otros, formaban un conglomerado donde la gente miraba y miraba con curiosidad e interés por comprar. Al fondo de esa planta, un belén, un bonito belén, que no atraía a casi nadie. La deducción clara y lacerante: hemos convertido la Navidad en un flujo consumista que nos impide profundizar en la verdadera esencia de esta fiesta. Quedan totalmente actualizadas las palabras que se recogen en el comienzo del Evangelio de san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn. 1, 11).

Si eres de los que han caído de lleno en esta paganización de la Navidad, todavía estás a tiempo. Te sugiero que empieces por pararte a pensar en el significado de la Navidad. ¿Sabes de dónde proviene? Es bueno que lo sepas. Procede del latín Nativitate. No aclara mucho ¿verdad? Si desglosamos a lo mejor sí. Nati significa nacimiento; vita, de la Vida, y te para ti. Ya tienes el significado en castellano "Nacimiento de la Vida para ti". Dios se ha hecho hombre para ti. No es insensible a tus problemas, no es indiferente a tus alegrías, no se despreocupa de tus proyectos y ambiciones nobles. No nace para una época, ni para una cultura, ni para un continente en general, nace para ti.

No dejes pasar la oportunidad, escápate de ese estereotipo que tienes trazado más en tu mente que en tu corazón, no busques querer razonar humanamente la grandeza del misterio que vivimos, que no te deslumbren esas luces que adornan tu pueblo o ciudad, que dan un trasfondo festivo que viene muy bien para levantar ánimos; pero, por encima de jolgorios estridentes, déjate iluminar por la luz de Belén para ver que ha nacido un Niño para que tu alma, y la mía, se abra al amor eterno de Dios.

Este mes no he descargado el video con las intenciones del Papa Francisco. Aquí lo tienes. Todavía estás a tiempo de pedir por ellas.

¡Te deseo una feliz NA-TI-VI-TA-TE y un dichoso año 2017!


(1) Papa Francisco, el 20 de septiembre de 2016, en el 30 aniversario de la Jornada Mundial de la Paz en Asís.

sábado, 17 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Consolar al triste (V)


No son pocos los sociólogos expertos en la materia que piensan que a pesar de todos los avances de la sociedad moderna, el hombre no es más feliz que en generaciones pasadas. El desconsuelo se hace patente incluso en edades tempranas, aumentan las consultas a psicólogos y psiquiatras para liberarse de la maraña de desaliento, de esas alegrías ficticias, efímeras y pasajeras, por lo general materiales, que conducen al desconsuelo más desesperanzador.

Puede que sea una buena ocasión para calibrar tu alegría. ¿Qué es lo que alegra tu corazón? ¿La salud? ¿El desahogo económico? ¿La buena reputación laboral? ¿La armonía en el hogar?  Objetivos honestos y deseables, sin lugar a dudas, pero ¿eres capaz de exclamar como el santo ortodoxo Serafin Sarovski: “¡Mi alegría es Cristo resucitado!”? ¿Es esta la alegría donde se asienta tu vida? El ConcilioVaticano II nos recuerda que el fundamental consuelo es la fortaleza del Señor resucitado (1). Esta y no otra debe ser la alegría que marque tu vida.

Si eres poseedor de esa alegría que nace de un corazón en paz consigo mismo y con los demás, enhorabuena, da gracias a Dios, consérvala y avívala porque a lo largo de la vida pueden surgir, y surgirán, circunstancias, momentos y situaciones negativas, donde la alegría puede tambalearse y asumir protagonismo la tristeza, la peor compañera de viaje. Y si es así, no queda más aptitud que poner empeño en este consejo de San Pablo -que sufrió desprecios, incomprensiones, naufragios y persecuciones después de la conversión camino de Damasco-  a modo imperativo: “Estad alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Fil. 4,4). Esta es la clave: estar cerca del Señor, tenerlo tan próximo como se quiere tener al mejor amigo del alma, y Cristo, tenlo seguro, es el mejor de los amigos con los que podemos compartir la vida.

Ahora bien, la alegría, esa alegría que debe caracterizar a un cristiano, no es para mantenerla escondida, es para ofrecerla a los demás, a esos hombres y mujeres que ocasionalmente tratamos, o con los que habitualmente convivimos, que andan sumidos en el desconsuelo. No demos la razón a Nietzsche con esta frase:“Creeré cuando los cristianos tengan cara de haber sido salvados”.  Porque puede pasar, y pasa, que por mucha paz interior que disfrutemos, a veces nuestro semblante no invita a simpatizar con los demás, y vivimos una alegría árida sin poder de atracción. Mírate al espejo y pregúntate: ¿Puede decirse de ti, que tu cara es el espejo de tu alma? Decía santaTeresa de Calcuta que “la alegría es una red de amor con la que se puede atrapar a muchas almas”. Podríamos decir que la cara es el mejor anzuelo para que “piquen” muchas almas en el mar por el que navegamos. Santa María Faustina Kowalsk tenía en mente y en espíritu una clara idea de que la fe no era para sí misma: "Absorbo a Dios en mí, para entregarlo a las almas" (2). 

Estamos a pocas fechas de celebrar la Navidad, que tiene que ser la venida del Señor a tu corazón y al mío, en la noche del 24 de diciembre. Buen momento para pedir objetivos magnánimos. “Servite Domino in laetitia!” -¡Serviré a Dios con alegría! Qué buen propósito. Por si no lo sabes: “Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella” (3). Nos lo dice el Papa Francisco, un hombre alegre, como bien sabes. 
En resumidas cuentas, creo que es una ocasión propicia la que un año más  nos brinda la Iglesia, para que tú y yo nos decidamos a alegrar los corazones afligidos. Contando con Dios, claro está.

El vídeo ves que no es actual en cuanto a la fecha, pero sí en cuanto a esta obra de misericordia. Compruébalo.

(1)        Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 8.
(2)        Papa Francisco, Carta Apostólica Misericordia et misera, pág. 6.
(3)    Santa María Faustina Kowalska, La Divina Misericordia en mi alma, punto 193.



lunes, 5 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Perdonar al que nos ofende (IV)


Entonces, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta sietes veces, sino hasta setenta veces siete (Mt. 18, 21-22).  Ciertamente que Pedro, hombre de carácter tan fuerte que fue capaz de reprender a Jesús y tratar de disuadirlo del plan de salvación trazado por Dios (Mr. 8,32), tuvo que quedar un tanto descolocado. Para los judíos el número siete significa plenitud; por tanto Pedro tuvo que entender que el Señor estaba indicándole que siempre había que perdonar. Sí, a ti a mí, como a Pedro, el Señor nos lo pide: ¡perdonar, siempre! Un reto.

Todos tenemos experiencias de haber sido ofendidos. En muchas ocasiones -reconozcámoslo-  más por nuestra susceptibilidad que por palabras o hechos graves. El amor propio acostumbra a engrandecer lo que no pasa de ser una nimiedad. Y acto seguido se nos vienen esas expresiones del "perdono pero no olvido", "quien me la hace la paga" y tener argumentos para aplicar la ley del talión. Nos creemos más liberados –eso es lo que pensamos- viendo cómo triunfa el ego, cuando en realidad no nos damos cuenta que la mochila de los agravios se va llenando; el odio, la rabia y el rencor son piedras muy pesadas que marcan el paso por la vida. 

Hace unos días en el entorno de mi trabajo trataba este tema con un hombre muy sincero consigo mismo y con los demás, nada proclive a la práctica religiosa, y reconocía  que el cristianismo había aportado a la civilización el perdón y la piedad. Así es. No hay más que mirar un crucifijo y ver quién está clavado: Jesucristo. Una de sus últimas peticiones: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). Y la promesa a quien reconoce su culpa: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).

Y si seguimos profundizando en esta virtud, podemos pararnos en ese momento en que Jesús se encuentra orando y sus discípulos le  piden que les enseñe a orar. Y les responde con el Padre nuestro, donde se recoge una petición: …y perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende… (Lc. 11, 1-4). No hay dudas: el perdón es la huella de identidad del cristiano. Perdón, para todos, para quien nos pide disculpas, y para el que nos tiene por el peor de sus enemigos declarados. Siempre perdonando.

Fue santa Teresa de Calcuta quien pronunció esta frase: Amar hasta que duela. Si duele es buena señal.” Exigente pero misericordiosa. Cuanto más se ama más se es capaz de perdonar. Indudablemente que hay situaciones graves donde la indulgencia solamente puede ejercitarse por una especial gracia de Dios. Mártires, santos y confesores de la fe a lo largo de los siglos han dado pruebas evidentes de que el perdón puede más que el odio. La imagen del Papa San Juan Pablo II perdonando al turco Ali Agca, quien quiso asesinarle aquel 13 de mayo de 1981, es vivo ejemplo.  Pero tú y yo puede que no suframos esos agravios que pongan en juego la propia vida. Haz recuento de lo que perturba tu paz, de tus enemigos, de los agravios que recibes y seguro que descubres que el corazón se agria por pequeños sucesos a los que el amor propio da un relieve desproporcionado. 


Hemos terminado el Jubileo de la Misericordia, un año dedicado a cultivar este gran don que nos regala Dios. Pero la misericordia del Señor no conoce fechas ni plazos, recibirla y ofrecerla a los demás puede ser el gran objetivo de tu vida. ¿Razones? Nos la da el Papa Francisco: “El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y la paz” (1).

Para terminar nada mejor que este video donde la protagonista es una niña iraquí de diez años que se llama Myriam, huida con su familia de su pueblo, Qaraqosh, refugiados en un campo del Kurdistan, protegidos por el ejército kurdo y asistidos por asociaciones humanitarias, entre otras Ayuda al Cristiano en Peligro, creada por el Vaticano. ¿Quién piensa todavía que no es capaz de perdonar?

(1) Papa Francisco, homilía en la basílica de Santa María de los Ángeles en Asís, el 4 de agosto de 2016.


domingo, 20 de noviembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Corregir al que se equivoca (III)


Si eres aficionado al fútbol te habrás dado cuenta que hay jugadores-estrella que cuando fallan una clara ocasión de gol sonríen y levantan la vista al cielo como diciendo "todo lo he hecho bien, no es posible haber fallado; a mi no se me puede hacer esto". Seguimos con fútbol. Hace unos cuantos años se emitía por televisión los domingos por la noche un programa titulado "Estudio Estadio", que incorporó la famosa moviola,  en el que a cámara lenta se repetían las jugadas más conflictivas de los partidos de la jornada, para dilucidar el acierto o error del árbitro de turno.  No sé si era habitual o no, pero en una ocasión contactaron telefónicamente desde el plató con el colegiado que había dirigido un partido con decisiones polémicas. Los invitados después de ver la jugada coincidieron en el error arbitral, decisivo para el resultado final de ese choque.  Pues bien,  a pesar de que las imágenes repetidas una y otra vez delataban el fallo arbitral, el protagonista de la decisión no asumió el error, manteniéndose firme en el acierto de su decisión. Y es que cuesta, y mucho, reconocer los errores máxime cuando por culpa del mismo se perjudica a otros.

Tú y yo no queremos ser jugadores o árbitros de fútbol antipáticos por no reconocer errores propios; en todo caso -ya ves que no abandono el hilo futbolístico-, nos identificaremos más con esos entrenadores que en las ruedas de prensa reconocen ser los únicos culpables de la derrota de su equipo por los desaciertos en la dirección técnica. Es incuestionable: en la vida obramos con aciertos, pero también actuamos con fallos. Somos así de imperfectos. Rectificar es de sabios, dice el refrán; y yo añado, y de humildes. Solo desde la humildad se pueden asumir los desaciertos. Unas veces seremos nosotros quienes lo percibamos y otras serán otros quienes nos lo harán ver. 



Para practicar esta obra de misericordia es primordial reconocernos personas sujetas a errores. Y cuando se hace entre cristianos, se llama corrección fraterna. A ella vamos. Si no has oído hablar de la corrección fraterna ésta puede ser la mejor ocasión para introducirte en esta práctica. Es una herramienta que los cristianos utilizamos para ayudar a otros en el camino de la santidad. A veces por desconocimiento o amor propio no somos capaces de reconocer defectos personales, y es a través de otras personas cuando descubrimos que hay algún aspecto negativo que necesitamos pulir. 

Antes de corregir es conveniente preguntarnos la motivación de esa corrección. ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo hace por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente (1). Debemos actuar mostrando que nace de la caridad del amor a Dios, para que aquél quien la recibe descubra que es para su provecho personal.


Jesucristo la ejerció con sus discípulos en numerosas ocasiones, como muestran los evangelios, convirtiéndose en costumbre a lo largo de la historia de la Iglesia. Somos miembros de una familia y necesitamos unos de otros para orientarnos en la peregrinación por esta tierra, a la vez que ejercitando esta obra mostramos la caridad que nace del amor a Dios. Es un ejercicio de caridad y una exigencia grave para un cristiano, por cuanto puede estar en juego la felicidad eterna de un hermano en la fe. No es buena determinación incurrir en omisión o respetos humanos para evitar una corrección fraterna. De ser así mostramos falta de interés por la santidad personal de los cristianos más próximos, cuando la aptitud más elemental exige ser colaboradores en cualquier circunstancia. San Agustín nos advierte de la falta grave que supone su omisión: "Peor eres tú callando que él faltando"(Sermón 82,7).



Naturalmente que si estamos en situación de practicar la corrección fraterna  es indispensable examinarnos de si también nosotros podemos estar cometiendo esa falta; en cualquier caso, sí es preciso reconocernos que estamos llenos de miserias por la debilidad de la misma naturaleza. El Espíritu Santo es quien debe ayudarnos para hacerla con sentido sobrenatural, pidiendo opinión si fuera posible a quien más experiencia tenga en estas cuestiones, y, sobre todo, rezando por la persona a quien vamos a corregir. Una buena petición puede ser ésta: " Jesús, ¿cómo actuarías con esta persona en esta circunstancia?". Cumpliendo debidamente con este deber el alma debe quedar con gozo y paz de hacer lo que el Señor nos enseñó a realizar. Dicho por un santo contemporáneo: "La práctica de la corrección fraterna -que tiene entraña evangélica- es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives"(2).

Si somos receptores de una corrección fraterna debemos reconocer que es para  provecho personal. Deberíamos mostrar agradecimiento a esa persona, sentido sobrenatural para percibir que ha sido el Señor quien nos ha querido corregir y determinación para que, con la gracia de Dios, podamos luchar para vencer. Si es así como actuamos, tranquilos, vamos bien:Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la admite, va por falso camino (Pro. 10, 17). 

Hay que ser sinceros y asimilar que el error forma parte de nuestra vida; por supuesto que también los aciertos. Pero, mira, un error corregido en el presente se convierte en acierto para el futuro. Esta es una conclusión muy positiva que tal vez pueda ayudarte para huir del error de creer que nunca te equivocas. ¿Estamos? La vida para los demás será más plácida si reconoces con naturalidad los fallos. Si no lo haces puedes convertirte en uno de esos jugadores-estrella de fútbol que se ganan tantas antipatías por creerse más de lo que son: personas como tú y como yo.

Hoy concluye el Jubileo de la Misericordia, pero no te preocupes si tu corazón está inquieto y necesitado de perdón: "Se cierra la Puerta Santa, pero sigue abierta la puerta de la misericordia, el Corazón de Cristo"(3).



(1) San Agustín, Sermón 82, 4.
(2) San Josemaria Escrivá de Balaguer, Forja, n. 566.
(3) Papa Francisco, homilía de la Misa de clausura del Jubileo de la Misericordia


              

domingo, 6 de noviembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: Aconsejar al que lo necesite (II)



No sé si en alguna ocasión habrás recapacitado sobre la muerte de Juan el Bautista. Siempre que la leo me parece muy significativa.  El considerado por el Señor más que un profeta, el mensajero, el mayor entre los nacidos de mujer, fue decapitado por mandato de Herodes el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodias, esposa de su hermano Filipo, por reprocharle una conducta inmoral: tenerla como amante.

Parecida reacción tuvo Enrique VIII con el Canciller del Reino, Tomás Moro, al conseguir con sobornos y presiones la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, para desposarse con Ana Bolena. Imagino la claridad en la exposición de los argumentos de Tomas Moro ante el rey, para, posteriormente, negarse a firmar el Acta de Sucesión y de Supremacía en la que Enrique VIII se proclamó Cabeza de la Iglesia Anglicana y la independencia de Roma. Le costó la cárcel y morir decapitado.


Ciertamente que estos dos ejemplos pueden resultar extremos. Más que consejos podríamos considerarlos denuncias; pero reprochar públicamente comportamientos inmorales es el segundo paso que se da después de haber dado el primero: dar el consejo oportuno en beneficio del responsable de la transgresión y del bien común.

El pulso entre Iglesia y Estado no pierde arraigo con el paso de los siglos. Es frecuente que el poder critique a la Iglesia acusándola de interferir cuando se pronuncia sobre temas concretos y controvertidos de carácter temporal. Políticos y gobernantes de turno entienden que por tratarse de cuestiones seculares la Iglesia debe callar.  Así temas como el divorcio, el aborto, la fecundación in vitro o el matrimonio entre homosexuales, donde la Iglesia tiene un claro pronunciamiento público, ha originado  severas críticas por quienes entienden que es inmiscuirse en las tareas de gobierno.

Y, sin embargo, la Iglesia no hace más que llevar a cabo lo ordenado por Jesucristo: Lo mismo que Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo (Jn. 17,18). Y si formamos parte del mundo, debemos impregnarlo con el espíritu evangélico. El Concilio Vaticano II definió claramente las directrices de la Iglesia en la misión evangelizadora: "La Iglesia tiene el derecho y el deber de enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas"(1).

Es encomiable estar al día sobre los documentos que la Iglesia publica, para estar al tanto del Magisterio en lo que respecta a cuestiones que afectan a la sociedad. Pero no debemos pararnos en conocer; es preciso actuar. El mundo necesita escuchar a la Iglesia a través del testimonio de sus hijos para despertar el sentido moral del que adolece. Piensa en el ámbito de tu vida cuando se abordan -frecuentemente con acentuada ignorancia- temas de actualidad. ¿Opinas con criterio? ¿Callas por no saber tener respuesta? ¿Prefieres el silencio para no emitir tu parecer? Si es así estamos -también yo me inscribo en estas omisiones- incumpliendo el mandato de Jesús. El Papa Francisco en la Plaza de San Pedro preguntaba a los fieles después de rezar el Ángelus, el domingo 9 de febrero de 2014, si querían ser lámparas encendidas o apagadas. Y después de escuchar la respuesta, concluyó: Precisamente Dios nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámparas encendidas! Esta es la vocación cristiana. Tu vocación y la mía.


Juan el Bautista o Tomás Moro no obraron por gallardía o por aguerrido ímpetu. Actuaron ejemplarmente gracias a la fuerza interior de un aliado excepcional: el Espíritu Santo. Sabes, y si no te lo recuerdo, que derrama siete dones sobre el alma, y que uno de ellos es el de consejo. Podrás preguntarme cómo, y te remito a las enseñanzas del Papa Francisco: El consejo es entonces el don con el cual el Espíritu Santo vuelve capaz a nuestra conciencia de tomar una decisión concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su evangelio (2). A veces podremos recibir el consejo en una moción, recibida de Dios directamente al alma, pero en otras muchas será a través de otras personas que el Señor pone en el camino. Es verdaderamente un don grande poder encontrar a hombres y mujeres de fe, que especialmente en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayuden a hacer luz en nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor (3).

La ejemplaridad en el modo de vivir es faro que puede orientar a los que te rodean. Tú eres el capitán de tu vida, pero hay muchos que navegan junto a ti que necesitan una brújula para orientarles. Háblales, aconséjales con cariño y respetando siempre la libertad de elección, pero preocúpate de sus vidas porque serás de esas personas de las que Dios se vale para decirles lo que a veces no están dispuestos a escuchar. Tal vez terminarán por agradecértelo. Se habrá cumplido la escritura bíblica: Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; más el hombre entendido lo alcanzará (4).

(1) Constitución Gaudium et spes, 76
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 7 de mayo de 2014.
(3) Ibídem
(4) Proverbios 20, 5.


jueves, 20 de octubre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: Enseñar al que no sabe (I)


Entre los elegidos por Jesucristo para formar el grupo de sus incondicionales no se encontraban escribas, ancianos o doctores de la ley. Bien al contrario, los llamados fueron hombres sencillos, muy justos de entendimiento, ignorantes en todo aquello que no fuera el trabajo que desempeñaban para ganarse la vida. El Señor tuvo que ser paciente con ellos, en los momentos de reposo e intimidad aprovechaba para enseñarles y explicarles las Escrituras. Incluso resucitado lo hace con los discípulos de Emaús: ... Y, comenzando por Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las escrituras (Lc. 24, 28). 

Hay que reconocerlo: uno de los principales males que arrastramos los cristianos es la ignorancia. Por tanto, es deber ineludible dejarnos enseñar para enseñar; instruirnos para instruir. Hemos sido bautizados, formamos parte de la Iglesia que asume la responsabilidad, con la gracia que confiere el Espíritu Santo, de continuar con el Magisterio en nombre de Jesucristo, de custodiar el depósito de la fe. El Señor nos quiere bien conocedores de la doctrina que propagó: Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn. 8, 31-32).  

Además, conociendo más se ama más.  No se puede amar a quien no se conoce. Este puede ser el primer aspecto, la principal premisa, para implicarnos en una buena formación cristiana, profundizando en el conocimiento de Jesús y sus enseñanzas. En los tiempos que vivimos no basta con tener esa fe del carbonero que vale para ir tirando por nuestra vida espiritual. Es preciso enriquecernos interiormente para dejarnos sorprender por el amor de Dios. 

Hay un segundo aspecto para justificar la ideal formación cristiana.  El cristianismo siempre ha sido perseguido a lo largo de la historia con distintos métodos. En los primeros tiempos, las torturas corporales y los castigos eran las herramientas de disuasión. Más tarde, sobre el siglo XVI, se crearon ideas para luchar contra la doctrina filosófica y el pensamiento de la Iglesia católica. Y en el siglo XX la estrategia cambia, ahora el punto de mira se fija en las conciencias para derruir las convicciones morales y espirituales. Adquirir una recia formación para no incurrir en dudas, flaquezas o vacilaciones que agrieten los cimientos de nuestra fe, es un deber ineludible. O edificamos la casa de nuestra fe sobre roca, como hizo el hombre prudente, o sobre arena, como hizo el hombre necio, al que Jesús se refiere, y se recoge en el Evangelio de San Mateo (7-24,27). Nos jugamos mucho.

El tercer aspecto por el que se hace preciso ser hombres y mujeres con resortes teologales e intelectuales bien asentados, es la necesidad de testimoniar aquello en lo que creemos. Solamente si estamos plenamente convencidos de las verdades que profesamos, seremos capaces de transmitirla en los entornos que frecuentamos.  El testimonio del creyente hoy más que nunca se hace imprescindible en una sociedad que vive degradada, confundida y a la deriva. Nada de vergüenzas ni miedos: "Dios no nos dio un espíritu de timidez. El espíritu de timidez va en contra de la fe, no deja que crezca, que salga adelante, que sea grande" (1). Anunciar el Evangelio es el compromiso más decidido para cambiar el mundo.  

La labor, indudablemente, es ardua, apasionante, pero superior a nuestras fuerzas. Por eso, ante la debilidad e ignorancia a la que nos vemos sometidos, debemos pedir esa fe recia que tanto admiramos en otros, pero que no somos capaces de desearla para nosotros mismos: "Pidamos al Señor la gracia de tener una fe firme, una fe que no se negocia según las oportunidades que surjan. Una fe que trato de reavivar cada día, o por lo menos pido al Espíritu Santo que la reavive para que de un fruto grande" (2).

El elenco para adquirir esos conocimientos imprescindibles para ser hombres y mujeres de fe recia son varios. Siempre podrán adaptarse a tus circunstancias personales. Charlas parroquiales, clases para estudio de la Biblia, retiros o ejercicios espirituales. La lectura del Evangelio y del Catecismo o del Compendio de la Iglesia católica es siempre, sin olvidar encíclicas, exhortaciones pastorales, discursos y homilías del actual Papa o de sus predecesores, material indispensable.  Dejarnos aconsejar por quien está en disposición de asesorarnos, para elegir la mejor lectura para cada etapa de nuestra vida es un paso indispensable.  Y siempre estar actualizados, informados de los temas donde la Iglesia aborda y se pronuncia con firmeza y caridad para poner claridad ante tanta niebla en el horizonte de las conciencias.

Ante todo, y ante todos, siéntete humildemente importante. Sin engreimientos, pero seguro de quien eres, y buscando el bien de las almas que más quieres. Piénsalo bien: Hasta ahora no habías comprendido el mensaje que los cristianos traemos a los demás hombres: la escondida maravilla de la vida interior (3).

Y si quieres empezar por descargarte esta herramienta que te doy a conocer en este video, tendrás un arma infalible.





(1) Papa Francisco, Meditación  en la Domus Santae Marthae del 26-01-2015

(2) Ibídem 

(3) San Josemaria Escrivá de Balaguer, Surco 654.








viernes, 7 de octubre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Enterrar a los muertos (VII)




Enterrar a los muertos es la última obra corporal que puede hacerse en beneficio del prójimo. Evidentemente dar sepultura hoy dia a un difunto no depende de ti, salvo que tengas el honroso trabajo de trabajar en un cementerio. Cuestión aparte es que te vieras implicado en alguna determinada situación donde nadie más que tú pudiera dar sepultura a un fallecido. Es una puntualización que me permito hacer más por lo visto en películas que por lo experimentado en situaciones reales. Seamos sinceros.

Es oportuno hacer un breve repaso a la historia. Ya desde la época Prehistorica existían los ritos funerarios para resaltar la memoria de los difuntos. El hecho de ataviar al difunto con su ajuar y engalanarse con adornos, podría suponer que se le preparaba para el paso a otra vida supuestamente mejor. Los hallazgos y estudios al respecto evidencian que existía un culto o ritual de los vivos hacia los difuntos. En el Neolítico se fueron instalando las sepulturas colectivas en zonas alejadas de la población, al modo de nuestros cementerios. Queda claro que esta costumbre data de tiempos inmemoriables, por lo que puede argumentarse con base científica que el hombre prehistórico era un ser religioso.

Ahora bien, para los partidarios de la incineración también hay datos antiguos sobre esta usanza. Las primeras cremaciones datan del Neolítico, en la zona litoral del mediterráneo. En la Edad del Hierro y en la Edad del Bronce proliferaron en Europa, desapareciendo en el siglo V después de Cristo. 


Con la llegada del racionalismo en el siglo XVIII, se origina una cultura al margen del cristianismo poniendo en duda costumbres de la sociedad cristiana, por lo que creencias como la resurrección y la vida eterna son negadas. Se da paso a nuevas prácticas laicistas, entre las que destaca la incineración en contraposición al valor espiritual de los enterramientos. El cristianismo mostró clara y tajante oposición a esta práctica, hasta que en 1963 el beato Papa Pablo VI levantó la prohibición de cremación, y en 1966 permitió que sacerdotes católicos pudieran oficiar en ceremonias de incineración. La Iglesia católica, por tanto, no se opone a la cremación siempre y cuando no suponga un rechazo a la resurrección del cuerpo. 


Si me pides opinión, no hay dudas al respecto. No comparto esa idea de esparcir las cenizas del difunto por espacios abiertos. El mar, un parque o un campo de fútbol, por poner unos ejemplos, son espacios queridos para efectuar últimas voluntades de difuntos, o decisiones propias de sus familiares. Y aunque se depositen en un cementerio me resulta un procedimiento falto de calor emotivo, si bien la Iglesia aconseja la colocación del cuerpo o las cenizas en el cementerio para favorecer el recuerdo y la oración por los difuntos. La beata Ana Catalina Emmerick hablando de sus visiones se refería a que muchas almas difuntas se sentían aliviadas al ver gente que oraba en los cementerios, porque Dios les beneficiaba con esas oraciones. 


Para los que no tienen fe no hay dudas sobre la elección: prefieren la incineración. Los partidarios del gnosticismo también lo tienen claro, porque para ellos el cuerpo es la cárcel del espíritu, y en el momento de la muerte ya no cuenta para nada, se produce la liberación del alma. 




Es una realidad que proliferan más las incineraciones que los enterramientos, sobre todo en las ciudades. Tiene una ventaja crematística -valga el juego de palabras-: supone un menor coste que la sepultura, y además, todo hay que decirlo, resulta más ecológico. En una sociedad secularizada como la que vivimos se da un gran valor al cuerpo mientras tiene vida; pero cuando la pierde, ya resulta un tanto baladí. Pero tú y yo si nos sentimos cristianos, tenemos que tener el firme convencimiento de la dignidad de nuestro cuerpo llamado a ser partícipe de la misma gloria del cuerpo resucitado de Cristo. Debemos sentirnos reconfortados cuando recitamos en el Credo: ...creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

Para resumir este último post dedicado a las obras de misericordia corporales, cito esta frase de Daniel O´Connell, principal figura política irlandesa en la primera mitad del siglo XIX: "¡Entrego mi cuerpo a la tierra, mi alma a Dios y mi corazón a Roma!".

Por mi parte, te entrego a través de este video las intenciones para este mes del Papa Francisco.