domingo, 26 de febrero de 2017

Manos Unidas, la caridad que no cesa


Bajo el lema El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida, el pasado 12 de febrero los católicos fuimos invitados por Manos Unidas a participar en la campaña contra el hambre. Las colectas en cada una de las parroquias de toda la geografía española estaban destinadas a los distintos proyectos para “lograr un mundo en el que nadie pase hambre, donde el derecho a la alimentación esté realmente garantizado y la creación no sufra un modelo de desarrollo depredador que lo contamine y destruye”.

Manos Unidas es una Asociación de la Iglesia Católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo de los países en vías de desarrollo. Mantiene dos líneas de trabajo: dar a conocer y denunciar la existencia del hambre y del subdesarrollo, sus causas y sus posibles remedios; y reunir medios económicos para financiar los programas, planes y proyectos de desarrollo integral encaminados a atender estas necesidades. Está presente en toda España a través de 71 delegaciones. El 87,7% de los ingresos tienen carácter privado (socios y donantes, parroquias y entidades religiosas, herencias y legados, y otros ingresos varios) y el 12,3% provienen de dinero público (Administración local y autonómica y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo). En el año 2015 se recaudaron 45.359.573 euros -la mitad del coste de compra de más de una estrella del fútbol contratada en España, para que te hagas una idea de las innumerables injusticias que somos capaces de crear y sostener- que se emplearon en 595 proyectos de desarrollo en 58 países. Una muestra, una grandísima muestra, de la aportación que la Iglesia Católica hace al mundo para “escuchar y hacernos eco del grito de la tierra y del grito de los pobres, que es un solo grito y que clama justicia”. Toda información y el entrecomillado está extraído del folleto, que hemos podido encontrar días atrás en las iglesias de nuestros pueblos y ciudades.


En la portada de estos folletos hay unas cifras escalofriantes: 1/3 de nuestros alimentos acaba en la basura, mientras 800 millones de personas siguen pasando hambre en el mundo. Todo un dato que no necesita comentario alguno. Muchos piensan  cuando ven a una madre  sosteniendo en sus brazos a su hijo de pocos meses desnutrido, que si Dios existe no debería permitir estas tragedias humanas. Es bien demostrativo que no es culpa de Dios, el mundo querido por Dios es otro:“Y dijo Dios: he aquí que os he dado todas las plantas portadoras de semilla que hay en toda la superficie de la tierra, y todos los árboles que dan fruto con semilla; esto os servirá de alimento (Gén. 1, 29-30). El culpable no es el Creador, sino la criatura, por no administrar con justicia la riqueza de la tierra. Las palabras del Papa Francisco son una acusación contra las desigualdades que provoca el mundo… ¿civilizado?: “Sabemos que es insostenible el comportamiento de aquellos que consumen y destruyen más y más, mientras otros no pueden vivir de acuerdo con su dignidad humana” (1).

Como católico, permíteme que así lo exprese, me siento orgulloso de pertenecer a la Iglesia Católica, tan zarandeada, tan deleznablemente criticada por comportamientos muy concretos de unos débiles e inconsecuentes miembros, pero ejerciendo calladamente esa labor de amor al prójimo, de entrega por los pobres, mientras otros organismos internacionales dedican gran parte de sus presupuestos a aplicar en estos países pobres políticas antinatalistas y abortistas, única manera parece ser que tienen de solucionar los problemas del reparto equitativo de los bienes de la tierra, consecuencia, es una realidad, de estar de espaldas al necesitado, inmersos en una dinámica consumista donde compramos con fecha de caducidad aquello que anhelamos como si fuera para toda la vida. Es una sociedad donde el usar y tirar marca la pauta de generaciones y generaciones, sin importarnos que una gran parte sufre los excesos de nuestros egoísmos. En palabras del Papa Francisco, ésta es la "cultura del descarte".


Con estos datos, con esta información aportada, es hora  de que tú y yo nos preguntemos si esa segunda parte del lema de Manos Unidas, no será para que nos comprometamos y nos ocupemos más de quien pasa hambre, una necesidad que el mundo no ha sido capaz de resolver.

Si quieres saber más sobre Manos Unidas y los motivos del hambre en el mundo, te invito a ver este vídeo. No debes perdértelo.



(1)        Papa Francisco, Laudato Si (193)





sábado, 4 de febrero de 2017

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: Rezar por los vivos y difuntos (y VII)


Con esta entrada ponemos fin al repaso de obras de misericordia que comenzamos el día 15 de mayo de 2016, aprovechando la celebración del Año de la Misericordia, inaugurado por el Papa Francisco el 9 de diciembre de 2015 y terminado el 20 de noviembre de 2016. Siete obras corporales y siete espirituales, o lo que es lo mismo, cómo amar a Dios a través de acciones en beneficio del prójimo.

No creo que exista ningún cristiano que no se haya dirigido nunca a Dios para pedir por alguna necesidad física, material o espiritual de un familiar, amigo o conocido. Es una manera, no la única, de unir el corazón de Dios con aquéllos por los que rezas. El apóstol Santiago lo recomienda: “Rogad los unos por los otros para que seáis sanos; pues la oración intensa del justo puede mucho”(St. 5,16).

Ahora bien, si rezar por los vivos es costumbre usual entre los cristianos, ¿podríamos decir lo mismo por los difuntos? Decía san Agustín que “una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma la recibe Dios”. Quédate con este convencimiento: puedes hacer, y mucho, por las almas de esas personas que has querido y que aún a pesar de su falta sigues queriendo.

Vamos al fondo del asunto. Todo pecado mortal es una ofensa grave a Dios, que nos perdona mediante el sacramento de la Confesión, pero queda una pena temporal que por justicia divina debemos resarcir. Si no queda cancelada en vida, después de la muerte debemos expiarla porque el alma no queda suficientemente purificada para ir al encuentro del Padre.


El principal sufragio para la salvación de un alma es la Santa Misa. Unidos al sacrificio de Jesucristo en el altar, que hace de mediador entre los allí reunidos y Dios Padre, se ofrece rememorando el sacrificio de la Cruz para obtener así los frutos de la redención en beneficio del alma de la persona fallecida.

El modo en el que tú y yo podemos aliviar esas penas temporales para los difuntos son las indulgencias, palabra que procede del latín indulgentia, de indulgeo, “ser amable” o “compasivo”; en el latín post-clásico remisión de un impuesto o deuda. Su regulación data del decreto dogmático de 4 de diciembre de 1563, aprobado durante la celebración del Concilio de Trento. Puedes preguntarme quién es la Iglesia para dirimir sobre el futuro del alma, como si impusiera a Dios el momento en que está capacitada para encontrarse con Él cara a cara. Te contesta el Señor: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt. 16, 18-19).

Las indulgencias pueden ser plenarias o temporales. Las primeras borran cualquier resto de pecado quedando el alma dispuesta en el momento de alcanzarlas para entrar en el Cielo, mientras que las segundas borran parcialmente parte de la pena temporal.

Para obtener indulgencias plenarias se necesita recibir confesión sacramental, comunión eucarística, oración por las intenciones del Papa y querer evitar cualquier pecado venial o mortal. En las indulgencias parciales se requieren tres condiciones: estar en gracia de Dios, realizar las obras que la Iglesia premia con esa indulgencia y tener intención de ganarla. Las indulgencias plenarias solamente pueden obtenerse una vez al día, no así en las temporales que se pueden ganar varias a lo largo de un mismo día.

También tú estás en disposición de acogerte a ellas. Las indulgencias no solo se aplican por los difuntos, sino también por los vivos. Precisamente para evitar tiempo de purificación en el Purgatorio, la Iglesia piensa en todos los hijos que aún peregrinamos por este mundo; por tanto, podemos obtener los mismos beneficios para nuestra alma. No podemos ofrecerlas por otra persona viva, el único beneficiario es uno mismo.


Espero haber contribuido a que conozcas mejor las obras de misericordia, que seguramente aprendiste de memoria en la escuela o en la parroquia y que tenías olvidadas. Siempre podrás pedir mejor explicación a un sacerdote o persona con formación cristiana, que seguro que conoces y tienes ocasión de tratarle. En los puntos 1471 hasta el 1484 del Catecismo de la Iglesia Católica se recogen. Como último recurso, que también es muy aconsejable, tienes páginas en internet para consultar tranquilamente. Te ofrezco un enlace a una de ellas que me parece de las más completas: http://infocatolica.com/blog/sarmientos.php/las_indulgencias_de_la_iglesia_catolica.

Por supuesto que conocerlas es importante, pero ponerlas en práctica es el mejor modo para parecernos más a Cristo. Tu fin y el mío, te lo recuerdo, no es otro que alcanzar el Cielo. Y para ello tenemos a la Iglesia. La frase con la que concluyo es muy determinante, y no creo que sea para no tenerla en cuenta: “Encontrar a Jesús fuera de la Iglesia no es posible.  El gran Pablo VI decía que es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia” (1).

(1)  Papa Francisco, 24/4/2013, homilía en la Capilla Paulina del Vaticano, con motivo de la festividad de San Jorge.


sábado, 28 de enero de 2017

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: sufrir con paciencia los defectos del prójimo (VI)

Después del “parón” navideño que siempre sugiere tratar temas relacionados con las fiestas que vivimos, volvemos a las obras de misericordia con la penúltima de las catorce: sufrir con paciencia los defectos del prójimo. No hablamos de ofensas, agravios o injurias que nos pueden ocasionar un grave perjuicio; son esos roces cotidianos aparentemente insignificantes a los que no damos excesiva trascendencia, pero que pautan una relación que puede llegar a ser tensa, si no sabemos detener a tiempo ese espíritu crítico que todos llevamos dentro.

A lo largo de un día suele ser habitual relacionarnos con muchas personas dentro de diferentes entornos: familiar, universitario, profesional… y como es natural, la convivencia hace que tratemos con personas que no siempre sus comportamientos se adaptan a nuestra manera de pensar o de vivir. Todos hemos tenido experiencias que ahora recordamos con sentido del humor, pero que en su momento nos contrariaban hasta el punto de perder la paciencia y la caridad.


Recuerdo a un militante sindicalista que tuve por compañero en la academia donde preparé las oposiciones, que en los descansos entre clase y clase hacía su disertación sobre la lucha obrera, o el cinéfilo con quien hacía patrulla en las guardias durante el periodo de milicia, que me contaba con pelos y señales sus películas favoritas. Los más temidos suelen ser los cuñados, que en reuniones familiares no paran de hablar y de entender de todo, sin olvidar a los peluqueros -temidos por uno de mis compañeros de trabajo- que acostumbran a hablarnos de todo durante el tiempo que dedican a cortarnos el pelo. Quienes leáis este post seguro que se os vendrán a la cabeza varias personas con las cuales tratáis y aguantáis, con más o menos acierto. Es cuestión de paciencia, que es una virtud que tenemos que pedir a Dios, especialista de primer orden en esta cualidad fundamental en las relaciones entre los seres humanos.

Anécdotas aparte, los roces diarios con el prójimo no carecen de importancia porque pueden erosionar la relación hasta llegar a agravar el trato con él. Como la gota que cae insistentemente sobre una piedra termina por deteriorarla con el tiempo, no dar importancia a esos pensamientos críticos puede llevarnos a adoptar sentimientos de desprecio, antipatía o rencor, emitiendo juicios temerarios, paso previo a los prejuicios que tanto daña la reputación de las personas.


Si la Iglesia tiene a bien considerar misericordiosa la paciencia con los defectos del prójimo, es porque puede hacerse mucho bien empezando por nosotros mismos. Con esta obra de misericordia cultivamos una virtud que, con la gracia de Dios, podemos poner en práctica frecuentemente. ¿O es que tú y yo no erramos como el que más?, ¿O es que no tenemos defectos como tienen aquéllos a los que criticamos? Seamos sinceros, valientemente sinceros: los demás también sufren tus defectos y los míos. Hay que tomar de vez en cuando prestada las gafas del prójimo para darnos cuenta que no estamos exentos de provocar en los demás sentimientos contrarios a los que deseamos. Levantamos polvo en nuestro caminar por la vida como el que más. Dicho en tono severo y apostólico, como san Pablo acostumbra: “Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga”. (Gal. 6, 3-5).

Llevar con paciencia esos defectos del prójimo que tanto perturban nuestra paz, ayuda a pulir el alma a la vez que proporciona un trato más afable, considerable y respetuoso con el prójimo; a vivir, en definitiva, la caridad fraterna que se prueba realmente en las relaciones más estrechas con los demás.  

Os dejo con este artista de la pintura. Es admirable. Lo tendremos en más ocasiones para poner el punto y final a próximos posts. 




viernes, 20 de enero de 2017

Caminando por un nuevo año



Con la fiesta de los Reyes Magos la celebración de la Navidad de 2016 concluyó el pasado día 6, aunque litúrgicamente terminó el domingo 8 con la fiesta del Bautismo del Señor. Espero que hayan sido para ti días alegres, familiares, entrañables y, de esto se trata principalmente, de profundo significado cristiano.

Es posible que como último recuerdo de estas fiestas esté todavía presente la tarde del día 5 -aunque en numerosos pueblos y ciudades llegan el 4, incluso en algún que otro lugar, el día 3-, donde pudiste ver con renovada ilusión a sus Majestades, y te despertaste muy temprano la mañana del día 6 para ir en busca de los regalos que te dejaron de madrugada. Y no me digas que ya no tienes edad para ilusionarte, porque no importan los años, la edad del corazón se mide por la capacidad de ilusionarte cada día, y estarás conmigo que estas fechas son las más propicias para “quitarnos” unos cuantos años de encima.

La información que tus padres y los míos nos proporcionaron desde pequeños era que los Magos cada año vienen desde países lejanos con su largo séquito, para distribuir los regalos la noche del 5 de enero a niños y niñas, y mayores, que confían en la generosidad de estos singulares personajes. Pues bien, en estas fiestas he llegado a una profunda reflexión que puede echar por tierra el planteamiento de nuestros padres. Si quieres conocerla sigue leyendo.



Observando con detenimiento la alegría desbordante de Melchor, Gaspar y Baltasar por las calles de nuestros pueblos y ciudades, descubriendo el afán desmedido de hacer felices a niños y mayores, he llegado a la conclusión que tanto júbilo exteriorizado se debe a que de dónde vienen realmente no son de sus palacios, sino de una pequeña aldea llamada Belén, donde han encontrado en una cueva acostado en un pesebre, junto a una joven de Nazaret y a su esposo, a un niño llamado Jesús, contemplando admirados el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Mirad, la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel".

Y con la alegría desbordante de encontrar al Mesías, después de hacer entrega  de oro, incienso y mirra, tal y como se narra en el evangelio de san Mateo, Melchor Gaspar y Baltasar parten desde Belén para entregar con inusitado cariño esos regalos esperados por millones de niños, niñas y mayores con corazón de niño, entre los que se esconde la sonrisa del Niño Dios. La raíz de ese deseo imperecedero de los Magos de Oriente de hacer felices a niños, niñas y mayores, nace de la aventura de encontrar a Dios en sus vidas. ¡Cómo no van a mostrar incalculable generosidad, si el mismo Dios es capaz de donar a la humanidad al Unigénito! ¡Cómo no van a mostrar desbordante felicidad si han visto con sus propios ojos al Salvador en un pesebre! Ninguna experiencia puede colmar tanto las ansias de felicidad del hombre que la de encontrarse con Dios.

Pero no hay que olvidar un detalle: los Magos han sido capaces de abandonar comodidades, no han bajado el ánimo a pesar de que durante el trayecto han perdido la estrella que les guiaba, han sabido continuar el camino emprendido con el firme propósito con el que salieron de sus palacios. La historia no es fácil pero el final siempre es feliz.



Me alegraría mucho que te formaras este propósito para el año que ha comenzado: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo” (1). Es lo que hicieron los Magos.  Dios ha nacido, para que tú y yo nos consideremos hijos de Dios, "de manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios" (2). No hay mejor modo de emprender el camino por este nuevo año.


Te dejo el primer vídeo de 2017 del Papa Francisco con las intenciones para este mes de enero. Si quieres conocerlas no tienes más que pinchar, ver y escuchar, dura menos de minuto y medio.


(1)    San Josemaría Escrivá, Camino, 382
(2)   Gal. 4, 7


viernes, 30 de diciembre de 2016

A la luz de Belén




Para dar sentido a una celebración son necesarios dos requisitos: primero, que exista el hecho a celebrar, y segundo, tener capacidad de memoria para recordarlo. Voy al grano. Hace unos días me comentaba un compañero de trabajo, con un simpático punto crítico, que el Nacimiento de Cristo era más creíble por la fe que por la constatación histórica, que es tanto como decir que la Navidad tiene un elemento festivo sin constatación histórica de haberse producido aquello que se recuerda. No es una afirmación aislada, tiene una base comúnmente aceptada entre los escépticos.

Desde los primeros tiempos el cristianismo ha tenido que asumir un plus de rigor histórico para demostrar el paso por este mundo de Jesucristo, exigencia que no han necesitado personajes como el emperador de Francia Napoleón Bonaparte, el rey de Macedonia Alejandro Magno o el corsario musulmán Jeireddin Barbarroja, por poner tan solo tres ejemplos de personajes históricos.

Sin embargo es una realidad histórica contrastada que Jesucristo nació en Belén, vivió gran parte de su vida en Nazaret y murió crucificado a las afueras de Jerusalén por revelar que era el Hijo de Dios, blasfemia que era castigada con la pena de muerte por las autoridades civiles y religiosas de Israel. Los principales testigos históricos, como en cualquier investigación sobre la veracidad de un personaje de la historia, son sus partidarios y discípulos, especialmente los Apóstoles. Si nos referimos a documentos, el Nuevo Testamento -compuesto de los evangelios canónicos, las epístolas de Pablo, y otras siete más y el libro del Apocalipsis- es el que remarca la vida de Jesús y los comienzos del cristianismo.


Hay otras fuentes no cristianas que amplían la validez histórica de las cristianas. Sin profundizar en sus contenidos para no extenderme en este post -invito a hacer una instrospección por internet para conocerlos con más detalle- dejo una serie de historiadores, filósofos y escritores que así lo avalan: Flavio Josefo, Tácito, Mara-bar Serapión, Suetonio, Plinio El Joven, Luciano de Samosato, Thallus o Celso. El Talmud y los llamados rollos del Mar Muerto son documentos que también refieren la historicidad de Cristo.

Y sin reparar mucho en ello, tenemos una prueba irrefutable: el antes y el después en la historia a partir del Nacimiento de Jesús, el comienzo de la Era Cristiana. Mucha notoriedad tuvo que tener Jesús, y la tuvo, para que el calendario por el que nos orientamos en el tiempo parta desde su nacimiento. Ningún personaje histórico ha sido tan determinante como para asentar la cronología histórica del mundo tomando como partida el año que nació.

A pesar de todo para muchos queda la duda de si el Niño que nació en Belén será algo más que un hombre. De ahí, que el mejor modo de disipar la duda es sostener que todo es un montaje de los primeros cristianos para fomentar la figura de Jesucristo, como un mito en la historia de la humanidad. O bien, tratar de desacralizar la Navidad, quitar el protagonismo religioso y poner en su lugar unas fiestas basadas en una amnesia colectiva e individual, sin más sentido que celebrar sin sentido. ¿Y por qué? El Papa Francisco encuentra la respuesta a la vez que nos exige: “Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia” (1).

Es ésta una realidad que a poco que nos fijemos rezuma en la sociedad. Lo comprobé hace unas semanas en un centro cultural de la ciudad donde vivo. En la puerta de entrada se formaba una larga cola para pasar a la primera planta. En esa planta se había formado un rastrillo -¿navideño?- y se hacía dificultoso caminar entre puesto y puesto. Ropas, bisutería, objetos decorativos entre otros, formaban un conglomerado donde la gente miraba y miraba con curiosidad e interés por comprar. Al fondo de esa planta, un belén, un bonito belén, que no atraía a casi nadie. La deducción clara y lacerante: hemos convertido la Navidad en un flujo consumista que nos impide profundizar en la verdadera esencia de esta fiesta. Quedan totalmente actualizadas las palabras que se recogen en el comienzo del Evangelio de san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn. 1, 11).

Si eres de los que han caído de lleno en esta paganización de la Navidad, todavía estás a tiempo. Te sugiero que empieces por pararte a pensar en el significado de la Navidad. ¿Sabes de dónde proviene? Es bueno que lo sepas. Procede del latín Nativitate. No aclara mucho ¿verdad? Si desglosamos a lo mejor sí. Nati significa nacimiento; vita, de la Vida, y te para ti. Ya tienes el significado en castellano "Nacimiento de la Vida para ti". Dios se ha hecho hombre para ti. No es insensible a tus problemas, no es indiferente a tus alegrías, no se despreocupa de tus proyectos y ambiciones nobles. No nace para una época, ni para una cultura, ni para un continente en general, nace para ti.

No dejes pasar la oportunidad, escápate de ese estereotipo que tienes trazado más en tu mente que en tu corazón, no busques querer razonar humanamente la grandeza del misterio que vivimos, que no te deslumbren esas luces que adornan tu pueblo o ciudad, que dan un trasfondo festivo que viene muy bien para levantar ánimos; pero, por encima de jolgorios estridentes, déjate iluminar por la luz de Belén para ver que ha nacido un Niño para que tu alma, y la mía, se abra al amor eterno de Dios.

Este mes no he descargado el video con las intenciones del Papa Francisco. Aquí lo tienes. Todavía estás a tiempo de pedir por ellas.

¡Te deseo una feliz NA-TI-VI-TA-TE y un dichoso año 2017!


(1) Papa Francisco, el 20 de septiembre de 2016, en el 30 aniversario de la Jornada Mundial de la Paz en Asís.

sábado, 17 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Consolar al triste (V)


No son pocos los sociólogos expertos en la materia que piensan que a pesar de todos los avances de la sociedad moderna, el hombre no es más feliz que en generaciones pasadas. El desconsuelo se hace patente incluso en edades tempranas, aumentan las consultas a psicólogos y psiquiatras para liberarse de la maraña de desaliento, de esas alegrías ficticias, efímeras y pasajeras, por lo general materiales, que conducen al desconsuelo más desesperanzador.

Puede que sea una buena ocasión para calibrar tu alegría. ¿Qué es lo que alegra tu corazón? ¿La salud? ¿El desahogo económico? ¿La buena reputación laboral? ¿La armonía en el hogar?  Objetivos honestos y deseables, sin lugar a dudas, pero ¿eres capaz de exclamar como el santo ortodoxo Serafin Sarovski: “¡Mi alegría es Cristo resucitado!”? ¿Es esta la alegría donde se asienta tu vida? El ConcilioVaticano II nos recuerda que el fundamental consuelo es la fortaleza del Señor resucitado (1). Esta y no otra debe ser la alegría que marque tu vida.

Si eres poseedor de esa alegría que nace de un corazón en paz consigo mismo y con los demás, enhorabuena, da gracias a Dios, consérvala y avívala porque a lo largo de la vida pueden surgir, y surgirán, circunstancias, momentos y situaciones negativas, donde la alegría puede tambalearse y asumir protagonismo la tristeza, la peor compañera de viaje. Y si es así, no queda más aptitud que poner empeño en este consejo de San Pablo -que sufrió desprecios, incomprensiones, naufragios y persecuciones después de la conversión camino de Damasco-  a modo imperativo: “Estad alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Fil. 4,4). Esta es la clave: estar cerca del Señor, tenerlo tan próximo como se quiere tener al mejor amigo del alma, y Cristo, tenlo seguro, es el mejor de los amigos con los que podemos compartir la vida.

Ahora bien, la alegría, esa alegría que debe caracterizar a un cristiano, no es para mantenerla escondida, es para ofrecerla a los demás, a esos hombres y mujeres que ocasionalmente tratamos, o con los que habitualmente convivimos, que andan sumidos en el desconsuelo. No demos la razón a Nietzsche con esta frase:“Creeré cuando los cristianos tengan cara de haber sido salvados”.  Porque puede pasar, y pasa, que por mucha paz interior que disfrutemos, a veces nuestro semblante no invita a simpatizar con los demás, y vivimos una alegría árida sin poder de atracción. Mírate al espejo y pregúntate: ¿Puede decirse de ti, que tu cara es el espejo de tu alma? Decía santaTeresa de Calcuta que “la alegría es una red de amor con la que se puede atrapar a muchas almas”. Podríamos decir que la cara es el mejor anzuelo para que “piquen” muchas almas en el mar por el que navegamos. Santa María Faustina Kowalsk tenía en mente y en espíritu una clara idea de que la fe no era para sí misma: "Absorbo a Dios en mí, para entregarlo a las almas" (2). 

Estamos a pocas fechas de celebrar la Navidad, que tiene que ser la venida del Señor a tu corazón y al mío, en la noche del 24 de diciembre. Buen momento para pedir objetivos magnánimos. “Servite Domino in laetitia!” -¡Serviré a Dios con alegría! Qué buen propósito. Por si no lo sabes: “Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella” (3). Nos lo dice el Papa Francisco, un hombre alegre, como bien sabes. 
En resumidas cuentas, creo que es una ocasión propicia la que un año más  nos brinda la Iglesia, para que tú y yo nos decidamos a alegrar los corazones afligidos. Contando con Dios, claro está.

El vídeo ves que no es actual en cuanto a la fecha, pero sí en cuanto a esta obra de misericordia. Compruébalo.

(1)        Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 8.
(2)        Papa Francisco, Carta Apostólica Misericordia et misera, pág. 6.
(3)    Santa María Faustina Kowalska, La Divina Misericordia en mi alma, punto 193.



lunes, 5 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Perdonar al que nos ofende (IV)


Entonces, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta sietes veces, sino hasta setenta veces siete (Mt. 18, 21-22).  Ciertamente que Pedro, hombre de carácter tan fuerte que fue capaz de reprender a Jesús y tratar de disuadirlo del plan de salvación trazado por Dios (Mr. 8,32), tuvo que quedar un tanto descolocado. Para los judíos el número siete significa plenitud; por tanto Pedro tuvo que entender que el Señor estaba indicándole que siempre había que perdonar. Sí, a ti a mí, como a Pedro, el Señor nos lo pide: ¡perdonar, siempre! Un reto.

Todos tenemos experiencias de haber sido ofendidos. En muchas ocasiones -reconozcámoslo-  más por nuestra susceptibilidad que por palabras o hechos graves. El amor propio acostumbra a engrandecer lo que no pasa de ser una nimiedad. Y acto seguido se nos vienen esas expresiones del "perdono pero no olvido", "quien me la hace la paga" y tener argumentos para aplicar la ley del talión. Nos creemos más liberados –eso es lo que pensamos- viendo cómo triunfa el ego, cuando en realidad no nos damos cuenta que la mochila de los agravios se va llenando; el odio, la rabia y el rencor son piedras muy pesadas que marcan el paso por la vida. 

Hace unos días en el entorno de mi trabajo trataba este tema con un hombre muy sincero consigo mismo y con los demás, nada proclive a la práctica religiosa, y reconocía  que el cristianismo había aportado a la civilización el perdón y la piedad. Así es. No hay más que mirar un crucifijo y ver quién está clavado: Jesucristo. Una de sus últimas peticiones: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). Y la promesa a quien reconoce su culpa: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).

Y si seguimos profundizando en esta virtud, podemos pararnos en ese momento en que Jesús se encuentra orando y sus discípulos le  piden que les enseñe a orar. Y les responde con el Padre nuestro, donde se recoge una petición: …y perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende… (Lc. 11, 1-4). No hay dudas: el perdón es la huella de identidad del cristiano. Perdón, para todos, para quien nos pide disculpas, y para el que nos tiene por el peor de sus enemigos declarados. Siempre perdonando.

Fue santa Teresa de Calcuta quien pronunció esta frase: Amar hasta que duela. Si duele es buena señal.” Exigente pero misericordiosa. Cuanto más se ama más se es capaz de perdonar. Indudablemente que hay situaciones graves donde la indulgencia solamente puede ejercitarse por una especial gracia de Dios. Mártires, santos y confesores de la fe a lo largo de los siglos han dado pruebas evidentes de que el perdón puede más que el odio. La imagen del Papa San Juan Pablo II perdonando al turco Ali Agca, quien quiso asesinarle aquel 13 de mayo de 1981, es vivo ejemplo.  Pero tú y yo puede que no suframos esos agravios que pongan en juego la propia vida. Haz recuento de lo que perturba tu paz, de tus enemigos, de los agravios que recibes y seguro que descubres que el corazón se agria por pequeños sucesos a los que el amor propio da un relieve desproporcionado. 


Hemos terminado el Jubileo de la Misericordia, un año dedicado a cultivar este gran don que nos regala Dios. Pero la misericordia del Señor no conoce fechas ni plazos, recibirla y ofrecerla a los demás puede ser el gran objetivo de tu vida. ¿Razones? Nos la da el Papa Francisco: “El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y la paz” (1).

Para terminar nada mejor que este video donde la protagonista es una niña iraquí de diez años que se llama Myriam, huida con su familia de su pueblo, Qaraqosh, refugiados en un campo del Kurdistan, protegidos por el ejército kurdo y asistidos por asociaciones humanitarias, entre otras Ayuda al Cristiano en Peligro, creada por el Vaticano. ¿Quién piensa todavía que no es capaz de perdonar?

(1) Papa Francisco, homilía en la basílica de Santa María de los Ángeles en Asís, el 4 de agosto de 2016.