sábado, 28 de enero de 2017

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: sufrir con paciencia los defectos del prójimo (VI)

Después del “parón” navideño que siempre sugiere tratar temas relacionados con las fiestas que vivimos, volvemos a las obras de misericordia con la penúltima de las catorce: sufrir con paciencia los defectos del prójimo. No hablamos de ofensas, agravios o injurias que nos pueden ocasionar un grave perjuicio; son esos roces cotidianos aparentemente insignificantes a los que no damos excesiva trascendencia, pero que pautan una relación que puede llegar a ser tensa, si no sabemos detener a tiempo ese espíritu crítico que todos llevamos dentro.

A lo largo de un día suele ser habitual relacionarnos con muchas personas dentro de diferentes entornos: familiar, universitario, profesional… y como es natural, la convivencia hace que tratemos con personas que no siempre sus comportamientos se adaptan a nuestra manera de pensar o de vivir. Todos hemos tenido experiencias que ahora recordamos con sentido del humor, pero que en su momento nos contrariaban hasta el punto de perder la paciencia y la caridad.


Recuerdo a un militante sindicalista que tuve por compañero en la academia donde preparé las oposiciones, que en los descansos entre clase y clase hacía su disertación sobre la lucha obrera, o el cinéfilo con quien hacía patrulla en las guardias durante el periodo de milicia, que me contaba con pelos y señales sus películas favoritas. Los más temidos suelen ser los cuñados, que en reuniones familiares no paran de hablar y de entender de todo, sin olvidar a los peluqueros -temidos por uno de mis compañeros de trabajo- que acostumbran a hablarnos de todo durante el tiempo que dedican a cortarnos el pelo. Quienes leáis este post seguro que se os vendrán a la cabeza varias personas con las cuales tratáis y aguantáis, con más o menos acierto. Es cuestión de paciencia, que es una virtud que tenemos que pedir a Dios, especialista de primer orden en esta cualidad fundamental en las relaciones entre los seres humanos.

Anécdotas aparte, los roces diarios con el prójimo no carecen de importancia porque pueden erosionar la relación hasta llegar a agravar el trato con él. Como la gota que cae insistentemente sobre una piedra termina por deteriorarla con el tiempo, no dar importancia a esos pensamientos críticos puede llevarnos a adoptar sentimientos de desprecio, antipatía o rencor, emitiendo juicios temerarios, paso previo a los prejuicios que tanto daña la reputación de las personas.


Si la Iglesia tiene a bien considerar misericordiosa la paciencia con los defectos del prójimo, es porque puede hacerse mucho bien empezando por nosotros mismos. Con esta obra de misericordia cultivamos una virtud que, con la gracia de Dios, podemos poner en práctica frecuentemente. ¿O es que tú y yo no erramos como el que más?, ¿O es que no tenemos defectos como tienen aquéllos a los que criticamos? Seamos sinceros, valientemente sinceros: los demás también sufren tus defectos y los míos. Hay que tomar de vez en cuando prestada las gafas del prójimo para darnos cuenta que no estamos exentos de provocar en los demás sentimientos contrarios a los que deseamos. Levantamos polvo en nuestro caminar por la vida como el que más. Dicho en tono severo y apostólico, como san Pablo acostumbra: “Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga”. (Gal. 6, 3-5).

Llevar con paciencia esos defectos del prójimo que tanto perturban nuestra paz, ayuda a pulir el alma a la vez que proporciona un trato más afable, considerable y respetuoso con el prójimo; a vivir, en definitiva, la caridad fraterna que se prueba realmente en las relaciones más estrechas con los demás.  

Os dejo con este artista de la pintura. Es admirable. Lo tendremos en más ocasiones para poner el punto y final a próximos posts. 




viernes, 20 de enero de 2017

Caminando por un nuevo año



Con la fiesta de los Reyes Magos la celebración de la Navidad de 2016 concluyó el pasado día 6, aunque litúrgicamente terminó el domingo 8 con la fiesta del Bautismo del Señor. Espero que hayan sido para ti días alegres, familiares, entrañables y, de esto se trata principalmente, de profundo significado cristiano.

Es posible que como último recuerdo de estas fiestas esté todavía presente la tarde del día 5 -aunque en numerosos pueblos y ciudades llegan el 4, incluso en algún que otro lugar, el día 3-, donde pudiste ver con renovada ilusión a sus Majestades, y te despertaste muy temprano la mañana del día 6 para ir en busca de los regalos que te dejaron de madrugada. Y no me digas que ya no tienes edad para ilusionarte, porque no importan los años, la edad del corazón se mide por la capacidad de ilusionarte cada día, y estarás conmigo que estas fechas son las más propicias para “quitarnos” unos cuantos años de encima.

La información que tus padres y los míos nos proporcionaron desde pequeños era que los Magos cada año vienen desde países lejanos con su largo séquito, para distribuir los regalos la noche del 5 de enero a niños y niñas, y mayores, que confían en la generosidad de estos singulares personajes. Pues bien, en estas fiestas he llegado a una profunda reflexión que puede echar por tierra el planteamiento de nuestros padres. Si quieres conocerla sigue leyendo.



Observando con detenimiento la alegría desbordante de Melchor, Gaspar y Baltasar por las calles de nuestros pueblos y ciudades, descubriendo el afán desmedido de hacer felices a niños y mayores, he llegado a la conclusión que tanto júbilo exteriorizado se debe a que de dónde vienen realmente no son de sus palacios, sino de una pequeña aldea llamada Belén, donde han encontrado en una cueva acostado en un pesebre, junto a una joven de Nazaret y a su esposo, a un niño llamado Jesús, contemplando admirados el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Mirad, la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel".

Y con la alegría desbordante de encontrar al Mesías, después de hacer entrega  de oro, incienso y mirra, tal y como se narra en el evangelio de san Mateo, Melchor Gaspar y Baltasar parten desde Belén para entregar con inusitado cariño esos regalos esperados por millones de niños, niñas y mayores con corazón de niño, entre los que se esconde la sonrisa del Niño Dios. La raíz de ese deseo imperecedero de los Magos de Oriente de hacer felices a niños, niñas y mayores, nace de la aventura de encontrar a Dios en sus vidas. ¡Cómo no van a mostrar incalculable generosidad, si el mismo Dios es capaz de donar a la humanidad al Unigénito! ¡Cómo no van a mostrar desbordante felicidad si han visto con sus propios ojos al Salvador en un pesebre! Ninguna experiencia puede colmar tanto las ansias de felicidad del hombre que la de encontrarse con Dios.

Pero no hay que olvidar un detalle: los Magos han sido capaces de abandonar comodidades, no han bajado el ánimo a pesar de que durante el trayecto han perdido la estrella que les guiaba, han sabido continuar el camino emprendido con el firme propósito con el que salieron de sus palacios. La historia no es fácil pero el final siempre es feliz.



Me alegraría mucho que te formaras este propósito para el año que ha comenzado: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo” (1). Es lo que hicieron los Magos.  Dios ha nacido, para que tú y yo nos consideremos hijos de Dios, "de manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios" (2). No hay mejor modo de emprender el camino por este nuevo año.


Te dejo el primer vídeo de 2017 del Papa Francisco con las intenciones para este mes de enero. Si quieres conocerlas no tienes más que pinchar, ver y escuchar, dura menos de minuto y medio.


(1)    San Josemaría Escrivá, Camino, 382
(2)   Gal. 4, 7


viernes, 30 de diciembre de 2016

A la luz de Belén




Para dar sentido a una celebración son necesarios dos requisitos: primero, que exista el hecho a celebrar, y segundo, tener capacidad de memoria para recordarlo. Voy al grano. Hace unos días me comentaba un compañero de trabajo, con un simpático punto crítico, que el Nacimiento de Cristo era más creíble por la fe que por la constatación histórica, que es tanto como decir que la Navidad tiene un elemento festivo sin constatación histórica de haberse producido aquello que se recuerda. No es una afirmación aislada, tiene una base comúnmente aceptada entre los escépticos.

Desde los primeros tiempos el cristianismo ha tenido que asumir un plus de rigor histórico para demostrar el paso por este mundo de Jesucristo, exigencia que no han necesitado personajes como el emperador de Francia Napoleón Bonaparte, el rey de Macedonia Alejandro Magno o el corsario musulmán Jeireddin Barbarroja, por poner tan solo tres ejemplos de personajes históricos.

Sin embargo es una realidad histórica contrastada que Jesucristo nació en Belén, vivió gran parte de su vida en Nazaret y murió crucificado a las afueras de Jerusalén por revelar que era el Hijo de Dios, blasfemia que era castigada con la pena de muerte por las autoridades civiles y religiosas de Israel. Los principales testigos históricos, como en cualquier investigación sobre la veracidad de un personaje de la historia, son sus partidarios y discípulos, especialmente los Apóstoles. Si nos referimos a documentos, el Nuevo Testamento -compuesto de los evangelios canónicos, las epístolas de Pablo, y otras siete más y el libro del Apocalipsis- es el que remarca la vida de Jesús y los comienzos del cristianismo.


Hay otras fuentes no cristianas que amplían la validez histórica de las cristianas. Sin profundizar en sus contenidos para no extenderme en este post -invito a hacer una instrospección por internet para conocerlos con más detalle- dejo una serie de historiadores, filósofos y escritores que así lo avalan: Flavio Josefo, Tácito, Mara-bar Serapión, Suetonio, Plinio El Joven, Luciano de Samosato, Thallus o Celso. El Talmud y los llamados rollos del Mar Muerto son documentos que también refieren la historicidad de Cristo.

Y sin reparar mucho en ello, tenemos una prueba irrefutable: el antes y el después en la historia a partir del Nacimiento de Jesús, el comienzo de la Era Cristiana. Mucha notoriedad tuvo que tener Jesús, y la tuvo, para que el calendario por el que nos orientamos en el tiempo parta desde su nacimiento. Ningún personaje histórico ha sido tan determinante como para asentar la cronología histórica del mundo tomando como partida el año que nació.

A pesar de todo para muchos queda la duda de si el Niño que nació en Belén será algo más que un hombre. De ahí, que el mejor modo de disipar la duda es sostener que todo es un montaje de los primeros cristianos para fomentar la figura de Jesucristo, como un mito en la historia de la humanidad. O bien, tratar de desacralizar la Navidad, quitar el protagonismo religioso y poner en su lugar unas fiestas basadas en una amnesia colectiva e individual, sin más sentido que celebrar sin sentido. ¿Y por qué? El Papa Francisco encuentra la respuesta a la vez que nos exige: “Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia” (1).

Es ésta una realidad que a poco que nos fijemos rezuma en la sociedad. Lo comprobé hace unas semanas en un centro cultural de la ciudad donde vivo. En la puerta de entrada se formaba una larga cola para pasar a la primera planta. En esa planta se había formado un rastrillo -¿navideño?- y se hacía dificultoso caminar entre puesto y puesto. Ropas, bisutería, objetos decorativos entre otros, formaban un conglomerado donde la gente miraba y miraba con curiosidad e interés por comprar. Al fondo de esa planta, un belén, un bonito belén, que no atraía a casi nadie. La deducción clara y lacerante: hemos convertido la Navidad en un flujo consumista que nos impide profundizar en la verdadera esencia de esta fiesta. Quedan totalmente actualizadas las palabras que se recogen en el comienzo del Evangelio de san Juan: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn. 1, 11).

Si eres de los que han caído de lleno en esta paganización de la Navidad, todavía estás a tiempo. Te sugiero que empieces por pararte a pensar en el significado de la Navidad. ¿Sabes de dónde proviene? Es bueno que lo sepas. Procede del latín Nativitate. No aclara mucho ¿verdad? Si desglosamos a lo mejor sí. Nati significa nacimiento; vita, de la Vida, y te para ti. Ya tienes el significado en castellano "Nacimiento de la Vida para ti". Dios se ha hecho hombre para ti. No es insensible a tus problemas, no es indiferente a tus alegrías, no se despreocupa de tus proyectos y ambiciones nobles. No nace para una época, ni para una cultura, ni para un continente en general, nace para ti.

No dejes pasar la oportunidad, escápate de ese estereotipo que tienes trazado más en tu mente que en tu corazón, no busques querer razonar humanamente la grandeza del misterio que vivimos, que no te deslumbren esas luces que adornan tu pueblo o ciudad, que dan un trasfondo festivo que viene muy bien para levantar ánimos; pero, por encima de jolgorios estridentes, déjate iluminar por la luz de Belén para ver que ha nacido un Niño para que tu alma, y la mía, se abra al amor eterno de Dios.

Este mes no he descargado el video con las intenciones del Papa Francisco. Aquí lo tienes. Todavía estás a tiempo de pedir por ellas.

¡Te deseo una feliz NA-TI-VI-TA-TE y un dichoso año 2017!


(1) Papa Francisco, el 20 de septiembre de 2016, en el 30 aniversario de la Jornada Mundial de la Paz en Asís.

sábado, 17 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Consolar al triste (V)


No son pocos los sociólogos expertos en la materia que piensan que a pesar de todos los avances de la sociedad moderna, el hombre no es más feliz que en generaciones pasadas. El desconsuelo se hace patente incluso en edades tempranas, aumentan las consultas a psicólogos y psiquiatras para liberarse de la maraña de desaliento, de esas alegrías ficticias, efímeras y pasajeras, por lo general materiales, que conducen al desconsuelo más desesperanzador.

Puede que sea una buena ocasión para calibrar tu alegría. ¿Qué es lo que alegra tu corazón? ¿La salud? ¿El desahogo económico? ¿La buena reputación laboral? ¿La armonía en el hogar?  Objetivos honestos y deseables, sin lugar a dudas, pero ¿eres capaz de exclamar como el santo ortodoxo Serafin Sarovski: “¡Mi alegría es Cristo resucitado!”? ¿Es esta la alegría donde se asienta tu vida? El ConcilioVaticano II nos recuerda que el fundamental consuelo es la fortaleza del Señor resucitado (1). Esta y no otra debe ser la alegría que marque tu vida.

Si eres poseedor de esa alegría que nace de un corazón en paz consigo mismo y con los demás, enhorabuena, da gracias a Dios, consérvala y avívala porque a lo largo de la vida pueden surgir, y surgirán, circunstancias, momentos y situaciones negativas, donde la alegría puede tambalearse y asumir protagonismo la tristeza, la peor compañera de viaje. Y si es así, no queda más aptitud que poner empeño en este consejo de San Pablo -que sufrió desprecios, incomprensiones, naufragios y persecuciones después de la conversión camino de Damasco-  a modo imperativo: “Estad alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Fil. 4,4). Esta es la clave: estar cerca del Señor, tenerlo tan próximo como se quiere tener al mejor amigo del alma, y Cristo, tenlo seguro, es el mejor de los amigos con los que podemos compartir la vida.

Ahora bien, la alegría, esa alegría que debe caracterizar a un cristiano, no es para mantenerla escondida, es para ofrecerla a los demás, a esos hombres y mujeres que ocasionalmente tratamos, o con los que habitualmente convivimos, que andan sumidos en el desconsuelo. No demos la razón a Nietzsche con esta frase:“Creeré cuando los cristianos tengan cara de haber sido salvados”.  Porque puede pasar, y pasa, que por mucha paz interior que disfrutemos, a veces nuestro semblante no invita a simpatizar con los demás, y vivimos una alegría árida sin poder de atracción. Mírate al espejo y pregúntate: ¿Puede decirse de ti, que tu cara es el espejo de tu alma? Decía santaTeresa de Calcuta que “la alegría es una red de amor con la que se puede atrapar a muchas almas”. Podríamos decir que la cara es el mejor anzuelo para que “piquen” muchas almas en el mar por el que navegamos. Santa María Faustina Kowalsk tenía en mente y en espíritu una clara idea de que la fe no era para sí misma: "Absorbo a Dios en mí, para entregarlo a las almas" (2). 

Estamos a pocas fechas de celebrar la Navidad, que tiene que ser la venida del Señor a tu corazón y al mío, en la noche del 24 de diciembre. Buen momento para pedir objetivos magnánimos. “Servite Domino in laetitia!” -¡Serviré a Dios con alegría! Qué buen propósito. Por si no lo sabes: “Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella” (3). Nos lo dice el Papa Francisco, un hombre alegre, como bien sabes. 
En resumidas cuentas, creo que es una ocasión propicia la que un año más  nos brinda la Iglesia, para que tú y yo nos decidamos a alegrar los corazones afligidos. Contando con Dios, claro está.

El vídeo ves que no es actual en cuanto a la fecha, pero sí en cuanto a esta obra de misericordia. Compruébalo.

(1)        Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 8.
(2)        Papa Francisco, Carta Apostólica Misericordia et misera, pág. 6.
(3)    Santa María Faustina Kowalska, La Divina Misericordia en mi alma, punto 193.



lunes, 5 de diciembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Perdonar al que nos ofende (IV)


Entonces, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta sietes veces, sino hasta setenta veces siete (Mt. 18, 21-22).  Ciertamente que Pedro, hombre de carácter tan fuerte que fue capaz de reprender a Jesús y tratar de disuadirlo del plan de salvación trazado por Dios (Mr. 8,32), tuvo que quedar un tanto descolocado. Para los judíos el número siete significa plenitud; por tanto Pedro tuvo que entender que el Señor estaba indicándole que siempre había que perdonar. Sí, a ti a mí, como a Pedro, el Señor nos lo pide: ¡perdonar, siempre! Un reto.

Todos tenemos experiencias de haber sido ofendidos. En muchas ocasiones -reconozcámoslo-  más por nuestra susceptibilidad que por palabras o hechos graves. El amor propio acostumbra a engrandecer lo que no pasa de ser una nimiedad. Y acto seguido se nos vienen esas expresiones del "perdono pero no olvido", "quien me la hace la paga" y tener argumentos para aplicar la ley del talión. Nos creemos más liberados –eso es lo que pensamos- viendo cómo triunfa el ego, cuando en realidad no nos damos cuenta que la mochila de los agravios se va llenando; el odio, la rabia y el rencor son piedras muy pesadas que marcan el paso por la vida. 

Hace unos días en el entorno de mi trabajo trataba este tema con un hombre muy sincero consigo mismo y con los demás, nada proclive a la práctica religiosa, y reconocía  que el cristianismo había aportado a la civilización el perdón y la piedad. Así es. No hay más que mirar un crucifijo y ver quién está clavado: Jesucristo. Una de sus últimas peticiones: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). Y la promesa a quien reconoce su culpa: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).

Y si seguimos profundizando en esta virtud, podemos pararnos en ese momento en que Jesús se encuentra orando y sus discípulos le  piden que les enseñe a orar. Y les responde con el Padre nuestro, donde se recoge una petición: …y perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende… (Lc. 11, 1-4). No hay dudas: el perdón es la huella de identidad del cristiano. Perdón, para todos, para quien nos pide disculpas, y para el que nos tiene por el peor de sus enemigos declarados. Siempre perdonando.

Fue santa Teresa de Calcuta quien pronunció esta frase: Amar hasta que duela. Si duele es buena señal.” Exigente pero misericordiosa. Cuanto más se ama más se es capaz de perdonar. Indudablemente que hay situaciones graves donde la indulgencia solamente puede ejercitarse por una especial gracia de Dios. Mártires, santos y confesores de la fe a lo largo de los siglos han dado pruebas evidentes de que el perdón puede más que el odio. La imagen del Papa San Juan Pablo II perdonando al turco Ali Agca, quien quiso asesinarle aquel 13 de mayo de 1981, es vivo ejemplo.  Pero tú y yo puede que no suframos esos agravios que pongan en juego la propia vida. Haz recuento de lo que perturba tu paz, de tus enemigos, de los agravios que recibes y seguro que descubres que el corazón se agria por pequeños sucesos a los que el amor propio da un relieve desproporcionado. 


Hemos terminado el Jubileo de la Misericordia, un año dedicado a cultivar este gran don que nos regala Dios. Pero la misericordia del Señor no conoce fechas ni plazos, recibirla y ofrecerla a los demás puede ser el gran objetivo de tu vida. ¿Razones? Nos la da el Papa Francisco: “El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y la paz” (1).

Para terminar nada mejor que este video donde la protagonista es una niña iraquí de diez años que se llama Myriam, huida con su familia de su pueblo, Qaraqosh, refugiados en un campo del Kurdistan, protegidos por el ejército kurdo y asistidos por asociaciones humanitarias, entre otras Ayuda al Cristiano en Peligro, creada por el Vaticano. ¿Quién piensa todavía que no es capaz de perdonar?

(1) Papa Francisco, homilía en la basílica de Santa María de los Ángeles en Asís, el 4 de agosto de 2016.


domingo, 20 de noviembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Corregir al que se equivoca (III)


Si eres aficionado al fútbol te habrás dado cuenta que hay jugadores-estrella que cuando fallan una clara ocasión de gol sonríen y levantan la vista al cielo como diciendo "todo lo he hecho bien, no es posible haber fallado; a mi no se me puede hacer esto". Seguimos con fútbol. Hace unos cuantos años se emitía por televisión los domingos por la noche un programa titulado "Estudio Estadio", que incorporó la famosa moviola,  en el que a cámara lenta se repetían las jugadas más conflictivas de los partidos de la jornada, para dilucidar el acierto o error del árbitro de turno.  No sé si era habitual o no, pero en una ocasión contactaron telefónicamente desde el plató con el colegiado que había dirigido un partido con decisiones polémicas. Los invitados después de ver la jugada coincidieron en el error arbitral, decisivo para el resultado final de ese choque.  Pues bien,  a pesar de que las imágenes repetidas una y otra vez delataban el fallo arbitral, el protagonista de la decisión no asumió el error, manteniéndose firme en el acierto de su decisión. Y es que cuesta, y mucho, reconocer los errores máxime cuando por culpa del mismo se perjudica a otros.

Tú y yo no queremos ser jugadores o árbitros de fútbol antipáticos por no reconocer errores propios; en todo caso -ya ves que no abandono el hilo futbolístico-, nos identificaremos más con esos entrenadores que en las ruedas de prensa reconocen ser los únicos culpables de la derrota de su equipo por los desaciertos en la dirección técnica. Es incuestionable: en la vida obramos con aciertos, pero también actuamos con fallos. Somos así de imperfectos. Rectificar es de sabios, dice el refrán; y yo añado, y de humildes. Solo desde la humildad se pueden asumir los desaciertos. Unas veces seremos nosotros quienes lo percibamos y otras serán otros quienes nos lo harán ver. 



Para practicar esta obra de misericordia es primordial reconocernos personas sujetas a errores. Y cuando se hace entre cristianos, se llama corrección fraterna. A ella vamos. Si no has oído hablar de la corrección fraterna ésta puede ser la mejor ocasión para introducirte en esta práctica. Es una herramienta que los cristianos utilizamos para ayudar a otros en el camino de la santidad. A veces por desconocimiento o amor propio no somos capaces de reconocer defectos personales, y es a través de otras personas cuando descubrimos que hay algún aspecto negativo que necesitamos pulir. 

Antes de corregir es conveniente preguntarnos la motivación de esa corrección. ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo hace por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente (1). Debemos actuar mostrando que nace de la caridad del amor a Dios, para que aquél quien la recibe descubra que es para su provecho personal.


Jesucristo la ejerció con sus discípulos en numerosas ocasiones, como muestran los evangelios, convirtiéndose en costumbre a lo largo de la historia de la Iglesia. Somos miembros de una familia y necesitamos unos de otros para orientarnos en la peregrinación por esta tierra, a la vez que ejercitando esta obra mostramos la caridad que nace del amor a Dios. Es un ejercicio de caridad y una exigencia grave para un cristiano, por cuanto puede estar en juego la felicidad eterna de un hermano en la fe. No es buena determinación incurrir en omisión o respetos humanos para evitar una corrección fraterna. De ser así mostramos falta de interés por la santidad personal de los cristianos más próximos, cuando la aptitud más elemental exige ser colaboradores en cualquier circunstancia. San Agustín nos advierte de la falta grave que supone su omisión: "Peor eres tú callando que él faltando"(Sermón 82,7).



Naturalmente que si estamos en situación de practicar la corrección fraterna  es indispensable examinarnos de si también nosotros podemos estar cometiendo esa falta; en cualquier caso, sí es preciso reconocernos que estamos llenos de miserias por la debilidad de la misma naturaleza. El Espíritu Santo es quien debe ayudarnos para hacerla con sentido sobrenatural, pidiendo opinión si fuera posible a quien más experiencia tenga en estas cuestiones, y, sobre todo, rezando por la persona a quien vamos a corregir. Una buena petición puede ser ésta: " Jesús, ¿cómo actuarías con esta persona en esta circunstancia?". Cumpliendo debidamente con este deber el alma debe quedar con gozo y paz de hacer lo que el Señor nos enseñó a realizar. Dicho por un santo contemporáneo: "La práctica de la corrección fraterna -que tiene entraña evangélica- es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives"(2).

Si somos receptores de una corrección fraterna debemos reconocer que es para  provecho personal. Deberíamos mostrar agradecimiento a esa persona, sentido sobrenatural para percibir que ha sido el Señor quien nos ha querido corregir y determinación para que, con la gracia de Dios, podamos luchar para vencer. Si es así como actuamos, tranquilos, vamos bien:Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la admite, va por falso camino (Pro. 10, 17). 

Hay que ser sinceros y asimilar que el error forma parte de nuestra vida; por supuesto que también los aciertos. Pero, mira, un error corregido en el presente se convierte en acierto para el futuro. Esta es una conclusión muy positiva que tal vez pueda ayudarte para huir del error de creer que nunca te equivocas. ¿Estamos? La vida para los demás será más plácida si reconoces con naturalidad los fallos. Si no lo haces puedes convertirte en uno de esos jugadores-estrella de fútbol que se ganan tantas antipatías por creerse más de lo que son: personas como tú y como yo.

Hoy concluye el Jubileo de la Misericordia, pero no te preocupes si tu corazón está inquieto y necesitado de perdón: "Se cierra la Puerta Santa, pero sigue abierta la puerta de la misericordia, el Corazón de Cristo"(3).



(1) San Agustín, Sermón 82, 4.
(2) San Josemaria Escrivá de Balaguer, Forja, n. 566.
(3) Papa Francisco, homilía de la Misa de clausura del Jubileo de la Misericordia


              

domingo, 6 de noviembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES: Aconsejar al que lo necesite (II)



No sé si en alguna ocasión habrás recapacitado sobre la muerte de Juan el Bautista. Siempre que la leo me parece muy significativa.  El considerado por el Señor más que un profeta, el mensajero, el mayor entre los nacidos de mujer, fue decapitado por mandato de Herodes el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodias, esposa de su hermano Filipo, por reprocharle una conducta inmoral: tenerla como amante.

Parecida reacción tuvo Enrique VIII con el Canciller del Reino, Tomás Moro, al conseguir con sobornos y presiones la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, para desposarse con Ana Bolena. Imagino la claridad en la exposición de los argumentos de Tomas Moro ante el rey, para, posteriormente, negarse a firmar el Acta de Sucesión y de Supremacía en la que Enrique VIII se proclamó Cabeza de la Iglesia Anglicana y la independencia de Roma. Le costó la cárcel y morir decapitado.


Ciertamente que estos dos ejemplos pueden resultar extremos. Más que consejos podríamos considerarlos denuncias; pero reprochar públicamente comportamientos inmorales es el segundo paso que se da después de haber dado el primero: dar el consejo oportuno en beneficio del responsable de la transgresión y del bien común.

El pulso entre Iglesia y Estado no pierde arraigo con el paso de los siglos. Es frecuente que el poder critique a la Iglesia acusándola de interferir cuando se pronuncia sobre temas concretos y controvertidos de carácter temporal. Políticos y gobernantes de turno entienden que por tratarse de cuestiones seculares la Iglesia debe callar.  Así temas como el divorcio, el aborto, la fecundación in vitro o el matrimonio entre homosexuales, donde la Iglesia tiene un claro pronunciamiento público, ha originado  severas críticas por quienes entienden que es inmiscuirse en las tareas de gobierno.

Y, sin embargo, la Iglesia no hace más que llevar a cabo lo ordenado por Jesucristo: Lo mismo que Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo (Jn. 17,18). Y si formamos parte del mundo, debemos impregnarlo con el espíritu evangélico. El Concilio Vaticano II definió claramente las directrices de la Iglesia en la misión evangelizadora: "La Iglesia tiene el derecho y el deber de enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas"(1).

Es encomiable estar al día sobre los documentos que la Iglesia publica, para estar al tanto del Magisterio en lo que respecta a cuestiones que afectan a la sociedad. Pero no debemos pararnos en conocer; es preciso actuar. El mundo necesita escuchar a la Iglesia a través del testimonio de sus hijos para despertar el sentido moral del que adolece. Piensa en el ámbito de tu vida cuando se abordan -frecuentemente con acentuada ignorancia- temas de actualidad. ¿Opinas con criterio? ¿Callas por no saber tener respuesta? ¿Prefieres el silencio para no emitir tu parecer? Si es así estamos -también yo me inscribo en estas omisiones- incumpliendo el mandato de Jesús. El Papa Francisco en la Plaza de San Pedro preguntaba a los fieles después de rezar el Ángelus, el domingo 9 de febrero de 2014, si querían ser lámparas encendidas o apagadas. Y después de escuchar la respuesta, concluyó: Precisamente Dios nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámparas encendidas! Esta es la vocación cristiana. Tu vocación y la mía.


Juan el Bautista o Tomás Moro no obraron por gallardía o por aguerrido ímpetu. Actuaron ejemplarmente gracias a la fuerza interior de un aliado excepcional: el Espíritu Santo. Sabes, y si no te lo recuerdo, que derrama siete dones sobre el alma, y que uno de ellos es el de consejo. Podrás preguntarme cómo, y te remito a las enseñanzas del Papa Francisco: El consejo es entonces el don con el cual el Espíritu Santo vuelve capaz a nuestra conciencia de tomar una decisión concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su evangelio (2). A veces podremos recibir el consejo en una moción, recibida de Dios directamente al alma, pero en otras muchas será a través de otras personas que el Señor pone en el camino. Es verdaderamente un don grande poder encontrar a hombres y mujeres de fe, que especialmente en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayuden a hacer luz en nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor (3).

La ejemplaridad en el modo de vivir es faro que puede orientar a los que te rodean. Tú eres el capitán de tu vida, pero hay muchos que navegan junto a ti que necesitan una brújula para orientarles. Háblales, aconséjales con cariño y respetando siempre la libertad de elección, pero preocúpate de sus vidas porque serás de esas personas de las que Dios se vale para decirles lo que a veces no están dispuestos a escuchar. Tal vez terminarán por agradecértelo. Se habrá cumplido la escritura bíblica: Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; más el hombre entendido lo alcanzará (4).

(1) Constitución Gaudium et spes, 76
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 7 de mayo de 2014.
(3) Ibídem
(4) Proverbios 20, 5.