sábado, 10 de septiembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Visitar a los presos (VI)



Esta mujer que ves en la fotografía que abre este post se llama Asia Bibi, tiene 37 años, casada, madre de cinco hijos y cristiana pakistaní. El 8 de noviembre de 2010 fue condenada a la horca por blasfema contra el profeta Mahoma. ¿Cuáles fueron los hechos que se le imputaron? Asia Bibi trabajaba en el campo hasta que un día se acercó a un pozo a beber agua. Una vecina gritó que esa agua era de las mujeres musulmanas y la estaba contaminando. A consecuencia de la discusión surgió una acusación: ¡blasfemia! Tras recibir una paliza la encarcelaron. Su familia tuvo que abandonar el pueblo donde vivían. Dos hombres, el gobernador de Pendjab, musulmán, y el ministro de las Minorias, cristiano, intentaron ayudarla; los dos, ya no viven, fueron asesinados.

Algunas asociaciones humanitarias han promovido campañas pidiendo clemencia. Su abogado ha presentado diferentes recursos que hasta el momento ha paralizado la ejecución. El Papa Benedicto XVI pidió su libertad. Su marido y sus hijos han tenido audiencia con el Papa Francisco. En 2012 se publicó bajo el título "¡Sacadme de aquí!", un libro denuncia escrito por la periodista Anne Isabelle Mollet. En la segunda semana de octubre se celebrará ante la Corte Suprema de Pakistán la audiencia para revisar el caso. Es un ejemplo de que el drama de Jesús, injustamente hecho prisionero y ajusticiado, sigue vigente en el mundo. Actualmente en varios países muchos hombres y mujeres cumplen condenas por ser cristianos, por no abjurar de la fe, dando testimonio de una fortaleza interior que solo Jesucristo puede otorgarles. Tú y yo no podemos visitarles -hay casos en los que resulta imposible para los propios familiares- pero espiritualmente sí podemos hacerlo, acordándonos todos los días de ellos, pidiendo para que el calvario que padecen termine y sirva para avivar y renovar la fe de la Iglesia, la de todos los cristianos.

También hay hombres y mujeres encarcelados por sus ideas políticas -más de los que nos creemos-, mientras los gobiernos de esos países son mundialmente aceptados y reconocidos por todas las instituciones internacionales. Se manifiestan públicamente, reivindican libertades democráticas, claman contra los derechos conculcados y terminan detenidos, juzgados y encarcelados. No son jóvenes soñadores de utopías irrealizables ni solitarios idealistas; son padres de familia, trabajadores, políticos que anteponen las reivindicaciones a la comodidad de asentir a un sistema que no respeta los derechos fundamentales de las personas. Son los justos que no encuentran justicia, los pacíficos engullidos por quienes no quieren escuchar.

Existen presos llamados comunes, cumpliendo condenas después de ser sentenciados con todas las garantías legales que han cometidos delitos castigados con prisión. No han sido perseguidos por creencias religiosas o ideológicas, son delincuentes a los que vemos justamente castigados por los daños causados en muchos casos, por desgracia, por crímenes contra las personas. Hay acciones criminales tan reprobables que humanamente es difícil ser clementes con sus autores. Pero párate a pensar en el Viernes Santo. Jesús crucificado junto a dos ajusticiados. El delito cometido tenía que ser muy grave -posiblemente ocasionarían la muerte de otras personas- para castigarles con la muerte en la cruz. Dimas, el buen ladrón, reconoce su delito y  pide al Señor que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Y Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (S. Lucas, 23, 39-43). El alma de este ajusticiado, al que muchos conciudadanos romanos o judíos, ¿quién sabe?, podrían razonablemente detestarle, entra en el Cielo el mismo día que entrarían tantas y tantas almas de justos.

Sea el delito que sea, el denominador común entre la población reclusa es el mismo: adolecen de la libertad, que es el mayor don que nos han concedido el Creador. La misericordia también tiene que alcanzar a las prisiones, también a los peores criminales; nadie puede quedar excluido cuando el corazón estalla de dolor como el de Pedro después de renegar de su Maestro. Por eso, el Papa Francisco ha querido que puedan ganarse indulgencias en las capillas de las prisiones y cada vez que atraviesen las puertas de sus celdas. Porque "el jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinadas a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo, han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta" (1).

Te propongo para terminar este post un propósito. Es como un juego. ¿En qué consiste? Haz de víctima. Déjate robar lo más preciado que tienes, el corazón, que es donde albergas sentimientos, proyectos, ilusiones, lo mejor de ti mismo, por un ladrón. Ese ladrón, es Jesucristo. Si le persigues y le descubres cambiarán las tornas: Él te devolverá el corazón a cambio de que se convierta en una celda para no dejarlo escapar. Así se convertirá en reo de tu vida. 


Posiblemente Dios no te pida nunca pasar a un centro penitenciario, pero si quieres visitar a un preso, no tienes más que pasarte por una iglesia y divisar el sagrario. Allí tienes al Prisionero de tu amor. Pídele ser valiente y decidido: pon tu libertad, ese don que Dios te ha regalado, al servicio y entrega del Amor. Serás verdaderamente libre.


(1) Carta del Santo Padre Francisco  con ocasión del jubileo extraordinario de la misericordia. 1 de septiembre de 2015.



domingo, 4 de septiembre de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Visitar a los enfermos (V)


El principal enemigo del bienestar físico y psíquico del ser humano es la enfermedad. El progreso y la ciencia, la investigación y el estudio, han conseguido profundos logros para la salud, pero seguimos supeditados a la implacable predisposición a enfermar, si bien hay que decir que se padecen enfermedades actuales contraídas a consecuencia de hábitos contrarios al cuidado de la salud. Se han vencido muchas enfermedades gracias al progreso de las ciencias y, sin embargo, otras aparecen sin que puedan descubrirse tratamientos y terapias que puedan vencerlas. Se ganan batallas, pero la batalla final no llega. El género humano sigue siendo presa fácil de enfermedades.

Repasando el Nuevo Testamento -más que repasar te invito a leerlo unos minutos al día, y así me uno a ese santo deseo del Papa Francisco- se aprecia la especial atención y predilección de nuestro Señor Jesucristo por los enfermos. Cojos, lisiados, sordos, mudos, ciegos, leprosos, hombres y mujeres arrastrando enfermedades desde nacimiento le seguían para curarse de sus dolencias. Algunos no hacía falta que se lo pidieran, bastaba con que el Señor se cruzara con ellos.

También hoy el hombre recurre a Dios, sobre todo en enfermedades graves que pueden hacer peligrar seriamente la salud. Es una constante en el ser humano. La enfermedad desvela la fragilidad de la naturaleza, el recurso a implorar la salud hilvana la relación del hijo con el Padre, perdida, en muchos casos, por considerarle prescindible para seguridad de su existencia.

Lo cierto es que ante un enfermo, bien sea pariente, amigo, conocido o vecino, un cristiano debe ir en su busca allí donde esté. ¿Con qué medios iremos? El Papa Francisco los precisa: Cómo quisiera que, como cristianos, fuésemos capaces de estar al lado de los enfermos como Jesús, con el silencio, con una caricia, con la oración (1). No hace falta más. Acompañarle, darle consuelo, cogerle una mano, rezar por él y por su familia es suficiente para vivir esta obra de caridad. Así también estamos cercanos a Jesús que sufre con cada enfermo, y salimos a su encuentro como la Verónica para limpiar su rostro, para convertirnos en buen samaritano que se acerca a quien, tal vez sin pedirlo, necesita compañía y apoyo anímico y espiritual. Hemos de ser, en fin, portadores del Evangelium Vitae, del Evangelio de la Vida al que dedicó san Juan Pablo II una Carta Encíclica en 1995.

Podemos confiar, y mucho, en el personal sanitario que trata y cuida al enfermo allegado hospitalizado, del anciano impedido en una residencia de ancianos, en quien se encuentra solo en casa asistido por personas cualificadas, pero Ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la iniciativa humana, cuando trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno (2). Hay mucho dolor en el mundo y faltan muchos buenos samaritanos, que alivien las heridas a veces ocasionadas no tanto por la enfermedad, sino por el olvido.

Siempre debemos pedir por el enfermo para sanar. Hay circunstancias en las que imploramos al Señor cuando es notorio que la medicina no puede hacer más. A Dios no le importa que en situaciones límite nos acordemos de Él para salvar la vida de la persona por la que intercedemos, para que se produzca el milagro, la curación de la dolencia. La oración de petición, aunque no se obtenga el resultado esperado, siempre es agradable al Padre y es para nuestro beneficio: aceptando su voluntad nos convertimos en hijos confiados.

Es una agradable coincidencia que este post referido al cuidado y atención por los enfermos sea colgado en la red hoy 4 de septiembre, día en que la Madre Teresa de Calcuta  ha sido declarada santa por la Iglesia. Se cumple en ella el axioma de la esperanza: Dios hace a los santos y la Iglesia los declara. El milagro reconocido para la proclamación solemne de su santidad, se produjo en el año 2008. Un hombre brasileño se encontraba en fase terminal por graves problemas cerebrales, su mujer rezó a la beata y cuando el cirujano entró en el quirófano para intervenirlo se lo encontró sentado, asintomático y despierto. El milagro reconocido para la declaración de beata ocurrió en 1998. Una mujer, Mónica Besra, curó de un tumor en el abdomen después de que una de las hermanas que la cuidaba colocara sobre su vientre una estampa de la Virgen María que había estado sobre la túnica de Madre Teresa. 

Si repasáramos el santoral, y buscáramos el proceso de cada uno de los beatos y santos declarados por la Iglesia, reconoceríamos el poder intercesor de los santos y la misericordia de Dios. En la gran mayoría de procesos donde la Iglesia declara solemnemente la santidad de sus hijos para devoción pública y ejemplo a seguir de virtudes cristianas, se encuentra un milagro consistente en la curación científicamente inexplicable de una grave enfermedad.

Rogar a Dios por la salud, queda claro, es, diríamos, de obligado cumplimiento. Nada puede objetarse a quien lo hace. ¿Hay algún cristiano que a lo largo de su vida en ocasiones puntuales no lo haya hecho? Es necesario. Forma parte de esta obra de misericordia. Y aunque dentro de tu entorno no tengas ningún enfermo de quien ocuparte, reza y pide por los enfermos, por la salud de sus cuerpos y de sus almas.

Sí, de sus almas, porque qué decir del alma del enfermo. ¿Pedimos con tesón por la salud espiritual de aquélla persona que su vida corre peligro?  Nos afanamos mucho en que el ser querido vuelva a gozar de salud; pero sin olvidar que para el alma también hay tratamiento, y siempre eficaz: el sacramento de la Unción de Enfermos. El punto 319 del Compendio de la Iglesia Católica dice: “El Sacramento de la Unción confiere una gracia particular, que une más íntimamente al enfermo a la Pasión de Cristo, por su bien y por el de toda la Iglesia, otorgándole fortaleza, paz, ánimo y también el perdón de los pecados, si el enfermo no ha podido confesarse. Además, este sacramento concede a veces, si Dios lo quiere, la recuperación de la salud física. En todo caso, esta Unción prepara al enfermo para pasar a la Casa del Padre”.

En los tiempos actuales es triste conocer que muchos hijos se desentienden del alma de sus padres en la etapa final de la vida. Hay ignorancia, no lo dudo; pero también indiferencia. Hace años los padres bautizaban a sus hijos, bien por costumbre o por creencia firme, para abrirles las puertas de la Iglesia; y ahora, en las postrimerías de la vida, prescinden de un sacramento que les abre las puertas del Cielo. Siempre que podamos, con prudencia y precisión, aconsejemos la administración de este sacramento, bien al propio enfermo directamente o a los familiares. El Señor siempre está dispuesto a derrochar misericordia en el trance final, y la Virgen María a interceder para la salvación del alma. Nada importa más.

Nada mejor que terminar este post con este  tuit del Papa Francisco sobre la flamante santa Madre Teresa de Calcuta: "Imitemos a la Madre Teresa que ha hecho de las obras de misericordia la guia de su vida y el camino a la santidad". El mismo camino que Dios ha trazado para tí y para mí.



(1)  Papa Francisco, en el Hospital Pediátrico Universitario de Prokocim (Cracovia), el 29 de julio de 2016.
(2)  San Juan Pablo II,  Carta Apostólica Salvifici doloris, 29









viernes, 19 de agosto de 2016

Dos madres en el Cielo


Decía el Papa Benedicto XVI en la homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, en el año 2005, que en este día festejamos que tenemos una madre en el Cielo. Es una demostración del inmenso amor de Jesús por María. No podría ser de otra manera: el Hijo de Dios quería tener en cuerpo y alma a su Madre, una vez cumplido el tránsito del mundo terrenal al celestial. No quería únicamente estar con el alma de su madre; también deseaba tener cerca el cuerpo que le dio la existencia humana, el vientre que le llevó, los pechos que le amamantaron, los brazos que le acogieron, la sonrisa que tanto esperaba. Nada extraño que la Santísima Humanidad de Cristo quisiera lo mejor para María. Era perfecto Dios y también perfecto hombre. Un hijo agradecido a su madre.

Fue el Papa Pio XII quien proclamó el Dogma de la Asunción el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentissimus, declarando que “terminado el curso de su vida terrenal fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”. San Juan Pablo II exponía en una de sus homilías propias de esta fecha que “María Santísima nos muestra el destino final de quienes ´oyen la palabra de Dios y la cumplen´ (Lc. 11,28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial”.

Cielo. ¿Cuántas veces pensamos los cristianos que el objetivo por el que vivimos, o debemos vivir, está cruzando el umbral de la muerte? ¿Nos detenemos, amiga y amigo mío a pensar qué nos aguarda una vez que Jesús ha vencido a la muerte? Sí, ciertamente es complicado imaginarse el Cielo.  Estas palabras de Benedicto XVI nos pueden ayudar: “Hoy todos somos conscientes de que con el término ´cielo´ no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido. No. Nos referimos a algo mucho mayor y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con este término ´cielo´ queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros, no nos abandona ni siquiera en la muerte y más allá de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros”.

Con esta esperanza debió irse mi madre el pasado día 3. A sus 88 años se le juntaron las prisas -como suele decirse en mi pueblo- y “decidió” que había  llegado el momento de partir hacia la eternidad. Cuanto antes mejor.

Fue preparándose discretamente para entrar en la Casa del Padre y descubrir que hay una vida mejor, y para siempre, a pesar de “no haber vuelto nadie para contarlo”, como graciosamente recordaba que le decía su madre, cuando se albergaban dudas  de fe.  No quiso desvelar a sus hijos que intuía estar en las postrimerías de la vida (terrena). Tal vez ella misma pedía ya el adiós.  

Su confidente fue una mujer -una excelente mujer-, quien una vez por semana iba a limpiar el piso de mi hermano donde vivía. Se sentaba cerca de ella y mientras hacía las faenas de la casa y le daba conversación, abría el corazón a su confidente, y le contaba lo que su buena cabeza recordaba y su corazón le pedía.

Y junto a esta buena mujer otro confidente, el párroco de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Tomelloso, quien ha ejercido de pontífice desde que dejó de ir a Misa por no poder tirar de sus piernas y por el dolor “tonto” de la espalda, como llamaba a las molestias diarias por el desgaste de una de sus vértebras. Él era ese puente entre Dios y mi madre, el confidente espiritual con el que “hablaba de la vida” antes del momento álgido de la visita de los viernes: recibir la Comunión, y cuando el alma estaba más en carne viva el sacramento de la Reconciliación.

Un día antes del fallecimiento, el capellán del hospital de Tomelloso le administró la Unción de Enfermos. Rezamos con ella y por ella. Agradeció al joven sacerdote haberla visitado a última hora de la mañana, estando ya de vacaciones. No hubo dudas para el momento. Mi madre tenía todavía la capacidad mental suficinte para percibir que estaba recibiendo el Viático, el óleo santificado que se administra para fortaleza del enfermo ante el previsible y próximo trance de la muerte.

Pudo despedirse de la única hermana que vivía “gracias” a que mi prima decidió llevarla a urgencias para tratarse la herida en una pierna, sin saber todavía que su tía estaba ingresada, y que a pesar de la distancia de una y otra a lo largo del año surgió la ocasión de despedirse. Su hermana tirándole besos con la mano y mi madre despidiéndola con la mano levantada y soltándole un piropo: la llamó guapa.

Pero llevó una cruz. Llevaba nueve años cargando con ella. Solo ella sabía lo que pesaba. Una cruz que llevó en silencio. Rencores apagados con serenidad. Olvidos ajenos recobrados con recuerdos. Paz ante el desaliento. Podría haberse bajado de la cruz, agarrada a enojos y agravios que a la larga conducen a morder el polvo del odio. Pero no. Dios tenía otro plan, más divino. Ese silencio que viven las almas que están en sintonía con Dios. Como vivió el Siervo de Dios Ismael de Tomelloso en su corta vida y a la hora de la muerte. -“¡Madre mía del Pilar, sálvame!¡Dios mío, misericordia!¡Sagrado corazón de Jesús, en Vos…!”; y expiró el 5 de mayo de 1938. Mi hermana recuerda que las últimas palabras que pronunció con nitidez eran también oraciones.

Mi madre se ha ido a comienzos del mes de agosto, para no alterar las vacaciones de sus hijos y nietos. ¡Qué bien le han salido los planes! Detalles para no perjudicarnos. Como cuando la garrafa se llenaba del agua que en verano destila el aparato del aire acondicionado. Últimamente apagaba el aparato del aire para no llamar a mi hermano y tener que molestarse en tener que vaciar la garrafa.

Ana María ha partido en el Año Santo de la Misericordia. Perdonando, seguro estoy, a toda persona a la que podría haber hecho daño a lo largo de su vida. Seguro que hasta setenta veces siete. Dando buena cuenta del Padrenuestro: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...  Oía a diario Misa de lunes a sábado por televisión, y los domingos dos, el Rosario no faltaba a la tarde y por la noche  sus oraciones acostumbradas antes de  dormir. Ha estado siguiendo los actos retransmitidos de la Jornada Mundial de la Juventud y acordándose que una nieta estaba participando del encuentro de los jóvenes con el Papa Francisco.

Estoy convencido que la infinita misericordia de Dios mostró nada más morir complacencia con su alma. Muchas personas han rezado por ella. Y siguen rezando. Sacerdotes amigos ya han ofrecido sufragios por su alma.  Novena terminada en el Asilo de los Ancianos Desamparados de Tomelloso. Allí donde tanto ayudó en tareas domésticas. Su vida ha estado impregnada de mucho bien. Ha muerto con paz y en paz. Rostro sereno. Semblante apacible. La despedida, la misma que la que hice con mi padre: beso en la frente y un ¡nos vemos en el Cielo!




Se acabaron las conversaciones telefónicas diarias. El intervalo de las 9 a las 9.30 de la noche se me hace extraño. Era la hora fijada para hablar con ella. Ese detalle diario ya no es efectivo. No hace falta. La compensación es mejor: a partir de este año podré  celebrar en la fiesta de la Asunción de la Virgen María, que tengo dos madres en el Cielo. 

Te dejo este video con las intenciones del Papa Francisco para este mes de agosto. Como verás son muy olímpicas.






lunes, 25 de julio de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Vestir al desnudo (IV)


Época de rebajas. Tiendas que ofrecen los mejores descuentos en vestidos, trajes, pantalones, camisas, faldas, zapatos... Propaganda masiva en medios de comunicación. Slogans impactantes: "¿va a dejar pasar esta oportunidad?", "¡aproveche las rebajas!, ",¡llevése dos y pague uno!", "¡ser felíz cuesta muy poco!". Resultados: nos gastamos más de lo esperado; en los armarios y zapateros se acumulan prendas y... ¿qué hacemos con lo que nos sobra?Tratamos nueva obra de caridad corporal: vestir al desnudo.

Según el informe El sector textil y el gasto de prendas de vestir en España, publicado por la EAE Business School, cada español se gastó en ropa 508 euros de media en 2014. Si esta página es visitada por algún internauta noruego o sueco, le daré una información tal vez desconocida para él: Noruega y Suecia están a la cabeza en cuanto a gasto por persona, con una media de 1246 y 941 euros respectivamente.

Me alegra saber que una importante empresa textil apostará pronto por el reciclaje de ropa, zapatos y complementos que ya no usen sus clientes, en colaboración con entidades sociales. No será una novedad porque ya existen asociaciones con objetivos altruistas, que a través de contenedores que instalan en las calles, recogen ropa usada para darle un fin social, financiando proyectos para impulsar el desarrollo social en otros países menos desarrollados. Sin ir más lejos Cáritas también tiene campañas destinadas a dar el mejor uso posible a las prendas usadas.

El caso es que hay vías para dar utilidad a esas prendas que guardas en tu armario y que forman parte de un pasado, tal vez demasiado inmediato, pero  que al fin y al cabo no hacen más que ocupar espacio. Puede ser una buena ocasión para plantearte, que con una pizca de generosidad podemos vestir a quien carece de medios económicos.


Y si piensas que tu aportación puede ser mayor te propongo una opción más: dedicar una parte del presupuesto destinado a vestirte para comprar ropa a personas necesitadas. Así también podrán tener oportunidad de cortar una etiqueta y estrenar una prenda quienes nunca lo han hecho. De este modo comprarás menos  para ti y gastarás más para otros.

Los cristianos no estamos ajenos a este peligro. Fácilmente -casi sin darnos cuenta- nos abocamos al consumismo textil. Diariamente pasamos por escaparates donde los ojos se fijan tanto en prendas, que sin ningún esfuerzo para la imaginación nos vemos ya vistiendo como el maniquí. Marquesinas de autobuses, vallas publicitarias, carteles en Metro, son como otros escaparates donde no hace falta que te detengas para "revestirnos" sobre la marcha. Y qué decir de los "días de oro" y las "semanas fantásticas" de grandes almacenes. Ya forman parte de nuestro calendario anual.

Debe haber un gusto por vestir bien, lo afirmo rotundamente, porque tener buena presencia es una forma de exteriorizar lo que vivimos interiormente; el decoro de nuestra ropa es manera de considerar la importancia que para nosotros tiene la convivencia con el prójimo; pero, sin incurrir en excesos que pueden dar motivo a ser considerados -y con razón- altivos y presuntuosos.

Un medio -el más penetrante para un seguidor de Cristo- para superar con éxito -con lucha, por supuesto- los embates del consumismo está en una mirada, en una contemplación: Jesucristo crucificado. Nos aleja de presuntuosas miradas hacia escaparates y espejos. Clavado a un madero está despojado de sus vestiduras. Para llegar a Dios, Cristo es el camino; pero Cristo está en la Cruz, y para subir a la Cruz hay que tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra (1). 




San Martín de Tours, patrono de la Guardia Suiza Pontificia y de la ciudad de Buenos Aires, fue un asceta, un hombre de oración, que vivió en el siglo IV.  Siendo aún militar, y todavía catecúmeno, al entrar en la ciudad norteña francesa de Amiens, encontró a un mendigo sin ropa, casi helado. Con su espada cortó la capa que le cubría y le dio la mitad al pobre mendigo. La devoción a esta acción caritativa recobró mucha fama. El medio manto de San Martín de Tours fue guardado en una urna y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Los devotos cuando iban a visitarla decían: "Vamos a orar donde está la capilla", que en latín significa medio manto. Si frecuentas capillas, te será provechoso recordar el sentido etimologico de este sustantivo , que sirve para definir un lugar pequeño para hacer oración.


Pero la riqueza sobrenatural de este gesto llegó al día siguiente, cuando  el Señor se le apareció a este santo húngaro y le agradeció su generosidad con Él. El Señor no iba de farol cuando enseñaba a sus discípulos que la caridad que ejerzamos con el prójimo, será la principal medida para juzgarnos  (Mateo 25, 31-46). Este agradecimiento es clara muestra.

El Papa Francisco tiene esta especial sensibilidad evangélica con los pobres: “Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, qué es esta pobreza, la pobreza del Señor”. Y a esa carne de Cristo hay también que vestirla. No puede haber relación más directa: El mejor modo de mostrar el amor al Señor es demostrar que hacemos obras de caridad con el prójimo. 

No podemos terminar este post sin hacer referencia especial al Papa Francisco y a la Jornada Mundial de la Juventud, que se va a celebrar en Cracovia en esta misma semana. Debemos escuchar y leer todo cuanto diga a los jóvenes, porque tú y yo debemos sentirnos jóvenes para estar cerca de los jóvenes en Polonia, e irradiar ese espíritu jovial, que el mundo necesita.

Para que puedas ir "EM-PA-PÁN-DO-TE", te dejo este video antesala de estos próximos días, para vivir una nueva JMJ, la de 2016, en la tierra donde nació san Juan Pablo II, principal precursor de este encuentro de jóvenes de los cinco continentes. Convéncete en que serán días que el Espíritu Santo no cesará de clamar.


(1) Via Crucis, Décima estación, San Josemaria Escrivá de Balaguer
(2) Vigilia de Pentecostés,  18 de mayo de 2013



domingo, 26 de junio de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Dar posada al peregrino (III)


Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno. Hubo tarde y hubo mañana: día sexto (Génesis, 1,31). Dios inventa de la nada el hábitat natural para que hombre y mujer reciban el "aliento" divino, para gozar de la vida y del bien que proviene de Dios (Génesis, 2.4-7; 16-25). El Paraiso terrenal fue la primera casa, el primer hogar, donde empezó la convivencia entre nuestros primeros padres. Dios se recrea con su obra. Se "asombra" de la perfección infinita, de la belleza sublime de un mundo, de una tierra destinada para la felicidad de sus criaturas.

El 11 de noviembre de 2011 se dieron a conocer las siete maravillas naturales del mundo, un concurso que partió del suizo Bernard Weber, fundador de la empresa New Open World Corporation (NOWC). Un panel de expertos eligió 28 finalistas de las 454 nominadas en el primer proyecto, y tras votación abierta controlada por la página web relacionada con la marca, las elegidas fueron las siguientes: Montaña de la Mesa (África), Cataratas del Iguazú y Amazonas (América del Sur), Bahía de Halong, Isla Jeju,  Parque Nacional de Komodo y Río Subterraneo de Puerto Princesa (Asia). Las siete han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. 

Probablemente no hayas visitado ninguna de ellas; o tal vez sí. Al menos a través de internet te invito a contemplarlas y percibir esas señas de identidad del Creador.  Pero te lo pongo más fácil y natural. Descubre un amanecer, observa un atardecer, levanta la mirada en una noche estrellada, descubre la inmensidad del mar, escucha el afinado canto de un ruiseñor o huele el aroma de un lirio, y te dejarás llevar por ese misterio que hará preguntarte: ¿de quien parte tanta belleza? Arthur Compton (1892-1962), premio Nobel de Física en 1927, fue uno de tantos científicos que se rindieron ante la sublimidad del orden e inteligencia del cosmos: "Para mí, la fe comienza con la comprensión de que una inteligencia suprema dio el ser al universo y creó al hombre". 

Una creación perfecta, un paraiso terrenal. Una libertad perfecta para hombre y mujer indispensable para amar al Creador por encima de todas las cosas. Pero viene la caída. En el capítulo 3 del Génesis aparece la tentación. La serpiente induce a Eva no solo a tocar sino a comer del árbol que está en medio del jardín para ser conocedores del bien y del mal, para ser como Dios (2-5). Queremos ser como Dios, la criatura se revela ante el Creador, siente sentirse capacitada para imponer cuál es el bien y el mal.  La naturaleza también sufre el relativismo en el que el ser humano vive: contaminación de mares y atmósfera, deforestación, calentamiento de la tierra, extincion de especies animales... La casa común donde vivimos es presa de ese determinismo tecnológico irrespetuoso con las leyes de la naturaleza que, por otra parte, el hombre no las ha ideado; le han sido dadas.

Otra fecha. El pasado día 20 se celebró el Día Mundial de los Refugiados, coincidiendo con el aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. Según datos de ACNUR (Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados)  el número de personas desplazadas por las  guerras, violencia, persecución y violación de los Derechos Humanos alcanzó en 2015 la cifra de 65,3 millones de personas, 5,8 millones más que en 2014, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Entre estos millones de desvalidos, muchos cristianos que han dejado sus casas y huyen de la tierra que vio nacer a Jesucristo. Al igual que el Maestro no tienen donde reclinar la cabeza (Mt. 8,20). Otros han dejado sus vidas, han derramado su sangre hasta el martirio. Hasta tal punto llegan los odios, persecuciones, violaciones, matanzas indiscriminadas, que el pasado 4 de febrero el Parlamento Europeo reconoció el genocidio cometido sobre minorias religiosas, especialmente entre la población cristiana por quienes odian la religión del amor y el perdón, de la misericordia.


Surgen esas preguntas que desde muchos areópago modernos se formulan para mostrar que la unica explicacion es que el hombre está solo. ¿Es que Dios se ha olvidado del mundo tan perfecto creado? ¿Ha abandonado al correr de su suerte a su criatura? En la homilia de san Juan Pablo II al comienzo de su pontificado hacía esta petición de acogimiento a Cristo: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!...Abrid a su potestad salvadora a los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Solo Él lo conoce!"

La muestra de que Dios sigue al lado del hombre es que buscó cobijo en el seno de una mujer, se hizo uno más entre nosotros y derramó su sangre para redimirnos del pecado y abrir las puertas de la Casa eterna del Padre. Somos huéspedes de esta casa común, peregrinos en busca de la morada eterna. No. Dios no abandona, no olvida; el hombre es su criatura preferida. El alejamiento entre el hombre y Dios, la violencia del hombre con la naturaleza y contra su propia existencia es consecuencia del rechazo de la criatura al Creador.  

Jesucrito ayer y hoy sigue llamando a las puertas de los corazones de todos los hombres, ¡de toda la humanidad! No hay otro camino: el mundo será la casa común de todos los seres humanos cuando abramos de par en par las puertas a Cristo. Y los cristianos somos quienes primero debemos tomar la palabra. Solo entonces seremos hospitalarios. Ofreceremos lo que tenemos, una vez derribado el muro del egoismo, y abriremos las puertas de nuestras casas, de nuestros hogares, de nosotros mismos para ofrecer lo que tenemos: Jesucristo.


Eileen Egan, amiga de Madre Teresa de Calcuta desde los años sesenta, hacía esta reflexión que nos debe hacer pensar y poner en acción: "¿No pudiera cambiar poderosamente la vida en nuestros tiempos para bien si millones de sus seguidores le tomaran la palabra a Jesús?".

Permíteme que finalmente te haga una recomendación, amiga mía, amigo mío. En este tiempo estival en el que estamos, donde puede que tengas más tiempo libre para descansar, la Carta Encíclica Laudato Si´, del Papa Francisco, puede ser un libro ideal para acercarte a la naturaleza y para estar más cerca de Dios. Si ya la has leído puede que haya algunos apartados que consideres oportuno releerlos. 

Te dejo con esta locura de amor. Viene muy a propósito del tema. Creo yo. A ver que te parece.


sábado, 4 de junio de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: Dar de beber al sediento (II)




El agua ha sido siempre un elemento indispensable en la historia de las  civilizaciones. Desde los primeros compases de su existencia, el ser humano ha buscado el agua para su desarrollo y supervivencia, instalándose a lo largo de las laderas de ríos y mares. De hecho, las grandes civilizaciones y metrópolis  crecieron y florecieron en las llanuras de los grandes ríos. 

Sabemos a ciencia cierta que aproximadamente el 70% de la tierra está cubierta por agua, pero solamente el 0,007 es agua dulce -93.000 kilómetros cúbicos- accesible para el hombre. La fuente es fiable, el Instituto Geológico y Minero de Estados Unidos. 


No menos importante es el agua para el organismo. El cuerpo humano está compuesto en un 70% de agua. Es fundamental en los procesos biológicos. Tiene una labor muy valiosa para transportar a través de la sangre material alimenticio y para expulsar del organismo el material de deshecho. Aunque los datos en este aspecto son menos fiables, el organismo puede estar dos o tres días sin agua y unos treinta o cuarenta sin ningún tipo de alimento. En los años cuarenta, Mahatma Ghandi, con 74 años, sobrevivió  a una huelga de hambre, 21 días, gracias a sorbos ocasionales de agua.

Parece claro, pues, que el agua es un bien indispensable para los seres vivos y muy especialmente para el hombre por el variado uso que hace de ella. Aunque mucho se ha avanzado en este bien de tanta necesidad, más de 760 millones de personas no tienen acceso a agua potable, según informe de la Cruz Roja en el Año 2014.  Especialmente grave es esta carencia para los niños: "cerca de 8.000  mueren cada día debido a la falta de agua, saneamiento e higiene". Se comprende muy bien por qué en África Subsahariana, y en otras países con carestía de este líquido elemento, se le llama el "oro azul". Y en el futuro jugará un papel fundamental en la geoestrategia mundial. Según un informe de la ONU las amenazas de guerras entre las naciones no se darán en un futuro por el petroleo, sino por el agua. 



La Iglesia católica no es ajena a la preocupación del abastecimiento de agua para todos los hombres. El 22 de marzo de 2015,  celebración del Día Mundial del Agua, el Papa Francisco, durante el rezo del Angelus en la Plaza de San Pedro, subrayaba que el futuro de la humanidad dependía de la capacidad del hombre para "cuidar y compartir este elemento esencia para la vida" y hacía una invitación "a la Comunidad internacional a vigilar hasta que las aguas del planeta sean protegidas adecuadamente y nadie sea excluido o discriminado en el uso de este bien, que es un bien común por excelencia".

 Los cristianos, por tanto, debemos tener también un compromiso ecológico. Y esa responsabilidad con el medio ambiente debemos asumirla dentro de nuestras casas y entornos. Reduciendo el consumo de agua en nuestros hogares podemos solidarizarnos con quienes pasan sed, y contribuimos a racionalizar más su uso.  La encíclica Laudato Si es una buena referencia para implicarnos más en el cuidado de la casa común, como el Papa Francisco hadado en llamar a nuestro planeta.


El agua en la historia del cristianismo ha sido y es materia importante. En la Biblia  aparece 582 veces en el Antiguo Testamento y unas 80 en el Nuevo Testamento. Adquiere una relevancia trascendental en el Sacramento del Bautismo para borrar el pecado original y otorgar Dios la gracia sacramental en las almas.


Hay un pasaje del Nuevo Testamento que habrás leído y escuchado en varias ocasiones. Lo recordamos: Estamos en el primer Viernes Santo de la historia. El Señor clavado en la Cruz agoniza y exclama: ¡Tengo sed! (Jn. 19, 28-29). Le dieron a beber un vino mezclado con hiel; pero después de haberlo probado no quiso beberlo (Mt. 27,34). Resulta contradictorio que el Señor se queje de sed y no beba el líquido para calmar la sed. ¿Podría referirse a otra sed? ¿Fue solo para que se cumpliese la Escritura?


El 10 de septiembre de 1946, la entonces hermana María Teresa, perteneciente a las Hermanas de Loreto, durante un viaje en tren de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, vivió lo que ella denominó "la llamada dentro de la llamada": ¡I´m thirst! (¡Tengo sed!),  escuchaba interiormente repetidas veces a lo largo del trayecto.  Ese día fue un hito en la vida espiritual de esta mujer. El 17 de agosto de 1948 se  vistió por primera vez con el sari blanco orlado de azul para vivir en el mundo de los pobres, y fundó lo que el Señor le pedía: una congregación religiosa al servicio de los más pobres. En 1950 oficialmente se establece la Congregación de las Misioneras de la Caridad. La hermana María Teresa se convierte en la madre Teresa de Calcuta


Esa es la sed que padece Dios en su ternura por los hombres; y que está dispuesto a derramar: el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Jn. 4, 1-42). Sabe que la sequedad del ser humano, la intrínseca y profunda sed que padece, no se sacia  en esos avances científicos y tecnológicos, en un afán de erigirse en dador y recibidor de la felicidad imperecedera. No. Quien no conoce el sentido de su existencia es como quien se pierde en el desierto. Cree encontrar oasis para paliar la sed y lo que sufre son espejismos que le hacen beber de aguas contaminadas.  La respuesta al destino es la que dio Jesús a Tomás cuando le pregunta cómo saber el camino: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn. 14, 1-6). 


Estamos en el ecuador del Año de la Misericordia. Jesucristo sigue sediento de almas para derrochar su infinita misericordia. Tal vez es el momento de hacerte algunas serias preguntas: ¿de dónde procede tu sed?, ¿con qué agua tratas de saciarte?, ¿tienes tú sed de almas como Jesucristo? Porque puede que todavía no hayas descubierto que el Señor necesita de ti, para ser ese canal donde verter el agua que sacia a los que te rodean. Y un vaso de agua ofrecido a un sediento puede transformar una vida.









domingo, 15 de mayo de 2016

OBRAS DE MISERICORDIA: dar de comer al hambriento (I)


A las catorce obras de misericordia se las ha dado en llamar los apellidos de Dios, después de que el Papa Francisco señalara que “El nombre de Dios es Misericordia”(1). El Santo Padre hace mucho hincapié en tenerlas en cuenta no solamente para recordarlas, sino, sobre todo, para practicarlas. Desde esta misma entrada hoy comenzamos a reseñarlas con el propósito de tenerlas presentes en el pensamiento, en el corazón y en la acción. Algunas de ellas no necesitan de situaciones especiales, son fáciles de ejercer. La familia,  el trabajo, la universidad, los amigos, la calle... pueden dar origen a practicar el bien con el prójimo.

En medio de una sociedad donde el otro importa poco, las obras de misericordia son ese antídoto que combate el egoísmo, verdadero mal que causa estragos en una civilización que mide más al ser humano por lo que tiene que por lo que es.

Como introducción podemos contestar estas preguntas que pueden surgir habitualmente entre cristianos y no cristianos.

¿Qué son las obras de misericordia?
El Catecismo de la Iglesia Católica, define en el punto 244 que “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales".

¿Cuáles son las obras de misericordia?
Se dividen en corporales y espirituales. Las corporales son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar al enfermo, visitar a los encarcelados y enterrar a los difuntos. Y éstas las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás y orar por vivos y difuntos. Catorce en total.

¿Cuál es el efecto de las obras de misericordia en quien las practica?
Hacemos la voluntad del Señor que pasó haciendo el bien, purifica nuestras almas, nos ayuda para asemejarnos más a Jesús, que nos enseñó la aptitud que debemos vivir con el prójimo y nos van acercando al Cielo por las buenas obras.

¿De dónde han sido extraídas las obras de misericordia?
Las corporales surgen de las que relata Jesucristo en su descripción del Juicio Final, cuando nos juzgue en base a la atención que hemos dedicado al prójimo necesitado (25, 31-46). Mientras que las espirituales la Iglesia las ha tomado de otros textos bíblicos y de aptitudes y enseñanzas del mismo Cristo.

Hecha esta breve introducción, podemos empezar con la primera a tratar, que da título a este post: Dar de comer al hambriento. Fijaos con qué sencillez expresa el Papa Francisco lo que debe suponer para los cristianos este Jubileo: Os digo una cosa: si este deseo, si el jubileo no llega a los bolsillos, no es un verdadero jubileo. ¿Lo entendéis? ¡Y esto está en la Biblia! No lo inventa este Papa: está en la Biblia(2).

Efectivamente, es en el Libro del Levítico. Cada 50 años se festejaba “El día de la Expiación”, en el que el pueblo judío promulgaba un jubileo para todos sus habitantes. En ese año jubilar cada ciudadano judío recobraba su propiedad si alguno había sido obligado a vender su tierra o su casa, se cancelaban todas las deudas contraídas. Estas prescripciones servían para combatir pobrezas y desigualdades, buscando una justa distribución de la tierra. Para que el rico no fuera más poderoso y el pobre menos indigente. No podemos decir que vivimos la misericordia si no vemos en el prójimo necesitado la carne de Cristo, como nos alienta el Papa Francisco: Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con coraje al compartir, y ¡esto es la misericordia!(3).

Desafortunadamente el mundo está muy lejos de disfrutar de igualdad y solidaridad. Según un informe de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) "una de cada nueve personas pasan hambre en la tierra, mientras que cada año se pierden y se desperdician 1/3 de los alimentos que se producen". No es culpa de Dios, no es culpa de la Iglesia, que es quien va en busca del pobre, quien promueve la caridad con los más débiles y necesitados para recobrar la dignidad de tantos millones (795) que son presa de hambre y enfermedades mortales. El culpable, es el egoísmo que ignora las necesidades materiales, afectivas y espirituales del otro.

¿Qué puede hacer entonces un cristiano ante la constancia diaria de tantas miserias sin cubrir? Obrar según nuestra conciencia. Dar limosna a quien pide es tener caridad. Pero el Papa Francisco advierte: Cuando doy limosna ¿dejo caer la moneda sin tocar la mano? Y si por casualidad la toco ¿la retiro de inmediato? Cuando doy limosna, ¿miro a los ojos de mi hermano, de mi hermana?(4). Es cuestión de paliar sus necesidades materiales, pero no menos caritativo es mostrar afecto, simpatía, proximidad; preocuparse en suma por la persona.


En tiempos de crisis los cristianos estamos concienciados que hay que ayudar al prójimo, no solamente a quien viene de otros países sino también a quienes no se les ve en las calles, pero no por ello dejan de pasar necesidades. Es preciso referirse al informe emitido por Cáritas sobre la mendicidad, en el que advierte que existen en el mundo redes de mendicidad, cuyo objetivo es explotar a indigentes para obtener beneficios ilícitos.  Los cristianos tenemos instituciones entregadas a los pobres. La ya mencionada Cáritas, Ayuda a la Iglesia necesitada, Manos Unidas, por citar las más importantes, son estamentos básicos capaces de extender ayuda dentro y fuera de los países donde están constituidos. La caridad más efectiva es aquélla que está encauzada al verdadero ejercicio de beneficiar al más necesitado. Puestos a que "el jubileo llegue a los bolsillos" nada mejor que ofrecer aportaciones habituales y extraordinarias a esas entidades con plenas garantías efectivas en sus fines.

Mostrar una sonrisa, provocar una conversación, preocuparse por la persona,  es también obrar con misericordia con quien busca alivio material. Y si la entrega es más personal que material tanto mejor. 

Los jóvenes tienen un reto importante participando en voluntariados. Ellos son el futuro para un mundo más generoso y justo. Los padres, tenemos la responsabilidad educativa de educarles en unos valores en los que el tú forme parte del yo.

(1) El nombre de Dios es Misericordia, libro entrevista de Andrea Tornielli con el Papa Francisco
(2) Audiencia general (10 de febrero de 2016)
(3) Ibídem
(4) Homilía en Santa Marta el 8 de marzo de 2014, fuente Infovaticana