domingo, 8 de abril de 2012

Semana Santa: pecado, dolor y esperanza

No sé si te ocurrirá como a mí,  pero cada año durante la Semana Santa me asombro del modo en que Jesucristo se  ofrece para nuestra salvación. Condenado, ultrajado, flagelado, crucificado, muerto…, la Humanidad Santísima del Señor abatida en un cuerpo descarnado. El mismo Dios sufriendo, derramando hasta la última gota de su Sangre no solamente por la salvación de sus contemporáneos, sino que la prolongó con sus brazos en la Cruz para toda la Humanidad.
Tan solo hace tres meses  estábamos celebrando la Encarnación del Hijo de Dios. Benedicto XVI en la Audiencia General del 14 de diciembre del pasado año, enlazaba una celebración y otra: “El culmen de la historia de amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén”. ¿Y qué rompe esa historia de amor? No te sorprendas de la respuesta: el pecado. Sí, el pecado tan olvidado hoy día, tan al margen de las conciencias incluso de hombres y mujeres cristianos, es el enemigo entre Dios y el hombre. Y no podemos caer en el tópico de que es un invento de la Iglesia para  controlar el comportamiento de los bautizados. No. El pecado es consustancial al ser humano por nuestra debilidad que es fruto de la soberbia, de nuestra indefensión ante el mal,  de querer reconocernos como individuos capaces de suplantarnos al amor de Dios. Igual que hay enfermedades que ponen en serio peligro nuestra vida, y que provocan la muerte del cuerpo, el pecado también produce enfermedades que pueden hacer padecer nuestra alma hasta el punto de separarse para siempre de Dios. Jesucristo Resucitado conociendo ésta debilidad intrínseca en todas las generaciones,  confirió a los apóstoles la potestad de perdonar los pecados (Jn. 20,23). Pero el  pecado no termina con el triunfo de Cristo en la Cruz; es la victoria ante el mal, y la estrategia del mal ahora que es vencido no es otra que hacer ver al hombre que ya no existe,  que puede vivir olvidando el pecado viviendo en un estado en el que también se olvida de Dios, erigiéndose en el único ser capaz de obrar por sí mismo sin necesidad de ampararse en más conducta que la que su propias determinaciones le aconsejan. El sufrimiento de Cristo en la Cruz, la entrega  de Dios por la humanidad, nos descubre cada Semana Santa que el mal en el mundo persiste; pero que con la victoria sobre la muerte el hombre puede caminar seguro con la garantía de que el bien impera sobre el mal, que el amor de Dios puede más que el pecado, que el destino del hombre no es la desdicha de la muerte sino la esperanza futura de gozar en la vida eterna.
Con la muerte en la Cruz Dios  no solamente quiere redimir nuestros pecados, sino que pone al alcance del ser humano un arma hasta entonces enarbolada por el enemigo: el sufrimiento. Es un obstáculo para la felicidad de las personas. En sus diferentes aspectos el dolor perturba el anhelo de felicidad del hombre, y le puede consumir en un distanciamiento de Dios por entender que la enfermedades, las frustraciones personales, las tragedias,  son consecuencia del olvido del Padre hacia sus hijos, provocando una desesperación que es la peor reacción que podemos tener ante la incomprensión de las desgracias y padecimientos. De esta manera,  aparentemente tan humillante, Jesucristo convierte el dolor unido a la Cruz, en manifestación de adhesión a la voluntad de Dios.
En tu vida, en la mía, ante el sufrimiento tenemos dos opciones reflejadas en los ladrones ajusticiados con Jesús. Una, la del ladrón desesperado que  le pide salvarse a sí mismo y librarlos a ellos del suplicio; la otra, la del  llamado buen ladrón, que  movido por la esperanza le pide al Señor que se acuerde de él cuando llegue al Cielo; y Jesucristo, siempre misericordioso, comprensivo de la poquedad del hombre ante el sufrimiento por haberlo padecido Él mismo, le asegura que ese mismo día, estará con Él en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).
En este tiempo pascual que comienza el Domingo de Resurrección, haz propias las palabras de san Agustín  y afirma con él: “en Cristo, la divinidad del Unigénito se hizo partícipe de nuestra mortalidad, para que nosotros fuéramos partícipes de su inmortalidad”.
¡Feliz Pascua de Resurrección!

jueves, 15 de marzo de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (y II)

 El ser humano no solamente es un ser racional, sino también, y no menos importante, es un ser relacional; es decir, para desarrollar su personalidad, para enriquecer su interior, necesita incuestionablemente relacionarse con los demás. Hemos crecido dentro de una familia; hemos logrado nuestra formación académica en colegios y universidades; desarrollamos una labor profesional dentro de un grupo de trabajo; nuestra salud depende de unos profesionales de la medicina y centros hospitalarios fundamentales para preservar y cuidar nuestra salud. A pesar de poder sufrir malas experencias familiares, escolares, profesionales o sanitarias, para fomentar una estabilidad afectiva, unos conocimientos y titulaciones académicas, garantía de cubrir necesidades básicas o cuidar y preservar nuestra salud, por nosotros mismos no podemos alcanzar estas metas si no es formando parte de estos segmentos de la sociedad. 
 Sin embargo, son demasiados cristianos los que dicen “toparse” con la Iglesia;  ésta es percibida por ellos como un obstáculo para mantener y avivar la fe que dicen tener. Son los considerados creyentes, pero no practicantes. Bautizados, pero alejados de la Iglesia. Dicen no necesitarla para tratar y amar a Dios.  Arriesgada decisión -digo yo- cuando está en juego el presente y el futuro de sus vidas y de sus almas.
Ciertamente que la Iglesia pasa por momentos de zozobra; pero los males que sufre no surgen desde sus cimientos mismos, sino desde el propio corazón del hombre que con su conducta se aleja de Dios y  sucumbe a las tentaciones que imperan en el mundo. Dicho de otro modo:  la Iglesia no expande unos vicios que crea, sino que se ve inoculada por la proliferación de éstos en la sociedad.
Le preguntaron en una ocasión a la beata Madre Teresa de Calcuta cuál sería, según ella, lo primero que debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo. La Iglesia no es solamente el Papa y los obispos; somos todos los bautizados, que con nuestras palabras y obras, con nuestras acciones y omisiones engrandecemos o humillamos a la Iglesia, que, por otro lado, siempre será Santa  porque en ella está el Señor.
Con todo, la principal cuestión no está en el daño que hacemos a la Iglesia con estas conductas, sino en el mal que se provoca al alma con esta aptitud de autosuficiencia. Construyendo una fe individualista,  los católicos que obran así pasan la vida con la incertidumbre del mañana. Pensar que la Iglesia es un inconveniente para buscar el Cielo, es contrario a la razón de Jesucristo para fundarla. Si el hombre fuera capaz de salvarse por sus propios medios, no tendría sentido la existencia de la Iglesia; estaríamos en una contradicción, y Cristo adoptó la condición humana para participarnos que la dignidad de la persona pasa por considerarnos lo que somos, hijos de Dios, teniendo por madre a la Iglesia. 
Como refería en la primera entrada, la locura patológica de Don Quijote y la oscuridad de la noche le hizo confundir el castillo de Dulcinea con la iglesia. El hombre contemporáneo padece también esa oscuridad interior que le enmaraña el sentido real de su existencia. Busca dulcineas sin encontrarlas, persigue amores que le conducen al vacío, encuentra desconsuelo en lugar de paz. Por el contrario, es preciso hallar la luz que da sentido a la vida. Fijar la vista en el horizonte no es sinónimo de acertar con el objetivo a perseguir. En las carreras de galgos también éstos fijan su objetivo delante de su vista; no perciben que toda la carrera la pasan detrás de una liebre mecánica a la que no alcanzarán jamás.  Pobre bagaje   del hombre sobre la tierra que se afana en felicidades efímeras, en sueños irrealizables.
 Don Quijote de la Mancha murió minutos antes que Alonso Quijano -éste era el nombre real del personaje de Cervantes antes de nombrarse caballero andante-.  Volvió a recuperar la lucidez y abominó de los libros de caballerías. Recibió los últimos sacramentos -que Dios nos concede por medio de la Iglesia para fortalecer y purificar el alma en los últimos momentos de nuestra vida-.  Quiso que figurase este epitafio en su sepultura: Yace aquí el hidalgo fuerte/que a tanto extremo llegó/de valiente, que se advierte/que la muerte no triunfó/de su vida con su muerte.
Sin embargo, te recomiendo no ser cuerdo hasta las últimas consecuencias, disfrutar de una locura que  es una chifladura que engancha: la de  vivir y sentirte  hijo de Dios. Haz la prueba. Es para volverse locos (de amor).  Benedicto XVI lo explicó nítidamente a los jóvenes en agosto, en  el Aeródromo de Cuatro Vientos en la pasada JMJ: “La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. El está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza”.  Y advertía sobre las tendencias desorientadas: “No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.





domingo, 19 de febrero de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (I)

Desde que en la última entrada  anticipé que en la siguiente me referiría a la Iglesia, se me vino sin dudar la idea de titularla con esta frase pronunciada por Don Quijote de La Mancha en una de sus frecuentes andanzas.  Hace ya bastantes años que leí la obra maestra de Miguel de Cervantes; y, desde luego, aconsejo su lectura por tres razones: soy manchego (de Tomelloso, no de El Toboso como suele confundirse), me gusta la literatura y estoy convencido de que es un libro que nos pueden hacer discurrir a la vez que sonreir para aprovechamiento de nuestro conocimiento.
Indagando sobre su significado descubro la frase original: “Con la Iglesia hemos dado, amigo Sancho”.  Don Quijote y su fiel escudero iban buscando el castillo de Dulcinea cuando de noche llegaron a El Toboso. La oscuridad, la mente perturbada del protagonista de Cervantes y la distancia hizo confundir el castillo que, por supuesto, no existía, con la iglesia del pueblo.  A continuación, vino la frase del Caballero de la Triste Figura, sin ánimo de queja ni sentido anticlerical por parte de su autor.  La frase adquirió otras connotaciones al cambiar algún personaje de la época el verbo dar por topar, aludiendo al poder de la Iglesia en el siglo XVI y XVII y, por extensión, en la actualidad a cualquier autoridad que se interpone en los intereses de la persona que lo pronuncia. ¿Verdad que cambia el significado?
Este doble sentido que tiene la frase dependiendo del verbo que empleemos me ha hecho dividir este comentario en dos partes: en esta primera voy a referirme al sentido de la frase cuando se utiliza  el originario verbo dar; y,  la segunda, partirá del sentido de la frase cuando lo hace con el verbo topar. Todo ello, teniendo de tema principal a la Iglesia, por supuesto.
Los cristianos tenemos, o deberíamos tener,  una alegría trascendental cuando nos encontramos con la Iglesia para encauzar el ansía de Dios. Es decir, cuando buscamos a Dios y nos encontramos con Él por medio de la Iglesia. Históricamente es incuestionable que Jesucristo vino al mundo, que llamó a un grupo de hombres, los convirtió en apóstoles para extender la Revelación a todos los rincones de la tierra, eligiendo a Simón, al que llamó Pedro, que significa roca, para revestirle de una potestad imperecedera a él y a sus sucesores: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). Y no se propuso establecer una iglesia temporal hasta la desaparición de sus discípulos; al contrario, quiso perpetuarla: “ Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Dos frases que encierran unas directrices marcadas para los hombres y mujeres de toda generación. El mismo que se hizo hombre, que  curó el cuerpo y alma de muchos, que murió por nosotros, y que abrió el camino de la eternidad  a todas  las criaturas resucitando y ascendiendo a los Cielos, establece una institución con aparente organización humana pero en la que misteriosamente se hace presente a través de unos signos (Sacramentos) en los que actúa el mismo Cristo para alimentar y fortalecer la fe de sus fieles seguidores, que somos tú yo bautizados en el seno de la Iglesia. ¿No es ésta una prueba concluyente de que la Iglesia no es una creación de hombres para perpetuarse en un poder omnímodo?
Ciertamente que en dos mil años han surgido disensiones, escisiones, herejías, reformas, cismas, escándalos…, pero la Iglesia Santa subsiste.  Nietzsche se atrevió a dar por muerto a Dios;  para Augusto Comte la religión era una explicación fantástica o mítica de los fenómenos de la naturaleza; y  según Feuerbach el hombre habría fabricado la idea de Dios…: nihilismo, positivismo y marxismo  surgieron para, entre otros objetivos, aniquilar la religión e incluso al mismo Dios para enaltecer al hombre. Vano esfuerzo: El hombre lejos de Dios no ha alcanzado la felicidad anhelada en la tierra; es más, el hombre sigue teniendo el mismo afán por buscar a Dios, aunque, en ocasiones, lo haga por caminos equivocados.   
Repasando mi  infancia -a ti puede que también te haya pasado-, siempre la cercanía de nuestra madre nos ha aportado paz.  Recuerdo que siempre que había tormenta dejaba el juego y me iba junto a mi madre. Después, cuando amainaba la tormenta y salía el sol, volvía a mis juegos con más  alegría y mayor serenidad. A mi edad, no ha cambiado esta aptitud; ahora las tormentas son otras, las inquietudes son más  espirituales; pero siempre me da paz sentirme en el regazo de mi Madre, la Santa Iglesia Católica, que no es perfecta por estar formada por hombres y mujeres con las limitaciones propias de la condición humana,  pero, precisamente, esos condicionantes hace que la acepte y rece por ella. 
Pero estar convencido de que la  Iglesia es mi Madre, dar con ella,  no es únicamente para sentirse aliviado en momentos puntuales de la vida; es para buscar y encontrar “la Verdad que no es una idea, una ideología o un eslogan, sino una Persona, Cristo (Saludo del Santo Padre en la Plaza de Cibeles en la fiesta de acogida de los jóvenes en la JMJ celebrada el pasado mes de agosto en Madrid). 
Todos los santos han vivido su fe estando muy unidos a la Iglesia. San Cipriano fue categórico: “No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre”.  Si esta frase te hace pensar, proponte llevarla a cabo.
Cada día  amigo mío, amiga mía,  se nos debería quedar pequeño para agradecer a Dios habernos podido encontrar con la Iglesia. La pena es cuando los cristianos se topan con la Iglesia. Pero éste es tema ya de la próxima entrada.

lunes, 23 de enero de 2012

Religiones, no todas son iguales

Es habitual que al tratar de temas sobre religión nuestros interlocutores se despachen con la manida frase de que todas son iguales; incluso a la hora de emitir valoraciones sobre masacres producidas por grupos terroristas, se diga que son consecuencia de fundamentalistas que llevan hasta el extremo sus creencias religiosas. Y no solamente se defiende esta postura por quienes menos informados están; también quienes expresan sus opiniones en medios de comunicación fomentan estas argumentaciones sin más base que ésta: los extremismos son malos.
Pero no te preocupes, que no voy a disertar sobre cuestiones metafísicas del judaísmo, hinduismo, budismo o islamismo en comparación con el cristianismo, no; mi pretensión es una cuestión temporal. Es fácilmente evaluable – lo difícil, eso sí, es resumirlo en folio y medio- que si existe una religión que aporta más desvelos por el  prójimo, especialmente el más necesitado, más afán por mejorar al conjunto de la sociedad, y más cooperación desinteresada al bien común, ésta es la religión católica.
Cuando nos referimos a Cáritas (traducido del latín al castellano significa caridad), muchos piensan que es una ONG muy enraizada en la opinión pública. Pero esta institución benéfica nació en 1947 desde el seno de la Iglesia Católica para ocuparse de los más pobres de entre los seres humanos. Acoge a personas necesitadas sin distinción de razas, creencias, nacionalidades; no es necesario acreditar estado de insuficiencia material: basta con la palabra y la presencia para recibir alimentos, pagos de suministros o atención sanitaria.  Allí donde ocurre una catástrofe acude para paliar los efectos entre la población. Unas cifras demostrativas de la labor en España: en 2010 ayudó a 950.000 personas, destinó el 63,02 % de los recursos a atender a familias españolas, viendo como los fondos públicos (la aportación del Estado) bajaron un 1%, unos 200.000 euros menos que el año anterior, pese a que muchos organismos públicos derivan a Cáritas a quienes van pidiendo ayuda.
El afán de ayuda al prójimo de  la Iglesia Católica traspasa fronteras, abarca los cinco continentes. Los católicos españoles somos los segundos del mundo –Estados Unidos es el primero- que más colaboramos en los proyectos de evangelización y respaldo económico de los misioneros. El pasado año, se  enviaron a las misiones 16.950.952 euros. Se estima que unos 14.000 misioneros españoles están repartidos por todo el mundo. Detrás de cada misionero hay un afán apostólico, pero intrínsecamente va unida  una labor social para erradicar la pobreza y promover la dignidad de las personas, entregando, incluso la vida  en esas labores. Así lo atestigua Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias: “Cada cinco minutos (en zonas de misión) muere de forma violenta un cristiano, por el hecho de serlo; y medio centenar de misioneros fallecen cada año de modo martirial”.
Tampoco la Iglesia Católica está al margen de cuestiones tan básicas para el mundo como es la paz. La fe católica no puede entenderse sin alentar la paz en los corazones de todos los hombres y mujeres, en las familias, en el mundo. En el convulso siglo XX, asolado por dos guerras mundiales, con exterminios de millones de seres humanos producidos por el nazismo y el comunismo, una de las figuras más emblemáticas por defenderla ha sido el Beato Juan Pablo II. En 1986 el Papa Wojtila quiso mostrar que las religiones no son factores de odio y violencia, sino de paz, y reunió en Asís a líderes religiosos de todo el mundo para rezar por la paz. Veinticinco años después, su sucesor en la Sede de Pedro, Benedicto XVI, bajo el lema “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” reunió en el mismo lugar a 300 representantes de distintas religiones y no creyentes que participaron en la jornada de diálogo y oración el pasado mes de octubre. Una muestra del sentido ecuménico que caracteriza a la religión católica. El siglo pasado, también ha sido en el que más católicos han derramado su sangre a causa del odio y la represión religiosa.

Los extremismos sí que son buenos si son consecuencia del derroche de amor por el prójimo. Amando a Dios, se ama al prójimo hasta dar la vida por él. El Fundador de la Iglesia Católica murió en un madero por amor a todos los hombres; su Madre, La Virgen Santísima, allí estaba a los pies de la Cruz. Ella fue la primera que llevó a cabo el mensaje de Jesucristo, cuando al enterarse por el Ángel que su prima Isabel estaba encinta, fue sin demora a una ciudad de Judá para atenderla, quedándose con ella unos tres meses, según nos narra el evangelista Lucas. Llevaba ya al Hijo de Dios en sus entrañas; el Amor de Dios la impulsó a ayudar a quien más necesidad tenía en esos momentos, y comunicar la alegría de dar a conocer la Encarnación del Hijo de Dios.

La Iglesia Católica atesora una virtud que no atesora ninguna otra religión: la caridad, -–junto a la fe y esperanza, son llamadas virtudes teologales-;  virtud por la cual podemos amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Dios es lo primero, y entre Dios y tú, debe estar el prójimo. Con razón ha dicho Benedicto XVI que el distintivo del cristiano es “la fe que se hace operativa en la caridad”. Así se entiende que tantos cristianos hayan entregado su vida por los demás a lo largo de veinte siglos. En la Beata Madre Teresa de Calcuta, tenemos el ejemplo más reciente.

Dentro del respeto que debe existir entre todas las religiones, unidos por las grandes aspiraciones al bien, a la justicia y a la verdad, los cristianos no debemos dejar al margen que el amor por el prójimo es cualidad primordial para ser seguidores de Jesucristo. Unidos a Él contribuimos a implantar el Reino de los Cielos aquí en la tierra, a través la Santa Iglesia Católica. De ella hablaremos en la próxima entrada.







sábado, 31 de diciembre de 2011

Navidad: hazte niño como Dios


Celebrada la Nochebuena, estando en plena Navidad, nos preparamos ya para despedir este año y recibir el nuevo. Como es costumbre, las calles de nuestros pueblos y ciudades están engalanadas con luces y adornos navideños. Las gentes parece que adoptan una aptitud más optimista, con mejores deseos para el prójimo, como si los corazones estuvieran  más sensibles, más abiertos a los demás. Hay otra buena parte de gente  que, impregnados de la cultura materialista instalada en la sociedad, cae en formas y maneras diversas desvirtuando el sentido de estas fiestas.
No sé si a ti te ocurrirá lo mismo, pero a mí me llama la atención cómo los árboles navideños van supliendo en las plazas y calles al portal de Belén; y Papá Noel y Santa Claus acaparan la ilusión de muchos niños anticipando su llegada a la de los Reyes Magos.  Sin embargo,  aunque parezca que en el fondo se intenta desarraigar el sentido cristiano de la Navidad, la huella de Dios está impresa en la Humanidad. No te aflijas, no frunzas el ceño porque encuentres árboles navideños en los escaparates de las tiendas, o porque parezca que el gordinflón vestido de rojo colma las ilusiones de los niños; también de este modo, se recuerda el sentido religioso de la Navidad.
  Posiblemente conozcas el origen del árbol de Navidad, o de Papá Noel y Santa Claus; pero por si acaso, voy a referirme a ellos. El árbol de Navidad nace en Alemania sobre el siglo VIII. San Bonifacio estando predicando para convertir a los germanos, decidió talar un roble para destruir la superstición de ver un sentido sagrado del árbol en el pueblo germánico. Al caer, derribó todos los arbustos que lo rodeaban, a excepción de un pequeño abeto que se mantuvo en pie. El santo interpretó el hecho como un mensaje divino, y lo llamó desde ese momento Árbol del Niño Jesús. Los cristianos empezaron por Navidad a adornar pinos para tiempo después hacerlo en abetos. En el siglo XVI Martín Lutero impulsó adornarlos con velas encendidas,  fomentando esta costumbre en los hogares protestantes.
Y del famoso Papá Noel, o Santa Claus, igual connotación cristiana. Patrono de Rusia,  Holanda y Grecia. La tradición proviene de San Nicolás de Bari, obispo de Myra, y santo que, según la tradición, entregó toda su fortuna heredada de su familia  a los pobres, a quienes echaba grandes regalos por la ventanas de sus casas para no ser visto.
Desde el siglo II lleva instituida esta fiesta gracias al papa San Telesforo. A partir del siglo VIII es cuando se empieza a celebrar con esplendor, fijándose en el siglo XVI las vacaciones navideñas desde el día de Navidad hasta la fiesta de Reyes Magos. De ahí la antiquísima tradición de juntarse las  familias el día de Nochebuena para celebrar el Nacimiento de Cristo en la tierra. Comida y bebida, pero también zambomba y villancicos como muestra de alegría en multitud de hogares a lo largo de los siglos.
¿Ves cómo detrás de éstos adornos y personajes “importados” está el sentido divino? ¿Y cuál crees tú que es la principal causa del mayor sentimiento de alegría, de generosidad, de ilusión y buenos deseos que se da entre tanta gente en las diversas partes del mundo? El origen está en la gruta de Belén. El protagonista es Dios, ¡que  viene al mundo haciéndose niño, un niño tan desamparado, tan necesitado de todo, tan frágil como nacimos tú y yo!
Para quienes piensen que Dios es el Creador que se ha olvidado del hombre y que es implacable y despiadado con él, fíjate: Humilde al nacer, y humilde al quedar bajo la obediencia de unos padres como los nuestros. El amor de Dios por ti y por mí rebosa tanto que sale a nuestro encuentro desde un pesebre, sin más ropaje que unos pañales, sin más cobijo que los brazos de la Virgen y San José. Quiere cada año que tú le prepares la cuna, que le vistas, que lo cojas entre tus brazos, que le cantes, que le hagas reir…, y ¿para qué? Para que también te hagas niño, para que  tu corazón disfrute todos los días del año, ¡de tu vida!, naciendo con Dios, naciendo en Dios, naciendo para Dios. Olvídate de querer ser como el ídolo deportivo, como la principal estrella de televisión, como el más afamado cantante, como el más prometedor líder político; posiblemente sean incluso menos felices que tú en sus momentos de intimidad. ¿Sabes a quién debemos buscar como principal ejemplo de alegría? ¡A los niños! Ellos son los seres más felices con los que te cruzas. Seguramente los tienes cerca: hijos, hermanos, sobrinos… Alegres, ocurrentes, atrevidos, ingenuos, nobles; también tienen sus altibajos, pero enseguida recobran la esencia infantil y vuelven a ser como lo que son: niños.
Aprovecha éstas fiestas para pedirle a la Virgen y a San José que también tú quieres hacerte niño. Te mimarán tanto como al Niño Jesús,  crecerás en gracia ante Dios y te convertirás en un joven tan ilusionado y alegre como los que tuvimos la ocasión de admirar en la pasada Jornada Mundial de la Juventud. Y esta invitación es para todos los públicos. Dios no mira el carnet de identidad: nos quiere siempre niños. Por eso, todos los años quiere que recordemos el gran Misterio de la Navidad. Cuanto más niños más cerca estamos del portal de Belén.
Con las palabras “Dios es amor; quien está en el amor, habita en Dios y Dios habita en él” (1 Jn 4,16) comienza la primera encíclica de Benedicto XVI,  Deus Caritas est (Dios es Amor). El Santo Padre quiere exponer como principal enseñanza para los cristianos, que el centro de la fe cristiana no es otro que el amor que Dios nos tiene. Prueba de ello es la Navidad.

¡Feliz Navidad y gozoso Año Nuevo!

martes, 6 de diciembre de 2011

¿Halloween o Fiesta de todos los Santos?

El mes de noviembre que se nos ha marchado nos dio una ocasión más para la celebración del día de Todos los Santos. Fiesta de calado sentido cristiano donde la Iglesia nos alienta a mirar más allá de nuestra vida terrena y poner el pensamiento en la muerte,  como paso obligado para alcanzar el Cielo.  Desde hace algunos años, a este  día de fe y esperanza  le ha salido un  radical competidor: la fiesta de Halloween, - “All hallow´s eve” , palabra que proviene del  inglés antiguo, y que significa “víspera de todos los santos”-. En esta fiesta también se recuerda el sentido de la muerte, pero desde un punto de vista pagano, como hacian los celtas, antiguos pobladores europeos. Pero Halloween es una importación norteamericana ajena a las costumbres tradicionales, y que gracias a un marcado componente comercial dirigido a niños y jóvenes está adquiriendo un protagonismo desmesurado en España. Parece ser, pues, que viene para quedarse.

Estarás de acuerdo conmigo que en nuestra época la muerte deja de tener un sentido trascendental,  para convertirse en motivo de despreocupación o mofa como mecanismo de defensa, diría yo, al miedo  e impotencia que ésta  produce.  Pero, aunque nos empeñemos en considerar nuestra existencia únicamente terrenal, la inmortalidad del alma va aneja con la existencia del hombre, estamos hechos también de “materia divina”. Incluso desde perspectivas tan racionalistas como las que dieron origen a la Revolución Francesa, el hombre siempre ha pensado en el más allá. La Convención de 7 de mayo de 1794, en su primer artículo así lo asumía: “El pueblo francés reconoce la existencia del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma”. Robespierre estrenó la presidencia de la Convención con la Gran Fiesta del Ser Supremo.
Resaltar la dignidad del hombre no puede entenderse sin elevar el pensamiento por encima de cuestiones temporales, para albergar la idea de que nuestra vida no puede terminar del mismo modo que la de una tortuga, una alimaña o un rinoceronte.  Es natural que en esta época de relativismo,  el ser humano fije como único objetivo vivir el presente. Todo aquello que no puede ver, que no puede palpar, que no es tangible, pretende ignorarlo.  El futuro de nuestras pensiones nos preocupa más  que el destino del alma, sobre todo en tiempos de crisis como la que sufrimos.
Admito que es complicado imaginarse la vida después de la muerte. Ahora bien, a mi modo de ver es más fácil imaginar el estado del alma cuando abandona el cuerpo, que su lugar de destino.  Intento explicarlo.
 Si te preguntara los momentos más felices de tu vida, seguro que en la mayoría de los casos me dirías que cuando has estado, o estás, enamorado. Somos capaces de dejarlo todo para pensar en la persona que amamos. No nos cansamos de estar en su compañía, y cuando no lo estamos añoramos esos momentos vividos esperando volver a repetirlos. Por tanto, ya podemos hacernos una mínima  idea de cómo puede encontrarse un alma después de la muerte, ya sin ataduras físicas por decirlo así. Falta, claro está, la persona a la que se ama. ¿Quién puede ser si no  Dios, que antes de crearnos ya está pensando en nosotros como si no hubiera más criaturas en el mundo?; porque, como diría Andre Frossard (experiencia de un flechazo de Dios, y que recomiendo la lectura de uno de sus libros, Dios existe, yo me lo encontré) “Dios solo sabe contar hasta uno”. Ahora ya tenemos a quien amar. ¿Y qué ocurre cuando dos personas se enamoran? Que solo vive la una para la otra. El sueño es poder estar juntos el mayor tiempo posible, si fuera posible a todas horas. Resulta  costoso abandonar padres o hermanos con los que has convivido muchos años, pero  se hace  por un beneficio superior para alcanzar una mayor felicidad. Las almas en gracia, los santos que son ejemplos de  enamorados de Dios, siempre han deseado ese momento crucial que es la muerte no como la vida que se acaba, sino que se transforma para gozar en la eternidad.
Por último, imagínate el lugar. Más difícil todavía. A mí me asombra ver una puesta de sol, contemplar la playa y ver un horizonte donde parece que se junta el mar con el cielo,  ver el paisaje inconmensurable desde lo alto de una montaña, aunque solo de pasada para quienes las alturas nos produce vértigo… Pues bien, si asociamos que el Ser al que podemos amar es el que ha creado las maravillas que contemplamos,  podemos hacernos una idea de la fascinante morada  que Dios nos ofrece gozando de  un amor infinito con unos, y esperando con inquietud de enamorado el encuentro con otros. ¿Verdad que la historia del hombre puede tener un final feliz? De ti y de mí depende.
Existe un riesgo a  tener en cuenta.  Si en vida hemos dicho no a Dios, en la muerte nuestra alma no podrá reunirse con quien no se ha querido amar. Estamos hechos para Dios, y si nuestra alma no puede reunirse con Él no tendremos otro sentimiento que de tristeza y desesperación, con un agravante aterrador: será a perpetuidad,  en un lugar donde todas las almas tendrán esos mismos sentimientos. Será un sufrimiento continuo. Dios no se cansa de llamarnos, pero corremos el riesgo de dejarlo para otra ocasión, de llegar tarde a la cita o rechazarla. En la relación con Dios, somos las personas quienes únicamente podemos ser infieles.
Pero Dios siempre está dispuesto a perdonar y a olvidar. Próximos a celebrar las fiestas navideñas, conviene profundizar en su significado: Dios se hace carne para venir al encuentro del hombre; y lo hace con un regalo extraordinario para cortejarnos: los Sacramentos, dentro de un envoltorio antiquísimo -veintiún siglos-, la Iglesia. Queda tema para un siguiente encuentro, que espero que no tenga que pasar un mes.



martes, 1 de noviembre de 2011

Educar en valores, el mejor preservativo

En este estrenado curso escolar la Unión Europea ha regalado a los alumnos de Primero de Bachillerato de los países miembro (unos cuatro millones de jóvenes según señala en el prólogo) una agenda escolar con diferentes contenidos, entre los que destaca en el apartado  “Mi salud, mi seguridad” el imprescindible uso del preservativo en las relaciones sexuales entre jóvenes para combatir los riesgos principales: el contagio del Sida y los embarazos no deseados.

Intenciones loables aparte, me permito, no obstante, aportar otra información que tiene mucho que ver con ésta recomendación de la UE. Según la biblioteca de salud reproductiva de la Organización Mundial de la Salud, en su epígrafe sobre salud sexual y reproductiva adolescente, llega a esta conclusión: “Resulta imposible, desde el punto de vista ético y logístico, realizar estudios clínicos controlados aleatorizados para comprobar si el uso de preservativos reduce el riesgo de transmisión del VIH.
Por lo tanto, la opción es basarse en estudios observacionales, que intrínsecamente acarrean un riesgo de sesgo. En dichos estudios, se halló que el uso constante de preservativos da como resultado una reducción del 80% en la incidencia del VIH”. Respecto a evitar los  embarazos no deseados  también hay datos, aunque me remito al año 2009, aportados por el jefe del Servicio de Ginecología del Hospital Severo Ochoa, D. Javier Martínez Salmean: “En España se producen al año alrededor de 240.000 embarazos no deseados, de los que la mitad terminan en aborto”. Según la presidenta de la Federación de Planificación Familiar, Isabel Serrano, “el método preferido por las españolas es el preservativo, elegido por un 37,3 %, un porcentaje muy superior a la media europea que está en el 18%”. Es decir, se está impulsando la promiscuidad entre nuestros hijos, a costar de esconder las consecuencias más que posibles como consecuencia de la relativa  plena eficacia del preservativo. Y no es alarmismo: ahí tenemos, por ejemplo, la “píldora del día después”, que desde agosto de 2009 se puede adquirir en farmacias sin receta médica, o la posibilidad de que chicas de 16 años puedan someterse a abortos sin contar con la autorización de los padres. Son señales  inequívocas  de que el famoso condón no es tan infalible como se nos quiere airear, no solamente para evitar la transmisión de enfermedades venéreas, sino también los embarazos.

Pero la cuestión más importante en materia educativa y de formación de nuestros hijos es otra, no es cuestión de elegir el anticonceptivo más seguro lo que debe preocupar a los padres, sino una de mayor calado:  la autoridad pública asume con estos consejos competencias exclusivas de los padres.  Detrás de fomentar el uso del preservativo hay una manera de entender la vida que no a todos los padres ni jóvenes convence. Esta sociedad que vivimos padece muchas enfermedades que no queremos reconocer,  para no dar un diagnóstico y aplicar un tratamiento drástico por complejo que sea. Y una de esas enfermedades es la hipersexualidad que padecemos. Series televisivas presumiblemente pensadas para jóvenes, anuncios publicitarios en prensa, televisión y vallas en vías públicas, contenidos sexistas en programación infantil, etc., etc…, impelen a que los jóvenes consuman sexo a discreción. Los poderes públicos, impregnados de esa ideología de género irracional y perniciosa, con sus leyes fomentan el abuso desmedido.
Hemos llegado a una situación en la que la sexualidad se proyecta como un fín en la vida para satisfacer las necesidades corporales de cada individuo (sexo sin amor), y no como una herramienta natural, como un  don de Dios regalado al género humano para un intercambio de afectos sensitivos consecuencia de unos sentimientos afectivos (sexo con amor), además del fin reproductivo para asegurar la renovación generacional. Sacada de su contexto natural, es puro consumo; el hombre y la mujer dejan de mirarse como personas que se buscan y se complementan, y pasan a verse como objetos pasionales que tarde o temprano se romperán.

 No hace mucho leí una frase que reflejaba perfectamente el mal al que se someten los jóvenes: la chica utiliza el sexo para recibir amor, y el chico utiliza el amor para recibir sexo. El filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur captó con precisión esta situación: “Todo lo que hace fácil el encuentro sexual fomenta al mismo tiempo su caída en la irrelevancia”.

Según la R.A.E. (Real Academia Española de la Lengua) preservar es un término que significa conservar, resguardar o proteger de un daño o peligro. Y el peligro de los jóvenes es abocarse a un consumo de sexo que desnaturaliza su persona. Hay que proteger a nuestros hijos, efectivamente, pero con otro tipo de preservativos, que no tienen contraindicaciones ni efectos secundarios a pesar de administrarse desde los primeros años de vida: los valores. Empezando en las familias, en los colegios y con campañas en las que se realce que para un joven, una joven, el punto de referencia de su vida  no esté una cuarta más abajo del ombligo, sino dos cuartas más arriba. Los resultados son para siempre; su adicción es altamente beneficiosa para uno mismo y para los demás. Además, para tiempos de crisis como los que padecemos favorecen  las arcas del  Estado: ahorra mucho dinero en fármacos, aunque sea con el consiguiente perjuicio a la empresa farmacéutica, que dicho sea de paso, son los verdaderos beneficiados de estas campañas tan reiterativas como ineficaces.