martes, 25 de septiembre de 2012

Benedicto XVI en el Líbano

Benedicto XVI ha concluido el viaje a Líbano después de entregar la Exhortación Postsinodal ( documento final) del Sínodo de Obispos para Oriente Medio celebrado en 2010. Líbano, por otro lado, es un país ejemplar por lo que se refiere a convivencia entre distintas religiones. El cargo de Presidente de la República es siempre ocupado por Ley por un cristiano maronita, el de Primer Ministro por un suní y el de Presidente del Senado por un chiita; de este modo ninguna minoría queda excluida de puestos claves en la estructura del Estado.
Este viaje apostólico a una región enormemente conflictiva,  ha coincidido con la explosión de violencia que se ha desencadenado a consecuencia de la exhibición del video norteamericano y la publicación en una revista francesa de caricaturas al profeta Mahoma. Una mecha más en el polvorín imperecedero de Oriente.
Los cristianos tenemos superadas las provocaciones tendenciosas y deleznables desde hace veintiún siglos. Jesucristo fue despreciado incluso en la Cruz por quienes no entendieron o se negaron a entender que era el Hijo de Dios. Y prueba histórica de la continuación de los ultrajes entre sus seguidores, desde  finales del siglo II d.C. ya se conocía un grafito en las cercanías del palacio de Nerón en la que un cristiano llamado Alexámeno (que debía ser un alumno de la escuela de pajes al que sus compañeros paganos hacían burlas por ser cristiano) adora a un crucificado con cabeza de burro, y debajo de la imagen está escrito “Alexámeno  adora a su Dios”.
El papa Benedicto XVI no ha sido ajeno a los oprobios y agravios, como pontífice y antes como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. Recordemos que el pasado año en España, un día antes de su llegada a Madrid, se autorizó  una marcha laica sin más fin como se vio por su manifiesto, frases, parodias y final en la Puerta del Sol, que denostar a la Iglesia a través del Romano Pontífice y provocar y amedrentar a los jóvenes peregrinos. Los pregoneros de la igualdad y justicia social aprovechan así que surje la  ocasión para  arremeter contra Benedicto XVI  por su nivel de ostentación en los atuendos -dicen- señalándole a él y a la Iglesia como culpables de la pobreza que se padece en el mundo.  Sin embargo, sabemos que las injurias, mentiras, persecuciones, maldades y odios recibidos por causa de Jesucristo, serán recompensadas en el Cielo. Así lo enseña el Señor a sus discípulos en una de las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12 y Lc, 20-26). Por tanto, no corresponde a los cristianos levantarse cada mañana en busca del ofensor para hacer justicia humana: tenemos quien le juzgue.
Lo cierto y verdad es que mientras estas vacaciones muchos turistas habrán desechado la idea de viajar a Tierra Santa y  conocer los países árabes por el clima de inseguridad que se vive, Benedicto XVI ha acometido un problemático viaje para hacer entrega de un documento que bien podría haber sido facilitado por su Secretario de Estado o por un legado pontificio. Pero no: ha estado en Líbano. A ti y a mí puede servirnos de acicate su ejemplar sentido del deber. Tú y yo no me dirás que incurrimos en más de lo debido en una pereza que nos ata a una comodidad bien sujeta a nuestro propio ego; sobre todo en aquéllos deberes que más nos cuesta emprender. Pues el Papa, ahí lo tienes, con ochenta y cinco años, cumpliendo con el deber en un país en el que pocos representantes y autoridades de Estados hubieran decidido personarse en estas determinadas fechas.
Si tuviera que destacar una frase de las pronunciadas en los tres días que ha visitado Libano sería esta: “Vengo a Medio Oriente como peregrino de paz, amigo de Dios y de los hombres”.
Amistad, una palabra que suena mucho ¿verdad? Los niños desde la infancia ya establecen sus primeras amistades. Los matrimonios, se forjan primeramente con una sincera amistad antes de formalizar su relación.  Se dice que los padres tienen que hacerse amigos de los hijos para que éstos confíen en ellos. Poetas y cantantes han escrito y compuesto para alabar la amistad. Una persona sola, sin alguien en quien pensar y por quien vivir, es presa fácil de tristezas y peligrosas patologías. Hacer amigos forma parte de la vida de hombres y mujeres por nuestra condición de sociabilidad que llevamos implícita. Y si no, que se lo pregunten a Fernando Alonso que ha llegado  al millón de agregados en su twitter. El deseo del cantante brasileño Roberto Carlos lo ha hecho realidad (¿te acuerdas de la canción?: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar…)  gracias a la popularidad del protagonista y a las redes sociales.
Pero la amistad que propugna el Papa es otra. Benedicto XVI no ha hablado para contentar sino para convertir. ¿Convertir? Sí, convertir; convertir la convivencia humana en amistad con Dios y entre los hombres. La historia está llena de apretones de manos entre contendientes, de sonrisas delante de unas cámaras de televisión, de firmas en documentos refrendando acuerdos alcanzados entre las partes. Pero… ¿con qué resultados? Porque por mucho que se intente -y buscar la paz siempre es una loable empresa- si no tenemos a Dios por amigo es muy difícil, extremadamente complicado, que la amistad predomine entre los hombres, que perdure. Benedicto XVI humildemente se ha tildado de peregrino de la paz en una región azotada por las guerras, odios y divisiones; pero esa peregrinación no la hace en nombre de Dios, sino con Dios. Así es como se forja la verdadera amistad.
Si mañana de buenas a primeras alguien al salir de casa me parara y me dijera: Oye, tu que eres cristiano, convénceme para profesar tu religión, le daría un Nuevo Testamento para que leyera el capítulo 15, versículos 13 al 15 del evangelio de San Juan. El Señor habla de dar la vida por sus amigos, no les llama siervos, seguidores, simpatizantes. No. Les llama amigos. Y cumple la promesa: entrega su vida por ellos, por ti y por mí, por todos los hombres y mujeres, los que hemos nacido y los que no lo han podido hacer. Tenemos los cristianos un Dios cercano, que se hace amigo de los hombres para que los hombres nos hagamos amigos de Dios. ¿Alguien da más?
Por eso, los cristianos tenemos que esforzarnos por pulir de egoísmos el sentido de la amistad. La verdadera amistad es entrega desinteresada, de alegrías y tristezas compartidas. Las palabras de Benedicto XVI tienen que conducirnos al ejemplo de Jesucristo, que hizo la mayor entrega de uno mismo por los demás. ¿Tú y yo qué estamos dispuestos a entregar?
En estos tiempos que todo lo supeditamos a la temporalidad, no hay apuesta más segura que tener un amigo para siempre… Sí, ese mismo: se llama Jesús, y dice ser Dios. ¿No tienes inquietud por conocerle?


sábado, 8 de septiembre de 2012

La alegría de ser alegres

En el mes de agosto que recientemente hemos dejado atrás, se ha cumplido un año de la celebración de la JMJ en Madrid. Para muchos cristianos la intensidad de esos días vividos entre el 18 y 21 de agosto especialmente, es un recuerdo imborrable; sobre todo para quienes más cerca pudimos vivir ese encuentro de la juventud de todo el mundo con Benedicto XVI. Para agradecer la presencia del Santo Padre en esas fechas, jóvenes de la Archidiócesis de Madrid se trasladaron a Roma para ser recibidos en Audiencia por el Papa el pasado 2 de abril. Y les decía: “Queridos amigos, aquel espléndido encuentro sólo puede entenderse a la luz de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia”.



La alegría era la nota predominante que reinaba entre los peregrinos; una alegría que se transmitía con suma facilidad; una alegría que emocionaba y ensanchaba el corazón independientemente de edades, razas y nacionalidades. Ése fue el don que Dios quiso transmitirnos a través, como recordaba Benedicto XVI a los jóvenes, del Espíritu Santo.

Desde una visión natural, la alegría es consustancial al hombre; todos anhelamos vivir en un estado de plena satisfacción por haber alcanzado un objetivo o estar en situación de obtenerlo. Indefectiblemente, la alegría puede decirse que es vital para el ser humano. Aristóteles lo aconsejaba: “El hombre no puede vivir largo tiempo sin alegría”. No obstante, siempre estamos expuestos a que los contratiempos propios de la vida hagan oscurecer ese estado pleno de ánimo. A veces, incluso, perdemos la alegría por problemas y situaciones ficticias, insignificantes que son acrecentadas por nuestros propios miedos y arrogancias. Podríamos decir que nos sentimos alegres hasta que las circunstancias son propicias. Es una alegría determinada por situaciones externas, por acontecimientos que repercuten en nuestras vidas de manera satisfactoria, dependiendo en gran parte del objetivo perseguido. Podemos alegrarnos por encontrar unos zapatos que llevábamos tiempo buscando; pero más alegría producirá si en la zapatería compramos unas papeletas para un sorteo a Punta Cana para dos personas durante quince días, y somos los agraciados.

Si embargo, hay otra alegría más intrínseca, más profunda que tiene su raíz en el interior de la persona, diríamos que más sobrenatural, porque supera la propia alegría natural que emana del hombre. En esta búsqueda el objetivo ya no es perecedero, material, emocional o incluso sentimental; es ¡trascendental!: Dios. Además, la recompensa no se logra en proporción al esfuerzo personal; el Bien Supremo viene a nosotros para el resto de nuestras vidas, con una particularidad: jamás se diluirá si somos fieles, lo tenemos en esta vida y podemos gozar con Él en el Cielo. Por nuestra parte, basta decir sí a Quien nos busca. La alegría no perece, sino que persiste, ya es una manera de vivir, con un comportamiento que se exterioriza, que se transmite y se contagia. Es entonces cuando podemos decir que somos alegres, exteriorizamos un gozo que nace del interior por haber encontrado un sentido trascendental a nuestra vida, es la paz que se alberga en el alma. El ansía de infinita alegría y felicidad que busca el hombre solamente puede colmarla un Dios Infinito.

Indudablemente que la vida trae sinsabores, decepciones, dolor, sufrimiento, muerte; y que es una realidad que hace que la alegría en estas situaciones se esconda, que surjan dudas sobre si el hombre está hecho para la felicidad o es un ser condenado al sufrimiento. Será entonces cuando pidamos al Señor ahondar más detenidamente en la herencia del Cielo como ayuda para superar las situaciones difíciles, para aumentar la virtud de la esperanza. 

Don Luis Moya, sacerdote tretapléjico a consecuencia de un accidente de tráfico, entendió así el sentido de su tragedia personal: “Gracias a ello veo: creo que un amor inmenso preside mi vida. Y la de todos, aunque muchos no se den cuenta. Por resumir mi problema, diría que soy un multimillonario que ha perdido solo mil pesetas”. 

Para entender el entresijo de nuestras vidas, te propongo imaginarte un tapiz. Es frecuente mirar el reverso y nos fijamos en los hilos, cuerdas y nudos sin sentido alguno; pero si colaboramos con Dios, en la eternidad veremos el anverso de ese mismo tapiz y nos daremos cuenta de la maravillosa obra de arte que Dios hizo con nuestras vidas.

Todavía, por desgracia para ellos, son muchos los que piensan que vivir el cristianismo es renunciar a vivir la vida con plenitud, a estar como taciturnos, temerosos y angustiados de ofender a Dios, carentes de ilusión por disfrutar de todo lo bueno que la sociedad y el progreso ponen a disposición del hombre. Y nada más lejos de la realidad. La JMJ inundó de alegría interior las calles y los hogares de Madrid. Nos dejó muestra de lo que debemos ser los cristianos. Hombres y mujeres alegres, que tenemos que transmitir y contagiar esa alegría a quienes nos rodean. He conocido a cristianos jóvenes y ancianos, sacerdotes y laicos, sanos y enfermos, pudientes y de profesiones humildes, y la sonrisa y buen humor han sido gestos que denotaban una alegría interior notoria. ¿Y sabes por qué? Te contesto con el Libro del Deuteronomio, capítulo 4, versículo 7:”Porque ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos, como está el Señor, nuestro Dios, cuantas veces le invocamos?”. 

Conclusión: si quieres ser feliz busca a Dios; Él te ha encontrado primero y te está esperando. Pero, eso sí, vive la fe con alegría, siéntete tocado por esa frase de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. Porque de lo contrario habrás desaprovechado la mejor herramienta que Dios nos ha dejado para transformar el mundo cada día desde tu circunstancia personal: la virtud de la alegría. San Pablo insistía con esta virtud a los Filipenses: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraros”. (Filip. 4, 1-9) ¿Te apuntas?

No encuentro mejor lugar para cumplir el objetivo que no sea en…



martes, 14 de agosto de 2012

Sacerdotes, ¡los necesitamos!

Durante el pasado mes de julio de una manera u otra he tenido presente especialmente a algunos sacerdotes. Sin entrar a valorar comportamientos y aptitudes – que de todo hay en la viña del Señor-, me quedo con una petición y un encuentro personal. La petición correspondió a un sacerdote de una parroquia cercana a mi casa, que el 14 de julio cumplió 55 años desde su ordenación sacerdotal. El sábado anterior, de manera tímida y sonriente al terminar la celebración eucarística me pidió que donde me encontrara el sábado siguiente me acordara de él en mis oraciones. Así lo hizo con otros feligreses de la parroquia en la que tan divinamente está al frente. Ese sábado, día 14, asistí a la Santa Misa que celebró, y lleno de alegría recordaba en la homilía el día que dijo sí al Señor y sus estancias en distintos destinos como sacerdote. Me hizo pensar: debía ser yo quien le pidiera tenerme presente en su trato con Dios; y a mí, humildemente, ¡un hombre de casi ochenta años con más de medio siglo de entrega ministerial me pide que rece por él! Humildad se llama esta gran virtud.
El día 20 de julio, después de más de 20 años sin encontrarnos,  en nuestro pueblo, Tomelloso, pude volver a ver y abrazar a un antiguo compañero de colegio, sacerdote desde hace ocho años. Gracias a una conversación en un bar que tuvimos un domingo a la salida de Misa en nuestra parroquia, mi vida espiritual empezó a tomar rumbo desde nuestra época veinteañera. El tiempo que estuvimos juntos fue corto; al fin y al cabo había venido para pasar unas horas con su familia. Él sabe el día en que quiero volver a verle en Madrid, en una iglesia y delante de unos novios particularmente entrañables. Es un momento que anhelo. Cuando subí a su coche me fijé en una estampa descolorida que llevaba en lugar discreto pero visible. Era de nuestro paisano el Siervo de Dios Ismael de Tomelloso. De no haber muerto a la edad de veintiún años hubiera querido ser sacerdote. Para el ejercicio de su ministerio se encomienda mi buen amigo a nuestro paisano que está en el Cielo. Ismael ofreció su vida prisionero desde una cama de un hospital; mi buen amigo ofrece al Señor su vida como sacerdote desde una capellanía en un colegio de Jaén. Todo para gloria de Dios.
Desde 1929 los sacerdotes tienen a un Patrono universal al que encomendarse para sus tareas ministeriales: San Juan María Bautista Vianney,  conocido por el Santo Cura de Ars. El Papa Pio XI canonizó y declaró Patrono universal del clero a un hombre al que por su escasa ciencia le costó Dios y ayuda –nunca mejor dicho- ser ordenado sacerdote. Fue destinado a una pequeña población francesa de unos 320 habitantes, Ars, dominada por la ignorancia religiosa, las tabernas y los bailes. El Vicario general de la diócesis ya le anticipó la labor a realizar: “No hay mucho amor de Dios en esta parroquia;  usted procurará introducirlo”. Pues, bien, desde 1827 a 1859 la iglesia de la humilde aldea francesa no estuvo un momento vacía; a Ars llegaban multitudes para confesarse con el reverendo Vianney. Destacó por el ardiente deseo de acercar almas a Dios, por el espíritu de mortificación y de oración, y, sobre todo, por su infatigable dedicación a administrar el Sacramento de la Penitencia. A un abogado de Lyon que peregrinó a Ars le preguntaron qué había visto allí. Y contestó: “He visto a Dios en un hombre”. Desde el mismo día de su ordenación el Santo Cura se consideró un vaso sagrado destinado al ministerio divino. Desde muy joven se lo decía a su madre: “Si fuese sacerdote, querría ganar muchas almas”. Y hablando de la sublime dignidad del sacerdocio expresaba sus emociones: “¡Oh, el sacerdote es algo grande! No, no se sabrá lo que es, sino en el Cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor”.
Los sacerdotes están para acercar almas a Dios, son los mediadores entre Dios y los hombres. El Señor quiso perpetuar el sacrificio de la Cruz en cada una de las Misas que se celebran desde que se instituyó la Eucaristía en la Última Cena. Al igual que eligió a una mujer,  la Virgen Santísima, para encarnarse de nuestra propia condición humana, necesita de hombres elegidos por Él para quedarse entre nosotros, para ser alimento de nuestras almas. Jesucristo, por haber adquirido la naturaleza humana sabe que, como personas, es recibido en vasos de barro frágiles, quebradizos y a veces muy sucios. Los sacerdotes, como tú y como yo, también están condicionados por las miserias humanas, y cuanta menos vida de piedad vivan más fácilmente puede perderse el significado para el que son llamados. Pero aún así, si el Señor se sirve de la pobre condición humana para estar con nosotros, en nosotros, no hay más alternativa para los católicos: tenemos que ser un apoyo del que Dios se sirva para ayudarles a ser mejores. Tienen el enorme mérito de haber dejado casas, familias, estudios, novias, profesiones… para convertirse en presbíteros. Si desaparecieran, si negaran la llamada de  Cristo, no podría habitar entre los hombres, no podría regalarnos tantas gracias como nos concede en los sacramentos; las iglesias, sin poder celebrarse Misas no pasarían de ser edificios para visitas turísticas; las almas se debilitarían y morirían por falta de vida espiritual. Sin sacerdotes, Dios no podría seguir derrochando su infinito amor por ti y por mí.
No sé amiga mía, amigo mío, que posicionamiento tendrás con los sacerdotes. Creo yo que hay dos: o comprender que son humanos, aceptando que pueden caer y entender la difícil y privilegiada misión que Dios les ha conferido, pero que la Iglesia los necesita, ¡Dios mismo los necesita!, o unirte a esa corriente de crítica y de aniquilamiento moral promovida por aquéllos, precisamente, que menos tienen que ver con la Iglesia por no sentirse miembros de ella, con la inestimable colaboración de aquéllos católicos inconsecuentes con la trascendencia que para la Iglesia tienen los sacerdotes. Si eres de los primeros, practica aquel consejo que le dio un joven y simpático sacerdote a una parroquiana después de que ésta protestara vehementemente por abrir la iglesia tarde: “La culpa –le dijo este buen sacerdote, con tono enérgico pero sonriente- la tiene usted por rezar poco; si rezara más habría más sacerdotes y no me encontraría yo solo en esta parroquia”. El buen curita, llegaba con la hora ajustada después de haber estado asistiendo a unos chavales de la parroquia en unos campamentos. Llegó sofocado, con mochila al hombro y deportivas, con su pantalón y camisa gris y su alzacuellos, pero en disposición de poner su voz y sus manos para que Jesucristo pudiera ser recibido por la señora un día más.
Recemos por nuestros curas, sepamos comprender por el bien de ellos y de la Iglesia los errores en que puedan incurrir, que sientan el respeto y el cariño que se merecen; convenzámonos que son muchos más los que quieren ganar almas al Cielo que los que cuartean su vocación dejando el ejercicio de su ministerio a su mínima expresión. Nosotros necesitamos de ellos para que el inmenso Amor de Dios siga siendo introducido en el mundo.
Este video te ayudará. No, no son actores, son sacerdotes que transmiten alegría a la Iglesia, al mundo, a los corazones de todos aquéllos que se dejen.

martes, 17 de julio de 2012

Eurocopa 2012, no hay dos sin tres

Pido de antemano disculpas a los que os acerquéis a este blog y os encontréis con que un españolito está haciendo un post presumiendo de su selección de fútbol. Para todos los aficionados a este deporte, julio nos deja el sabroso recuerdo de la victoria de España en la Eurocopa,  dando a Europa y al mundo un verdadero espectáculo futbolístico, difícilmente de presenciar en un deporte donde prima, por desgracia, la eficacia a la belleza, el éxito a la constancia, la extravagancia a la sencillez. Además, este sufrido pueblo español ha disfrutado en un par de semanas de unión e ilusión; los medios de comunicación han priorizado la información apoyando a la selección, gentes de diversas generaciones han exhibido por la calle la camiseta roja de nuestra selección;  las ventanas y balcones han sido engalanadas con la bandera nacional. Los graves problemas de una nación parecían no existir disfrutando con un equipo que ha respondido a las expectativas originadas. España vuelve a obtener un nuevo título europeo. Tenemos la mejor selección de fútbol del mundo.
Pero más importante para mí es que nuestros representantes han demostrado también virtudes humanas. Terminada la final, me llamó poderosamente la atención contemplar los niños que estaban en el césped con la camiseta de la selección: eran los hijos de algunos jugadores; en brazos o de la mano, dependiendo la edad,  participando de esa alegría que se contagia con tanta facilidad. Otro de nuestros jugadores,  reiteraba, hasta que lo consiguió, la presencia de sus padres para hacerse una fotografía con la copa de campeones. Los había que se abrazaban al grupo de su entorno familiar. El capitán de la selección y su novia, se daban un abrazo una vez finalizada la corta entrevista que ella le hacía minutos después de recoger el ansiado trofeo.  Imágenes, todas ellas, muy entrañables, aleccionadoras, vistas por millones de espectadores, donde los protagonistas comparten  la alegría por el éxito obtenido  con sus familiares más cercanos.
Y detrás de este grupo, destaca otra persona que resalta por sus cualidades humanas: el seleccionador, Vicente Del Bosque, profesional y hombre fiel a sus ideas, que ha sabido conjugar sus conocimientos futbolísticos con dos virtudes: paciencia -especialmente a la hora de recibir las primeras criticas, a veces desleales efectuadas por compañeros de profesión- y sencillez,  que ha sabido transmitir a los jugadores, a un grupo de personas que le tenían como referencia deportiva, y quien sabe si más de uno como referencia personal.
Precisamente es la fidelidad a un estilo de juego, la cualidad que el seleccionador ha sabido mantener intacta independientemente al juego y resultados, la característica más destacada y determinante. Y aquí es donde quiero detenerme por si a ti y a mí nos puede servir para aplicarla a nuestras vidas.  No es fácil en los momentos actuales vivir fieles a un estilo de vida, una forma de pensar y de vivir cuando parece que la consecución de los objetivos se encaminan a unos medios no siempre muy deportivos. Buscamos el éxito a costa de perjudicar a los demás, a veces a quien más cerca está de nosotros (zancadillas); valen incluso las amenazas veladas y hasta las agresiones a la intimidad de las personas (agresiones de todo tipo); nos constituimos en víctimas con la intención de acaparar la atención de los demás para que sientan pena por nosotros ante alguna leve contrariedad en las convivencias diarias habituales (gestos y gritos desesperados cuando hemos sido receptores de una falta sin más); estamos  en un estado de susceptibilidad que provoca  a las primeras de cambio que infamemos de palabra al prójimo, y si  es posible desde  un medio de comunicación para tener más repercusión  (insultos);  no reparamos en que el prójimo puede sufrir por nosotros no siempre por buenas y ejemplares acciones sin pedir disculpas (infracciones en las que una vez cometidas sobre el rival nos olvidamos de él, en lugar de estrecharle la mano y ayudarle a levantarse). Somos inconsecuentes también en el terreno de juego con la autoridad (árbitros).  Ante cualquier falta a nuestro entender no pitada nos revelamos (gestos de desesperación para expresar la “injusticia” cometida). Si podemos, incluso,  intentamos eludir nuestros deberes para obtener un beneficio o impedir una penalización (jugadas conflictivas dentro del área para impedir la acción del contendiente o un “piscinazo” para pitarnos un penalti a favor, inexistente, pero penalti a favor a fin de cuentas). Podríamos seguir con estas comparaciones entre las jugadas que se dan en un partido de fútbol y las acciones que cometemos, buenas o malas, en el vivir cotidiano.  Todo para la consecución de un fin que nos llene de dicha: la victoria que nos induce a la felicidad.
Este es el ejemplo más trascendente que he visto con la selección nacional de fútbol. Ha sufrido críticas desleales por la forma de jugar en algunos partidos; ha habido en alguno de ellos en los que ha tenido que sufrir arbitrariedades del contrario y padecer los silbidos de un público que en lugar de animar a su selección buscaba el desacierto entre los nuestros; en las pocas jugadas conflictivas no ha sido beneficiada por errores arbitrales. Pues, bien, éstas contrariedades no han variado el modo de alcanzar el objetivo: deportividad, unión entre los jugadores,  apoyos constantes dentro del terreno de juego, vistosidad en el juego buscando en todo momento al compañero que en mejor condiciones está para recibir el balón…, virtudes individuales,  labor de equipo, para llegar a la meta, nunca mejor dicho.
Si cada persona actuáramos con humildad, poniendo nuestras virtudes al servicio de los demás, tendríamos otra España, otra Europa, otro mundo y otra Iglesia. Cuestión de aplicarnos el viejo proverbio que dice: “Más vale encender una cerilla que maldecir la oscuridad”. O en otras palabras –mías claro está, en las que podrás estar de acuerdo o no-: en lugar de quejarnos, de buscar malas artes, convertirnos en un jugador imprescindible dentro de la sociedad. Y si a esto le añades poner en tu vida a un espectador de lujo el éxito será arrollador. ¿Qué quién es ese espectador de lujo? Se llama Dios. También se convierte en, masajista, compañero, entrenador, psicólogo y hasta en  árbitro benevolente para dejar pasar alguna mala jugadilla hecha por nuestra parte.
Nota.- La selección española de fútbol sub-19 se proclamó el pasado domingo campeona de Europa de selecciones nacionales. Fiel al mismo estilo de juego de los mayores. No son casualidades.  Hay un arte de jugar y un arte de vivir que no falla.

sábado, 30 de junio de 2012

Caso "Vatileaks"

El denominado caso “Vatileaks” está sirviendo para que ciertos sectores de la opinión pública, como no podía ser de otra manera, arremetan con contundencia, desinformación y desorientación contra el Santo Padre. Como sabrás, el ayudante de cámara de Benedicto XVI, Paolo Gabriele, fue detenido por encontrarse en su casa informes y correspondencia privada del Papa, acto inmoral y gravísimo por violar un derecho elemental del ser humano. La Comisión de cardenales, presidida por el español Julián Herranz, creada para investigar el caso y descubrir a los autores responsables de esta trama, continua las entrevistas con superiores y empleados vaticanos, y personas que no trabajan en la Santa Sede. La gendarmería del Vaticano avanza en sus investigaciones policiales. Seguimos expectantes, pero sin perder la calma; y menos aún, caer en el desánimo: la Iglesia es Santa no por la acción de los hombres, sino por la del Espíritu Santo.

No vamos a extrañarnos que después de veintiún siglos incurramos en estos desórdenes. La ambición y el poder son malos objetivos. Acuérdate que camino de Jerusalén la madre de los hijos de Zebedeo le pide al Señor que Santiago y Juan estén a la derecha e izquierda de Dios cuando instaure el Reino de los Cielos. Una madre, con fines nobles, provoca una marejada en el grupo de los discípulos. Y Judas, por treinta monedas entrega a Jesucristo a la autoridad judía. El grupo de los seguidores del Señor, ya vemos que no eran hombres perfectos; y a lo largo de los siglos el Cuerpo de Cristo ha dado a miles de santos, pero, también, muchos desafectos.

Por culpa del pecado original llevamos una compañera de viaje molesta, la tentación, que atrae y seduce y nos impele a  buscar el provecho propio y nos pone en disposición de hacer lo que no debemos: elegir el camino que nos conduce al alejamiento de Dios. No es en sí cualidad mala sufrirla; sí es, por el contrario, abrir el alma a ella, porque nos exponemos a perder lo más valioso que podemos tener estando en gracia: a Dios. Consecuencia de esta desconfianza es que somos capaces de incurrir en fracasos estrepitosos que nos arrastran hacia rincones oscuros de nuestra existencia. Ponemos en peligro nuestra felicidad, la de nuestra familia, somos piedra de escándalo por no vivir conforme a nuestras creencias, incurriendo en aptitudes contrarias al querer de Dios. No solo se enfrían los deseos de transmitir el mensaje evangélico de Jesucristo, sino que nos dejamos arrastrar por el mundo justificando comportamientos más propios de paganos que de seguidores del Señor.

Pero Dios sabe perfectamente que por más que queramos negarlo somos débiles, desconfiados y en ocasiones rebeldes; capaces de perdernos  si nos apartamos del horizonte verdadero que es Él. Cuando nuestra alma está sometida a fuerte marejada en lugar de reconocer el riesgo al que estamos condicionados y pedir como aconsejaba San Agustín cristiano, en tu nave duerme Cristo, despiértale que Él increpará a la tempestad y se hará la calma”, caemos en la tentación  de dejarnos ir a la deriva sin más rumbo que el de las propias pasiones.

Cuando los apóstoles le piden al Señor que les enseña a orar les entrega la oración del Padrenuestro. Nos dirigimos a Dios como Padre que está en el Cielo y hacemos siete peticiones. En la penúltima acudimos a Él para no caer en tentación. Si degustáramos más esta oración nos sentiríamos más reconfortados. A veces puede que recurramos a ella tarde, cuando estamos sumidos en las mayores de las postraciones -aunque Dios está siempre dispuesto a salir en nuestra ayuda-; porque deberíamos saber que el edificio de nuestra fe no suele venirse abajo repentinamente: es por dejar que las grietas penetren sin poner los medios eficaces para evitar mayores daños.

Para no caer en tentación es preciso abandonarnos en Dios, no entrar en diálogos interiores con nosotros mismos, atrevernos a decir en muchas ocasiones no; no justificar acciones que sabemos por lo que nos dicta la conciencia que no son conformes al bien, aunque aparente lo contrario y sean muchos quienes así lo hagan; a buscar más las necesidades del prójimo que las propias. Y esta fortaleza se consigue con lucha. En cuanto estemos dispuestos a luchar, ya somos poseedores de la primera victoria que nos engrandece. Un alma en gracia lucha para no dejarse robar lo más valioso que tenemos: Dios. No basta con estar en gracia: hay que buscar esa tensión para vivir la presencia de Dios, con un corazón ardiente y entregado. Es difícil, ¿verdad? Dímelo a mí, tan lleno de imperfecciones como tú, o incluso más, y al que tanto cuesta predicar con el ejemplo. Pero no hay otro camino. Puestos a servir, como diría San Francisco de Borja: “Nunca servir a Señor que se pueda morir”. Y Dios Eterno será siempre quien esté dispuesto a ofrecer más: la felicidad eterna.

El pasado 16 de abril el Santo Padre pronunció estas palabras en la celebración de su 85 cumpleaños: “Me encuentro ante el último tramo del camino de mi vida y no sé lo que me espera. Pero sé que la luz de Dios existe, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad; que la bondad de Dios es más fuerte que todo mal de este mundo. Y esto me ayuda a avanzar con seguridad. Esto nos ayuda a nosotros a seguir adelante, y en esta hora doy las gracias de corazón a todos los que continuamente me hacen percibir el “sí” de Dios a través de su fe”. Conmovedoras palabras sobre todo procediendo de un hombre que en la última etapa de su vida tiene que sufrir las consecuencias de quienes han caído en la tentación de buscar unos afanes contrarios a la Iglesia, contrarios a Jesucristo.

El resumen final de este post bien podría ser este sí gozoso a Dios, al que se refiere Benedicto XVI. El caso “Vatileaks”, aparte de servirnos para pedir al Señor que saque provecho de este hecho para bien de su Iglesia, debe hacernos ver la fragilidad de nuestra fe si no somos capaces de abandonarnos siempre en sus manos, sobre todo en épocas críticas de nuestra vida. Porque no conviene olvidar que la tentación nos pone en disposición de apartarnos del Bien para esclavizarnos al Mal.

No dejemos que la tentación se apodere de nosotros con estas tristes noticias. Más aún: sintámonos reconfortados sabiendo que Dios, a pesar de nuestras miserias, sigue contando con nosotros para transformar almas. Y si no que se lo pregunten a los jóvenes de este video.

domingo, 3 de junio de 2012

Mayo, Maria, Europa y Los Beatles

Escribir a principios de junio  lo que supone para un cristiano vivir el mes de mayo, sugiere un consejo añadido: vivir el resto de los meses como si estuviéramos en mayo, para tratar con más cariño filial a la Virgen María, y querer más a quien tanto ha hecho por la Humanidad. Mayo tradicionalmente es un mes dedicado a evocar la figura de María. En mi caso, hace un par de semanas, hice junto  con mi mujer y mis una romería a la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en el Cerro de los Ángeles. Impresionante lugar, a tan solo trece kilómetros de Madrid en el que el corazón se evade de los ajetreos de la ciudad para respirar oxígeno material y espiritual, y al que te sugiero visitar si tienes ocasión. Para recordar a la Virgen, quiero apoyarme en una fecha -9 de mayo, día de la Unión Europea-; un festival de la canción –el de Eurovisión; y una canción de The Beatles  -Let it be-. Empezamos.
Probablemente desconozcas que desde 1985  el 9 de mayo se celebra el “Día de Europa”, en recuerdo de ese mismo día de 1950, en el que el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Robert Schuman hizo la célebre Declaración que lleva su apellido, que originó la creación de la primera Comunidad Europea: la del Carbón y Acero. En 1951 se firmó el Tratado de París, iniciador de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), que junto al Tratado de Roma firmado en 1957 constituyen los tratados fundacionales de la actual Unión Europea. Tres de los cuatro firmantes eran profundamente católicos; a saber: el nombrado Robert Schuman (1886-1963), el alemán Konrad Adenauer (1876-1967), y el italo-triestino Alcide de Gasperi (1881-1954), hombres “inspirados por una profunda fe cristiana” como los definió el Beato Juan Pablo II.
La bandera europea también tiene connotación cristiana, muy mariana. Convocado por el primer Consejo de Europa en 1949 un concurso de ideas abierto a todos los artistas europeos para crear una bandera común, la elección recayó en el diseño de Arséne Heitz, por entonces joven y poco conocido diseñador. El artista de Estraburgo desveló la inspiración: surgió viendo la iconografía tradicional de la imagen de la Inmaculada Concepción en las apariciones de la Santísima Virgen en la Rue du Bac de Paris, conocida como la Virgen de la Medalla Milagrosa. La Comisión que componía el jurado estaba presidida por un judío que desconocía el origen del trabajo del diseñador. Tras unos ajustes en las agendas de los Jefe de Estado europeos, el día 8 de diciembre de 1955, fiesta de la Inmaculada Concepción –casualidades de la vida-, se celebró la sesión solemne en la que se erigió como bandera europea la que conocemos. Curioso ¿no?
El pasado día 26 se celebró una nueva edición del festival de Eurovisión en Bakú, capital de Azerbaiyán. La representación rusa, formada por seis abuelitas de una aldea de unos 650 habitantes llamada Buránovo, quedó subcampeona. En esta aldea  hace 73 años se destruyó su iglesia, junto a otras miles por toda la geografía rusa, por un terremoto ideológico llamado comunismo, con el epicentro en el Kremlin, y un máximo responsable político llamado Stalin. El beneficio económico de tan clamoroso éxito será destinado a la reconstrucción de la iglesia, para que los vecinos de Buránovo no tengan que desplazarse a cuarenta kilómetros de sus casas para oír Misa. El pasado día 30 de mayo se ha celebrado la ceremonia de colocación de los cimientos.  Después del acuerdo de Yalta, de la Guerra Fría, de la crisis de los misiles que a punto estuvo de abocar al mundo a una guerra nuclear o del atentado del Papa Juan Pablo II, pocas esperanzas quedaban que en Rusia pudiera emerger la libertad. Pues bien, la Virgen de Fátima en sus apariciones ya anunció que Rusia se convertiría. Y el  ejemplo de estas abuelitas muestra que el sufrido pueblo ruso viviendo en libertad, es capaz de emprender iniciativas con fines altruistas; y el altruismo más profundo al que se puede llegar es facilitar que Dios esté en medio de aquéllos que le buscan.
A pesar de mis limitaciones descriptivas, podrás observar que el denominador común de estos hechos europeos está bajo el nombre de María. Ciertamente que la Europa que soñaron los firmantes del Tratado de París no es la que disfrutamos o padecemos –según el cariz con que se mire-, pero es un hecho incontrovertible que con finura interior se percibe un capricho sobrenatural en estas iniciativas humanas. Por esta razón, humana y sobrenatural, tenemos que buscar a María, no como una Madre, que lo es, que nos escucha e intercede por nosotros: también porque Ella es quien nos lleva a su Hijo. Viviendo cerca de María se siente más cercana la presencia de Dios, que busca al hombre en cualquier circunstancia de la vida; sí, al hombre europeo también, tan ensimismado en sí mismo, tan capaz de creerse dueño de su destino. Ha olvidado que las raíces de Europa son cristianas, y solo la secularización que padecemos arrincona a Dios de un continente que está llamado a buscar el futuro partiendo del pasado, en lugar del olvido o indiferencia que impera en el presente.
Para terminar, lo hago con otro recuerdo: el 8 de mayo se han cumplido 42 años del último álbum lanzado por los Beatles, Let it be. Conforme lo tenían acordado -ejemplo de que si no existen lazos más fuertes las uniones terminan por romperse; y en este caso, lamentablemente no había más proyecto que el musical-, poco después se separaron. La canción que daba título al trabajo discográfico tenía una sutil referencia mariana: “Cuando me encuentro en tiempos de problemas/ la Madre María viene hacia mí/diciendo palabras sabias, déjalo ser/ y en mis horas de oscuridad/ ella está parada justo al frente mío/ diciendo palabras sabias, déjalo ser”. Llama la atención, ¿verdad? “Let it be”  Déjalo ser, déjalo ser. ¿Y a quién si no al Hijo de Madre María tendríamos que dejarlo ser, dejarlo estar para  iluminar  nuestras vidas, en tiempos de problemas y en los de bonanza?

domingo, 20 de mayo de 2012

El Tesoro de la Iglesia

Circula en  Facebook un curioso recuadro en el que se intercala una imagen de Jesús y una fotografía del Santo Padre. Se compara la vida de pobreza que vivió nuestro Señor y, según los creadores de la perversa comparación, la fastuosidad en el vestir y modo de  vivir de Benedicto XVI, representando el afán de riqueza que persigue la Iglesia.
La pobreza y el hambre son grandes tragedias que asolan el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que el 13,2% de la población mundial (920 millones de seres humanos) sufren hambre y desnutrición en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aportado un informe en el que destaca que una tercera parte de la humanidad sigue sin tener acceso a los medicamentos que necesita para tratar sus dolencias, y que el tráfico de medicinas falsas causa la muerte  cada año a más de 200.000 personas en los países pobres. Estas situaciones injustas e incomprensibles para el mundo moderno, son propensas para que los que alientan que todos los males del ser humano provienen de la Iglesia arremetan contra ella sin contemplaciones. Medios de comunicación y redes sociales son aprovechados para estos fines.
 La preocupación por los pobres va unida al peregrinar de la Iglesia por este mundo, cuya riqueza no ha sido capaz de administrarla equitativamente  el hombre contemporáneo. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, los Santos Padres se han erigido en los principales portavoces de los peligros que el progreso industrial, económico y tecnológico podría acarrear. Encíclicas como Rerum Novarum (León XIII, 1891), Quadragesimo Anno (Pio XI, 1931), Pacem in Terris (Juan XXIII, 1963), Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), Octogesima Adveniens (Pablo VI, 1971), Evagelii Nuntiandi (Exhortación apostólica de Pablo VI, 1976), Laborem Exercens (Juan Pablo II, 1981), Deus caritas est (Benedicto XVI, 2005), han advertido que el consumismo egoísta e insolidario de una parte de la Humanidad, conlleve a que millones de hombres, mujeres, ancianos, niños, adolezcan de unos derechos elementales  que por ser personas son inalienables, universales e inviolables.  El Siervo de Dios Pablo VI, lamentaba esa  falta de fraternidad: “El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.” Carta. Enc.  Populorum progressio, n.66).
A los que contumazmente ponen sus ojos en las vestiduras de los papas, y del patrimonio de la Iglesia, para arremeter contra la insolidaridad con los pobres –por falta de espacio dejo para otra ocasión este controvertido tema que tanto preocupa a los instigadores anticlericales amparados por los pobres ignorantes que fomentan estas campañas-, basta recordar el contenido de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 76, elaborada durante el  Concilio Vaticano II: “Las realidades terrenas y espirituales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia usa los medios temporales en cuanto su propia misión lo exige”. Y la misión fundamentalmente evangelizadora de la Iglesia no olvida las necesidades básicas de los pobres, a los que se considera también hijos de Dios. Sin una estructura propia de una institución extendida por los cinco continentes, no se podría llevar a efecto toda la labor social que la Iglesia ejerce por todo el mundo.
Manos Unidas (asociación de la Iglesia católica creada en España en 1959 por un grupo de mujeres de Acción Católica para "declarar la guerra al hambre") recaudó el pasado año 51,7 millones de euros para ejecutar 605 proyectos en varios países. En 2010 fue distinguida con el Premio Príncipe de Asturias por su "apoyo generoso y entregado a la lucha contra la pobreza y a favor de la educación para el desarrollo en más de sesenta países". Los 50.000 euros del galardón se emplearon en ayuda a la población desplazada por el terremoto de Haití.

 Cáritas (otra asociación nacida en España del seno de la Iglesia católica) atendió a 6,5 millones de personas en el último año, de las que 4.860.000 fueron pobres de entre más de 80 países de todo el mundo y 1.632.499 de nuestra empobrecida España. Podríamos hacer mención de otras ONGs cristianas, congregaciones religiosas, movimientos misioneros que desde una perspectiva material y espiritual alivian las necesidades de personas mayores, personas sin hogar, enfermos de sida, reclusos, toxicómanos, desempleados, inmigrantes, niños abandonados, mujeres embarazadas abandonadas por su parejas... En los más necesitados, en ese hermano sufriente de los que nos acordamos en campañas solidarias a través de medios de comunicación una vez al año, para acallar tal vez un poco la conciencia de ver tantas imágenes de miseria, de conocer los millones de personas que sufren en el mundo de los que también forman ellos parte, los cristianos ven, tenemos todos que ver, el rostro de Jesucristo que nos alienta a buscar el bien físico, moral y espiritual en el prójimo.
Esta labor social de la Iglesia se comprueba diariamente viendo dónde acuden los pobres: basta mirar la puerta de una iglesia, entrar a un despacho parroquial, para ver que allí se encuentran buscando ayuda. No están en las puertas de las sedes de los partidos políticos, ni en las de las centrales sindicales, ni en los ayuntamientos, ni en los parlamentos. No. Están entre quienes le ofrecen ayuda, sin más requisito que su presencia, entre quienes gracias a una fe vivida practican la caridad con quien consideran también lo que verdaderamente son: hijos de Dios.
Y esa es la labor de la Iglesia con el Santo Padre a la cabeza como Sucesor de Pedro, que sigue saliendo al encuentro del más indefenso y necesitado; pero no solamente para cubrir sus necesidades básicas, las que por el egoísmo del propio hombre no es capaz de paliar, sino, y sobre todo,  las espirituales, las que dan a conocer el mayor tesoro, la mayor riqueza que el ser humano puede albergar en su vida: Jesucristo.