lunes, 23 de enero de 2012

Religiones, no todas son iguales

Es habitual que al tratar de temas sobre religión nuestros interlocutores se despachen con la manida frase de que todas son iguales; incluso a la hora de emitir valoraciones sobre masacres producidas por grupos terroristas, se diga que son consecuencia de fundamentalistas que llevan hasta el extremo sus creencias religiosas. Y no solamente se defiende esta postura por quienes menos informados están; también quienes expresan sus opiniones en medios de comunicación fomentan estas argumentaciones sin más base que ésta: los extremismos son malos.
Pero no te preocupes, que no voy a disertar sobre cuestiones metafísicas del judaísmo, hinduismo, budismo o islamismo en comparación con el cristianismo, no; mi pretensión es una cuestión temporal. Es fácilmente evaluable – lo difícil, eso sí, es resumirlo en folio y medio- que si existe una religión que aporta más desvelos por el  prójimo, especialmente el más necesitado, más afán por mejorar al conjunto de la sociedad, y más cooperación desinteresada al bien común, ésta es la religión católica.
Cuando nos referimos a Cáritas (traducido del latín al castellano significa caridad), muchos piensan que es una ONG muy enraizada en la opinión pública. Pero esta institución benéfica nació en 1947 desde el seno de la Iglesia Católica para ocuparse de los más pobres de entre los seres humanos. Acoge a personas necesitadas sin distinción de razas, creencias, nacionalidades; no es necesario acreditar estado de insuficiencia material: basta con la palabra y la presencia para recibir alimentos, pagos de suministros o atención sanitaria.  Allí donde ocurre una catástrofe acude para paliar los efectos entre la población. Unas cifras demostrativas de la labor en España: en 2010 ayudó a 950.000 personas, destinó el 63,02 % de los recursos a atender a familias españolas, viendo como los fondos públicos (la aportación del Estado) bajaron un 1%, unos 200.000 euros menos que el año anterior, pese a que muchos organismos públicos derivan a Cáritas a quienes van pidiendo ayuda.
El afán de ayuda al prójimo de  la Iglesia Católica traspasa fronteras, abarca los cinco continentes. Los católicos españoles somos los segundos del mundo –Estados Unidos es el primero- que más colaboramos en los proyectos de evangelización y respaldo económico de los misioneros. El pasado año, se  enviaron a las misiones 16.950.952 euros. Se estima que unos 14.000 misioneros españoles están repartidos por todo el mundo. Detrás de cada misionero hay un afán apostólico, pero intrínsecamente va unida  una labor social para erradicar la pobreza y promover la dignidad de las personas, entregando, incluso la vida  en esas labores. Así lo atestigua Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias: “Cada cinco minutos (en zonas de misión) muere de forma violenta un cristiano, por el hecho de serlo; y medio centenar de misioneros fallecen cada año de modo martirial”.
Tampoco la Iglesia Católica está al margen de cuestiones tan básicas para el mundo como es la paz. La fe católica no puede entenderse sin alentar la paz en los corazones de todos los hombres y mujeres, en las familias, en el mundo. En el convulso siglo XX, asolado por dos guerras mundiales, con exterminios de millones de seres humanos producidos por el nazismo y el comunismo, una de las figuras más emblemáticas por defenderla ha sido el Beato Juan Pablo II. En 1986 el Papa Wojtila quiso mostrar que las religiones no son factores de odio y violencia, sino de paz, y reunió en Asís a líderes religiosos de todo el mundo para rezar por la paz. Veinticinco años después, su sucesor en la Sede de Pedro, Benedicto XVI, bajo el lema “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” reunió en el mismo lugar a 300 representantes de distintas religiones y no creyentes que participaron en la jornada de diálogo y oración el pasado mes de octubre. Una muestra del sentido ecuménico que caracteriza a la religión católica. El siglo pasado, también ha sido en el que más católicos han derramado su sangre a causa del odio y la represión religiosa.

Los extremismos sí que son buenos si son consecuencia del derroche de amor por el prójimo. Amando a Dios, se ama al prójimo hasta dar la vida por él. El Fundador de la Iglesia Católica murió en un madero por amor a todos los hombres; su Madre, La Virgen Santísima, allí estaba a los pies de la Cruz. Ella fue la primera que llevó a cabo el mensaje de Jesucristo, cuando al enterarse por el Ángel que su prima Isabel estaba encinta, fue sin demora a una ciudad de Judá para atenderla, quedándose con ella unos tres meses, según nos narra el evangelista Lucas. Llevaba ya al Hijo de Dios en sus entrañas; el Amor de Dios la impulsó a ayudar a quien más necesidad tenía en esos momentos, y comunicar la alegría de dar a conocer la Encarnación del Hijo de Dios.

La Iglesia Católica atesora una virtud que no atesora ninguna otra religión: la caridad, -–junto a la fe y esperanza, son llamadas virtudes teologales-;  virtud por la cual podemos amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Dios es lo primero, y entre Dios y tú, debe estar el prójimo. Con razón ha dicho Benedicto XVI que el distintivo del cristiano es “la fe que se hace operativa en la caridad”. Así se entiende que tantos cristianos hayan entregado su vida por los demás a lo largo de veinte siglos. En la Beata Madre Teresa de Calcuta, tenemos el ejemplo más reciente.

Dentro del respeto que debe existir entre todas las religiones, unidos por las grandes aspiraciones al bien, a la justicia y a la verdad, los cristianos no debemos dejar al margen que el amor por el prójimo es cualidad primordial para ser seguidores de Jesucristo. Unidos a Él contribuimos a implantar el Reino de los Cielos aquí en la tierra, a través la Santa Iglesia Católica. De ella hablaremos en la próxima entrada.







sábado, 31 de diciembre de 2011

Navidad: hazte niño como Dios


Celebrada la Nochebuena, estando en plena Navidad, nos preparamos ya para despedir este año y recibir el nuevo. Como es costumbre, las calles de nuestros pueblos y ciudades están engalanadas con luces y adornos navideños. Las gentes parece que adoptan una aptitud más optimista, con mejores deseos para el prójimo, como si los corazones estuvieran  más sensibles, más abiertos a los demás. Hay otra buena parte de gente  que, impregnados de la cultura materialista instalada en la sociedad, cae en formas y maneras diversas desvirtuando el sentido de estas fiestas.
No sé si a ti te ocurrirá lo mismo, pero a mí me llama la atención cómo los árboles navideños van supliendo en las plazas y calles al portal de Belén; y Papá Noel y Santa Claus acaparan la ilusión de muchos niños anticipando su llegada a la de los Reyes Magos.  Sin embargo,  aunque parezca que en el fondo se intenta desarraigar el sentido cristiano de la Navidad, la huella de Dios está impresa en la Humanidad. No te aflijas, no frunzas el ceño porque encuentres árboles navideños en los escaparates de las tiendas, o porque parezca que el gordinflón vestido de rojo colma las ilusiones de los niños; también de este modo, se recuerda el sentido religioso de la Navidad.
  Posiblemente conozcas el origen del árbol de Navidad, o de Papá Noel y Santa Claus; pero por si acaso, voy a referirme a ellos. El árbol de Navidad nace en Alemania sobre el siglo VIII. San Bonifacio estando predicando para convertir a los germanos, decidió talar un roble para destruir la superstición de ver un sentido sagrado del árbol en el pueblo germánico. Al caer, derribó todos los arbustos que lo rodeaban, a excepción de un pequeño abeto que se mantuvo en pie. El santo interpretó el hecho como un mensaje divino, y lo llamó desde ese momento Árbol del Niño Jesús. Los cristianos empezaron por Navidad a adornar pinos para tiempo después hacerlo en abetos. En el siglo XVI Martín Lutero impulsó adornarlos con velas encendidas,  fomentando esta costumbre en los hogares protestantes.
Y del famoso Papá Noel, o Santa Claus, igual connotación cristiana. Patrono de Rusia,  Holanda y Grecia. La tradición proviene de San Nicolás de Bari, obispo de Myra, y santo que, según la tradición, entregó toda su fortuna heredada de su familia  a los pobres, a quienes echaba grandes regalos por la ventanas de sus casas para no ser visto.
Desde el siglo II lleva instituida esta fiesta gracias al papa San Telesforo. A partir del siglo VIII es cuando se empieza a celebrar con esplendor, fijándose en el siglo XVI las vacaciones navideñas desde el día de Navidad hasta la fiesta de Reyes Magos. De ahí la antiquísima tradición de juntarse las  familias el día de Nochebuena para celebrar el Nacimiento de Cristo en la tierra. Comida y bebida, pero también zambomba y villancicos como muestra de alegría en multitud de hogares a lo largo de los siglos.
¿Ves cómo detrás de éstos adornos y personajes “importados” está el sentido divino? ¿Y cuál crees tú que es la principal causa del mayor sentimiento de alegría, de generosidad, de ilusión y buenos deseos que se da entre tanta gente en las diversas partes del mundo? El origen está en la gruta de Belén. El protagonista es Dios, ¡que  viene al mundo haciéndose niño, un niño tan desamparado, tan necesitado de todo, tan frágil como nacimos tú y yo!
Para quienes piensen que Dios es el Creador que se ha olvidado del hombre y que es implacable y despiadado con él, fíjate: Humilde al nacer, y humilde al quedar bajo la obediencia de unos padres como los nuestros. El amor de Dios por ti y por mí rebosa tanto que sale a nuestro encuentro desde un pesebre, sin más ropaje que unos pañales, sin más cobijo que los brazos de la Virgen y San José. Quiere cada año que tú le prepares la cuna, que le vistas, que lo cojas entre tus brazos, que le cantes, que le hagas reir…, y ¿para qué? Para que también te hagas niño, para que  tu corazón disfrute todos los días del año, ¡de tu vida!, naciendo con Dios, naciendo en Dios, naciendo para Dios. Olvídate de querer ser como el ídolo deportivo, como la principal estrella de televisión, como el más afamado cantante, como el más prometedor líder político; posiblemente sean incluso menos felices que tú en sus momentos de intimidad. ¿Sabes a quién debemos buscar como principal ejemplo de alegría? ¡A los niños! Ellos son los seres más felices con los que te cruzas. Seguramente los tienes cerca: hijos, hermanos, sobrinos… Alegres, ocurrentes, atrevidos, ingenuos, nobles; también tienen sus altibajos, pero enseguida recobran la esencia infantil y vuelven a ser como lo que son: niños.
Aprovecha éstas fiestas para pedirle a la Virgen y a San José que también tú quieres hacerte niño. Te mimarán tanto como al Niño Jesús,  crecerás en gracia ante Dios y te convertirás en un joven tan ilusionado y alegre como los que tuvimos la ocasión de admirar en la pasada Jornada Mundial de la Juventud. Y esta invitación es para todos los públicos. Dios no mira el carnet de identidad: nos quiere siempre niños. Por eso, todos los años quiere que recordemos el gran Misterio de la Navidad. Cuanto más niños más cerca estamos del portal de Belén.
Con las palabras “Dios es amor; quien está en el amor, habita en Dios y Dios habita en él” (1 Jn 4,16) comienza la primera encíclica de Benedicto XVI,  Deus Caritas est (Dios es Amor). El Santo Padre quiere exponer como principal enseñanza para los cristianos, que el centro de la fe cristiana no es otro que el amor que Dios nos tiene. Prueba de ello es la Navidad.

¡Feliz Navidad y gozoso Año Nuevo!

martes, 6 de diciembre de 2011

¿Halloween o Fiesta de todos los Santos?

El mes de noviembre que se nos ha marchado nos dio una ocasión más para la celebración del día de Todos los Santos. Fiesta de calado sentido cristiano donde la Iglesia nos alienta a mirar más allá de nuestra vida terrena y poner el pensamiento en la muerte,  como paso obligado para alcanzar el Cielo.  Desde hace algunos años, a este  día de fe y esperanza  le ha salido un  radical competidor: la fiesta de Halloween, - “All hallow´s eve” , palabra que proviene del  inglés antiguo, y que significa “víspera de todos los santos”-. En esta fiesta también se recuerda el sentido de la muerte, pero desde un punto de vista pagano, como hacian los celtas, antiguos pobladores europeos. Pero Halloween es una importación norteamericana ajena a las costumbres tradicionales, y que gracias a un marcado componente comercial dirigido a niños y jóvenes está adquiriendo un protagonismo desmesurado en España. Parece ser, pues, que viene para quedarse.

Estarás de acuerdo conmigo que en nuestra época la muerte deja de tener un sentido trascendental,  para convertirse en motivo de despreocupación o mofa como mecanismo de defensa, diría yo, al miedo  e impotencia que ésta  produce.  Pero, aunque nos empeñemos en considerar nuestra existencia únicamente terrenal, la inmortalidad del alma va aneja con la existencia del hombre, estamos hechos también de “materia divina”. Incluso desde perspectivas tan racionalistas como las que dieron origen a la Revolución Francesa, el hombre siempre ha pensado en el más allá. La Convención de 7 de mayo de 1794, en su primer artículo así lo asumía: “El pueblo francés reconoce la existencia del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma”. Robespierre estrenó la presidencia de la Convención con la Gran Fiesta del Ser Supremo.
Resaltar la dignidad del hombre no puede entenderse sin elevar el pensamiento por encima de cuestiones temporales, para albergar la idea de que nuestra vida no puede terminar del mismo modo que la de una tortuga, una alimaña o un rinoceronte.  Es natural que en esta época de relativismo,  el ser humano fije como único objetivo vivir el presente. Todo aquello que no puede ver, que no puede palpar, que no es tangible, pretende ignorarlo.  El futuro de nuestras pensiones nos preocupa más  que el destino del alma, sobre todo en tiempos de crisis como la que sufrimos.
Admito que es complicado imaginarse la vida después de la muerte. Ahora bien, a mi modo de ver es más fácil imaginar el estado del alma cuando abandona el cuerpo, que su lugar de destino.  Intento explicarlo.
 Si te preguntara los momentos más felices de tu vida, seguro que en la mayoría de los casos me dirías que cuando has estado, o estás, enamorado. Somos capaces de dejarlo todo para pensar en la persona que amamos. No nos cansamos de estar en su compañía, y cuando no lo estamos añoramos esos momentos vividos esperando volver a repetirlos. Por tanto, ya podemos hacernos una mínima  idea de cómo puede encontrarse un alma después de la muerte, ya sin ataduras físicas por decirlo así. Falta, claro está, la persona a la que se ama. ¿Quién puede ser si no  Dios, que antes de crearnos ya está pensando en nosotros como si no hubiera más criaturas en el mundo?; porque, como diría Andre Frossard (experiencia de un flechazo de Dios, y que recomiendo la lectura de uno de sus libros, Dios existe, yo me lo encontré) “Dios solo sabe contar hasta uno”. Ahora ya tenemos a quien amar. ¿Y qué ocurre cuando dos personas se enamoran? Que solo vive la una para la otra. El sueño es poder estar juntos el mayor tiempo posible, si fuera posible a todas horas. Resulta  costoso abandonar padres o hermanos con los que has convivido muchos años, pero  se hace  por un beneficio superior para alcanzar una mayor felicidad. Las almas en gracia, los santos que son ejemplos de  enamorados de Dios, siempre han deseado ese momento crucial que es la muerte no como la vida que se acaba, sino que se transforma para gozar en la eternidad.
Por último, imagínate el lugar. Más difícil todavía. A mí me asombra ver una puesta de sol, contemplar la playa y ver un horizonte donde parece que se junta el mar con el cielo,  ver el paisaje inconmensurable desde lo alto de una montaña, aunque solo de pasada para quienes las alturas nos produce vértigo… Pues bien, si asociamos que el Ser al que podemos amar es el que ha creado las maravillas que contemplamos,  podemos hacernos una idea de la fascinante morada  que Dios nos ofrece gozando de  un amor infinito con unos, y esperando con inquietud de enamorado el encuentro con otros. ¿Verdad que la historia del hombre puede tener un final feliz? De ti y de mí depende.
Existe un riesgo a  tener en cuenta.  Si en vida hemos dicho no a Dios, en la muerte nuestra alma no podrá reunirse con quien no se ha querido amar. Estamos hechos para Dios, y si nuestra alma no puede reunirse con Él no tendremos otro sentimiento que de tristeza y desesperación, con un agravante aterrador: será a perpetuidad,  en un lugar donde todas las almas tendrán esos mismos sentimientos. Será un sufrimiento continuo. Dios no se cansa de llamarnos, pero corremos el riesgo de dejarlo para otra ocasión, de llegar tarde a la cita o rechazarla. En la relación con Dios, somos las personas quienes únicamente podemos ser infieles.
Pero Dios siempre está dispuesto a perdonar y a olvidar. Próximos a celebrar las fiestas navideñas, conviene profundizar en su significado: Dios se hace carne para venir al encuentro del hombre; y lo hace con un regalo extraordinario para cortejarnos: los Sacramentos, dentro de un envoltorio antiquísimo -veintiún siglos-, la Iglesia. Queda tema para un siguiente encuentro, que espero que no tenga que pasar un mes.



martes, 1 de noviembre de 2011

Educar en valores, el mejor preservativo

En este estrenado curso escolar la Unión Europea ha regalado a los alumnos de Primero de Bachillerato de los países miembro (unos cuatro millones de jóvenes según señala en el prólogo) una agenda escolar con diferentes contenidos, entre los que destaca en el apartado  “Mi salud, mi seguridad” el imprescindible uso del preservativo en las relaciones sexuales entre jóvenes para combatir los riesgos principales: el contagio del Sida y los embarazos no deseados.

Intenciones loables aparte, me permito, no obstante, aportar otra información que tiene mucho que ver con ésta recomendación de la UE. Según la biblioteca de salud reproductiva de la Organización Mundial de la Salud, en su epígrafe sobre salud sexual y reproductiva adolescente, llega a esta conclusión: “Resulta imposible, desde el punto de vista ético y logístico, realizar estudios clínicos controlados aleatorizados para comprobar si el uso de preservativos reduce el riesgo de transmisión del VIH.
Por lo tanto, la opción es basarse en estudios observacionales, que intrínsecamente acarrean un riesgo de sesgo. En dichos estudios, se halló que el uso constante de preservativos da como resultado una reducción del 80% en la incidencia del VIH”. Respecto a evitar los  embarazos no deseados  también hay datos, aunque me remito al año 2009, aportados por el jefe del Servicio de Ginecología del Hospital Severo Ochoa, D. Javier Martínez Salmean: “En España se producen al año alrededor de 240.000 embarazos no deseados, de los que la mitad terminan en aborto”. Según la presidenta de la Federación de Planificación Familiar, Isabel Serrano, “el método preferido por las españolas es el preservativo, elegido por un 37,3 %, un porcentaje muy superior a la media europea que está en el 18%”. Es decir, se está impulsando la promiscuidad entre nuestros hijos, a costar de esconder las consecuencias más que posibles como consecuencia de la relativa  plena eficacia del preservativo. Y no es alarmismo: ahí tenemos, por ejemplo, la “píldora del día después”, que desde agosto de 2009 se puede adquirir en farmacias sin receta médica, o la posibilidad de que chicas de 16 años puedan someterse a abortos sin contar con la autorización de los padres. Son señales  inequívocas  de que el famoso condón no es tan infalible como se nos quiere airear, no solamente para evitar la transmisión de enfermedades venéreas, sino también los embarazos.

Pero la cuestión más importante en materia educativa y de formación de nuestros hijos es otra, no es cuestión de elegir el anticonceptivo más seguro lo que debe preocupar a los padres, sino una de mayor calado:  la autoridad pública asume con estos consejos competencias exclusivas de los padres.  Detrás de fomentar el uso del preservativo hay una manera de entender la vida que no a todos los padres ni jóvenes convence. Esta sociedad que vivimos padece muchas enfermedades que no queremos reconocer,  para no dar un diagnóstico y aplicar un tratamiento drástico por complejo que sea. Y una de esas enfermedades es la hipersexualidad que padecemos. Series televisivas presumiblemente pensadas para jóvenes, anuncios publicitarios en prensa, televisión y vallas en vías públicas, contenidos sexistas en programación infantil, etc., etc…, impelen a que los jóvenes consuman sexo a discreción. Los poderes públicos, impregnados de esa ideología de género irracional y perniciosa, con sus leyes fomentan el abuso desmedido.
Hemos llegado a una situación en la que la sexualidad se proyecta como un fín en la vida para satisfacer las necesidades corporales de cada individuo (sexo sin amor), y no como una herramienta natural, como un  don de Dios regalado al género humano para un intercambio de afectos sensitivos consecuencia de unos sentimientos afectivos (sexo con amor), además del fin reproductivo para asegurar la renovación generacional. Sacada de su contexto natural, es puro consumo; el hombre y la mujer dejan de mirarse como personas que se buscan y se complementan, y pasan a verse como objetos pasionales que tarde o temprano se romperán.

 No hace mucho leí una frase que reflejaba perfectamente el mal al que se someten los jóvenes: la chica utiliza el sexo para recibir amor, y el chico utiliza el amor para recibir sexo. El filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur captó con precisión esta situación: “Todo lo que hace fácil el encuentro sexual fomenta al mismo tiempo su caída en la irrelevancia”.

Según la R.A.E. (Real Academia Española de la Lengua) preservar es un término que significa conservar, resguardar o proteger de un daño o peligro. Y el peligro de los jóvenes es abocarse a un consumo de sexo que desnaturaliza su persona. Hay que proteger a nuestros hijos, efectivamente, pero con otro tipo de preservativos, que no tienen contraindicaciones ni efectos secundarios a pesar de administrarse desde los primeros años de vida: los valores. Empezando en las familias, en los colegios y con campañas en las que se realce que para un joven, una joven, el punto de referencia de su vida  no esté una cuarta más abajo del ombligo, sino dos cuartas más arriba. Los resultados son para siempre; su adicción es altamente beneficiosa para uno mismo y para los demás. Además, para tiempos de crisis como los que padecemos favorecen  las arcas del  Estado: ahorra mucho dinero en fármacos, aunque sea con el consiguiente perjuicio a la empresa farmacéutica, que dicho sea de paso, son los verdaderos beneficiados de estas campañas tan reiterativas como ineficaces.








jueves, 29 de septiembre de 2011

Matrimonio, sí; y para siempre

La principal causa que genera los divorcios entre los matrimonios ingleses es el desamor,  por encima de las infidelidades y de crisis personales o laborales.  Éstos son los resultados del estudio recientemente publicados por una consultora inglesa. En España no se hace preciso ni posible conocer estadísticas sobre los motivos de divorcio: con la Ley 15/2005 de 8 de julio, por la que se modifican el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Civil en materia de separación y divorcio, es innecesario alegar causa justa que lo motive para obtener una resolución favorable. Incluso basta que lo solicite uno, aunque esté en desacuerdo el otro. El único requisito es que deben haber transcurrido tres meses desde que se contrae el enlace matrimonial para poder instarlo. Es el llamado “divorcio express” que tiende a facilitar la ruptura matrimonial sin necesitarse el trámite de la separación previa. La consecuencia directa es el elevado índice de divorcios en los últimos años en España.
Sin caer en eufemismos muy dados en nuestros tiempos para esconder verdades incuestionables,  hay que decir que el divorcio es un fracaso. Las leyes lo encubren como un derecho de los cónyuges en base a la libertad individual de cada cual; pero es notorio que el divorcio pone fin a una relación. Y con un lastre añadido para la sociedad: los hijos son las víctimas inocentes, marcadas para toda su vida, con el agravante de que difícilmente entablarán relaciones sentimentales estables por la experiencia negativa vivida entre sus propios padres.
 Hace unas semanas entraba  a  la parroquia de San Alberto Magno,  que frecuento un par de veces por semana, y casualmente coincidí con la celebración de una boda. Llegué en el preciso momento que el sacerdote daba unos consejos prácticos  -con un sutil tono de humor, pero lleno de sentido común-, a los novios: “Mira –le decía al novio- , tú a partir de ahora vas a tener que convertirte en adivino; sí, digo bien, adivino: cuando veas a tu esposa triste tienes que imaginarte lo que pueda pasarle antes de que te lo cuente. Así entenderá que te preocupas de ella”. Y a la novia le dio este otro: “Acostúmbrate cuando tengas que decirle algo que no le va a gustar a tu marido, a esperar a sentarse. El mejor momento, o el menos malo, para  razonar los hombres es cuando están tranquilos y relajados”. Esa misma noche escuchaba por televisión a una mujer, ya entrada en años, que iba ya por su tercer matrimonio. Seguramente ni ella ni ninguno de sus maridos había puesto en práctica los consejos de este sacerdote. El amor, si se cuida y aviva, lo puede todo; de lo contrario, consecuencia lógica: se desvanece, muere de inanición.
Efectivamente, el matrimonio para toda la vida puede parecer un empeño imposible. Así creyeron entender los discípulos del Señor cuando con palabras categóricas se pronunció sobre la inviolabilidad del vínculo contraído: “De manera que ya no son dos sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre”. (Mt. 19. 6-7). Los discípulos interpelaron al Señor: “Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta casarse” (Mt. 19,10). Y se quedaron tan panchos. Pero es que para Dios no hay nada imposible. Busca continuamente la  felicidad del hombre. Y el matrimonio a mí me parece que es un regalo sabio de un Ser Divino.
Aunque pueda parecer que Dios nos fastidió de por vida al mostrar tan claramente a los hombres la inviolabilidad del matrimonio, la realidad no es así. La cuestión puede ser otra. ¿Qué razón puede tener nuestro Creador para hacernos ver que el matrimonio debe ser de un hombre y una mujer para toda la vida? Párate a pensar cómo está la sociedad, -sin pesimismos, eso sí-, y verás que muchos males que se padecen es consecuencia del mal funcionamiento familiar, de los matrimonios desavenidos, despreocupados de unos hijos que, irremediablemente, tienen que salir conflictivos viviendo el ambiente de desamor que se sufre en tantos  hogares;  de no querer ver el matrimonio como una iniciativa libre, en la que un hombre y una mujer se comprometen de por vida a crear, mantener y acrecentar un proyecto común para garantizar una estabilidad afectiva que conducirá inexorablemente al nacimiento de los hijos, formando una familia que se convierte en base para el progreso de una sociedad. Así se comprende mejor que Dios, en su afán de proporcionar felicidad terrena al hombre, otorgue a hombre y mujer la posibilidad de unir sus vidas de manera estable.
Quienes nos hemos casado por la Iglesia  nos olvidamos fácilmente de un “seguro” (Sacramento) que contratamos el día que nos casamos. Jesucristo es el jefe de mantenimiento del seguro del hogar (matrimonio). Por muchas averiguas que existan Él siempre está dispuesto a solucionarlas. Nunca pone pegas. Se desvela a todas horas para que vivamos en un hogar confortable. Ahora bien, el hogar hay que cuidarlo como si fuera una casa para toda la vida; porque verdaderamente así debe serlo. Nos pone una condición a la que libremente podemos renunciar: no olvidarlo. Y una cuota diaria: el respeto. Si a la conclusión de nuestras vidas hemos cumplido las clausulas (mandamientos) , nos regala una vivienda mejor: el Cielo.
La  causa principal del mal  en el mundo, en la sociedad, en los matrimonios, en el hombre al fin y al cabo, es el desamor. Nos equivocamos cuando cerramos la puerta para buscar el modo más fácil de querer (quererse a uno mismo) en lugar de abrirla para querer a otro (al prójimo), en éste caso a nuestra media naranja. Y la tarea es ardua pero efectiva: complaciendo a los demás, nos complacemos a nosotros mismos.
El hombre necesita una fuente para sustituir tanto amor  egoísta por un amor verdadero y duradero. Ésa fuente es Dios. Benedicto XVI en San Marino reconocía “la crisis de no pocas familias, agravada por la difusa fragilidad psicológica y espiritual de los cónyuges”, invitándoles a cultivar las riquezas de la fe.

lunes, 5 de septiembre de 2011

La sonrisa de Benedicto XVI

Hoy se cumplen quince días desde la despedida del Papa Benedicto XVI, una vez clausurada la Jornada Mundial de la Juventud  que con tanto éxito en todos los sentidos se ha celebrada en Madrid.  No exagero si te confieso que siento todavía cierto anhelo de esa intensa semana del mes de agosto. He tenido la dicha de poder disfrutar de unos días inolvidables en la ciudad que vivo,  y al celebrarse los actos al aire libre –a excepción de la vigilia de oración del sábado por la noche y la Eucaristía del domingo por la mañana- muy cerca de mi centro de trabajo,  he disfrutado de un modo muy cercano del indescriptible ambiente jovial, alegre y cariñoso que los dos millones de jóvenes de todos el mundo nos han obsequiado a quienes estamos afincados en esta ciudad. Soy testigo de ese intercambio cultural, enraizado en la fe, que han vivido los jóvenes a lo largo de una semana de intenso calor en la capital de España. Mis hijas, peregrinas las dos, han aprendido un simpático cántico italiano que ya hemos escuchado en casa más de una vez;  ahora en su habitación cuelga una bandera italiana, después de haber efectuado la mayor un intercambio de banderas con un chico italiano. Uno de mis cuñados, Eduardo, ha estado inmerso en tareas de voluntariado. El mismo sábado por la mañana pudo ver muy de cerca y fotografiar al Santo Padre en el Retiro. Acto seguido, ante la cámara y micrófono de de una cadena de televisión generalista,  pudo expresar la sensación vivida en esta JMJ, aún sin haber disfrutado hasta ese momento de la experiencia más fuerte, compartiendo espacio y ambiente con centenares y centenares de miles de jóvenes reunidos en el aeródromo de Cuatro Vientos.
Precisamente ha sido la aptitud del Santo Padre en el aeródromo de Cuatro Vientos la que más ha calado en mi interior. Estoy aludiendo al momento en que se desata la tormenta de fuerte viento e intensa lluvia que provoca la suspensión del discurso en el que iba a dar respuesta a las preguntas formuladas por cinco jóvenes. Sentado, sonriente, destilando paz por su semblante daba una serenidad conmovedora. Cuando muchos poníamos en duda el resultado final de esa vigilia por las circunstancias atmosféricas,  él se mostraba como un icono que reflejaba la confianza en la Providencia.  Después de la tempestad llegó la calma, como ocurre en todas las tormentas, y pudo celebrarse el acto central de la vigilia: la exposición del Santísimo Sacramento contenido en la Custodia de Arfe, de casi quinientos años de antigüedad. Minutos de recogimiento del Santo Padre y de los millones de jóvenes concentrados en presencia de Dios. Emoción indescriptible que le pone los pelos de punta cuando lo recuerda el bueno de mi cuñado.
Me ha servido de reflexión esta incidencia y el  comportamiento de Benedicto XVI, para preguntarme: ¿qué aptitud tenemos los cristianos cuando sufrimos tormentas en nuestras vidas? Desengaños sentimentales, enfermedades, pérdidas inesperadas de seres queridos, desuniones familiares, crisis personales y matrimoniales, fracasos escolares, económicos y profesionales… Me atrevo a pensar que muchos de los alejamientos de Dios se deben a estos periodos de penumbra interior,  en los que nos contrariamos con el Señor y perdemos el poco o mucho trato que hasta entonces habíamos tenido. Y precisamente en los momentos de zozobra, independientemente a la altura de la vida en los que sobrevengan, es cuando más confianza tenemos que tener en nuestro Padre Dios.  Entender la relación con Él solamente desde una óptica de necesidad en momentos puntuales de nuestra vida, es quedarnos muy cortos de miras en cuanto a trato se refiere. Si todo cuanto pedimos nos fuera concedido seguiríamos siendo hijos, indudablemente, pero tremendamente caprichosos, egoístas y soberbios. Además, los designios de Dios no siempre coinciden con nuestras intenciones, de la misma manera que un padre tiene que negar en ocasiones lo que el hijo pide para proporcionarle un beneficio a su persona que no tiene que ser de inmediato. La mirada de Dios siempre es más profunda que la del ser humano.
Y los que gracias a la paciencia de Dios seguimos intentando serle fieles, a pesar de las tormentas que puedan formarse a lo largo de la vida,  somos responsables  de que quienes se han apartado de Él sean incapaces de descubrir nuevamente la luz, la alegría de sentirse queridos, porque no somos capaces de contagiar lo que vivimos; y si no lo transmitimos es porque, posiblemente, no lo vivimos con la entrega necesaria. Y te pregunto a ti, y me pregunto a mí,  que hemos disfrutado y nos hemos emocionado del ambiente alegre, sano y festivo por las calles de Madrid con la presencia de Su Santidad en España, que hemos pasado horas delante de la televisión y que hemos estado presente en algún acto oficial, o que estamos leyendo los discursos y homilías de Benedicto XVI para “empaparnos” bien de las enseñanzas que nos ha ofrecido: ¿Cuántas sonrisas hemos transmitido desde el 21 de agosto? El mundo necesita sonrisas; y los semblantes alegres son reflejo de la paz interior que llevamos dentro. Los cristianos tenemos que transmitir nuestra fe con la alegría de sabernos hijos de Dios. Y el Papa nos ha mostrado que en las circunstancias favorables o en los momentos comprometidos, debemos transmitir serenidad, confianza, paz, porque Dios está en nosotros, y que de todo mal es capaz de sacar bienes.
Hemos vivido una aventura juntos…Igual que esta noche, con Cristo podréis siempre afrontar las pruebas de la vida. No lo olvidéis”, fueron las palabras de despedida en la intempestiva pero santificadora noche del sábado del Papa a los jóvenes congregados en el aeródromo de Cuatro Vientos. Así se entiende la permanente sonrisa de Benedicto XVI, una sonrisa de Dios a tí y a mí. No me olvido de los jóvenes que han demostrado que alegría y fe, no es que sea compatible, sino que es simbiosis perfecta para ser felices.



lunes, 8 de agosto de 2011

El Papa en Madrid


Las fechas en que nos encontramos son propicias a comentar el próximo viaje de Benedicto XVI a Madrid, para celebrar la JMJ. Me gusta resaltar la profunda humildad del Papa alemán tan denostado especialmente en la  etapa de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y en sus primeros días de pontificado, cuando ya se sabe que quienes menos profesan la religión católica son los principales críticos con la tradición y el sentido sobrenatural de la Iglesia. En el Libro Luz del Mundo,  en las páginas 15 y 16 se aprecia esta virtud comentada. Gracias a la conversación con el periodista Peter Seewald podemos saber que al cumplir 78 años de edad el 16 de abril de 2005, anunció a sus colaboradores cuánto se alegraba de su próxima jubilación.  Tenía previsto dedicarla en su pequeña localidad natal de  Marktl-am-Inn, en Baviera, a la lectura, al estudio y a la escritura, compaginando su afición por la música clásica. Días después,  en el momento que fue elegido Papa, se dirigió al Señor con sencillez con estas palabras:”¿Qué estás haciendo conmigo? Ahora, la responsabilidad la tienes Tú. ¡Tú tienes que conducirme! Yo no puedo. Si Tú me has querido a mí, entonces también tienes que ayudarme”. Sorprendente, ¿no? Los designios de Dios, a veces, tan alejados de los deseos de los hombres, incluso de los  buenos y razonables proyectos del entonces cardenal Ratzinger.
Seis años después de su elección, con 84 años de edad, viene a  Madrid para tener el encuentro multitudinario con los jóvenes de los cinco continentes, cuyo precursor hacemos bien en recordar  que  fue el beato Juan Pablo II. Un octogenario Papa concentra durante seis días a jóvenes de 170 países con el aliciente de que estas jornadas intensas faciliten el encuentro personal con Jesucristo. Los designios de Dios nunca son casualidades. Si el dulce Cristo en la Tierra, como llamaba Santa Catalina de Siena al Romano Pontífice, viene a nuestra nación,  es porque esta tierra mariana, que tantos santos ha dado a la Iglesia y al mundo se ve necesitada de un rearme moral que solamente Dios puede concedernos a través  de las palabras del Santo Padre.
¿Y de qué puede hablar Benedicto XVI no solamente a los jóvenes, sino a ti y a mí que no somos el futuro del mundo, sino el presente? ¿Qué es lo que más anhela el hombre actual, aunque no sea capaz de reconsiderar sus insuficiencias? ¡Esperanza! El ser humano, con indiferencia de edades, adolece de esperanza. Buscamos proyectos, planificamos propósitos, acumulamos ambiciones justas, pero efímeras. Y la esperanza está en Dios, porque solamente Él puede proporcionar la verdadera felicidad.
Sin afanes filosóficos ni teológicos me atrevo a decirte que si el ser humano no se plantea una relación sólida con Dios, no puede encontrar la felicidad. Siempre estará insatisfecho. ¿No te das cuenta que pasamos la vida buscando cumplir propósitos sin que éstos cubran una satisfacción permanente, porque una vez realizados la mente y el corazón buscan  uno nuevo para colmar otra satisfacción más? Y no digamos aquéllos en los que dejamos el alma pero que nos vemos abocados al fracaso. Peor aún es cuando no hay alicientes por los qué luchar cada día. Las velas de la ilusión se pliegan y quedamos en alta mar a la deriva de los vientos que nos arrastren a cualquier orilla, si es que una tormenta impetuosa de las muchas que pueden originarse en la vida no  nos hace naufragar.
No sé cuál será tu situación personal en esta etapa de tu vida. Es posible que la religión no sea para ti un aliciente, o que forme parte de tu pensamiento pero no con más inquietud  que una adscripción política, una afición o una forma de pensar entre otras cuestiones opinables. Puede que seas un cristiano que ante la situación del mundo piense que todo está perdido, que todos los resortes que el hombre siempre ha tenido para aferrarse en momentos duros, y superar las crisis personales y mundiales está en clara decadencia. En una palabra, das la batalla por perdida. No es circunstancial que la decadencia moral  en la que nos encontramos inmersos coincida con el alejamiento del hombre con Dios, con una descristianización que está desnaturalizando nuestra sociedad. Para levantar una pizca tu ánimo devaluado, te cuento que según una antiquísima tradición, que probablemente conocerás, la Virgen cuando aún vivía se apareció al Apóstol Santiago para reconfortarle y consolarle cuando éste andaba desalentado por el escaso arraigo de fe logrado en su predicación en Finis Terre- término latino que traducido al castellano significa el Fin de la Tierra, y que se corresponde con nuestra actual Galicia-. En ese mismo lugar de la aparición se construyó la catedral de Santiago de Compostela; y a la Virgen se la empezó a venerar bajo la advocación de la Virgen del Pilar, por ser el pilar fundamental en el que el Apóstol apoyó su evangelización en la península ibérica. Ganada en su momento la batalla final del desánimo por Santiago, dos mil años después, queramos o no reconocerlo, sabemos que Europa fue cuna de la civilización cristiana con el principal protagonismo de una nación: España.
Tú y yo tenemos que ser optimistas, con ilusiones estables, con esperanza imperecedera, con afán de cambiar el mundo empezando por transformarnos nosotros mismos. ¿Sabes la razón? Porque tenemos a Dios, que sigue queriendo actuar en los hombres por medio de los hombres. Este aparente contrasentido de que un anciano congregue a más de un millón de jóvenes un mes de agosto en Madrid no tiene otra explicación: quien está detrás de este acontecimiento no es otro que Jesucristo, el amigo que nunca falla, y que no tiene otra pretensión que seguirle para quererle y para que encuentres la verdadera felicidad.
Un último apunte: te informo que hay una exposición sobre la vida del Siervo de Dios Ismael de Tomelloso,  en la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Madrid,  del día 1 al 21 de agosto. El horario es  de 11:00 a 14:00 y de 18:00 a 21:30 h. Espero que asistas. Las ideas tomelloseras nunca defraudan.