domingo, 3 de junio de 2012

Mayo, Maria, Europa y Los Beatles

Escribir a principios de junio  lo que supone para un cristiano vivir el mes de mayo, sugiere un consejo añadido: vivir el resto de los meses como si estuviéramos en mayo, para tratar con más cariño filial a la Virgen María, y querer más a quien tanto ha hecho por la Humanidad. Mayo tradicionalmente es un mes dedicado a evocar la figura de María. En mi caso, hace un par de semanas, hice junto  con mi mujer y mis una romería a la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en el Cerro de los Ángeles. Impresionante lugar, a tan solo trece kilómetros de Madrid en el que el corazón se evade de los ajetreos de la ciudad para respirar oxígeno material y espiritual, y al que te sugiero visitar si tienes ocasión. Para recordar a la Virgen, quiero apoyarme en una fecha -9 de mayo, día de la Unión Europea-; un festival de la canción –el de Eurovisión; y una canción de The Beatles  -Let it be-. Empezamos.
Probablemente desconozcas que desde 1985  el 9 de mayo se celebra el “Día de Europa”, en recuerdo de ese mismo día de 1950, en el que el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Robert Schuman hizo la célebre Declaración que lleva su apellido, que originó la creación de la primera Comunidad Europea: la del Carbón y Acero. En 1951 se firmó el Tratado de París, iniciador de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), que junto al Tratado de Roma firmado en 1957 constituyen los tratados fundacionales de la actual Unión Europea. Tres de los cuatro firmantes eran profundamente católicos; a saber: el nombrado Robert Schuman (1886-1963), el alemán Konrad Adenauer (1876-1967), y el italo-triestino Alcide de Gasperi (1881-1954), hombres “inspirados por una profunda fe cristiana” como los definió el Beato Juan Pablo II.
La bandera europea también tiene connotación cristiana, muy mariana. Convocado por el primer Consejo de Europa en 1949 un concurso de ideas abierto a todos los artistas europeos para crear una bandera común, la elección recayó en el diseño de Arséne Heitz, por entonces joven y poco conocido diseñador. El artista de Estraburgo desveló la inspiración: surgió viendo la iconografía tradicional de la imagen de la Inmaculada Concepción en las apariciones de la Santísima Virgen en la Rue du Bac de Paris, conocida como la Virgen de la Medalla Milagrosa. La Comisión que componía el jurado estaba presidida por un judío que desconocía el origen del trabajo del diseñador. Tras unos ajustes en las agendas de los Jefe de Estado europeos, el día 8 de diciembre de 1955, fiesta de la Inmaculada Concepción –casualidades de la vida-, se celebró la sesión solemne en la que se erigió como bandera europea la que conocemos. Curioso ¿no?
El pasado día 26 se celebró una nueva edición del festival de Eurovisión en Bakú, capital de Azerbaiyán. La representación rusa, formada por seis abuelitas de una aldea de unos 650 habitantes llamada Buránovo, quedó subcampeona. En esta aldea  hace 73 años se destruyó su iglesia, junto a otras miles por toda la geografía rusa, por un terremoto ideológico llamado comunismo, con el epicentro en el Kremlin, y un máximo responsable político llamado Stalin. El beneficio económico de tan clamoroso éxito será destinado a la reconstrucción de la iglesia, para que los vecinos de Buránovo no tengan que desplazarse a cuarenta kilómetros de sus casas para oír Misa. El pasado día 30 de mayo se ha celebrado la ceremonia de colocación de los cimientos.  Después del acuerdo de Yalta, de la Guerra Fría, de la crisis de los misiles que a punto estuvo de abocar al mundo a una guerra nuclear o del atentado del Papa Juan Pablo II, pocas esperanzas quedaban que en Rusia pudiera emerger la libertad. Pues bien, la Virgen de Fátima en sus apariciones ya anunció que Rusia se convertiría. Y el  ejemplo de estas abuelitas muestra que el sufrido pueblo ruso viviendo en libertad, es capaz de emprender iniciativas con fines altruistas; y el altruismo más profundo al que se puede llegar es facilitar que Dios esté en medio de aquéllos que le buscan.
A pesar de mis limitaciones descriptivas, podrás observar que el denominador común de estos hechos europeos está bajo el nombre de María. Ciertamente que la Europa que soñaron los firmantes del Tratado de París no es la que disfrutamos o padecemos –según el cariz con que se mire-, pero es un hecho incontrovertible que con finura interior se percibe un capricho sobrenatural en estas iniciativas humanas. Por esta razón, humana y sobrenatural, tenemos que buscar a María, no como una Madre, que lo es, que nos escucha e intercede por nosotros: también porque Ella es quien nos lleva a su Hijo. Viviendo cerca de María se siente más cercana la presencia de Dios, que busca al hombre en cualquier circunstancia de la vida; sí, al hombre europeo también, tan ensimismado en sí mismo, tan capaz de creerse dueño de su destino. Ha olvidado que las raíces de Europa son cristianas, y solo la secularización que padecemos arrincona a Dios de un continente que está llamado a buscar el futuro partiendo del pasado, en lugar del olvido o indiferencia que impera en el presente.
Para terminar, lo hago con otro recuerdo: el 8 de mayo se han cumplido 42 años del último álbum lanzado por los Beatles, Let it be. Conforme lo tenían acordado -ejemplo de que si no existen lazos más fuertes las uniones terminan por romperse; y en este caso, lamentablemente no había más proyecto que el musical-, poco después se separaron. La canción que daba título al trabajo discográfico tenía una sutil referencia mariana: “Cuando me encuentro en tiempos de problemas/ la Madre María viene hacia mí/diciendo palabras sabias, déjalo ser/ y en mis horas de oscuridad/ ella está parada justo al frente mío/ diciendo palabras sabias, déjalo ser”. Llama la atención, ¿verdad? “Let it be”  Déjalo ser, déjalo ser. ¿Y a quién si no al Hijo de Madre María tendríamos que dejarlo ser, dejarlo estar para  iluminar  nuestras vidas, en tiempos de problemas y en los de bonanza?

domingo, 20 de mayo de 2012

El Tesoro de la Iglesia

Circula en  Facebook un curioso recuadro en el que se intercala una imagen de Jesús y una fotografía del Santo Padre. Se compara la vida de pobreza que vivió nuestro Señor y, según los creadores de la perversa comparación, la fastuosidad en el vestir y modo de  vivir de Benedicto XVI, representando el afán de riqueza que persigue la Iglesia.
La pobreza y el hambre son grandes tragedias que asolan el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que el 13,2% de la población mundial (920 millones de seres humanos) sufren hambre y desnutrición en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aportado un informe en el que destaca que una tercera parte de la humanidad sigue sin tener acceso a los medicamentos que necesita para tratar sus dolencias, y que el tráfico de medicinas falsas causa la muerte  cada año a más de 200.000 personas en los países pobres. Estas situaciones injustas e incomprensibles para el mundo moderno, son propensas para que los que alientan que todos los males del ser humano provienen de la Iglesia arremetan contra ella sin contemplaciones. Medios de comunicación y redes sociales son aprovechados para estos fines.
 La preocupación por los pobres va unida al peregrinar de la Iglesia por este mundo, cuya riqueza no ha sido capaz de administrarla equitativamente  el hombre contemporáneo. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, los Santos Padres se han erigido en los principales portavoces de los peligros que el progreso industrial, económico y tecnológico podría acarrear. Encíclicas como Rerum Novarum (León XIII, 1891), Quadragesimo Anno (Pio XI, 1931), Pacem in Terris (Juan XXIII, 1963), Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), Octogesima Adveniens (Pablo VI, 1971), Evagelii Nuntiandi (Exhortación apostólica de Pablo VI, 1976), Laborem Exercens (Juan Pablo II, 1981), Deus caritas est (Benedicto XVI, 2005), han advertido que el consumismo egoísta e insolidario de una parte de la Humanidad, conlleve a que millones de hombres, mujeres, ancianos, niños, adolezcan de unos derechos elementales  que por ser personas son inalienables, universales e inviolables.  El Siervo de Dios Pablo VI, lamentaba esa  falta de fraternidad: “El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.” Carta. Enc.  Populorum progressio, n.66).
A los que contumazmente ponen sus ojos en las vestiduras de los papas, y del patrimonio de la Iglesia, para arremeter contra la insolidaridad con los pobres –por falta de espacio dejo para otra ocasión este controvertido tema que tanto preocupa a los instigadores anticlericales amparados por los pobres ignorantes que fomentan estas campañas-, basta recordar el contenido de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 76, elaborada durante el  Concilio Vaticano II: “Las realidades terrenas y espirituales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia usa los medios temporales en cuanto su propia misión lo exige”. Y la misión fundamentalmente evangelizadora de la Iglesia no olvida las necesidades básicas de los pobres, a los que se considera también hijos de Dios. Sin una estructura propia de una institución extendida por los cinco continentes, no se podría llevar a efecto toda la labor social que la Iglesia ejerce por todo el mundo.
Manos Unidas (asociación de la Iglesia católica creada en España en 1959 por un grupo de mujeres de Acción Católica para "declarar la guerra al hambre") recaudó el pasado año 51,7 millones de euros para ejecutar 605 proyectos en varios países. En 2010 fue distinguida con el Premio Príncipe de Asturias por su "apoyo generoso y entregado a la lucha contra la pobreza y a favor de la educación para el desarrollo en más de sesenta países". Los 50.000 euros del galardón se emplearon en ayuda a la población desplazada por el terremoto de Haití.

 Cáritas (otra asociación nacida en España del seno de la Iglesia católica) atendió a 6,5 millones de personas en el último año, de las que 4.860.000 fueron pobres de entre más de 80 países de todo el mundo y 1.632.499 de nuestra empobrecida España. Podríamos hacer mención de otras ONGs cristianas, congregaciones religiosas, movimientos misioneros que desde una perspectiva material y espiritual alivian las necesidades de personas mayores, personas sin hogar, enfermos de sida, reclusos, toxicómanos, desempleados, inmigrantes, niños abandonados, mujeres embarazadas abandonadas por su parejas... En los más necesitados, en ese hermano sufriente de los que nos acordamos en campañas solidarias a través de medios de comunicación una vez al año, para acallar tal vez un poco la conciencia de ver tantas imágenes de miseria, de conocer los millones de personas que sufren en el mundo de los que también forman ellos parte, los cristianos ven, tenemos todos que ver, el rostro de Jesucristo que nos alienta a buscar el bien físico, moral y espiritual en el prójimo.
Esta labor social de la Iglesia se comprueba diariamente viendo dónde acuden los pobres: basta mirar la puerta de una iglesia, entrar a un despacho parroquial, para ver que allí se encuentran buscando ayuda. No están en las puertas de las sedes de los partidos políticos, ni en las de las centrales sindicales, ni en los ayuntamientos, ni en los parlamentos. No. Están entre quienes le ofrecen ayuda, sin más requisito que su presencia, entre quienes gracias a una fe vivida practican la caridad con quien consideran también lo que verdaderamente son: hijos de Dios.
Y esa es la labor de la Iglesia con el Santo Padre a la cabeza como Sucesor de Pedro, que sigue saliendo al encuentro del más indefenso y necesitado; pero no solamente para cubrir sus necesidades básicas, las que por el egoísmo del propio hombre no es capaz de paliar, sino, y sobre todo,  las espirituales, las que dan a conocer el mayor tesoro, la mayor riqueza que el ser humano puede albergar en su vida: Jesucristo.


viernes, 27 de abril de 2012

14-Abril: ¡Enhorabuena, Mónica!

Hace unos cuantos añitos –no preciso cuantos,  aunque para los que no te conocen sí afirmo que eres una mujer joven externa e interiormente- nos hiciste perder parte del protagonismo exclusivo que unos novios deben tener el día de su boda: tu hermana Marimar y yo tuvimos que compartir protagonismo en la Basílica Pontificia de San Miguel, porque ese mismo día  te empeñaste -en clara colaboración con el Espíritu Santo-  en hacer tu Primera Comunión. Cualquiera le decía a la cuñada más pequeña que no era el momento, que te esperaras para otra ocasión. Allí estabas tú, con tu vestido blanco, pelo corto y rubio propio–lo destaco para que se imaginen un rasgo más de ti-, muy joven,  recibiendo al Señor por primera vez.
El pasado día 14, volviste a adquirir protagonismo en el altar, ahora en la parroquia de San Jerónimo el Real de Madrid, recibiendo un nuevo sacramento: el de la Confirmación. Más alejados de lo que hubieramos querido nos tenías a quienes te acompañamos. Al lado de mí, tu marido, Eduardo. No sé si era impresión mía, pero por momentos percibía menos espacio en el banco. Si algún físico aparece por este blog y lee esta entrada, le pido que investigue sobre una teoría mía: los hombres, que sabido es que no somos de lágrima fácil,  estoy convencido que tendemos a aumentar nuestro volumen por retención de líquidos en situaciones  gratamente emocionales. Éste podría ser el caso de mi cuñado. Y sigo con tus acompañantes en este día especial. Tu hija Sofía, inquieta,  esperaba el momento para verte como te acercabas al altar. La pequeña, Inés, la que te había despertado a las siete de la mañana para que no hicieras tarde, prefirió en algunos periodos de la celebración soñar contigo más que estar despierta esperando el momento de la Confirmación. Ángeles y Ana, las hermanas siempre leales a cualquier celebración -¡cuántas llevarán ya y qué poco le agradecemos su presencia!- compartiendo banco, como está mandado.  Tus suegros, detrás, expectantes, pensando en su nuera rodeada de colegialas como si ella fuera una más. Tu sobrina Elena, la que un año antes se había Confirmado junto a su madre -sí, la novia y madrina tuya para esta ocasión, a la que, repito,  hace unos añitos le quitaste el protagonismo el día de su boda- recordaba a lo largo de la ceremonia los momentos vividos un año antes. A Alicia, tu otra sobrina, no la teníamos junto a nosotros: formaba parte del Coro del colegio Senara, el colegio de ellas, nuestro colegio, que con tan buenas voces y acertadas canciones participó en la ceremonia. Y, finalmente a Vanesa, tu sobrina mayor, quien llegó tarde, como a casi todos los eventos familiares, (bueno, esto no es del todo verdad: soy un poco exagerado, y me arriesgo a sufrir las consecuencias de la crítica y desposeerme de ser testigo de su boda que celebrará  en la iglesia de la Concepción de Nuestra Señora; y que si también quiere, tendrá el espacio oportuno en este blog, pues me agrada sobremanera que entre la familia de mi esposa se esté haciendo habitual  la recepción de sacramentos. Dios parece estar encaprichado con la familia Fernández-Martín), pero que cogió el mejor sitio intercalándose entre las catequistas.
Y llegó el momento de salir junto a tu madrina, Marimar –sí, repito y repito una vez más,  la novia que hace unos añitos le quitaste protagonismo en su boda- para recibir la imposición de manos del vicario del Obispo. Todos nos levantamos a una para ver mejor ese momento, emocionante: Dios derrochando su amor a través del Espíritu Santo.
Como te han ido preparando para recibir este sacramento poco puedo añadir que no sepas. Podría entorpecer la formación que has adquirido. Por eso, quiero hablarte de otros temas: la milicia y los perfumes. Sí,  escribo bien y lees bien. Ahora verás.
Siempre me ha resultado curioso que a raíz de recibir la Confirmación se nos alecciona con convertirnos en soldados de Cristo. Hoy día pertenecer a la milicia parece que es más un peso que un sano orgullo. Pero, ya lo sabes, no vas a tener que ir a las Cruzadas, ni reconquistar tierra santa, no; tu lucha, tu conquista, tiene que estar dentro de ti. La principal batalla la tienes, la deberíamos tener todos, en el corazón, donde se cuela -como a cualquier hombre o mujer que batalle por estar cerca de Dios- las miserias nuestras de cada día, los egoísmos apegados en nuestras entrañas, los pecados que aún siendo veniales, pueden minar sin prisa pero de manera gradual nuestra mirada hacia Dios. Tú solamente tendrás que poner –ya sé que lo haces de un tiempo a esta parte- empeño, y Cristo pondrá el resto para reinar en tu vida. Así alcanzarás la paz interior en un grado en el que te ocuparás más del prójimo, de deseos de acercar almas a Dios.
Cuando hay paz verdadera,  se quiere transmitir a los demás. En casa, en la familia, en el trabajo, en la calle con pequeños detalles hacia nuestros semejantes…,  siempre es ocasión de dar testimonio con el ejemplo, y si surge la ocasión, que llega voluntaria o involuntariamente, con la palabra. Es el perfume, el buen olor, que como cristiana comprometida tienes que dar. Tú, que eres mujer de las que salen a la calle bien arreglada, discretamente acicalada -es decir, como debe ser-, entenderás perfectamente la comparación que hago: se trata de dar buena imagen, de agradar.   Las buenas acciones, las correctas palabras, las sonrisas, producen en los demás una sensación agradable, y sin darse cuenta provocan  como un dulce  aroma sobrenatural, divino:  porque los cristianos tenemos que transmitir un perfume que se llama caridad; y te recomiendo que lo tengas para toda tu vida, no se gasta, no cuesta más que estar el alma en gracia de Dios,  no pasa de moda y su olor siempre es grato a los demás.
Milicia y perfume. Lucha interior y cuidado constante por los demás, por sus necesidades físicas y materiales, y también espirituales:  hacer que el amor a Dios sea real y efectivo para quienes nos rodean. La Confirmación debe reafirmar nuestro bautismo, impulsándonos a ver en los demás a hijos de Dios para que la Buena Nueva de la Resurrección de Jesucristo se extienda a todos los rincones de la tierra. Es el mejor modo de emplear la vida.
Concluyo con esta oración al Espíritu Santo, tu gran alidado, que has encontrado en internet, y que quieres que se publique. Tus deseos son órdenes. De paso, hacemos una defensa a ultranza de este canal de información (para que no critiquen que internet es malo en su esencia y en su contenido), que sin él no hubiera sido posible dedicarte esta entrada que, por circunstancias obvias, ha sido la más entrañable de todas las publicadas. Gracias por haberme dado ocasión para escribir de manera tan personal y familiar.
Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del hijo,
Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar,
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén

domingo, 8 de abril de 2012

Semana Santa: pecado, dolor y esperanza

No sé si te ocurrirá como a mí,  pero cada año durante la Semana Santa me asombro del modo en que Jesucristo se  ofrece para nuestra salvación. Condenado, ultrajado, flagelado, crucificado, muerto…, la Humanidad Santísima del Señor abatida en un cuerpo descarnado. El mismo Dios sufriendo, derramando hasta la última gota de su Sangre no solamente por la salvación de sus contemporáneos, sino que la prolongó con sus brazos en la Cruz para toda la Humanidad.
Tan solo hace tres meses  estábamos celebrando la Encarnación del Hijo de Dios. Benedicto XVI en la Audiencia General del 14 de diciembre del pasado año, enlazaba una celebración y otra: “El culmen de la historia de amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén”. ¿Y qué rompe esa historia de amor? No te sorprendas de la respuesta: el pecado. Sí, el pecado tan olvidado hoy día, tan al margen de las conciencias incluso de hombres y mujeres cristianos, es el enemigo entre Dios y el hombre. Y no podemos caer en el tópico de que es un invento de la Iglesia para  controlar el comportamiento de los bautizados. No. El pecado es consustancial al ser humano por nuestra debilidad que es fruto de la soberbia, de nuestra indefensión ante el mal,  de querer reconocernos como individuos capaces de suplantarnos al amor de Dios. Igual que hay enfermedades que ponen en serio peligro nuestra vida, y que provocan la muerte del cuerpo, el pecado también produce enfermedades que pueden hacer padecer nuestra alma hasta el punto de separarse para siempre de Dios. Jesucristo Resucitado conociendo ésta debilidad intrínseca en todas las generaciones,  confirió a los apóstoles la potestad de perdonar los pecados (Jn. 20,23). Pero el  pecado no termina con el triunfo de Cristo en la Cruz; es la victoria ante el mal, y la estrategia del mal ahora que es vencido no es otra que hacer ver al hombre que ya no existe,  que puede vivir olvidando el pecado viviendo en un estado en el que también se olvida de Dios, erigiéndose en el único ser capaz de obrar por sí mismo sin necesidad de ampararse en más conducta que la que su propias determinaciones le aconsejan. El sufrimiento de Cristo en la Cruz, la entrega  de Dios por la humanidad, nos descubre cada Semana Santa que el mal en el mundo persiste; pero que con la victoria sobre la muerte el hombre puede caminar seguro con la garantía de que el bien impera sobre el mal, que el amor de Dios puede más que el pecado, que el destino del hombre no es la desdicha de la muerte sino la esperanza futura de gozar en la vida eterna.
Con la muerte en la Cruz Dios  no solamente quiere redimir nuestros pecados, sino que pone al alcance del ser humano un arma hasta entonces enarbolada por el enemigo: el sufrimiento. Es un obstáculo para la felicidad de las personas. En sus diferentes aspectos el dolor perturba el anhelo de felicidad del hombre, y le puede consumir en un distanciamiento de Dios por entender que la enfermedades, las frustraciones personales, las tragedias,  son consecuencia del olvido del Padre hacia sus hijos, provocando una desesperación que es la peor reacción que podemos tener ante la incomprensión de las desgracias y padecimientos. De esta manera,  aparentemente tan humillante, Jesucristo convierte el dolor unido a la Cruz, en manifestación de adhesión a la voluntad de Dios.
En tu vida, en la mía, ante el sufrimiento tenemos dos opciones reflejadas en los ladrones ajusticiados con Jesús. Una, la del ladrón desesperado que  le pide salvarse a sí mismo y librarlos a ellos del suplicio; la otra, la del  llamado buen ladrón, que  movido por la esperanza le pide al Señor que se acuerde de él cuando llegue al Cielo; y Jesucristo, siempre misericordioso, comprensivo de la poquedad del hombre ante el sufrimiento por haberlo padecido Él mismo, le asegura que ese mismo día, estará con Él en el Paraíso (Lc. 23, 39-43).
En este tiempo pascual que comienza el Domingo de Resurrección, haz propias las palabras de san Agustín  y afirma con él: “en Cristo, la divinidad del Unigénito se hizo partícipe de nuestra mortalidad, para que nosotros fuéramos partícipes de su inmortalidad”.
¡Feliz Pascua de Resurrección!

jueves, 15 de marzo de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (y II)

 El ser humano no solamente es un ser racional, sino también, y no menos importante, es un ser relacional; es decir, para desarrollar su personalidad, para enriquecer su interior, necesita incuestionablemente relacionarse con los demás. Hemos crecido dentro de una familia; hemos logrado nuestra formación académica en colegios y universidades; desarrollamos una labor profesional dentro de un grupo de trabajo; nuestra salud depende de unos profesionales de la medicina y centros hospitalarios fundamentales para preservar y cuidar nuestra salud. A pesar de poder sufrir malas experencias familiares, escolares, profesionales o sanitarias, para fomentar una estabilidad afectiva, unos conocimientos y titulaciones académicas, garantía de cubrir necesidades básicas o cuidar y preservar nuestra salud, por nosotros mismos no podemos alcanzar estas metas si no es formando parte de estos segmentos de la sociedad. 
 Sin embargo, son demasiados cristianos los que dicen “toparse” con la Iglesia;  ésta es percibida por ellos como un obstáculo para mantener y avivar la fe que dicen tener. Son los considerados creyentes, pero no practicantes. Bautizados, pero alejados de la Iglesia. Dicen no necesitarla para tratar y amar a Dios.  Arriesgada decisión -digo yo- cuando está en juego el presente y el futuro de sus vidas y de sus almas.
Ciertamente que la Iglesia pasa por momentos de zozobra; pero los males que sufre no surgen desde sus cimientos mismos, sino desde el propio corazón del hombre que con su conducta se aleja de Dios y  sucumbe a las tentaciones que imperan en el mundo. Dicho de otro modo:  la Iglesia no expande unos vicios que crea, sino que se ve inoculada por la proliferación de éstos en la sociedad.
Le preguntaron en una ocasión a la beata Madre Teresa de Calcuta cuál sería, según ella, lo primero que debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo. La Iglesia no es solamente el Papa y los obispos; somos todos los bautizados, que con nuestras palabras y obras, con nuestras acciones y omisiones engrandecemos o humillamos a la Iglesia, que, por otro lado, siempre será Santa  porque en ella está el Señor.
Con todo, la principal cuestión no está en el daño que hacemos a la Iglesia con estas conductas, sino en el mal que se provoca al alma con esta aptitud de autosuficiencia. Construyendo una fe individualista,  los católicos que obran así pasan la vida con la incertidumbre del mañana. Pensar que la Iglesia es un inconveniente para buscar el Cielo, es contrario a la razón de Jesucristo para fundarla. Si el hombre fuera capaz de salvarse por sus propios medios, no tendría sentido la existencia de la Iglesia; estaríamos en una contradicción, y Cristo adoptó la condición humana para participarnos que la dignidad de la persona pasa por considerarnos lo que somos, hijos de Dios, teniendo por madre a la Iglesia. 
Como refería en la primera entrada, la locura patológica de Don Quijote y la oscuridad de la noche le hizo confundir el castillo de Dulcinea con la iglesia. El hombre contemporáneo padece también esa oscuridad interior que le enmaraña el sentido real de su existencia. Busca dulcineas sin encontrarlas, persigue amores que le conducen al vacío, encuentra desconsuelo en lugar de paz. Por el contrario, es preciso hallar la luz que da sentido a la vida. Fijar la vista en el horizonte no es sinónimo de acertar con el objetivo a perseguir. En las carreras de galgos también éstos fijan su objetivo delante de su vista; no perciben que toda la carrera la pasan detrás de una liebre mecánica a la que no alcanzarán jamás.  Pobre bagaje   del hombre sobre la tierra que se afana en felicidades efímeras, en sueños irrealizables.
 Don Quijote de la Mancha murió minutos antes que Alonso Quijano -éste era el nombre real del personaje de Cervantes antes de nombrarse caballero andante-.  Volvió a recuperar la lucidez y abominó de los libros de caballerías. Recibió los últimos sacramentos -que Dios nos concede por medio de la Iglesia para fortalecer y purificar el alma en los últimos momentos de nuestra vida-.  Quiso que figurase este epitafio en su sepultura: Yace aquí el hidalgo fuerte/que a tanto extremo llegó/de valiente, que se advierte/que la muerte no triunfó/de su vida con su muerte.
Sin embargo, te recomiendo no ser cuerdo hasta las últimas consecuencias, disfrutar de una locura que  es una chifladura que engancha: la de  vivir y sentirte  hijo de Dios. Haz la prueba. Es para volverse locos (de amor).  Benedicto XVI lo explicó nítidamente a los jóvenes en agosto, en  el Aeródromo de Cuatro Vientos en la pasada JMJ: “La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. El está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza”.  Y advertía sobre las tendencias desorientadas: “No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.





domingo, 19 de febrero de 2012

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho (I)

Desde que en la última entrada  anticipé que en la siguiente me referiría a la Iglesia, se me vino sin dudar la idea de titularla con esta frase pronunciada por Don Quijote de La Mancha en una de sus frecuentes andanzas.  Hace ya bastantes años que leí la obra maestra de Miguel de Cervantes; y, desde luego, aconsejo su lectura por tres razones: soy manchego (de Tomelloso, no de El Toboso como suele confundirse), me gusta la literatura y estoy convencido de que es un libro que nos pueden hacer discurrir a la vez que sonreir para aprovechamiento de nuestro conocimiento.
Indagando sobre su significado descubro la frase original: “Con la Iglesia hemos dado, amigo Sancho”.  Don Quijote y su fiel escudero iban buscando el castillo de Dulcinea cuando de noche llegaron a El Toboso. La oscuridad, la mente perturbada del protagonista de Cervantes y la distancia hizo confundir el castillo que, por supuesto, no existía, con la iglesia del pueblo.  A continuación, vino la frase del Caballero de la Triste Figura, sin ánimo de queja ni sentido anticlerical por parte de su autor.  La frase adquirió otras connotaciones al cambiar algún personaje de la época el verbo dar por topar, aludiendo al poder de la Iglesia en el siglo XVI y XVII y, por extensión, en la actualidad a cualquier autoridad que se interpone en los intereses de la persona que lo pronuncia. ¿Verdad que cambia el significado?
Este doble sentido que tiene la frase dependiendo del verbo que empleemos me ha hecho dividir este comentario en dos partes: en esta primera voy a referirme al sentido de la frase cuando se utiliza  el originario verbo dar; y,  la segunda, partirá del sentido de la frase cuando lo hace con el verbo topar. Todo ello, teniendo de tema principal a la Iglesia, por supuesto.
Los cristianos tenemos, o deberíamos tener,  una alegría trascendental cuando nos encontramos con la Iglesia para encauzar el ansía de Dios. Es decir, cuando buscamos a Dios y nos encontramos con Él por medio de la Iglesia. Históricamente es incuestionable que Jesucristo vino al mundo, que llamó a un grupo de hombres, los convirtió en apóstoles para extender la Revelación a todos los rincones de la tierra, eligiendo a Simón, al que llamó Pedro, que significa roca, para revestirle de una potestad imperecedera a él y a sus sucesores: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). Y no se propuso establecer una iglesia temporal hasta la desaparición de sus discípulos; al contrario, quiso perpetuarla: “ Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Dos frases que encierran unas directrices marcadas para los hombres y mujeres de toda generación. El mismo que se hizo hombre, que  curó el cuerpo y alma de muchos, que murió por nosotros, y que abrió el camino de la eternidad  a todas  las criaturas resucitando y ascendiendo a los Cielos, establece una institución con aparente organización humana pero en la que misteriosamente se hace presente a través de unos signos (Sacramentos) en los que actúa el mismo Cristo para alimentar y fortalecer la fe de sus fieles seguidores, que somos tú yo bautizados en el seno de la Iglesia. ¿No es ésta una prueba concluyente de que la Iglesia no es una creación de hombres para perpetuarse en un poder omnímodo?
Ciertamente que en dos mil años han surgido disensiones, escisiones, herejías, reformas, cismas, escándalos…, pero la Iglesia Santa subsiste.  Nietzsche se atrevió a dar por muerto a Dios;  para Augusto Comte la religión era una explicación fantástica o mítica de los fenómenos de la naturaleza; y  según Feuerbach el hombre habría fabricado la idea de Dios…: nihilismo, positivismo y marxismo  surgieron para, entre otros objetivos, aniquilar la religión e incluso al mismo Dios para enaltecer al hombre. Vano esfuerzo: El hombre lejos de Dios no ha alcanzado la felicidad anhelada en la tierra; es más, el hombre sigue teniendo el mismo afán por buscar a Dios, aunque, en ocasiones, lo haga por caminos equivocados.   
Repasando mi  infancia -a ti puede que también te haya pasado-, siempre la cercanía de nuestra madre nos ha aportado paz.  Recuerdo que siempre que había tormenta dejaba el juego y me iba junto a mi madre. Después, cuando amainaba la tormenta y salía el sol, volvía a mis juegos con más  alegría y mayor serenidad. A mi edad, no ha cambiado esta aptitud; ahora las tormentas son otras, las inquietudes son más  espirituales; pero siempre me da paz sentirme en el regazo de mi Madre, la Santa Iglesia Católica, que no es perfecta por estar formada por hombres y mujeres con las limitaciones propias de la condición humana,  pero, precisamente, esos condicionantes hace que la acepte y rece por ella. 
Pero estar convencido de que la  Iglesia es mi Madre, dar con ella,  no es únicamente para sentirse aliviado en momentos puntuales de la vida; es para buscar y encontrar “la Verdad que no es una idea, una ideología o un eslogan, sino una Persona, Cristo (Saludo del Santo Padre en la Plaza de Cibeles en la fiesta de acogida de los jóvenes en la JMJ celebrada el pasado mes de agosto en Madrid). 
Todos los santos han vivido su fe estando muy unidos a la Iglesia. San Cipriano fue categórico: “No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre”.  Si esta frase te hace pensar, proponte llevarla a cabo.
Cada día  amigo mío, amiga mía,  se nos debería quedar pequeño para agradecer a Dios habernos podido encontrar con la Iglesia. La pena es cuando los cristianos se topan con la Iglesia. Pero éste es tema ya de la próxima entrada.

lunes, 23 de enero de 2012

Religiones, no todas son iguales

Es habitual que al tratar de temas sobre religión nuestros interlocutores se despachen con la manida frase de que todas son iguales; incluso a la hora de emitir valoraciones sobre masacres producidas por grupos terroristas, se diga que son consecuencia de fundamentalistas que llevan hasta el extremo sus creencias religiosas. Y no solamente se defiende esta postura por quienes menos informados están; también quienes expresan sus opiniones en medios de comunicación fomentan estas argumentaciones sin más base que ésta: los extremismos son malos.
Pero no te preocupes, que no voy a disertar sobre cuestiones metafísicas del judaísmo, hinduismo, budismo o islamismo en comparación con el cristianismo, no; mi pretensión es una cuestión temporal. Es fácilmente evaluable – lo difícil, eso sí, es resumirlo en folio y medio- que si existe una religión que aporta más desvelos por el  prójimo, especialmente el más necesitado, más afán por mejorar al conjunto de la sociedad, y más cooperación desinteresada al bien común, ésta es la religión católica.
Cuando nos referimos a Cáritas (traducido del latín al castellano significa caridad), muchos piensan que es una ONG muy enraizada en la opinión pública. Pero esta institución benéfica nació en 1947 desde el seno de la Iglesia Católica para ocuparse de los más pobres de entre los seres humanos. Acoge a personas necesitadas sin distinción de razas, creencias, nacionalidades; no es necesario acreditar estado de insuficiencia material: basta con la palabra y la presencia para recibir alimentos, pagos de suministros o atención sanitaria.  Allí donde ocurre una catástrofe acude para paliar los efectos entre la población. Unas cifras demostrativas de la labor en España: en 2010 ayudó a 950.000 personas, destinó el 63,02 % de los recursos a atender a familias españolas, viendo como los fondos públicos (la aportación del Estado) bajaron un 1%, unos 200.000 euros menos que el año anterior, pese a que muchos organismos públicos derivan a Cáritas a quienes van pidiendo ayuda.
El afán de ayuda al prójimo de  la Iglesia Católica traspasa fronteras, abarca los cinco continentes. Los católicos españoles somos los segundos del mundo –Estados Unidos es el primero- que más colaboramos en los proyectos de evangelización y respaldo económico de los misioneros. El pasado año, se  enviaron a las misiones 16.950.952 euros. Se estima que unos 14.000 misioneros españoles están repartidos por todo el mundo. Detrás de cada misionero hay un afán apostólico, pero intrínsecamente va unida  una labor social para erradicar la pobreza y promover la dignidad de las personas, entregando, incluso la vida  en esas labores. Así lo atestigua Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias: “Cada cinco minutos (en zonas de misión) muere de forma violenta un cristiano, por el hecho de serlo; y medio centenar de misioneros fallecen cada año de modo martirial”.
Tampoco la Iglesia Católica está al margen de cuestiones tan básicas para el mundo como es la paz. La fe católica no puede entenderse sin alentar la paz en los corazones de todos los hombres y mujeres, en las familias, en el mundo. En el convulso siglo XX, asolado por dos guerras mundiales, con exterminios de millones de seres humanos producidos por el nazismo y el comunismo, una de las figuras más emblemáticas por defenderla ha sido el Beato Juan Pablo II. En 1986 el Papa Wojtila quiso mostrar que las religiones no son factores de odio y violencia, sino de paz, y reunió en Asís a líderes religiosos de todo el mundo para rezar por la paz. Veinticinco años después, su sucesor en la Sede de Pedro, Benedicto XVI, bajo el lema “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” reunió en el mismo lugar a 300 representantes de distintas religiones y no creyentes que participaron en la jornada de diálogo y oración el pasado mes de octubre. Una muestra del sentido ecuménico que caracteriza a la religión católica. El siglo pasado, también ha sido en el que más católicos han derramado su sangre a causa del odio y la represión religiosa.

Los extremismos sí que son buenos si son consecuencia del derroche de amor por el prójimo. Amando a Dios, se ama al prójimo hasta dar la vida por él. El Fundador de la Iglesia Católica murió en un madero por amor a todos los hombres; su Madre, La Virgen Santísima, allí estaba a los pies de la Cruz. Ella fue la primera que llevó a cabo el mensaje de Jesucristo, cuando al enterarse por el Ángel que su prima Isabel estaba encinta, fue sin demora a una ciudad de Judá para atenderla, quedándose con ella unos tres meses, según nos narra el evangelista Lucas. Llevaba ya al Hijo de Dios en sus entrañas; el Amor de Dios la impulsó a ayudar a quien más necesidad tenía en esos momentos, y comunicar la alegría de dar a conocer la Encarnación del Hijo de Dios.

La Iglesia Católica atesora una virtud que no atesora ninguna otra religión: la caridad, -–junto a la fe y esperanza, son llamadas virtudes teologales-;  virtud por la cual podemos amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Dios es lo primero, y entre Dios y tú, debe estar el prójimo. Con razón ha dicho Benedicto XVI que el distintivo del cristiano es “la fe que se hace operativa en la caridad”. Así se entiende que tantos cristianos hayan entregado su vida por los demás a lo largo de veinte siglos. En la Beata Madre Teresa de Calcuta, tenemos el ejemplo más reciente.

Dentro del respeto que debe existir entre todas las religiones, unidos por las grandes aspiraciones al bien, a la justicia y a la verdad, los cristianos no debemos dejar al margen que el amor por el prójimo es cualidad primordial para ser seguidores de Jesucristo. Unidos a Él contribuimos a implantar el Reino de los Cielos aquí en la tierra, a través la Santa Iglesia Católica. De ella hablaremos en la próxima entrada.