Si repasamos con cierto rigor analista, desde tejas para abajo como suele decirse, podemos descubrir que detrás de la pasión y muerte de Cristo, se dieron dos condicionantes humanos, uno religioso y otro civil. El religioso motivado por preservar la integridad y la religión de toda una nación. En nombre de una religión se sacrificaba a una persona. El otro hecho sucedió al día siguiente de la detención de Jesús, delante del procurador romano Poncio Pilato, máxima autoridad representativa de Roma en la región de Judea. Ante el caríz que tomaba el proceso acusatorio contra quien se declaró Hijo de Dios, se exculpó de su responsabilidad lavándose las manos en público. En sus manos estaba la vida de un inocente, pero prefirió, o no fue capaz, de evitar la condena a un justo. Pedro, poco tiempo después de la resurrección del Señor, exculpó a los dirigentes religiosos por esa determinación: “Ahora bien, hermanos, sé que procedisteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería” (Hc. 3, 17-18).
La autoridad civil de Sri Lanka según se desprende de las palabras del primer ministro Ranil Wickremesinghe, elude asumir responsabilidad, se lava las manos ante los medios informativos: “Los incidentes –curiosa manera de llamar a los atentados, salvo que la traducción no sea todo los correcta que se deba- se vaticinaron el 4 de abril”, y que cinco días después “el jefe de los servicios de Inteligencia escribió una carta en la que detallaba los nombres de los terroristas y de la organización a la que pertenecían”. Esos informes parece que no llegaron a su mesa, ya poco importan las razones. En este caso también la máxima responsabilidad al frente de un país no ha sido capaz de evitar el derramamiento de sangre inocente.
Dos mil años después , en realidad desde los primeros tiempos del cristianismo, Jesucristo sigue estando perseguido. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”(Hc. 9, 4-5), le dice el Señor a Pablo de Tarso, fiel cumplidor de la estricta ley judía, en el momento que se le aparece camino de Damasco en busca de cristianos a los que encarcelar o ejecutar. Cada cristiano perseguido por su fe, cada cristiano apresado por su fe, cada cristiano asesinado por su fe, es otro Cristo crucificado. Todos son testigos de la Resurrección.
Dos mil años después , en realidad desde los primeros tiempos del cristianismo, Jesucristo sigue estando perseguido. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”(Hc. 9, 4-5), le dice el Señor a Pablo de Tarso, fiel cumplidor de la estricta ley judía, en el momento que se le aparece camino de Damasco en busca de cristianos a los que encarcelar o ejecutar. Cada cristiano perseguido por su fe, cada cristiano apresado por su fe, cada cristiano asesinado por su fe, es otro Cristo crucificado. Todos son testigos de la Resurrección.
¡Feliz
Pascua de Resurrección!
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