sábado, 24 de enero de 2015

Bautismo, ¿cuándo y para qué?


 Contaba hace años una de mis primeras compañeras de trabajo que su padre se había personado en una ocasión en la parroquia para pedir dejar sin efecto la inscripción de bautizado, con el fin de que constara su “baja” de la Iglesia Católica, como si de un socio de un equipo de fútbol o de una  peña taurina se tratara. No recuerdo los motivos por los que el padre de mi compañera se vio dispuesto  a adoptar tal determinación, pero para hacer esa demanda al párroco el hombre tendría que estar plenamente convencido. Ignoro si después de las razones que le daría el párroco para explicar tal imposibilidad, el padre de mi compañera se replantearía el empeño.

Aunque en los expedientes de bautismo no pueda constar la renuncia expresa a seguir llamándonos cristianos los que hemos sido bautizados, y dejar de pertenecer a la Iglesia, hay una cantidad determinada de cristianos que no profesan la fe, que no se consideran miembros de la Iglesia. Precisamente en el sacramento del Bautismo es donde más evidente se hace este desapego a las costumbres cristianas que nuestros antepasados tuvieron con nosotros. En un admirable "celo" por salvaguardar a sus hijos de cargas de conciencia para el día de mañana, los padres  posponen el bautizo hasta que ellos quieran hacerlo, que difícilmente llegarán a optar por una clara lógica: si no se viven las costumbres cristianas en los hogares donde son educados, cuesta creer que llegará un día en el que dirán a sus padres que quieren recibir el sacramento de la iniciación cristiana. Nuestro Señor pone unos cauces naturales para adquirir vida sobrenatural: los padres, y si éstos no asumen esos compromisos por haber decidido no vivirlos, estar  apartados de Dios, la transmisión de la fe se pierde. Dios podrá llamar a un chaval, a una chavala a través de amigos, asociaciones juveniles, clubes, o personas determinadas que se cruzan en sus vidas; pero tendrán la difícil tarea de conjugar esa iniciativa divina con la frialdad espiritual de sus hogares. Complicado.


En 1988, Emiliano Revilla, un importante empresario español, fue secuestrado. Tras 249 días de cautiverio fue liberado por sus captores. En una entrevista en  un programa de televisión el presentador  le preguntó si el día de su liberación había sido el más de su vida. Su respuesta sorprendió: No,-puntualizó- el día más feliz de mi vida fue cuando recibí el sacramento del Bautismo

Y es que para un cristiano el mayor regalo dado por Dios a través sus padres son dos vidas: la vida natural y la vida sobrenatural, por la que nos incorporamos a la Iglesia , que es donde se encuentra la salvación, que no puede encontrarse fuera porque allí donde está la Iglesia, está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está también la Iglesia y toda gracia (1).

Con el Bautismo del Señor se pone fin a la Navidad. Pasamos de  adorar al Niño Jesús a convertirnos en seguidores de Jesucristo. No sé a tí, pero a mí me resulta signficativo que antes de iniciar la vida pública Jesús guardase turno en la orilla del Jordán para ser bautizado por Juan, a pesar del recelo a hacerlo por saber que era el Mesias (Mc1,9-11; Lc. 3, 21-22 y Mt. 3, 13-17). Y no menos llamativo es que después de la resurrección vuelva a referirse al bautismo: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo. (Mt. 28,19-20). ¿Entendemos el empeño de que el Verbo de Dios hecho carne destaque de manera tan primordial la importancia del Bautismo? Además, alberga doble relevancia: abre la puerta a la gracia de Dios y al resto de los otros seis sacramentos instituidos por la Iglesia conforme a la Tradición.




 La Iglesia no tiene otro empeño que  velar por la salvación de las almas, hasta tal punto que, como tal vez sepas, si la vida de un recién nacido corre serio peligro de muerte, cualquier persona cercana a la criatura puede bautizarla derramando un poco de agua en su cabeza y pronunciando la frase que acompaña al rito: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Referirme a la Iglesia es , pues, referirme a una madre; esa es la debilidad que fortalece a un hijo de Dios. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno de María, en efecto, es preludio del nacimiento de cada cristiano en el seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos (cf.Rm 8, 29) y nuestro primer hermano Jesús nació de María, es el modelo, y todos nosotros hemos nacido en la Iglesia (2).

Solamente considerándonos hijos de la Iglesia, que nació del costado abierto de Jesucristo Crucificado, que se constituyó con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, encontramos la vía que nos conduce a la salvación. Para los que piensan que es una rémora del pasado, que pueden encontrarse con Dios prescindiendo de ella invito a leer pausadamente esta frase:  Desdichado es el que pretenda mantener encendida su llama rechazando la Iglesia (3). Porque no hay otro lugar para buscar, encontrar y amar a Cristo, añado, que no sea en la Iglesia.


(1) San Irineo, Adversus haereseses, 3, 24

(2) Papa Francisco, Audiencia general (3-IX-2014) 

(3) Henri de Lubac, en Meditation sur L´Eglise



domingo, 11 de enero de 2015

De la mano de la Virgen en 2015





El futuro siempre preocupa, la incertidumbre es una cuestión que el hombre no sabe resolver para encontrar seguridad a lo que está por vivir. Intentamos planificar la vida en función de nuestros proyectos, pero siempre quedan condicionados a circunstancias que los pueden trastocar. Con la llegada de un nuevo año surgen propósitos, deseos, ilusiones, pero también inquietudes, intranquilidades, porque somos vulnerables y siempre quedarán dudas de si podremos alcanzar los propósitos anhelados. ¿Estamos seguros que todo depende únicamente de nuestros esfuerzos?

Para paliar las incertidumbres ante lo desconocido, aunque sea de manera inconsciente, por guardar las costumbres, estas fechas son propicias para dejarnos llevar por supersticiones chocantes y simpáticas como ponerse en Nochevieja alguna prenda de vestir roja, comerse las doce uvas -¡todas!-, echar un anillo en la copa de sidra o champagne, comer lentejas el último día del año… Y pedimos los mejores propósitos, metas a las que llegar, objetivos para cargarnos de ilusión. Lo pedimos, sí, después de un brindis en Nochevieja; pero ¿a quién? Al Año Nuevo. ¡Cuántas peticiones habrán salido para el año 2015! Una pregunta llamativa: ¿nos hemos parado a pensar que un año es tan solo el tiempo que tarda nuestro planeta Tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol? Nos dirigimos a una medida temporal porque persiste esa inquietud en el hombre por reconocer que por nosotros mismos no somos capaces de labrarnos un futuro sin inquietudes y temores. Estamos necesitados de ayuda y protección. Un nuevo año parece que nos supera, que se nos va a hacer largo, que habrá momentos en los que marcharemos con paso firme, pero también trayectos que se harán cuesta arriba. Vemos ilusión, pero desasosiegos a la vez. No las tenemos todas consigo, podríamos decir.



Los cristianos tenemos más fácil a quien dirigirnos para dejar en buenas manos nuestras inquietudes y propósitos, para entrar en un nuevo año con ilusión y esperanza. El mismo día 1 de enero la Iglesia celebra la fiesta de Santa María, Madre de Dios, el título más preciado a consecuencia de la perfecta unión de la naturaleza divina y humana de Cristo desde el momento de la concepción. Comienza el año civil, y el principal anhelo para la humanidad es la paz; por esta razón también invocamos a María como Reina de la Paz. Deseamos la paz, en nuestros corazones; un corazón en paz consigo mismo y con el prójimo transmite alegría, felicidad, estado que todos buscamos.

Cuando san Juan Pablo II perdió a su madre siendo un adolescente, se puso de rodillas y le dijo a la Virgen que ahora que ya no tenía madre en la tierra, debería ser Ella quien le cuidara desde el Cielo. En Cruzando el Umbral de la Esperanza, nos describe el significado de la devoción mariana: Así pues redescubrí la nueva piedad mariana, y esta forma madura de devoción a la Madre de Dios me ha seguido a través de los años. La Virgen cuida de nosotros, se ocupa de nuestras preocupaciones, quiere estar muy cerca de cada uno de sus hijos porque ama con un corazón rebosante de gracia, con un alma llena de Dios. Llevó en sus entrañas al Salvador, le trajo a la tierra en su bendito vientre, le cuidó, le alimentó, le vistió, le protegió como cualquier buena madre hace con su hijo. Era el Hijo de Dios, pero necesitaba de una madre, precisaba unos brazos que le cogiesen, unos pechos que le amamantaran y el cariño propio para crecer en paz y alegría.

El comienzo de un nuevo año es propicio a formularnos reflexiones. Te propongo una: tenemos por madre a la Madre de Dios. Me gusta imaginarme  a la Virgen llevando de la mano al Niño Jesús en sus primeros pasos. Se sentiría seguro, sonreiría al descubrir que a pesar de la torpeza de sus pasos no se cae, se ve seguro, porque se sabe bien cogido por la mano de María. Así podemos vernos tú y yo en los inicios del año 2015. Niños pequeños, que vamos a lo largo de todos los próximos 365 días bien agarrados a la Virgen. Fíjate lo que se atrevió a escribir Santa Teresa del Niño Jesús, en Últimas Conversaciones : “ella no tuvo una Santísima Virgen a quien amar y eso es una dulzura más para nosotros y una dulzura menos para ella”. 

Tú y yo podemos amar a  la Virgen. Y para amarla hay que  tenerla presente, y hay que tenerla presente para amarla. Hay innumerables maneras de acordarnos diariamente: rezando el Avemaría, el Rosario u otras oraciones marianas, llevar una estampa en la cartera, tener bien a la vista en casa una imagen suya,  saludarla cuando salimos o entramos a casa. ¡Mil detalles! No esperes a que llegue la fecha de las fiestas patronales o la romería de tu pueblo o ciudad para mostrarle lo mucho que la quieres. Empieza ya, en los inicios de este año 2015. No quedarás defraudado. María desea que confiemos a ella nuestras ilusiones y buenos propósitos para este año; y también nuestros temores e inquietudes. Es natural: la Madre de Dios es nuestra madre.

¡Feliz Año 2015!


viernes, 26 de diciembre de 2014

... No había lugar para ellos en la posada




Y sucedió que estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada (Lc. 2,6-7).

Estamos en la Navidad de 2014. Celebramos el nacimiento de Cristo,  puede ser el momento para que la fe renazca en tu corazón y en el mío. Solamente es necesario estar en disposición de querer acogerle como lo que es: recién nacido, desvalido, indefenso...  Esta es la clave: la hospitalidad con María y José, que buscan un lugar para envolver al Niño Dios en pañales y dejarlo en el pesebre de tu alma.

Se me ha ocurrido imaginar los diferentes estados en los que la humanidad puede esperar el nacimiento del Salvador. Un año más este mundo nuestro tan frío y distante de Dios, es testigo de un acontecimiento esperado desde hace siglos. El protagonista es tu corazón y el mío. El corazón del ser humano es una posada a la que Jesús y María llaman buscando un lugar para que el Niño Jesús nazca, porque es la Luz que ilumina el mundo, tu alma y la mía. Un alma donde Dios no tiene cabida es una gruta oscura, triste; y el corazón del ser humano está hecho para iluminar.

Se encuentran la primera posada. Un año más la puerta está cerrada. Llaman, se les oye, pero se les niega la entrada. Son quienes nada han querido saber de Dios, los que se han desentendido, los que han abjurado de sus creencias. Viven para el consumismo, el mundo espiritual no tiene cabida en su existencia, acomodándose a un relativismo en el que únicamente albergan como axioma la autocomplacencia. Para ellos Dios les coarta la libertad, se consideran libres para vivir por y para sí mismos. Prefieren la ignorancia al compromiso. Prefieren taponarse los oídos con cera de soberbia. José y María no insisten, marchan cabizbajos camino de otra posada.


Llegan a una nueva posada. La puerta está entreabierta, llaman y se les invita a pasar. Se les recibe pero se les posterga a un rincón, terminando por ser ignorados. Son esos hombres y esas mujeres que celebran la Navidad recordando el nacimiento de Jesucristo, pero volcados en una tradición más costumbrista que real.  Creen en Jesús, personaje histórico que sembró detractores y simpatizantes, pero que vio frustrada su proyección por ser ajusticiado injustamente y clavado en una cruz hasta morir. Gustan de vivir las fiestas navideñas teniendo presente que conmemoran el sentido religioso, pero los afanes de esta vida, el relativismo ético les hace sucumbir a la llamada. Pasan la vida  ocupados en sus quehaceres diarios, se les esfuma la vida implicados en un mundo que no quieren cambiar, sino involucrarse hasta el punto de pasar inadvertidos. Esconden sus creencias cuando ven peligrar su posición social, no vale defender unos principios porque en realidad no se cree en ellos. En los avatares de la vida, el cristianismo para ellos es un peligroso condicionante. Vista la indiferencia, José y María buscan nueva posada. Se alejan silenciosamente; nadie se da cuenta de que abandonan la posada por ser ignorados.

Por fin llegan a una posada en la que no es preciso llamar, la puerta está abierta. José y María se ven reconfortados. Pasan y son recibidos con alegría. Se dan cuenta que la posada está bien acondicionada, preparada como si les estuvieran esperando. Es 24 de diciembre, no han olvidado que el fundamento de esta noche es prepararse para el nacimiento de Jesús. Son personas normales, con debilidades, miedos e inseguridades, incluso con dudas de fe porque cuesta afrontar situaciones de sufrimiento, tragedias, enfermedades, muertes, desolación, soledades, incomprensiones; pero tienen la convicción de que la vida sin Dios conduce a un vacío del que no se sale. Son esos cristianos que a pesar de la poquedad con que se ven levantan la vista al Cielo, porque es desde allí desde donde Jesús viene; y si el mismo Dios llega a la tierra es porque tiene un mensaje de vital importancia para la humanidad. El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra verdadera paz. Y Cristo llama a nuestros corazones para darnos la paz. La paz del alma, abramos las puertas a Cristo (1). José y María se alegran. Han encontrado lugar para que el Niño Dios se aloje en esos corazones tímidos, pero que a imitación de María quieren decir sí a la llamada del Señor.

 La esencia de la fe cristiana es ésta: Dios está aquí. Esa verdad debe llenar nuestras vidas: cada Navidad  ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma (2). Este es el sentido de la Navidad. Si los cristianos no vivimos estos días con la mirada puesta en Belén, habremos dejado pasar una ocasión más brindada por Dios para tener un encuentro personal con cada uno de nosotros. 

Empieza la Navidad. Es 25 de diciembre. Tiempo de dejarse sorprender por el amor de Dios. Es un misterio. No cabe en nuestros parámetros que Dios se haga carne en el vientre de una joven. Incomprensible. Pero no es un cuento de hadas. Es una realidad que transforma el corazón de los hombres, ensanchándolos para salir de sí mismos e impregnar de amor y calor el espacio que Dios nos ha proporcionado en este mundo. Belén significa tierra de pan y es en esta ciudad donde encontramos el verdadero alimento para el alma, que en estas fiestas siempre anhela más especialmente el encuentro con Jesús. Se nota en la gente, en las calles, que hay un deseo mayor de alegría y felicidad.



Por cierto, no quiero dejar de preguntarte: ¿con qué posada te identificas?

Estás todavía a tiempo de darle la debida acogida.

¡Feliz y Santa Navidad!


(1)        Papa Francisco, Ángelus 19/12/2014
(2)        San Josemaria Escrivá, Es Cristo que pasa, pág 45,46.







domingo, 16 de noviembre de 2014

¡ A vivir que son dos días!





Cuando veo la fecha del último post repaso un punto del Diario de la Divina Misericordia, escrito por Santa María Faustina Kowalska, el 1338, en el que escribe lo siguiente: En el momento en que escribo estas palabras he oído a Satanás gritando: Escribes todo, escribes todo y por eso perdemos tanto. No escribas de la bondad de Dios, Él es justo. Y dando aullidos de rabia, desapareció.

El 24 de septiembre hice la última entrada y es mucho tiempo transcurrido; puede que el enemigo  número uno de la salvación del hombre haya hecho sibilinamente su trabajo, como así acostumbra. No quiero estar en el bando de los  que escriben poco sobre Dios teniendo ocasión para hacerlo. Porque desde este blog no hay más pretensión que  escribir sobre las bondades de Dios, y no hay mayor bondad que pueda recibir el ser humano de Dios que la de sentirse salvado, porque es amado por el Creador. 

Por eso la Iglesia, fundada por Jesucristo para derramar torrentes de gracias entre los hombres,  nada más comenzar noviembre celebra el primer día  la Fiesta de Todos los Santos y el segundo el de los Fieles Difuntos; de esta manera conmemoramos el triunfo de quienes han alcanzado el Paraíso y pedimos por quienes aún se purifican en el Purgatorio hasta alcanzar el encuentro con el Padre Celestial.

De paso puede y debe servirnos este mes de noviembre para profundizar en la vida futura a los que peregrinamos por este mundo. Porque del modo en que vislumbremos el fin de nuestra existencia podremos vivir esta vida. No estoy de acuerdo con quienes en un afán de loable y sincera responsabilidad, piensan en otra vida pero centrándose únicamente en esta. La vida puede adquirir un devenir dependiendo de qué idea y con qué esperanza afrontemos la realidad incuestionable de la muerte. Para unos, puede resultar el final de una existencia, y para otros el principio de una nueva vida.

Vamos a reducir al máximo en este post la manera de discurrir sobre el futuro de tu alma y la mía; y lo hacemos con dos frases, y te invito a reflexionar sobre ellas. Una frase encierra un encendido aferramiento a esta vida, otra una esperanza inconmensurable de eternidad.

 “¡A vivir que son dos días!”. Es una frase que adquiere cuotas de éxito notable. No tiene autor conocido, al menos que uno sepa. No es necesario tratar a una persona de vida desenfrenada para escucharla. Entre buenos amigos, familiares entrañables y personas ejemplares es habitual oírla, especialmente en esos momentos tristes en los que se  pierde a un ser querido y donde parece no existir más esperanza que vivir intensamente el momento actual. Es una expresión para reafirmar el presente, siempre y cuando  sea agradable, porque de lo contrario la frase no tiene sentido. Está hecha para quienes están conformes con el trato que les da la vida. Salud, familia, economía, amigos, colman las más elementales pretensiones, pueden considerarse personas satisfechas…, ¿felices?, pensemos que para ellos es así. Pero no es una frase muy consistente por dos razones. Si alguno de los soportes que nos dan bienestar  se pierde se desvanece la seguridad, surgen crisis que dan al traste con la estabilidad emocional o afectiva que era el soporte de la vida. Si se parte una de las patas de la mesa, esta se viene abajo. La otra razón de la inconsistencia es el tiempo. Llegará un día en que será el último. Se acabará. Esos “dos días” habrán terminado. Difícilmente encontrar una muerte en paz pensando lo bien  que nos ha tratado la vida, los éxitos alcanzados, el bienestar logrado, las expectativas cubiertas; la amargura de la agonía no se supera con la dulzura de los recuerdos. Siempre se estará sujeto a que esos dos días puedan ser cincuenta, veinte años, o quién sabe si puede ser pasado mañana. En cualquier caso, la vida siempre se escapará demasiado pronto. Es una continua cuenta atrás desde que nacemos.



“Nunca más serviré a señor que se me pueda morir”. Esta otra frase fue pronunciada por san Francisco de Borja. Llegó a ser virrey de Cataluña. Tuvo que conducir a Granada los restos mortales de la emperatriz Isabel, mujer a la que conocía y admiraba por su belleza. Llegados a Granada al  abrirse el ataúd que contenía el cuerpo de la bella mujer la vida le cambió por completo al descubrir el rostro desfigurado de la emperatriz y pronunció esta famosa frase. Renunció a toda su fortuna, ingresó en la Compañía de Jesús para servir a un señor que no muere, para servir al Dios vivo, y el significado de la vida  le cambió por completo.

El mes de noviembre se cierra en el último domingo con la fiesta de Cristo Rey. Otra ocasión que la Iglesia invita a reflexionar sobre la entrega de nuestro corazón. Podemos servir al César, que es tanto como decir a nosotros mismos, convirtiéndonos en emperadores de nuestro  existencia siempre expuesta al carácter temporal,  o podemos entregar el corazón al Señor, no solamente por la inquietud del destino final de nuestra alma, sino para vivir el Cielo desde la tierra, amando a Dios, y amando al prójimo, que es el modo más acertado de amarnos a nosotros mismos.

La esperanza en la vida eterna no es una orientación metafísica, no es una corriente de pensamiento filosófico que el hombre ha fraguado en su pensamiento. Es una consecuencia del hecho histórico, del origen de la Buena Nueva que a lo largo de veintiún siglos ha transformado la vida de millones de seres humanos. La teología cristiana se sustenta en dos razones: que Jesucristo resucitó de entre los muertos y ascendió al Cielo;  y una promesa a todos los hombres: El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás (1).

La lectura con detenimiento de este párrafo  puede hacerte pensar qué frase puede sustentar tu vida: Esta es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: si Cristo no  hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor; toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brio, pues desde aquí ha comenzado y desde aquí reemprende siempre de nuevo (2).

En términos deportivos: si te aficionas a un deporte, qué menos que simpatizar con el deportista o equipo que más éxitos puede cosechar; de esta manera disfrutarás del deporte y de las victorias alcanzadas. Pues con la fe puede pasar exactamente igual: el  triunfador siempre es Dios, porque gracias al sacrificio redentor en la Cruz de Jesucristo, el principal rival para la felicidad del hombre –la muerte- está vencido. Y  aunque a lo largo de la contienda –de esta vida- se pasen apuros y desalientos, tristezas y sufrimientos, la victoria sabemos que corre de Dios, y si estamos unidos a Él, nosotros participaremos del triunfo definitivo. Piénsalo, porque este mes de noviembre  puede cambiar conceptos de tu vida. ¿O no?




(1) (Jn. 11,25-27)
(2) Papa Francisco, Mensaje Urbi et Orbi en la Pascua (20-IV-2014)










miércoles, 24 de septiembre de 2014

Yo también soy nazareno






Este símbolo es la letra "Nun" del alfabeto árabe. Cuando los miembros del denominado Estado Islámico marcan en una casa o centro de trabajo con esta letra, significa que han sido localizados cristianos y, por tanto, sus vidas corren grave peligro. Si no huyen, tarde o temprano estos  extremistas les intimidarán para que renieguen de su fe y se conviertan al Islam; de lo contrario los hombres pueden ser decapitados y las mujeres tratadas como esclavas. Si huyen, lo abandonan todo, tienen que atravesar el desierto exponiendo sus vidas a morir de hambre o de sed.

En un reportaje de televisión contaba un  padre de familia que tuvieron que salir de su casa veinticuatro miembros con una botella de agua como único elemento de subsistencia. El medidor para compartir el agua era el tapón. Cada uno bebía al día el contenido de un tapón; no había otro modo de racionalizar el agua. Miles de personas no han tenido más remedio que huir de la barbarie, quedando algunos en la arena del desierto víctimas del hambre y la deshidratación.

El pasado 7 de septiembre, víspera de la Natividad de Nuestra Señora, convocaba el Papa Francisco una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero. En la parroquia Nuestra Señora de la Merced se celebró esta jornada bajo un intenso clima de recogimiento espiritual. Durante dos horas con el Santísimo expuesto en el altar mayor, se intercambiaron ratos de oración, de silencio, y de lectura de testimonios de cristianos sirios. La celebración terminó con el rezo de santo Rosario.

En uno de esos testimonios, un cristiano sirio comparaba estos tiempos con el de los vividos por los primeros cristianos: persecuciones, vejaciones, muertes indiscriminadas..., y, sin embargo, como ocurre con los confesores y mártires de la fe, no reniegan, al contrario, se reafirman más, porque el amor de Dios puede más que el miedo al frenético odio de los hombres.

Odio. Pero ¿odio a un cristiano? ¿Cuál puede ser la aptitud de un cristiano para ser odiado? ¿Por qué se odia a mujeres, niños, ancianos, jóvenes, hombres de cualquier clase o condición?

La respuesta solo puede obtenerse si consideramos que a quien se odia no son a mujeres que con esfuerzo y pocos medios sacan adelante a sus hijos, o a los padres que buscan ingresar dinero para cubrir las necesidades más elementales de sus familias, o a los jóvenes que intentan abrirse un futuro con las propias limitaciones de regiones tan pobres, todos ellos ciudadanos ejemplares respetuosos con las leyes y atentos con sus conciudadanos. No. A quien se quiere asesinar es a Dios;  solo a Dios se persigue y se busca darle muerte, no tienen otro medio que buscar la muerte de cristianos para dar muerte a Dios, a Jesucristo, Dios de la Divina Misericordia.  Los discípulos del Señor ya fueron advertidos por Jesús: Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros (Jn. 15,18). Acordaos de la palabra que os dije: “No es el siervo más que su señor”. Si a mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán. Si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. (Jn. 15,20).

Gracias a esa huida de los primeros seguidores de Jesucristo pudo extenderse la Buena Nueva a todo un imperio como el romano, traspasando fronteras y continentes hasta llegar a extenderse por el mundo entero. Sin miedo a nada ni a nadie, seguros de abandonarse en la Providencia Divina, irradiaban paz y serenidad en tiempos conflictivos. Así surgió y se desarrolló el cristianismo. ¿Puede decirse que se dan las mismas circunstancias en nuestro mundo para recibir con la misma ilusión la Buena Nueva de los cristianos perseguidos?

El mundo actual, el de los grandes avances tecnológicos y científicos, es presa de un indiferentismo religioso. Al corazón del hombre contemporánea no se le llena de sentido, se le entretiene más bien. Hay una descristianización acentuada. El mundo de hoy no actúa pecaminosamente por desconocimiento de Dios. No; es por soberbia por la que prescinde de Dios, desvinculándolo por decisión propia.  El sufrimiento de los demás no cabe en la repleta agenda del hombre que solo busca el bienestar material, físico. No hay tiempo para divagar; y si lo hay se pasa de soslayo, cualquier ocupación es buena para acallar la conciencia. Es un axioma elemental: sin Dios, no hay lugar para el prójimo.

No obstante, no es menos necesario hacerse otra pregunta. ¿Qué reacción provoca el conocimiento de estos tristes hechos entre los cristianos? Deberíamos examinarnos si estamos cumpliendo lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Si nos complicamos la vida por mantener una aptitud cristiana o nos escondemos y nos avergonzamos cuando debemos y tenemos que dar testimonio como creyentes que somos. El mundo necesita que hablemos de Dios, que demos ejemplo con nuestras conductas que somos seguidores de Jesucristo, porque allí donde esté de nuestra parte aportar testimonios si no  lo hacemos nosotros nadie lo hará. No seremos discípulos como Cristo nos quiere si nos conformamos con el mínimo esfuerzo, si cumplimos cómodamente los compromisos más elementales para que nuestra conciencia no se dispare, si somos cristianos cabizbajos y abatidos incapaces de transmitir la alegría de sabernos hijos de Dios. Las penurias de los miles de cristianos perseguidos debe hacernos recapacitar y pensar que la preocupación por Dios y por el prójimo deben ser prioritarias a nosotros mismos; y no digo que pensar en nosotros mismos no sea necesario, pero en la justa medida. Sólo así seremos capaces de vivir el cristianismo como una aventura capaz de entusiasmarnos y entusiasmar a los demás. Si en las sociedades que conformamos se alaba el materialismo,  es porque en parte  los cristianos no sabemos o no queremos impregnarlas con el sello de valores espirituales.



No depende únicamente de nuestra voluntad, inteligencia o esfuerzo. La gracia de Dios es quien debe actuar; pero sabemos que no faltará nunca  porque el sufrimiento de los perseguidos y la sangre de los mártires se dispersa por toda la Iglesia. Y cuando se intenta abatirla, como así quisieron hacer en Nazaret con Jesucristo -el pueblo en el que vivió tres décadas-, echándolo fuera de la ciudad y llevándolo a la cima del monte para despeñarlo (Lc. 4, 28-30), cobra nuevos impulsos, como si Dios derramara más copiosamente la gracia para seguir extendiendo el mensaje de salvación.  Pero el Señor siguió su camino, nos dice el final de este pasaje evangélico. Y la Iglesia, seguirá el camino marcada por el Maestro hasta el final de los tiempos, a pesar de todos aquéllos que quieren aniquilarla. 

Nadie estamos eximidos de compromiso.  Cada uno de nosotros, tú y yo amigo mío, amiga mía, tenemos que implicarnos por extender el amor de Dios a nuestros semejantes. Este párrafo pronunciado por el Papa Francisco puede refrescarnos las inquietudes adormecidas. Todo bautizado tiene un lugar y una tarea que desarrollar en la Iglesia y en la sociedad. Que todos se sientan llamados a comprometerse generosamente en el anuncio del Evangelio y en el testimonio de la caridad; a reforzar los vínculos de solidaridad para promover condiciones de vida más justas y fraternas para todos(1).

Yo también soy nazareno. Este es el lema que junto a la letra "Nun" puede verse fácilmente en redes sociales. Es expresión de solidaridad. Está cogido para título de este post y para recordarme que el mejor modo de apoyar a nuestros hermanos que tanto sufren, es repetirlo muchas veces a lo largo del día para obrar conforme a cómo se piensa.

Hoy se celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, patrona de Barcelona y de la República Dominicana. Pedro Nolasco fue un laico que invirtió toda su fortuna para redimir cautivos. Formó un grupo dispuesto a poner sus bienes para liberar cristianos hechos prisioneros por los musulmanes. Agotados los bienes se retiró al desierto y pidió ayuda a Dios. La noche del 1 al 2 de agosto de 1218 la Virgen se apareció a Pedro Nolasco, a Raimundo de Peñafort y al rey Jaime I de Aragón y le reveló su deseo de fundar una congregación para redimir cautivos. La Orden toma el nombre de Santa María de la Merced. Pidamos a la Virgen, llena de Gracia, que nos libere del materialismo imperante y del aburguesamiento que  nos esclaviza, y que la religión no sirva de argumento para matar a inocentes  en nombre de Dios.











(1) Homilía del Papa Francisco en la Misa en la Plaza Madre Teresa de Albania. 21/09/2014.

domingo, 31 de agosto de 2014

La Virgen y el "Niñete"






El mes de agosto nos deja una estela de fiestas que la Iglesia celebra con el fin de dar alabanza a la Madre de Dios. El día 2 recordamos a la Virgen bajo al advocación de Nuestra Señora de los Ángeles; el día 5 la Dedicación de la basílica de Santa María (Nuestra Señora de las Nieves); el día 15 la Asunción de la Virgen María y el 22 Santa María, Virgen Reina. Por encima de todas ellas destaca la del día 15. Benedicto XVI decía que en esta fecha festejamos que tenemos una madre en el Cielo. Y esa Madre es María, la Madre de Jesús. La iglesia oriental gusta llamar a esta fiesta la Dormición, porque la Virgen fue elevada a la gloria del Cielo sin conocer la corrupción de la carne. Si Jesucristo venció a la muerte, María no podía caer en su dominio.

Sé que no son las fechas más apropiadas para referirme  al destino de nuestro cuerpo, cuando estamos todavía en esta etapa estival en la que buscamos zonas y momentos para broncearlo, hidratarlo o buscar reconfortables lugares o medios para superar los calores de rigor; es más, asumo que no son pocos los que se preocupan hasta límites que rayan la idolatría en dar culto a un cuerpo que antes o después verá inexorablemente el deterioro propio del paso del tiempo. Sobra recordar cuál será el final de nuestros huesos. Pero, en plena canícula, la Iglesia nos recuerda este dogma de fe: la Virgen María está con su cuerpo glorioso en el Cielo; y este es el significado que la Iglesia resalta en esta fiesta. Un destino que Dios ha dado no solamente al cuerpo santísimo de la Virgen, sino al de todos los hombres por habernos rescatado de la muerte.

La fiesta de la Asunción de la Virgen María, por tanto, debe movernos a la admiración y a la esperanza. Admiración porque el tránsito de la tierra al Cielo de María fue en cuerpo y alma. El cuerpo que llevó nueve meses al Salvador no podía corromperse en el sepulcro, no podía sufrir la corrupción de la carne. Y debe conducirnos a la esperanza, porque tú y yo estamos llamados a que un día nuestros cuerpos resucitados adquieran por la gracia de Dios unas propiedades para gozar con el alma en el Cielo. Es una de las verdades del Credo: creemos en la resurrección de la carne.

¿Lo creemos verdaderamente? Así debería ser. Si Dios nos ha dado un cuerpo y un alma que lo anima, es para beneficio íntegro de nuestra persona. Carecería de lógica -de lógica divina- que Dios nos proporcionara un cuerpo como un envoltorio para que en el momento de la muerte se quedase en tierra o disperso en cenizas. Para un final así mejor crearnos seres celestiales como los ángeles. De esta manera no tendríamos dolores, ni limitaciones, ni contraeríamos enfermedades..., llegaría la hora en que Dios nos llamase, rendiríamos cuentas de nuestra vida espiritual, obtendríamos el premio o castigo merecido y punto. 

Pero no son estos los planes de Dios. Dios Padre y Creador nos ha dotado de un cuerpo porque forma parte junto con el alma un todo, la persona, y estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Y para redimirnos quiso dar importancia relevante a la carne: el Verbo se hizo carne a través del cuerpo de una joven, la Virgen María, derramando su sangre por todos nosotros para la remisión de nuestros pecados.

Escuchaba en una de las homilías pronunciadas por el cura-párroco de una de las parroquias de mi pueblo, Tomelloso, que precisamente se llama parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en uno de los días previos a las Ferias y Fiestas en honor de la Patrona, que no debemos incurrir en preferencias a lo hora de guardar devoción a las patronas de nuestros pueblos, que la importancia de la Virgen es que nos debe aproximar al “niñete” que lleva en brazos. Porque, efectivamente, ese “niñete” es Dios, el Niño Dios, un Dios que se hace carne para que un día la nuestra pueda participar de la plenitud gloriosa. Podemos y debemos implorar ayuda a la Virgen; podemos y debemos rezarle con espíritu de hijos necesitados de su protección; podemos y debemos presumir de que la patrona de cada uno de los pueblos y ciudades donde vivimos es la más guapa y mejor engalanada, sin incurrir en apasionamientos folclóricos. Pero debemos pedirle, primordialmente, que nos ayude a acercarnos a su Hijo, Jesucristo, Dios y Señor nuestro. Solamente en el “Niñete” podemos encontrar significado a nuestras vidas. Sin Él, María no hubiera sido Madre de Dios, no le guardaríamos  hondas devociones, no tendríamos fiestas ni romerias en pueblos y ciudades, no se celebraría ni Navidad, ni Semana Santa; y lo que sería peor, no tendríamos esperanza. La esperanza de que también con nuestros cuerpos podamos dar gloria a Dios en el Cielo.

María dijo sí al plan de salvación propuesto desde la eternidad por Dios. Hágase en mí según tu palabra contestó al Arcángel San Gabriel (1). También el Señor sin coartar tu libertad y la mía quiere establecernos un plan de salvación adaptado particularmente a nuestras vidas. De ti y de mí depende el destino de tu alma y de la mía, de tu cuerpo y del mío. Digámosle confiadamente  sí. Un sí incondicional. Un sí diario. Un sí sabiendo que no nos abandonará jamás.

La imagen que acompaña el texto es de la patrona de mi pueblo, la Santísima Virgen de las Viñas. Ayer concluyeron las fiestas en su honor. Nada mejor que recordar con esta bonita estampa a Madre, como así la llamamos familiarmente.



























Lc. 1, 26-38

viernes, 18 de julio de 2014

Tres días para cambiar una vida





Posiblemente habrás oído en alguna ocasión ese dicho popular que dice Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Bien es verdad que únicamente es la fiesta del Jueves Santo la que se mantiene en jueves, ya que las otras dos se celebran en distintos domingos, pero no por ello dejan de tener menor significado a pesar de perder veracidad el dicho comentado.

Tenía pensado referirme únicamente a la fiesta del  Corpus Christi por ser la última celebrada; sin embargo, voy a complicarme este post para enlazar estos tres días y discurrir la relación entre ellos dentro del plan de salvación de Dios para ti y para mí, para toda la humanidad. Cambiamos el orden del dicho popular y comenzamos por el tercer día que reluce más que el sol. 

La Ascensión del Señor. Jesucristo resucitado marca la meta a la que estamos llamados, el Cielo. Instantes antes de su partida alecciona a los Apóstoles sobre la trascendental importancia del Bautismo, el mandato primordial dado a la Iglesia  de guardar y enseñar lo mandado y una presencia misteriosa entre los hombres por tiempo permanente:  Y saber que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.(Mt.28, 19-20). El Señor no se queda temporalmente, ni se va y aparece circunstancialmente; se queda con nosotros hasta el final de los tiempos. Son palabras de Cristo, del Verbo Encarnado, las últimas que pronuncia ante sus discípulos. Cabe preguntarse ¿cómo?, ¿de qué manera puede ser esta presencia continua de Jesucristo de generación en generación? Pasamos a la siguiente fiesta, a ese otro día que reluce más que el sol

Jueves Santo. El Jueves Santo es un día grande, trascendental para la relación de Dios con el hombre, porque es cuando Jesucristo instituye la Eucaristía. Así queda recogido por Mateo (26, 26-29), Marcos (14,22-25) y Lucas (22,14-20). El Señor toma pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da a los discípulos: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Toma el cáliz, da gracias y lo da diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza que es derramada por muchos para remisión de los pecados. No es un acto simbólico, ni una ocurrencia de Jesús para despedirse de sus discípulos horas antes de entregar su vida por nosotros: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan, 5,51) .Sorprende tanto la afirmación que desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él (v.66). Palabra de Dios, que exaspera a algunos seguidores hasta el punto de abandonarlo, pensando que ese disparate solamente puede venir de una persona fuera de sí. ¡Comer el cuerpo y la sangre de un hombre que dice ser hijo de Dios!... Sí, son duras palabras, pero ¿para qué? Para vivir eternamente. Empezamos a entender un poco más. Si el Señor después de la Ascensión se queda entre nosotros en la Eucaristía, los cristianos ¿no debemos tener al menos un día al año para alabarle públicamente en la Sagrada Forma en la que se encuentra presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad? Esa fiesta es el Corpus Christi. Y pasamos a comentar el último día que reluce más que el sol.






 Corpus Christi. El origen de esta fiesta no se debe a lo acordado en un Concilio, por idea de un Papa o nacida del seno de una Orden religiosa. Dios se sirvió de una monja belga, santa Juliana de Mont Cornillon (1193-1258), que siempre tuvo una gran devoción al Santísimo Sacramento, para que a través de una visión, en la que la Iglesia era representada por una luna llena con una gran mancha negra, que significaba la ausencia de esta fiesta, se tuviera en consideración una  celebración para fomentar la devoción a Dios, presente sacramentalmente entre nosotros. La visión de Juliana fue conocida por el obispo y por el archidiácono de Lieja, que la transmitieron al Papa Urbano IV quien  el 8 de septiembre de 1624 publicó la bula Transiturusordenando en la misma  que se celebrara el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, otorgando muchas indulgencias a los fieles que asistieran a la Santa Misa y al Oficio.

 En esta fiesta  sale a la calle en procesión Jesús Sacramentado llevado en Custodias por sacerdotes en tantos pueblos y ciudades españolas y del mundo , para que le adoremos públicamente, con devoción y fervor popular. El resto del año está en un sagrario, muy cerca de nosotros. Allí donde atisbes una iglesia puedes pensar -debes pensar- que Jesús está presente. Esperando a que le visites, brindándote su amistad. Se expone a indiferencias, humillaciones, olvidos y hasta sacrilegios para ofrecer su amistad a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Y no solamente amistad y trato, sino también alimento para fortalecer las almas de quienes queremos no solamente que  forme parte de nuestra vida, sino que sea nuestra propia vida.

Por este Misterio de Amor, el Señor está con nosotros y se convierte en contemporáneo nuestro en cualquier momento de la historia. En virtud de esa libertad que tanto respeta Dios, tenemos posibilidad de elegir. O estar  junto a Pedro y decir con él: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios( Jn. 67-69). O con los que le abandonaron  porque dura es esta enseñanza, ¿quien puede escucharla? (Juan 6,60). 

Nuestras almas, la tuya la mía, están hechas para brillar; solamente se necesita acercarlas a la Luz que la ilumine.

¡Feliz verano!