jueves, 17 de abril de 2014

Semana Santa, la fiesta de la salvación


Estamos en Semana Santa.  Los orígenes se remontan al siglo IV en Jerusalén, para extenderse despúes a Oriente y Occidente. Esa expansión popular se debe a una peregrina española, Egeria, que dejó un testimonio excepcional de la liturgia que se vivía en los Santos Lugares.

Me gustaría amigo mío, amiga mía que tu paso por la Semana Grande no fuera, cuando menos, un tiempo sin más, vivido no solamente para recordar la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, sino que lo aproveches para rememorar esos santos misterios tan determinantes. ¿Repasas conmigo los días más trascendentales?

Domingo de Ramos

La Semana Santa comienza con este día alegre. Las gentes se agolpaba a la entrada de Jerusalén, extendían sus mantos, agitaban los ramos de olivo y las palmeras, y alababan al Señor con esos cánticos de aclamación al Mesías: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y Gloria en las alturas!(1).

Pero tanta alegría se rompe en un momento. Cruzada la ciudad, descendiendo al monte de Los Olivos, los discípulos, también jubilosos, cambian la expresión de la cara: ven llorar a Jesús. Se compadece de esta ciudad; días más tarde va a ser clavado en una cruz, va a ser rechazado por el pueblo a pesar de los intentos de darle la verdadera dicha. ¡Hay si conocieras por lo menos en este día lo que se te ha dado, lo que puede traerte la paz! Pero ahora todo esto está oculto a tus ojos(2).

En ese lamento del Señor encontramos a quienes hoy día rechazan, ignoran, el sacrificio de Dios para la salvación de todos nosotros. De diversos modos, muchos hombres y mujeres, incluso cristianos, prefieren dar la espalda al sentido profundamente cristiano de estas celebraciones. Jesús no cuenta en sus vidas, hay otras preocupaciones, otros alicientes, otros impulsos. Años después, Jerusalén -ciudad de la paz, traducida del hebrero- será destruida; su templo, del que tanto presumían, será demolido. De todo cuanto nos gloriamos un día será recuerdo; la suficiencia que sustituye a la fe, es perecedera. Vivimos el día a día sin pensar que hay un mañana. Podemos preguntarnos: ¿dónde ponemos nuestras aspiraciones, nuestros proyectos? Esas lagrimas derramadas por el Señor cerca de Jerusalén, también las derramas por ti, y por mi, y por cuantos deliberadamente le rechazan. Quiere darnos la verdadera paz, la que colma, la que llena, ¡la verdadera paz! Es el momento oportuno para reflexionar sobre las vanidades de esta vida.

Jueves Santo

En este día, en la Ultima Cena que Jesús celebra con sus discípulos, instituye la Eucaristía. Esa celebración tan indispensable para los cristianos donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Misterio insondable, Misterio de amor, Misterio de entrega: ¡Dios habitando en el alma en gracia! ¡Jesús Sacramentado presente en todos los sagrarios de todas las iglesias del mundo! ¡Un Dios cercano!

En los Oficios de este día santo Jesucristo lava los pies a sus discípulos. Detalle de entrega, muestra de humildad: ¡Dios arrodillado ante los hombres!, pecadores como tú y como yo, ejerciendo el deber del siervo cuando el amo llega a casa. 

Entrega por los demás. Si queremos ser otros Cristos debemos emplear nuestra vida en servicio al prójimo. Puede ser que en ocasiones baste con una sonrisa, con una escucha amable ante quien nos cuenta sus problemas, con unas palabras de ánimo para el que sufre, con compartir los bienes con los necesitados..., dar y darse. Somos seguidores del Maestro si procuramos preocuparnos por el prójimo. En quienes más sufren podemos encontrar el rostro de Jesús que nos impulsa a amarle amando a los hombres. Amor sincero, amor desinteresado, amor verdadero.

Viernes Santo

Se consuma la entrega total. Jesús carga con la cruz, donde se hallan los pecados de todos los hombres, los tuyos y los míos.  Cae bajo el peso del madero pero se levanta, llega exhausto hasta el calvario para culminar el sacrificio redentor.

Los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos se burlaban de él, y los transeúntes que pasaban al verlo le decían: Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él (3).

Hoy es despreciada la Cruz, los crucifijos molestan en las escuelas, en los lugares públicos,  es un signo de una religión donde a Dios se le ve derrotado, en el que el mal puede más que el poder divino. No hace falta ser una autoridad política y religiosa como en aquél tiempo para burlar, humillar e ignorar el plan de salvación propuesto al hombre por Dios. El desprecio al Señor puede estar en boca de cualquiera.  Si Jesucristo se hubiera bajado de la Cruz, las puertas del Cielo estarían cerradas; tú y yo podríamos caer en la desesperación en la que tantos seres humanos incurren porque no encuentran la esperanza que el hombre busca incansablemente.

Pedimos al Señor mirándole a la Cruz que nos reconozcamos pecadores, esclavos de tantas pasiones, de debilidades acomodadas a nuestras apetencias, de nuestras pensamientos y acciones que dañan al prójimo, que tanto perjudican -aún sin percibirlo- nuestra vida interior. Jesucristo ofrece su vida por nosotros. Las miserias de los hombres, de cualquier generación, clavan al Salvador en la Cruz. 

Repítele esa oración del Vía Crucis: Te alabamos Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste el mundo. Y dile despacio: Señor, perdóname. Quiero convertir mi vida en una ofrenda para reparar por mis pecados y por los pecados de todos los hombres.

Sábado Santo

Tiempo de espera. Vigilia Pascual. Yace el cuerpo de Jesús sin vida. Es bajado de la Cruz y entregado a su Santísima Madre. Nació en un pesebre y fue sepultado en el sepulcro de José de Arimatea. Desasido de todo. Es el contraste con el hombre actual; tú y yo que estamos tan colmados de bienes y medios para nuestro confort, nos cuesta apreciar que la felicidad se encuentra no en lo que tenemos sino en lo que somos. Nos acogemos a la espera con María, la Santísima Virgen; ella sabe que Resucitará el hijo único nacido de sus entrañas. Solo ella es quien nos puede reconfortar. No debemos perder la esperanza, ni siquiera en los momentos finales de nuestra vida, por muy atropelladamente que la hayamos vivido, porque Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente generoso: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y le dijo: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”(4). ¡Un ladrón arrepentido está con Jesús Resucitado en el Cielo!

El Verbo de Dios parece aniquilado por el mal. Ante el aparente fracaso, la esperanza debe inundar nuestros corazones. El mundo en tinieblas, sin Dios todo es oscuridad. Las iglesias están cerradas hasta la Vigilia Pascual, esperando la Resurrección del Señor. ¿Qué sería de la cultura, la arquitectura, el arte, la pintura, las tradiciones, sin haberse Encarnado el Salvador? ¿Y las almas y nuestras vidas? Sin Dios está la nada; con Dios lo tenemos todo.

Domingo de Resurrección

Cuando todavía no ha despertado el día, las santas mujeres van al sepulcro y ven removida la piedra de entrada. Ante la noticia, Simón Pedro y el apóstol Juan salen corriendo y encuentran la sepultura sin el cuerpo de Jesús. Los lienzos extendidos y el sudario que envolvía su cabeza enrollado aparte. ¡Jesús, el Hijo de Dios, ha resucitado! A todos les cuesta creer; a María no. ¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima! ¡Bendito el fruto de tu vientre, Jesús! ¡El Salvador ha resucitado y nos abre las puertas del Cielo! ¡La vida puede más que la muerte; la gracia más que el pecado!

En la oración colecta de la misa del jueves de la Tercera Semana de Cuaresma el sacerdote implora a Dios con esta oración: Te pedimos humildemente, a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio pascual.

Ahora entendemos que la Semana Santa no es un periodo de tristeza, de abatimiento, sino de esperanza, de alegría inconmensurable porque hemos resucitado con Cristo a una vida nueva.

Esa alegría desbordante es la que tenemos que transmitir a los demás. Que cuando te encuentres con quienes han preferido vivir la Semana Santa lejos del sentir cristiano, vean en tu rostro la alegría del Resucitado.

Pero no olvides que para obtener los frutos de la redención nuestro Señor Jesucristo ha tenido que pasar por la Pasión y Cruz, derramando su Santísima Sangre por nuestros pecados. Estos días santos deben hacernos meditar que el derroche de Amor hecho por Dios tiene que ser aprovechado para sentirnos humildemente rescatados. 

Vuelvo a ofrecerte otro video de los chicos que se hacen llamar Fearless. Por cierto, según mis fuentes de traducción del inglés al castellano esta palabra significa algo así como sin miedo. ¿Tú y yo vamos a tener miedo de implicarnos en la Nueva Evangelización a la que nos llama el Papa Francisco, teniendo por compañero a Jesús Resucitado? ¡Ni hablar!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

(1) Lc. 19,38
(2) Lc. 19,42
(3) Mt. 27,40
(4) Lc. 23,42




domingo, 23 de marzo de 2014

Cuaresma, tiempo para poner cachas el alma


Desde el pasado día 5 de este mes, la Iglesia Católica nos ofrece cuarenta días para prepararnos a celebrar el Triduo Pascual de la Semana Santa. Es tiempo de Cuaresma.

 A una gran cantidad de cristianos si le preguntaran sobre el sentido de la Cuaresma posiblemente le costaría contestar acertadamente, o lo que es lo mismo, con el sentido verdadero que la Iglesia quiere que pongamos en práctica. Vivir las exigencias de la Cuaresma no supone únicamente abstenerse de comer carne los viernes, y guardar ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; es más, podríamos decir que este es solo el aspecto externo del verdadero sentido de estos cuarenta días. Ciertamente que donde se fragua la profundidad de la Cuaresma es en otra profundidad,  en la del ser humano.

Sin embargo, la mejor explicación que puede darse de la Cuaresma –al menos así quiero intentarlo- es meterse en la mentalidad de quien tanto valor da al estado del cuerpo, para explicar el cuidado del alma que debemos alcanzar quienes así nos lo proponemos, con la gracia, por supuesto, de Dios. Es un tiempo, por tanto, para robustecer el alma, para ponerla cachas.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos dice que cachas es una adjetivo que se emplea coloquialmente para definir a una persona que está musculosa, fornida. Hoy día el culto al cuerpo está muy extendido, lo sabes. Para conseguirlo se busca un buen consejero, un preparador físico para asesorarse e instruirse en consejos y pasos a seguir para gustarse cuando nos miramos al espejo o se acerca la época veraniego de exhibir cuerpos esbeltos y atléticos. Para ello hay que apelar al sacrificio, consistente en muchos casos en abstenerse de tomar alimentos o bebidas que provoquen aumento de grasas en el organismo, horas fijas de ejercicio físico, etc. Indudablemente, hay un coste económico por asistir a sesiones en un gimnasio, pagar a un profesor de padel, comprar aparatos para hacer ejercicios en casa o, incluso si nos introducimos ya en terrenos de gran desarrollo muscular, tenemos ya productos para llenarse el organismo de proteínas, aminoácidos, creatinina, vitaminas… Resumimos estos tres elementos indispensables para un cuerpo rebosante de felicidad: consejos, abnegación y desprendimiento (económico).

Pues los tres pilares de la Cuaresma para fortalecer el alma son muy similares a los que sirven de fortalecimiento muscular: oración, ayuno y limosna.

Oración. La Iglesia invita a profundizar en la vida interior. Necesitamos ese trato más íntimo con Dios, que nos aconseje, que nos instruya para no desviarnos de la estrategia a seguir, de entrenarnos con pequeños actos para hacer su voluntad, si queremos ser obedientes a sus mandatos. El es el guía que nos orienta, que nos corrige, que nos encauza, sin gritos ni aspavientos; en el silencio de la oración es donde mejor podemos escuchar sus instrucciones.

En la oración conversamos de tú a tú con  Dios;  es un don extraordinario que los cristianos deberíamos frecuentar con más insistencia. Dios es un Padre, y como hijos podemos dirigirnos a Él con sentido filial. San Juan lo destaca en una de sus cartas: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él”(1). Y no solamente podemos dirigirnos a Dios como Padre, mediante el trato con Jesucristo también encontramos sintonía divina, e invocando al gran Desconocido, el Espíritu Santo, recibimos en nuestra alma el amor de Dios. Y si queremos hacerlo a través de una madre, ahí tenemos a María, madre de Dios y madre nuestra, y a su castísimo esposo san José, o a los ángeles custodios o a lo santos del Cielo. Un gran elenco de intercesores que conducen nuestros pensamientos y nuestras vidas hacia Dios.

Ayuno. Así nos despojamos de ataduras, apetencias, de nudos que nos aferran a nosotros mismos, olvidando nuestra relación con Dios y con el prójimo. Son pequeñas renuncias, que no tienen que ser únicamente en los día que la Iglesia nos propone, ni únicamente alimentarios; podríamos decir que es un mínimo que nos exige, pero los cristianos podemos diariamente con pequeños actos de desprendimiento eludir esas apetencias, esas comodidades “Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas”(2). Es una íntima y hermosa manera de tener pequeños detalles para fortalecer una gran amor, no grande por la inmensidad de nuestros afectos, que siempre serán muy limitados; sino por a quien lo dirigimos.

Plenus venter non studet libenter es una frase que repetían los paganos en una época en donde lo superfluo no era útil, lo útil necesario y lo necesario indispensable: no estaban cautivados por el materialismo contemporáneo, sino que buscaban discurrir para profundizar en el propio hombre. De ahí que el significado de la frase más o menos  traducida al castellano dice así: cuando uno come demasiado su capacidad contemplativa disminuye. Nos entra sueño y vamos buscando el sofá o la cama para dar una cabezacita o echarnos una buena siesta. Es una manera de identificar la aptitud del hombre moderno: estamos tan llenos de materialidad, rodeados los sentidos de tanto gusto por lo apetente que somos hombres y mujeres adormilados espiritualmente. La Cuaresma es un tiempo adecuado, para ocuparnos más de vaciar la despensa de los apetitos, para mesurar las reservas del alma.

El escritor africano Tertuliano tenía esta diáfana razón para practicar el ayuno. Así lo expresaba, a finales del siglo II: "Hay un hecho que demuestra mejor que ningún otro el deber de ayunar. Y es este: que el mismo Señor ayunó.". Poderosa razón.

Limosna. La generosidad es una virtud que muestra la predisposición a ayudar a quien lo necesita. Que de nuestro bolsillo o cuenta corriente salga un dinero destinado a paliar las necesidades de tantos hermanos, es muestra del grado de altruismo con el que  vivimos. A nuestro alrededor hay mucha pobreza, y el tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio a pensar más en los demás.



El Santo Padre Francisco en el mensaje para la Cuaresma de este año se refiere a la pobreza, y la distingue de la miseria: “La miseria no coincide con la pobreza, la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”. Y diferencia tres clases de miserias: la miseria material, llamada habitualmente pobreza; la moral, cuando nos corrompemos por el vicio y el pecado y la espiritual, cuando nos privamos de Dios en nuestras vidas, y nos fiamos únicamente de nosotros mismos.

Sentir a los pobres y sentirnos pobres. Podríamos resumir así la virtud de la limosna para esta Cuaresma. Generosidad hacia los demás y humildad hacia nosotros mismos. Porque, y son palabras del Papa Francisco en el mismo documento, “Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L.Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo”.

Hay otra generosidad que podemos poner en práctica con el prójimo en la Cuaresma de este año: la crítica, la murmuración, los juicios despiadados, la inquina y el enojo hacia quien nos ofende. Es una buena manera de hacer bien al prójimo, evitando el daño de palabra y, por supuesto, de obra.

Éstas serían las similitudes entre un cristiano, especialmente en el tiempo de Cuaresma y un amante de un cuerpo perfecto, sano y deportista, de un cachas, vamos.  Pero, ¿cuáles son las diferencias? Aquí están las divergencias.  

El fin del cachas corporalmente se encuentra en sí mismo, en su propio cuerpo, en gustarse así mismo para exhibirse ante los demás.  Para quien busca poner cachas su alma, lo importante es dedicarse menos tiempo a sí mismo, más a Dios, e ir en busca del prójimo no para presumir, sino  para encontrar en él a Jesucristo. 

Existe otra diferencia más apreciable: la meta. Mientras que el cachas corporal con el paso de los años encontrará flacidez en sus músculos,  con la desesperanza de que todo el esfuerzo ha redundado en ser superado por la edad o la enfermedad,  el cachas espiritual encontrará más fortalecida la esperanza de alcanzar  la recompensa por el esfuerzo personal derrochado y la gracia de Dios recibida; esa corona incorruptible a la que hacía referencia san Pablo:  “¿No sabéis que los que corren en el estadio todos corren, pero uno solo alcanza el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis. Y quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptibles; mas nosotros para alcanzar una incorruptible”(3).

Y un consejo que te doy, amigo mío, amiga mía, sacado de la primera Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium, escrita por el Papa Francisco; no te digo como quiere a los cristianos, sino cómo no nos quiere: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”. No olvides, pues, que la alegría del Evangelio se encuentra en el Domingo de Resurrección.

En este video un grupo de universitarios nos invitan a participar hoy en el Día Internacional de la Vida en España,  previo a pasado mañana que la Iglesia celebra la Anunciación del Señor, justo nueve meses antes de su Nacimiento.  Estos chicos van a ser asiduos en este blog. Ya lo veréis.  Sin desmerecer ni mucho menos a los demás que intervienen, me quedo con la segunda joven que sale. Explico la razón: es mi hija mayor, Elena. Es una manera de presentártela. Tanto gusto. El gusto no, el gustazo, desde luego, es mío.

(1) 1 Jn. 3,1.
(2) San Josemaría Escrivá, Es Cristo que Pasa, pág. 128
(3) 1 Cor. 9, 24-25

viernes, 28 de febrero de 2014

Señor, que bien estamos aquí


Ya sé que el niño disfrazado de Papa Francisco no piensa en esos momentos lo que da pie al título de esta entrada; pero no me digas que no es encantadora la imagen. Ocurrió en la audiencia del pasado miércoles. Como ya estamos en carnavales a su madre se le ocurrió la idea de vestir así al chaval y presentarlo al Papa. Francisco no tuvo reparo en cogerlo cariñosamente entre sus brazos. En esta entrada nos referiremos al Papa Francisco y también a una madre.

Con este post doy por concluido los dedicados a invitarte a establecer un idilio entre tú y ese personaje tan carismático y que tanto ha trascendido en la historia de la Humanidad, Jesús de Nazaret. Noviembre fue el mes donde te sugerí descubrir el inmenso amor de Dios hacia ti; en diciembre, aprovechando las fiestas navideñas, te ofrecí impregnarte de esa santísima Humanidad de Jesucristo; en enero me referí al lugar del encuentro con Él, en la Iglesia, y en este mes que concluye te puedo mostrar el modo y manera en que el Señor se relaciona con aquéllos que le buscan.

Si como hombres y mujeres que profesamos la fe católica consideráramos que  perteneciendo a una institución jerárquicamente estructurada, cumplidores de unas normas morales de conducta y fieles a unos actos de piedad establecidos para dar culto a Dios, estaríamos en el camino de salvación, quedaría sometido el futuro de nuestras almas al resultado de nuestros propios aciertos y errores, dependientes del esfuerzo personal de cada uno. El camino estaría errado; nos faltaría la principal cualidad: la gracia de Dios. El cristianismo se asienta en tres pilares insustituibles: Cristo, Iglesia y Sacramentos.

El lugar para alcanzar la gracia de Dios, para vivir cara a Dios, pasa por pertenecer y vivir dentro de la Iglesia; porque es el lugar determinado por Jesucristo para llevar a cabo su plan de salvación a través de los Sacramentos. Esta es la clave para entender el compromiso cristiano de ser miembro de la Iglesia.

¿Y qué es un Sacramento? La definición más entendible a mi juicio es la que proporciona E. Schillebecks: “Un sacramento es, ante todo y sobre todo, un acto personal de Cristo que nos abraza, en el plano de la visibilidad terrestre de la Iglesia”. En realidad, los sacramentos “sustituyen” la presencia visible de Jesús y en ellos el creyente se encuentra con Él (1).

 Si queremos encontrarnos con la persona de Jesucristo estamos abocados a recibir los Sacramentos. El alma necesita la fortaleza, el alimento imprescindible para tratar al Señor; el cauce de la gracia son los Sacramentos. San Ambrosio escribe: “¡Cristo, te me has manifestado cara a cara; te encuentro en tus Sacramentos!”. Jesucristo actúa en la Iglesia, de un modo misterioso pero real por medio de ellos. Así se,  perpetúa su promesa: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28,20).

A modo de síntesis podríamos exponer que la labor de la Iglesia es hacer presente a Cristo entre los hombres, anunciar su doctrina, llevando a cabo la obra salvadora encomendada a Pedro y a sus discípulos, los Apóstoles.

Como hijo de la Iglesia me gusta referirme a ella como madre: “Veamos en la Iglesia a una buena mamá que nos indica el camino a recorrer en la vida, que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y que sabe ponernos en las manos de Dios” (2).

 Nos acoge como una madre en el momento del Bautismo, nos concede esa madurez espiritual en el Sacramento de la Confirmación, nos perdona y nos ayuda en la lucha espiritual mediante el Sacramento de la Penitencia, alimenta el alma y nos fortalece con el Sacramento de la Eucaristía y al final de nuestra vida nos acompaña en el Sacramento de la Unción de Enfermos. Para que Cristo pueda hacerse “presente” en nuestras almas necesita de hombres capaces de administrar esos Sacramentos; de ahí el del Orden Sacerdotal, y mediante el Sacramento del Matrimonio, refuerza el vínculo matrimonial entre los esposos, renueva la entrega prometida y en las etapas de crisis vigoriza los lazos entre padres e hijos fortaleciendo la unidad de la familia.

Cristo, por tanto, se encuentra en la Iglesia. Seguirle es estar en la Iglesia. No es posible mantener el enamoramiento pensando solamente en la persona amada; se piensa en ella cuando no está, pero se espera el momento del encuentro. Esa ocasión esperada para participar plenamente en la dicha de tenerle cerca, dentro del alma, ocurre en la Iglesia. Podríamos afirmar con el cardenal Christoph Schönborn que “Quien ha encontrado la Iglesia, ha encontrado el camino del hogar” .

En toda relación es preciso que los enamorados donen parte de sí mismos contribuyendo mutuamente a esa unión de afectos; la entrega es de un yo para ti y viceversa. La persona enamorada busca agradar, complacer al otro olvidándose de sí mismo. Jesucristo, toma la iniciativa: toda la divinidad la entrega para ti, para mí, para todos los hombres sin excepción a través de los Sacramentos. Y quien lo encuentra puede exclamar como Pedro, cuando Jesús se transfiguró mostrando a él, a Santiago y a Juan la divinidad de su Cuerpo: “Señor, qué bien estamos aquí” (3).

Sí, pensarás que lo que te propongo es una aventura, tal vez la más importante de tu vida; lo es. Te propongo ver este video para despegarte un poco de la comodidad en que fácilmente podemos incurrir, para despegar hacia metas espectaculares. A ver qué te parece.

(1) Aurelio Fernández, Yo Creo, pág 161
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 18-IX-2013

(3) Mt. 17, 1-4


domingo, 26 de enero de 2014

Venid y lo veréis

Venid y lo veréis. Esta es la respuesta que Andrés y Juan recibieron de Jesús al  preguntarle dónde vivía(1). Debieron quedar impresionados del trato con el Maestro al constatar Juan la hora que tuvo lugar el encuentro: la décima. El encuentro con Cristo siempre marca una época en la vida personal; siempre hay un antes y un después.

En el post de diciembre había quedado en señalarte un lugar para encontrarte con Él. Te hablo, ya sabes, de Jesús de Nazaret,  cuya vida no es una leyenda: “El pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud”(2).

Es normal que cuando dos personas estás enamoradas siempre existen lugares especiales para encontrarse, para entablar una amistad más profunda, para conocerse el uno al otro, para que el amor crezca con el trato. En el caso que nos ocupa, este lugar se llama Iglesia. Jesucristo así lo dispuso, con un proyecto divino de eficacia y duración: para toda la vida. Fue muy claro en la misión encomendada a Pedro: “y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). En tres ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús  el término “Iglesia”,  y 114 veces se hace mención a lo largo de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

La palabra Iglesia -en griego (Ekklêsía)- significa “convocación”. A los cristianos Dios nos convoca para que convivamos en una misma vocación y misión. Tiene todo el sentido de la lógica humana: la cualidad de socialización es característica primordial entre los hombres. Estamos necesitados unos de otros; nadie, por muy independiente que se crea o piense que así vive, es ajeno a depender de otro. Y si no piensa desde que te levantas hasta que te acuestas cuantas personas han sido necesarias para desarrollar tu vida diaria: el conductor de transporte público que te aproxima hasta la parada próxima a tu trabajo, el panadero que te suministra el pan, el kioskero que te vende el periódico, la empleada de mercería que te vende esos hilos para arreglar el vestido que te has comprado y te queda un pelín largo, el empleado de esa compañía telefónica que te ha gestionado el contrato para financiar el teléfono móvil de última generación que te has comprado o te han dejado los Reyes Magos… Sorprendente el número de personas que sin percibirlo colaboran en cubrir tus necesidades básicas diarias a veces, y excepcionales en otros casos.

Sin embargo, algunos cristianos dicen poner en práctica con éxito aparente  ese eslogan de “Cristo sí; Iglesia, no”. El beato Juan Pablo II dio cumplida cuenta y formuló una contestación a esta idea, afirmando: “Cristo sí; Iglesia, también”. No es una propuesta moderna ésta que contradictoriamente se propugna; ya San Cipriano en el siglo III enseñaba que “Nadie puede llamar a Dios Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”. Si en la economía de salvación Dios hubiera previsto no ser imprescindible convocarnos y convivir entre los católicos, no hubiera instituido la Iglesia. Pero Dios sabe más. Veintiún siglos desde que Jesucristo instituyó la Iglesia, la única Iglesia fundada por Él, es argumento suficiente para reflexionar sobre su carácter sobrenatural;  necesaria e imprescindible su existencia. Por tanto, es cuestionable sostener con perspectiva humana que el hombre pueda salvarse solo.

 En  la Audiencia del Papa Francisco el pasado día 15, se refería con estas palabras a la necesidad de pertenecer y vivir en la Iglesia: “Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser “canales” de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados”.

A pesar de nuestros límites y nuestros pecados. Quien piense  que la Iglesia está solamente  constituida para curas y obispos, y grupo selecto de fieles con grandes cualidades personales para ser piadosos, están tan equivocados  como quienes piensan que la Iglesia es hoy día una institución pasada de moda en la que pocos viven y predican con el ejemplo. Hay de todo en la vida del Señor. Entre el trigo hay cizaña, que no es lo mismo que decir que entre la cizaña hay trigo.

Los apóstoles no eran un dechado de perfecciones. El primer intento de “tráfico de influencias” tuvo como protagonistas a los hermanos Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que a instancia de su madre propusieron a Jesús sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino de los Cielos(3). Pocos días más tarde otro de ellos,  Judas Iscariote, vendió al Maestro por treinta monedas a los príncipes de los sacerdotes(4). Y en la noche del apresamiento del Señor, Pedro le negó por tres veces(5).

A lo largo de la historia de la Iglesia vemos cómo se pone de manifiesto la fragilidad de los cristianos, arrastrados por otros que olvidaron ese consejo evangélico de Juan Bautista -“Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn. 3,30)- provocaron herejías, doctrinas contrarias a la fe,  cismas en Oriente y Occidente, escándalos… Los grandes Padres y Doctores de la Iglesia no aparecen en periodos cándidos, recogidos en las celdas de sus monasterios sin otro ideal que elucubrar y buscar inspiraciones divinas para dejarlas escritas. Destacan, ante todo, por afianzar la Tradición de la Iglesia, ante la extensión de conductas y pensamientos desviados originados entre propios cristianos. El origen del  Credo de Nicea-Constantinopla, por hacer referencia a un dogma de fe, data del siglo IV y es la verdad fundamental de la Iglesia, regla de fe tanto en Occidente como en Oriente, para fortalecer la doctrina de la Santísima Trinidad y vencer definitivamente al arrianismo, enseñanzas que nacieron de Arrio, presbítero alejandrino nacido en Líbia.

En el año 2000 la Basílica vaticana asistió a un acto histórico. Fruto del éxamen de conciencia para la preparación del Jubileo, el beato Juan Pablo II presidía una celebración solemne dedicada al reconocimiento ante Dios y los hombres de las faltas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Siete cardenales arzobispos colaboradores del entonces Obispo de Roma elevaron a Dios siete súplicas de perdón. “Nunca más contradicciones con la caridad en el servicio de la verdad; nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas contra cualquier pueblo; nunca más recursos a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos” fueron las palabras con las  que el Papa Wojtyla cerró el acto.

No recuerdo que quienes con sus planteamientos filosóficos e ideológicos  infringieron dolor y sufrimientos a tantos millones de seres humanos por “crear” paraísos terrenales  en la vida pidieran perdón;  ni quienes propugnan todavía hoy  estas ideologías totalitarias por las que se han ocasionado grandes holocaustos hayan pedido perdón; ni quienes a costa de explotar y engañar al prójimo para obtener beneficios económicos exacerbados, hayan pedido perdón; ni a los principales responsables de organismos internacionales,  que conociendo que la tercera parte de los alimentos en el mundo y la mitad en Europa se tiran, mientras que uno de cada siete habitantes de la tierra pasa hambre, hayan pedido públicamente y a nivel internacional perdón, por cometer, provocar o aceptar semejantes ambrunas; ni que aquéllos líderes que profesan una religión en la que el grito más sonoro en los cinco continentes es el de “Boko Haram” (“Occidente es culpable”), hayan pedido perdón por los miles de asesinatos y barbaries cometidos en nombre de un Dios al que manipulan con intenciones políticas. En fin, no conozco que quienes crearon la esclavitud, la guillotina en nombre de una revolución para implantar unos derechos y libertades en el mundo; el marxismo, el nazismo o el capitalismo como sistemas opresores del género humano; el aborto como derecho a costa de segar vidas de seres humanos indefensos, hayan pedido perdón. La Iglesia, que ha sido clara y perseguida por levantar la voz contra estas atrocidades, sí.

Porque Jesús –acuérdate que este nombre propio significa el Salvador-, no ha venido para quienes se creen justos, hombres y mujeres impolutos, seres perfectos, sino para llamar a los pecadores(5), a quienes sentimos el peso de nuestras miserias, para quienes nos consideramos enfermos pero nos sentimos convencidos de que el Médico de las almas puede curarnos.

Mientras Chioma Dike quedaba en casa preparando la comida de Navidad en 2011, terroristas islamistas hacían estallar un coche bomba en la puerta de su parroquia: cuarenta y un feligreses morían, entre ellos su marido y sus tres hijos.  “Tengo el corazón roto –confesaba Chioma- pero lo pongo todo en manos del Señor. Sólo Él puede consolarme, nunca perderé la fe en Él”. Ocurrió en Nigeria. Este pasado año han muerto en parecidas circunstancias 1.200 personas. ¿Y qué hacen los cristianos? Perdonar.  Hezekiah Kovona es uno de los 327 seminaristas en la ciudad de Jos. “Nosotros –dice- queremos ser sacerdotes. En Nigeria los extremistas siguen el camino de la violencia, pero nosotros queremos seguir el camino del Señor”. Estos son solo dos testimonios de dos nigerianos, cuyo país es el principal vivero de vocaciones de toda Africa: 5.000 seminaristas, miles y miles de monjas, cristianos comprometidos para dar testimonio de Jesucristo, exponiéndose a arriesgar sus vidas. Se destruyen templos, pero se reconstruyen y los padres llevan a sus hijos a catequesis para aprender a perdonar, para aprender a amar. Ninguno actúa por su cuenta, no aplican el eslogan de “Jesucristo, sí; Iglesia, no” porque saben que estar fuera de la Iglesia es estar ausentes de Dios.

Por eso hace más de dos mil años Jesucristo fundó la Iglesia. Para perdonar. Para amar. Para que tú y yo podamos descubrir y disfrutar de la Misericordia de un Dios capaz de hacerse hombre para que el hombre sea capaz de convivir con Dios. Y ese Dios es el que se hace presente en la Iglesia. ¿Cómo? Perdona la insistencia: Venid y lo veréis. ¿Quedamos para el siguiente post?

Como una imagen vale más que mil palabras, te dejo unas cuántas durante dos minutos. Es una buena manera de terminar este post. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Navidad, Dios con nosotros








En el precedente post te sugería decantarte por la opción para el destino final de tu alma después de la muerte. Dentro de las opciones que te brindaba estaba la preferida por mí, ¿te acuerdas?: la del enamoramiento. Naturalmente debía presentarte a la persona que antes de que tú puedas amarla, ella ya te ha amado primero. Las fechas en las que nos encontramos son de lo más propicias para hablar de esa persona; nos estamos preparando para celebrar su nacimiento. Te la presento: se llama Jesucristo.

Todas las religiones son iguales. Esta frase la habrás oído en infinidad de ocasiones; incluso puede que seas partícipe de que quienes las pronuncian lleven razón. Es una manera de desligarse de una religión en particular. Resulta peculiarmente fácil encuadrarlas a todas desde un prisma negativo.

Sin embargo, en estas fechas navideñas, a poco que indaguemos en las características de las religiones,  se aprecian las diferencias trascendentales. Si quieres, las repasamos.

a) Budismo. Surge después de la búsqueda apasionada de Siddharta Gautama, hombre inquieto, religioso, por conocer el sentido de la existencia humana y el origen del sufrimiento. Un día tiene una iluminación –este es el significado de Buda-, y comienza a indicar el camino para llegar a Dios. Pero Buda no es Dios, él no se declara Dios.

b) Confucionismo. Confucio fue el restaurador de las creencias religiosas del pueblo chino, no fue ni el fundador ni dirigente religioso. Enlaza la religión con las tradiciones culturales y con la familia dirigidas hacia un Dios de lo que procede todo.

c) Hinduismo. Es un cúmulo de creencias religiosas que confiesa la fe en un Dios único, absoluto, al que denominan Brahmán. Sus seguidores investigan el misterio divino, expresado mediante mitos, ayudados de la filosofía, para liberar de las angustias de nuestra condición humana.

d) Mahometismo. Afectado de una crisis a la edad de 40 años, Mahoma se dedica a la meditación y ayuno durante un mes en una gruta cerca de la Meca; una noche del año 610, afirma que ha recibido una visita del arcángel san Gabriel que le revela que Allah es el verdadero Dios.

Estas cuatro religiones tienen un denominador común: el hombre es el que busca a Dios. Es una relación nacida de la búsqueda. La religión judía tampoco parte de esta inquietud religiosa. Junto con la cristiana es revelada; es decir, es Dios quien sale al encuentro del hombre. Su fundador es Abraham y su principal impulsor Moisés. Pero hay un personaje histórico que distingue la esperanza del pueblo judio con la esencia del cristianismo: Jesús. Mientras el judaismo espera la llegada del Mesías para instaurar el reino definitivo en la tierra, los cristianos damos por hecho, y por eso lo celebramos el 24 de diciembre, que las promesas de Dios se cumplen con el Nacimiento de Cristo.

Es un hecho incontrovertible que Jesucristo es un personaje más de la historia, tan fiable es su existencia como la de Napoleón, Carlomagno o Cristóbal Colón. Nace de una joven virgen (Misterio de la Encarnación), no para pasarse por un piadoso y ejemplar creyente, ni como un rabino, ni como un iluminado, ni siquiera como un nuevo profeta, sino para hablar y obrar con la dignidad de un ser superior. Afirma con tal claridad que es Hijo de Dios, que va a ser acusado por las autoridades religiosas judías por blasfemo. Y el colmo de lo sorprendente: se iguala a Dios Padre. Los judíos deben “honrar al Hijo como honran al Padre. (Jn. 5,23). Durante su vida pública Jesús pone énfasis en su divinidad, en los cuatro evangelios se cuentan hasta un total de 39 milagros. “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia en Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”(1). No propugna ideología alguna. El pueblo judio esperaba un Mesías pero Él no asume un liderazgo terrenal;  ante el gobernador romano declara que su reino no es de este mundo(2). Sin embargo, las enseñanzas de Jesús de Nazaret aporta un gran sistema de pensamiento humano-religioso en beneficio de la convivencia política, social y económica entre los hombres (3). A pesar de devolver salud a los enfermos, de resucitar a muertos, busca sanar al hombre de una herida más profunda: el pecado(4). Después de su muerte, en presencia de sus discípulos su cuerpo glorioso asciende a los Cielos(5).

¿Se engaño? Si es así, es el mayor iluso que ha tenido la historia. Pero un loco no es capaz de transformar dos mil años de historia. Ni dividirla, antes y después de su Nacimiento. Ni es capaz de atraer a tantos millones de personas  que se han entregado y se entregan por su causa, poniendo en riesgos sus vidas e incluso muriendo hasta sufrir martirio. Tantas personas llevando a cabo las exigencias del Evangelio, la entrega a los demás por amor a Dios, escritores, artistas, arquitectos, pintores inspirados por Jesucristo y su mensaje de salvación para los hombres,  no hacen más que dar testimonio de su divinidad.

Este es Jesús de Nazaret,  el Hijo de Dios. Exponía al principio de este post la peculiaridad del cristianismo: la Revelación, es decir, Dios a través de la Santísima Humanidad de Jesucristo, da a conocerse, con actos y palabras manifiesta la intimidad divina. Siendo Todopoderoso podría haberse manifestado de manera portentosa ante la criatura humana. Pero no. Se hace niño envuelto en pañales por su Madre, se somete al esposo de María, San José; hasta el comienzo de sus enseñanzas públicas vive una vida corriente entre su familia y vecinos, es el hijo del carpintero; habla con autoridad, pero no impone; cura y perdona pecados y, sin embargo, busca pasar desapercibido; entrega su vida clavado a un madero, porque se llama Jesús, y como significa su nombre, es el Salvador.

Y, sin embargo, quiere ganarse a todos los hombres, a ti y a mí amigo mío, amiga mía, por medio del amor: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”(6). Es una locura, una locura divina de amor. Las mayores locuras que podemos hacer nacen de un corazón enamorado; ¿quién no ha sido capaz de actuar en ocasiones irracionalmente para ganarse las simpatías de la persona que tanto nos atrae? 

Es preciso metérnoslo en la cabeza, pero más aún en el corazón, te lo propongo para estas Navidades que ya están aquí: ¡Dios te ama! La diferencia más apreciable que hay entre los seres humanos se reduce a una: aquéllos que conocen el amor que Dios nos tiene y los que lo ignoran: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene”(7). Estas entrañables fiestas deben ser las de la concienciación clara de una evidencia: ¡Dios nos ama! Se necesita creer, efectivamente, es preciso avivar esa fe, pues “La fe es ante todo un encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y solo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más”(8).

El 24 de diciembre no es una fiesta para recordar el nacimiento de Cristo, si fuera así sería caer en un reduccionismo del verdadero sentido de esta fecha; la Nochebuena es una oportunidad para que Jesús de Nazaret entre en tu vida. Es una ocasión para  abrirle la puerta del corazón. Siempre podemos darle un mejor cobijo, darle un mayor protagonismo. Si contemplas un nacimiento -ojala lo tengas expuesto en tu casa- detente un poco más de lo habitual y no solamente rememora el Misterio del Nacimiento de Cristo, sé osado, como un pastorcillo de los primeros en llegar a la gruta de Belén, y píde al bueno de San José ser tan paciente, sencillo y sereno como él; a la Virgen María un corazón tan limpio como el suyo para ayudarte a descubrir que Jesús es Dios,  y al Niño que no te acostumbres al amor que Dios te tiene, para que cada día te admires de que el Todopoderoso sea capaz de amarte como si fueras el único habitante de la tierra.

Si te atrae el plan de Dios, si te enamora Jesucristo, en el próximo post te aconsejaré un lugar para encontrarte con Él. Solo queda fijar el sitio idóneo para vivir apasionantes encuentros con Jesús. 

Te obsequio con este video. Saco una reflexión: qué tristeza la del ser humano que pone el cartel de overbooking en su corazón y cierra las puertas al amor de Dios.

¡Feliz y santa Navidad!


(1) Mt. 11, 4-7
(2) Jn. 18, 36-37
(3) Lc. 6, 20-23
(4) Lc. Lc. 5, 31-32
(5) Jn. 24, 50-51
(6) Jn. 13,34
(7) 1 Jn 4, 16
(8) Benedicto XVI, Catequesis, 21/10/09

martes, 26 de noviembre de 2013

Tu alma después de la muerte


La Iglesia invita en el mes de noviembre a considerar los fines últimos –novissimis en latin- del ser humano. Si tus padres te bautizaron al poco tiempo de nacer, indudablemente que no recuerdas el ritual del Bautismo. Si lo has recibido en edad adulta puede que sí. No obstante, te lo recuerdo en parte para resaltar la parte que viene a colación. El sacerdote, después de conocer el nombre escogido para el nuevo hijo o hija de Dios pregunta a los padres: “¿Qué pides a la Iglesia”?. Respuesta: “La fe”. “¿Y qué te da la fe?”. “La vida eterna”. A través de este Sacramento Dios nos acoge como miembros de su familia divina y simboliza el paso de la vida terrena a la eterna.

La temporalidad de nuestro existir en la tierra siempre ha movido al hombre a preguntarse el futuro de la existencia después de la muerte. La Escatología –palabra griega que significa “reflexión sobre las cosas últimas”- se encarga del estudio teológico que ayuda a asomarse más allá de esta vida. Para realizar este estudio hay una condición: tener fe. Ser creyente.

El predicador de la Casa Pontificia, predicador del Papa, el padre capuchino Raniero Cantalamessao , en la revista Palabra del mes de julio 2013, hace una precisión propia de quien está embebido en las profundidades de la fe; pero que tan bien nos puede venir a ti y a mí. A la pregunta de lo que creemos los que nos definimos como creyentes  contesta que “Casi siempre creen en la existencia de un Ser supremo, de un Creador; creen que existe un más allá”. Pensamos que por el hecho de creer en un Alguien superior nos tenemos por creyentes; y no es así. “Pero ésta es un fe deista, -explica- no una fe cristiana; siguiendo la famosa distinción que hacía Karl Barth, esto es religión, pero todavía no es fe”. Ésa es la diferencia primordial. Para tener fe tenemos que creer en Jesucristo, Hijo de Dios; no en Algo, en un Ser, en un Creador. Si es así, nos quedamos en personas religiosas, con una vaga idea de nuestro destino post mortem.

Admitiendo la religiosidad por naturaleza del ser humano, y que la sociedad laica propone un pensamiento contrario al cristiano, podríamos reducir a tres las opciones que la ideología laica ofrece como respuestas a la pregunta del futuro después de la muerte. Líbreme Dios de introducirme en derroteros racionalistas, contrapuestos a la doctrina católica en torno al “más allá”, para defender lo que para mí es más convincente y razonable como relata la Biblia y en la enseñanza oral de Jesucristo, respecto al cuerpo y alma de los hombres y mujeres que han vivido, que vivimos y que vivirán. De paso, refrescamos ese ansía de eternidad, que ya en tiempos de Juan Ramón Jiménez empezaba a echarse en falta, y él se encargaba de recordarla: "¡Cielo, palabra del tamaño del mar que vamos olvidando tras nosotros!".

Hagámoslo sencillo. Imagínate que llamo a la puerta de tu casa, me recibes, y después de presentarme me atiendes amablemente, pasamos al salón, me invitas a sentarme. Acto seguido, para no entretenerte demasiado tiempo, te doy a conocer las opciones por si tienes inquietudes sobrenaturales y te interesa plantearte seriamente qué pasará cuando dejes esta vida. Vamos a diferenciarlas por letras.

a) Es la más sencilla. Profundamente atea. No tiene sentido trascendental alguno. Vive la vida sin más. No te rayes pensando que sucederá después de abandonar este mundo. ¿Para qué? El hombre y la mujer no somos más que materia. Llegad el momento con la muerte se acaba todo. Es el mismo final que el de una lombriz. Da lo mismo que hayas empeñado tu vida en hacer el bien a los demás o que te hayas dedicado a violar a cualquier pobre mujer que se haya cruzado por tu camino, en ser un genio de la arquitectura o a asesinar mujeres y niños porque estás convencido que la provincia donde naciste es un estado históricamente sometido por otro. No hay premio ni castigo. Es indiferente. Disfruta a tope. Aprovecha la vida. Si te viene el contratiempo, el fracaso o la enfermedad, maldice todo lo que puedas para desahogarte. Las tragedias propias o ajenas las despachas con una queja para confirmar que llevas razón: Esta vida es una …. y ¡a vivir que son dos días!

b) Aquí ya hay que pensar más. Tienes que tener un convencimiento  de que además de materia, el ser humano tiene espíritu. Morimos y el cuerpo desaparece, pero queda el espíritu. ¿Qué hacer con él? ¿A dónde nos lleva? Te introduzco en el movimiento gnostico. Aviso: tienes que tener unas grandes tragaderas intelectuales para empaparte el contenido por el cual tu alma se convertirá en inmortal. A los seguidores de esta tesis se les llama gnosticos, porque tienen el conocimiento secreto revelado por los Apóstoles a su grupo de élite. Falsificar el Evangelio es una de las armas preferidas. Buscan eliminar las doctrinas cristianas. Viene a ser como el New Age moderno con unas creencias perfectamente cambiables por cuanto buscan más la novedad que la verdad. No tratan muy bien a nuestro cuerpo, al que consideran una cárcel de la que nos liberamos después de la muerte, considerando pervesiones la procreación y el matrimonio. La divinidad está compuesta de una multitud de espíritus individuales. Para ellos, Jesús no es dios ni hombre, sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo para darnos unos conocimientos necesarios para librar a nuestras almas de los cuerpos. Por supuesto que no admiten la redención de Cristo, porque con los conocimientos gnósticos se accede a la verdadera vida mas allá de la materia. El alma vivirá en el Pleroma, o mundo espiritual invisible, que se forma a través de las emanaciones de poderes espirituales, denominados aeones,  que emite el  Ser Supremo. Tienes que echarle mucha imaginación; tanta si cabe, como esos escritores que viven de publicar novelas con fondo gnóstico, después del éxito alcanzado por el Código Da Vinci. Pero, insisto, si dispones de poco tiempo para reflexionar, y no utilizas transporte público para desplazarte por tu ciudad y entretenerte con tanta literatura sobre el tema, te sugiero pasar a la siguiente opción.

c) Esta está basada en las religiones orientales, mantenida antiguamente por algunos pensadores griegos. Acaecida la muerte, el alma comienza una serie de reencarnaciones sucesivas hasta alcanzar un estado final de purificación. El retorno en seres humanos puede llegar a alcanzar las ciento ocho reencarnaciones; dependiendo del estado del alma a la muerte, así tendrá que purificarse en sucesivas reencarnaciones. En esta corriente no existe Ser superior; digamos que es el propio alma únicamente quien realiza el proceso de autorredención. Hay una creencia reencarnacionista llamada “metempsicosis”, que enseña que los grandes pecadores pueden reencarnarse en un animal o en una planta. El objetivo, resumiendo, está en que en base a sucesivas reencarnaciones se paguen culpas de vidas anteriores y el alma se purifique hasta llegar a un alma absorta en “el todo”, para formar parte de un “Dios” o “Brama”.

d) Y para terminar mi exposición, para no robar más tiempo del que dispones, apuro un vaso de agua que amablemente me has ofrecido, y te expongo la teoría que a mí, particularmente, me da más resultado, por ser más razonable y creible, respetando, por supuesto, tu libertad de elección. Para adscribirte a esta teoría se necesita un requisito: saber y querer amar. ¿Quién no ha amado alguna vez? ¿A quien no le gusta ser amado? Esta es la que más dignidad concede a la persona, sea cual sea su condición. Sobre esta doctrina han divagado admirables doctores en teología como San Agustín, Santa Teresa de Jesús o Santo Tomás. Pero tú ya sabes mi argumento para no distraerte más de lo debido: la simplificación. Por eso, te advertía de un requisito: querer amar, dejarte querer. ¿Y a quien? ¿Y por quién? Por Jesucristo. Uno de sus seguidores contemporáneos, el apóstol Juan, lo dejó escrito: “Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él”. (1 Juan, 4, 7-9). Por tanto, si consideras que Dios es amor, que te quiere con todo el amor (infinito) que Dios puede tener, te sentirás querido y amado en cuerpo y alma, como se quieren los enamorados. En toda relación afectiva, los dos enamorados tienen que renunciar a aquello  que les diferencia y puede causar desavenencias. En este caso, Jesucristo en la Cruz clavó todas aquéllas conductas –pecados- que impedían derrochar el afecto de uno –tú y yo- hacia el Otro. Lo único que te pide para estrechar esa relación son pequeñas o grandes renuncias, que redundará en tu propia felicidad. Porque la verdadera felicidad está en dar y no en recibir.

Esta doctrina tiene una gran ventaja. No está sujeta a la temporalidad. Cuando dos personas están firmemente enamoradas temen que la separación sea una realidad que les condiciona a quererse. Las despedidas se hacen interminables, no quieren separarse, afrontan la separación con tristeza. No digamos cuando la partida es para siempre. Se juran amor eterno; pero el amor humano es temporal. Pues bien, en este caso, no es así. Si Dios mismo te ofrece un amor (infinito), es para disfrutarlo para siempre (en la eternidad). Por tanto, no es un amor condicionado a esta vida. Va más allá: hasta el más allá. Es un amor sin fin, una felicidad para siempre. Serás “cieloso” por vivir en el Cielo; pero nunca celoso porque Él es incapaz de serte infiel.

 Un enamoramiento que no conoce fronteras, que ni la muerte es capaz de separarlo, sino al contrario, se perfecciona al poder ver a Dios cara a cara, es la mejor oferta que te puedo hacer para afrontar el término de esta vida con la esperanza segura en una vida (con Dios) que no acaba. Me lo ha contado mi madre muchas veces. Su madre (mi abuela) no las tenía todas consigo con respecto al futuro después de la muerte. Decía que nadie había vuelto para contarlo. Y a base de decírmelo yo he deducido una teoría: ¿qué es lo que pasa cuando estás con un amigo al que no ves desde hace años y te juntas para tomar unas cañas? ¿O cuando estás con tu novio o novia después de pasar una semana sin verle? ¿O cuando estás presenciando un épico encuentro de tenis entre Nadal y Federer? Se contesta con esta frase: ¡se me ha pasado el tiempo volando! Así debe ser cuando el alma se encuentra con Dios en el Cielo. Es tal la satisfacción infinita que se tiene que “olvidar” volver a la tierra para que sepan algo de ti. Y como allí no existe tiempo, hay un “eterno” olvido de dar un aviso en casa para decir que vas a llegar tarde por lo muy feliz que te sientes junto al Señor. No te pido que tengas la fe del carbonero. Discurre con serenidad y memoria. Piensa en los que no renunciaron a ese amor a costa de perder sus vidas (terrenales); los que se alejan de sus familias para irse a otro continente a ayudar a tantos seres humanos como tú y como yo, pero olvidados y abandonados a sus miserias; o ese vecino o vecina, compañero o compañera de trabajo, o quien tiene apuros económicos o salud debilitada, pero que cada vez que hablas con ellos te tratan con cariño y te ofrecen la mejor de sus sonrisas, y que sabes que todos los domingos, e incluso todos los días, asisten a Misa en la parroquia de al lado de tu casa. ¿Verdad que te llaman la atención? Pues son los que se han dejado “atrapar” por esos tejos que el Enamorado lanza indiscriminadamente. ¿No ves que son pruebas de estar plenamente enamorados?

Esta es la oferta que te recomiendo. De quien te quiere “tirar los tejos” hablaremos más detalladamente, en el siguiente post una vez que este domingo día 25 se ha clausurado el Año de la Fe. Acontecimiento que es indispensable mencionar. Mientras tanto, me despido de ti, gracias por tu atención, te dejo tiempo para que te replantes las opciones que te dejo. Volveré próximamente para saber por cual de ellas te has decantado.

¡Ah, un olvido! Esta frase te puede ayudar a elegir la mejor opción: “Si nos atrevemos a creer en la vida eterna, a vivir para la vida eterna, veremos cómo la vida se torna más rica, más grande, libre y dilatada”. Su autor es un anciano enamorado. Se llama Joseph Ratzinger. Y sabe mucho del tema.

Para quitar seriedad a la entrada, te obsequio con este video. Ahora que se acerca la temporada de compras navideñas y de pisar muchas superficies de centros comerciales, ándate con ojo no vayan a sorprenderte de esta manera. Es un cuadro de Rembrandt que sale a la calle, bueno, a un centro comercial de Amsterdam, pero… ¿por qué no puede ocurrir en España?


viernes, 1 de noviembre de 2013

Beatificación 522 mártires en Tarragona



La beatificación de 522 mártires en Tarragona el 13 de octubre ha pasado a ser la más numerosa de cuantas se han efectuado en la historia de la Iglesia. Con esta cifra se llega a 1.523 mártires de los llamados del siglo XX, de los cuales 11 ya han sido canonizados.

Se han vertido algunas críticas por la ciudad, la fecha y el acontecimiento en sí, buscando posicionamientos políticos, cuando en realidad no hay más que determinación puramente religiosa. Y existen argumentos suficientes para constatarlo. Las siguientes preguntas sirven de aclaración.

¿ Por  qué en Tarragona? Los primeros mártires hispanos entregaron su vida en esta ciudad. En el año 259, el obispo San Fructuoso y sus dos diáconos, San Eulogio y San Augurio sufrieron martirio por no renegar de la fe. Otra poderosa razón es que Tarragona es la ciudad en la que en este proceso más causas se han abierto: sufrieron martirio 147 cristianos, encabezados por su obispo auxiliar.

¿Por qué en esta fecha? El Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto XVI concluye el último domingo de este mes, y es un acierto pleno cerrar el evento con una beatificación de tal magnitud. De hecho el lema de la beatificación ha sido: Firmes y valientes testigos de la Fe. Es a lo que siempre estamos llamados los cristianos, sin exclusión de momentos y circunstancias en función de la época que vivamos.

¿Por qué mártires del siglo XX? Porque no fueron mártires de la guerra civil. Durante los años 1931 a 1936 fueron asesinados unos veintiocho religiosos. En esos años no había guerra civil, sino una situación de persecución religiosa: quema de conventos y de iglesias, asesinatos de personas a causa de su fe. Desde el siglo IV en que el emperador Diocleciano asumió el poder en el Imperio Romano, no había habido una persecución religiosa en España como la sufrida. Cerca de 7.000 religiosos asesinados y miles de seglares que entregaron su vida por el simple hecho de ser católicos. Los procesos de beatificación podrían alcanzar los 10.000.

El cardenal Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, que presidió la ceremonia en representación del PapaFrancisco, fue determinante en la homilía que pronunció. Invito a leerla íntegra y pausadamente. Me quedo con este texto: “Recordemos de antemano que los mártires no fueron caídos de la guerra civil, sino víctimas de una radical persecución religiosa, que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Estos hermanos y hermanas nuestros no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres y mujeres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe, solo porque eran católicos, porque eran sacerdotes, porque eran seminaristas, porque eran religiosos, porque eran religiosas, porque creían en Dios, porque tenían a Jesús como único tesoro, más querido que la propia vida. No odiaban a nadie, amaban a todos, hacían el bien a todos…Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra”.

El Papa Francisco, en mensaje emitido por videoconferencia antes de la celebración litúrgica, hizo una breve reflexión para explicar quiénes son los mártires: “Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquél “amar hasta el extremo” que llevó a Jesús a la Cruz”. Porque el amor debe ser total: “ No existe el amor por entregas, el amor en porciones”.

Descubriendo la biografía de cada uno de ellos podemos admirarnos de su valentía para morir violentamente, pero con una paz interior que solo las almas en gracia pueden vivirla. Todos podrían haber salvado la vida –aunque bien es verdad que no lo tengo claro dada el odio mostrado por sus verdugos- si hubieran adjurado de la fe. No se les pedía reunir sumas de dinero, ni participar en movilizaciones sociales, tampoco en unirse al frente en el combate; solamente se les pedía a cambio renegar de la fe. Con una frase bastaba. Pero no se conoce un solo testimonio de un cristiano que salvara la vida por renunciar a confesar delante de sus verdugos a Cristo.

Posiblemente tú y yo no volvamos a revivir estos violentos episodios; seguramente no estemos llamados a ser uno de esos 105.000 cristianos que cada año mueren en el mundo por ser seguidores de Jesucristo, o uno de los 100 millones de cristianos perseguidos en los países donde no se respeta la libertad religiosa.

Pero no por ello perdemos protagonismo si tenemos en cuenta que en nuestras vidas, en los días vividos aparentemente sin sobresaltos, existen ocasiones en las que podemos vernos delante de nuestros verdugos dispuestos a que abjuremos de nuestra fe, a que sucumbamos en pequeñas tentaciones que de manera encubierta se nos ofrecen para renunciar en situaciones determinantes a ser fieles a Jesucristo. El peligro de la vida cristiana no está en ninguna situación como la de los mártires, que superan el pavor de la muerte sin renunciar al valor Supremo por el que han vivido; el riesgo en la vida corriente de cada cristiano, en la tuya y en la mía, está en esas pequeñas renuncias que pueden hacernos perder -¡y quien no conoce más de un caso ocurrido, y de los cuales nadie estamos a salvo si no es por la gracia de Dios!- de pasarnos al otro bando; al bando de la comodidad, del egoísmo, de la sensualidad, de la avaricia, incluso del relativismo para acallar nuestras conciencias sin dejar de sentirnos –sentirnos sin sentir- cristianos. Ése es el riesgo, y esa es la heroicidad que nuestro Señor nos pide: ser fieles diariamente dentro de una sociedad donde tantas apetencias materiales nos ofrece para arrinconar a quien verdaderamente nos reparta sentido y felicidad a nuestras vidas.

 Cada día nos ponemos en situación de ejercer de palabra o de obra nuestra fidelidad a Dios. Podemos convertirnos en mártires ordinarios si sabemos derramar en lugar de sangre nuestros egoísmos y comodidades. ¿Has pensado que hay muchos momentos en nuestras vidas que podemos sucumbir a las tentaciones, que de manera encubierta se nos ofrecen para renunciar a nuestra condición de cristianos aunque solo sea por un momento? Seguramente sí. Pues por cada acto por pequeño que sea donde mostramos esa fidelidad al Señor, nos convertimos en héroes. Por el contrario, en esos momentos puntuales donde nos dejamos vencer por debilidades consentidas, donde prima el yo antes que Él, es cuando nos convertimos en villanos.

Los mártires no llegaron a serlo por decir sí a Jesucristo en lugar de salvar sus vidas momentos antes de su ejecución; sino porque a lo largo de su existencia supieron renunciar con la gracia de Dios a dejarse llevar por las tentaciones, que por pequeñas que sean siempre suponen una separación del amor que gratuitamente Dios nos regala.

Esta es la lección que pueden darnos los mártires a quienes intentamos agradar diariamente a Jesucristo a través de nuestra fidelidad, tan inconsistente en ocasiones, tan puesta a prueba y derrotada tantas veces. Fidelidad, sí; fieles en la familia, en la facultad, en el trabajo, en los hogares, con los amigos; fieles a Dios, porque es de quien verdaderamente podemos fiarnos. El medio para luchar contra las infidelidades posiblemente lo conozcas: es un Sacramento, llamado de la Reconciliación. Está en juego no nuestro nombre en los altares, sino en el Cielo.

Te dejo el video oficial del Domund 2013. Saca tus propias conclusiones. Yo he sacado una: que la fe es alegría.