martes, 22 de enero de 2013

¿Quieres ser otro Rey Mago?

Cuando leas este post las fiestas navideñas habrán quedado atrás. El belén y el árbol ya estarán guardados para dentro de once meses; tu organismo ya habrá metabolizado los excesos gastronómicos; el acicalamiento amiga mía con  que te preparaste para recibir el nuevo año tendrá una inmediata continuidad, tal vez, en fechas próximas; ya es un hecho real poder disfrutar de los regalos de los Reyes Magos, después de que en la noche del día 5 de enero te acostaras esperando levantarte para descubrirlos… Sí, ya sé que esta nueva entrada llega un poco pasada de fecha, pero ya que has leído este párrafo engánchate a los que quedan, sin  mirar dónde está el final. Gracias.

Si me has seguido en los últimos posts posiblemente pensarás que debería tomarme un descanso en esto de escribir. Meter en la última entrada a un extraterrestre para explicar el misterio del Nacimiento de Cristo y ahora invitarte a ser un rey mago puede dar qué pensar. Acepto las reticencias. Pero como estamos a principios del nuevo año, y siempre se tienen renovados propósitos e intenciones  te ofrezco este reto por si te interesa.

Antes de entrar en pormenores conviene citar un libro al que ya me referí en el primer post navideño: La infancia de Jesús, de Benedicto XVI. A diferencia del buey y la mula, estos personajes sí se recogen en el Evangelio, concretamente en el de san Mateo. La principal salvedad que matiza el Papa es que el evangelista se refiere a magos, y no a reyes. La tradición ha recogido lo profetizado por Isaías y en el Salmo 72.10 para asociar la realeza de los Magos. El término por el que se les llama magos podría estar relacionado por ser estudiosos de la astronomía, o por ser personas sabias, eruditas. Pero tampoco quiero que le des excesiva importancia. El afán de este post no es ilustrarte, sino aleccionarte. Quedas advertido.

Si Melchor, Gaspar y Baltasar hubieran estado postrados en sus palacios  preocupados únicamente de sus haciendas y afanes terrenales, la ilusión de millones de niños en el mundo, y la tuya y la mía, -sé que esta fiesta te llena de especial ilusión- no estaría marcada  en el calendario. De haberse aferrado al modo de vida contemporáneo, se habrían anclado en una vida sujeta –¡y vaya si bien sujeta!- al bienestar, sin importarles buscar otros alicientes en la vida más sacrificados, sí, pero mejor recompensados. Encontraron en el firmamento la estrella, pero ellos tuvieron que ponerse en camino. No encuentro, por otro lado, ningún objetivo que no cueste conseguirlo. Da un repaso a tu vida, reconoce lo que tienes y verás que has apelado casi siempre al sacrificio para alcanzarlo. Las vidas de nuestros personajes ilusionantes cambiaron, regresaron a sus tierras, a sus haciendas con sus familias, con la satisfacción propia de ver cumplido un propósito y lo que es más importante: encontraron a Dios. Benedicto XVI reflexiona de esta manera sobre ellos en el libro citado: “Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo.” Encontrarse con Cristo. En el siglo  XXI, en un mundo tan del que formamos parte tan interrelacionado, donde buscamos amistades en campos desconocidos hasta no hace muchos años como son las redes sociales, Dios sigue queriendo encontrarse contigo. ¿Qué te parece?
Y ahora viene la proposición. No hace falta que dejes volar la imaginación y te pongas en situación de lugar hace dos mil y algunos años. Olvídate de camellos, pajes y desiertos. Basta tener una cierta inquietud –similar a la de los Magos- para plantearte la vida un poco más arriba de tus cejas. Pregúntate si el trono en el que reinas no está demasiado enclaustrado en ti mismo, si te consideras un rey insaciable por aumentar haciendas y vasallos a tu servicio. Porque si te ves no del todo contento con tu reinado a lo mejor necesitas imitar a los tres Reyes de Oriente. Si es así, no hace falta hacer un viaje a Tierra Santa para visitar los Santos Lugares y vivir con conciencia sobrenatural una experiencia a recordar. Sería fantástico pero no imprescindible. Te sugiero un lugar más cercano. Seguramente estará muy próximo a tu casa, al centro de trabajo, a la facultad o al mercado del barrio. ¿Te doy una pista? Con muchas probabilidades has estado en su interior al menos una vez: cuando te bautizaron. Ya lo sabes ¿no?: una iglesia. No entres con recelo si nos eres persona practicante, olvídate de tus experiencias pasadas si no han sido de tu agrado; una vez que estés dentro fíjate en una lamparita encendida. Los Reyes Magos tuvieron la referencia de otra luz, la estrella, para descubrir donde se encontraba el Niño Dios. Tú tienes la referencia de la lámpara encendida para conocer que al lado hay una urna donde se encuentra el mismo Dios. Es llamativo, sí, que la Omnipotencia de Dios se encuentre en una urna. También les resultaría chocante a nuestros personajes hallar a Jesús en un pesebre junto a unos padres tan sencillos como María y José. Pero creyeron por la fe y se postraron para adorarle. Tú puedes hacer lo mismo. Ya sé que sería más espectacular encontrarte una zarza permanentemente encendida, o un continuo susurro de aire, o un espectacular juego de luces incandescentes para descubrir la presencia de Dios; pero el Señor quiso quedarse de esta manera entre nosotros. Se hizo alimento para tu alma y la mía, tan necesitada de fortaleza para no sucumbir.

Si ya estás delante del sagrario, ofrece como los Magos de Oriente el oro, incienso y la mirra que guardas en tu corazón. El oro puede ser todo lo bueno que hay en ti; sin considerarte una persona ejemplar en todos los aspectos, pero tampoco como un deshecho de miserias: Dios te quiere como eres. El incienso son tus ilusiones, los buenos propósitos concretos para este año; las metas por las  que estás en disposición de dejarte las pestañas para alcanzarlas. La mirra, -esa planta de sabor amargo pero utilizada para perfumes-, pueden ser tus tristezas, tus preocupaciones; lo que te desconsuela y te impide disfrutar de la vida como desearías. Entre ofrecimiento y ofrecimiento cuéntale lo que se te ocurra. Dile, por ejemplo, que para no ser esclavo de tus instintos y soberbias quieres tenerlo como Amo; sí, como Amo –así gustaba llamarle el Siervo de Dios Ismael de Tomelloso, cuando le visitaba antes de comenzar su actividad laboral- para ser más libre; y no es un contrasentido: nos llenamos de grandeza cuando en realidad estamos sometidos a una esclavitud latente.

Con tan solo unos minutos te habrás convertido en adorador, como los Magos. Y todo ello sin tener que desplazarte kilómetros, sin abandonar tu ámbito de vida. Y cuando te despidas, dile con confianza que volverás; Él te seguirá esperando. No percibirás la sonrisa de un niño como les pudo ocurrir a los Magos, pero ten la completa seguridad de que tu compañía al Señor le habrá sido tan grata como la recibida siendo niño por sus majestades.

No sabemos en qué cambió la vida de los Magos al regresar a sus tierras. Quienes sí lo saben son aquéllos que se han convertido al pasar a una iglesia y encontrarse con Jesús en el sagrario. Después no han podido vivir sin Él. Y hay muchos casos, te lo garantizo.

Y a ti amigo mío, amiga mía, si ya practicas esta buena y sana costumbre para el alma y la mente de visitar al Señor Sacramentado habitualmente, quédate con mi nombre y cuando estés delante de Él pídele por mí. Sabes tan bien como yo que no necesitan  médico los sanos, sino los enfermos; porque Jesucristo no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mr. 2,17).

¡Feliz Año Nuevo a todos!

Y un último apunte: ¡por favor, no os perdáis el video!

jueves, 3 de enero de 2013

El Niño Dios y el extraterrestre

Puede resultarte chocante el título de este post; a mí también, no voy a esconderlo. Tal vez sea por un ápice de imaginación desmesurada, por dosis de ingenuidad infantil propiciada por estas fechas; pero se me ha ocurrido darle este título y lo plasmo tal cual. Dicho esto, no voy a dar pie a que te relajes. Te hago la pregunta que desarrollará esta entrada: ¿tú qué celebras desde el 24 de diciembre al 6 de enero? Y ahora sí, déjate llevar por la fantasía. Aprovechando esta época futurista, donde en lugar de recrearnos con la vista viendo la magnanimidad del sol, la belleza de la luna y la luminosidad de las estrellas, queremos encontrar lo que el futuro nos deparará a través de los astros, piensa, imagina, que dentro de este periodo de tiempo navideño aterriza una nave espacial con un simpático, feo, extraño y preguntón marciano, que entra en tu casa y te pide que le contestes para conocer mejor el planeta tierra la razón por la cual las calles aparecen adornadas con luces llamativas –y en algunas ciudades, de dudoso gusto-, el sentido de ver abetos curiosamente decorados en tiendas y escaparates, el desenfreno de gente entrando y saliendo de tiendas y centros comerciales; y la razón de que en algunos hogares y lugares públicos se vean unas figuritas que representan a un niño recién nacido, con su padre y su madre mirándolo con semblante sereno y recogido.

¿Qué le contestarías? Estoy seguro que si vas paseando con este supuesto extraterrestre y pasas cerca de una hamburguesería con un bullicio de niños comiendo tarta le dirás que están celebrando un cumpleaños. Si en lugar de aterrizar el inesperado visitante en estas fechas lo hace en los meses estivales cerca de un restaurante, y observa a un chico con un traje oscuro muy bien vestido y a una chica con un vestido blanco largo preciosa ella y precioso el vestido, le explicarás que son una pareja de novios que se han casado. Y si, por poner otro ejemplo, allá por el mes de mayo o junio se posa una noche en una plaza, y se encuentra a jóvenes y no tan jóvenes con iguales camisetas saltando, brincando y repitiendo a voz en grito “¡¡¡campeooones, campeooones, oeeé, oeeé, oeeé!!!” tendrás que decirle que celebran el triunfo importante y trascendental de su querido equipo de fútbol. Cualquier hijo de vecino dará fácilmente las oportunas referencias al extraterrestre para encontrar el sentido de estas celebraciones. Vale. Pero, volviendo a la pregunta concreta ¿qué estarías dispuestos a contestar al marcianito respecto al sentimiento de estas fechas navideñas? ¿Tienes, -tengo, tenemos los cristianos- las ideas claras sobre el sentido de estas fiestas? Es más: ¿tenemos sólida convicción de que en las fiestas navideñas celebramos el nacimiento del Hijo de Dios del vientre inmaculado de una joven desposada con un varón? ¿Las vivimos como si cada año en lugar de conmemorar el misterio de Dios hecho Hombre, es a nuestro corazón, a nuestra alma, a la que viene a morar? Aquí ya tengo serias dudas de que todos coincidamos. Porque puede que por no tener una firme convicción de su trascendental significado contestemos al interlocutor del espacio que Jesucristo fue un personaje histórico, que llevó una vida de entrega por los demás, que se batió el cobre con la autoridad política y religiosa de su época, y que no fueron suficientes las curaciones y milagros que hizo, la autoridad moral con la que habló a sus contemporáneos, para evitar morir crucificado, la muerte más ignominiosa con que los romanos ajusticiaban a los delincuentes. Pero nuestro hombre del espacio es inteligente, muy inteligente, y no entiende que para otros personajes históricos de los cuales se ha ilustrado convenientemente en su planeta de origen como Gandhi, Martín Luther King, Thomas Alva Edison o Alexander Fleming, que tanto han aportado a la civilización, no se reúnan las familias en el mismo día de su nacimiento para cantar canciones raras con un instrumento tan ramplón llamado pandereta, ni que la manera de computar el tiempo se haga a partir del nacimiento de este niño, y no a partir de la fecha del alumbramiento de estos célebres personajes. Hemos errado en la explicación: el extraterrestre no entiende que Jesucristo, el Niño Dios, sea un personaje histórico sin más. Nos hemos quedado solamente en su humanidad, Santísima humanidad, pero con un plano terrenal.

Esta es una perspectiva que muchos cristianos tienen del Mesias. Y así, difícilmente pueden convencer y explicar de la importancia que supone su nacimiento. No. Al pequeño extraterrestre hay que explicarle el sentido divino de nuestro recién nacido. Y decirle que la alegría transformadora de nuestras vidas se percibe con el Nacimiento de Cristo, pero que no alcanza su plenitud hasta llegado el Domingo de Resurrección. Si apreciamos a Jesús como un personaje histórico sin más estamos dejando vacío de contenido el mensaje de salvación que propugna. En otras palabras: hay que vivir con profunda devoción la Navidad, pero con la mirada puesta en el Cielo. Ahora las antenas del pequeño ser se levantan, sus ojos se agrandan ocupando casi toda la cara, y comenta ensimismado: ¡que el pequeño por el que se celebra la Navidad es inmortal! Así es. Y adquiriendo la condición humana no solo abre las puertas de la inmortalidad, que sería ya un anhelo sublime para el ser humano, sino ¡las puertas del Cielo! Dios mismo baja del Cielo para que el hombre pueda subir hasta él,  aún sabiendo que hasta el final de los tiempos recibirá indiferencia, odio y desprecio por parte de quienes no quieren reconocerle.

 En efecto, en este tiempo de descristianización conviene tener muy claro a ti y a mí que nuestra fe no se circunscribe a pensar y celebrar casi inconscientemente un acontecimiento histórico, como es el nacimiento de Cristo; sino a vivirlo con la trascendencia de recibir un mensaje. Y hablando de mensajes, el 21 de diciembre pasado Benedicto XVI lanzó el siguiente tweet -puedes encontrarlo ya en twitter por si no lo sabes- que reseño por si te sirve para reflexionar: “Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano.” ¿No te parece plan atractivo para tu vida que Jesucristo te lleve de la mano, y cuando ésta se acabe te de un tirón para llevarte con Él a la eternidad? Sí, puedes decirme que te falta fe; pero te recuerdo que estamos en el Año de la Fe convocado por Benedicto XVI. A ti y a mí nos falta fe para vivir con intensidad la Verdad. Por eso tenemos que pedirle a Dios que nos la conceda, que nos la aumente, que nos la fortalezca para descubrir la cercanía de un Dios tan accesible, y emprender la preciosa labor de comunicarlo a los demás.

Y ahora el final de la fantasía. El pequeñito ser del espacio agradeció la explicación. Se subió presuroso a su nave, despegó pensativo en dirección a la Vía Láctea, se despidió de nuestro planeta percibiendo la belleza en la lejanía; fijó la vista en el Universo y pensó en la inmortalidad del ser humano, mirando a un lado y otro del espacio quiso comparar la belleza del Universo con ese encuentro del hombre en la eternidad con su Dios. Le hizo pensar. Buscó una nueva ocasión de visitar la tierra y seguir adquiriendo información. Pero se dijo que por mucho más conocimientos que obtuviera ninguno sería tan fascinante como el mensaje de la Buena Nueva.

El video al que te invito que veas en este post, tiene nota incluida que te transmito: En www.sonrisasdulces.com encontrará el spot que la empresa de Golosinas Migueláñez ha realizado con fines benéficos. Si le gusta, por favor, recomiéndelo. Hay que verlo entero. No es "lo que parece".... Cada vez que alguien entra en ese link y ve el Spot, Migueláñez donará 5 centimos de € a la Asociación Pablo Ugarte, que se dedica a recaudar fondos para varios Estudios de Investigación de cáncer infantil. El tope que se han marcado es de 1.000.000 de visualizaciones. Va por cerca de 800.000, pero se acaba el plazo el 6 de enero.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La mula, el buey y una historia real

Estas Navidades ya tienen su dosis de polémica con el tan traído y llevado comentario del Papa Benedicto XVI sobre el buey y la mula en el tradicional Belén navideño. La enjundia se encuentra en la página 77 del libro La Infancia de Jesús, en la que por esta frase “En el Evangelio no se habla en este caso de animales” la polémica está servida; servida por los instigadores que aprovechan cualquier ocasión siempre para arremeter contra la fe católica, la Iglesia y el Papa.
Desde que comenzó en 2005 su pontificado Benedicto XVI me he convertido en un asiduo lector de todas las audiencias que ha ofrecido, de los discursos pronunciados en sus viajes apostólicos, de homilías en diversas festividades litúrgicas;  tengo todas las encíclicas y libros publicados, y no por afán coleccionista, sino porque la talla y figura teológica de Joseph Ratzinger, la profundidad de sus textos,  creo que son necesarios desmenuzarlos para entender mejor la relación de Dios con los hombres. Pues bien, a pesar de lo dicho me veo incapaz -¡pobre de mí que no doy para más!- de discernir que en esta frase Benedicto XVI está dando el mensaje de que el buey y la mula no deben ponerse en los belenes. El Papa no está indicando que deba prescindirse de estos dos tradicionales animales. De hecho, en la Ciudad del Vaticano el Belén tendrá al buey y a la mula.  Benedicto XVI  quiere destacar en el libro lo que los Evangelios canónicos plasman con claridad: ninguno de los cuatro evangelistas hacen mención de que el buey y la mula, o el asno, fueran animales que estuvieran presente en el Nacimiento de Jesucristo. Puedes coger unos evangelios amigo mío, amiga mía, y repasar a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y advertirás que el buey y la mula no se mencionan. De paso, aprovecho para aconsejarte si no lo haces todavía, que no te conformes con confirmar lo declarado por el Papa y dejarlo en su lugar de origen hasta próxima ocasión.  Te invito a  leer diariamente cinco minutos el Nuevo Testamento. Te aseguro que tendrás ocasión de conocer más y mejor la vida de Jesús. Vendrá bien para tu alma y para un mejor conocimiento de quien tanto puede cambiar tu vida, de manera que cuando surjan polémicas de este tipo no te dejarás  arrastrar por los embaucadores de turno.
Surge la pregunta, entonces: ¿y de qué nos viene esta tradición de colocar la mula y el buey en nuestros Belenes? San Francisco de Asís fue crucial. En la Nochebuena de 1209 organizó un Belén viviente en una cueva próxima al castillo de Greccio. Participaron campesinos de la comarca, y en esa iconografía humana no faltó la mula, el buey, el heno… Así daba una sensación de calidez, familiar y hogareña. Muchos artistas han pintado diversas natividades, unos sin las bestias (Leonardo Da Vinci, Zurbarán, El Greco, Murillo, y otros con ellas (Fra Angélico, Rogier Van der Weyden o Tintoretto). En cualquier caso, después de muchos siglos el buey y la mula forman parte de nuestros hogares a la hora de organizar nuestros belenes. Así de sencillo. La imaginación popular y la artística han discurrido para elucubrar con mucha lógica: si la Virgen dio a luz en un pesebre, tendría que haber animales de campo (el buey); y si la Madre de Dios llegó a Belén en un asno, tendría que estar dentro del establo. Los belenistas se encargaron de recoger estas “deducciones” y tallaron junto al resto de figuras las del asno o mula y el buey.
Hecha esta aclaración para lo que pueda aportarte, viene una segunda parte. Sabrás que en lo que respecta a Belenes, a la Sagrada Familia se le llama Misterio. Misterio es aquello que no se puede explicar, comprender o descubrir. No sé a ti, pero siempre me ha resultado un misterio que en estas fechas proliferen en los corazones de las personas, de cualquier edad y condición social un mayor deseo de alegría, de darse más al prójimo. Es como si el corazón se ensanchara para dar cabida a los demás, para tener mejores sentimientos. Para una mayor entrega.
A propósito de esta reflexión te invito a compartir una historia. Nos situamos. Una oficina judicial en la que el trabajo diario consiste en hacer todos los trámites necesarios para que lo que los jueces dictan en las sentencias se lleve a efecto. En esa oficina, una funcionaria simpática y “echá palante” pregunta una mañana si alguien tiene impedimento de que se ponga un Belén. Ninguno de los otros funcionarios objetan nada. Ayudada de otra funcionaria, en unas horas montan –nunca mejor dicho-, el Belén. Al lado del Misterio se deja una canastilla para posibles aguinaldos. Y se decide poner unas “tasas judiciales”. Quien deposite unas monedas se le canta un villancico por todos los funcionarios que se atrevan a formar un coro; si el aguinaldo es o supera el euro se canta el Adeste Fideles en latín. Difícil reto. Aquéllos funcionarios que no lo hacen, respetan y asumen que cuando se produce el donativo hay otros que dejan sus funciones por unos minutos y se dedican a gratificar al generoso, que pueden ser otros funcionarios de distinta oficina, procuradores, abogados, jueces, etc... Los superiores inmediatos de esos funcionarios, respetan que por momentos a lo largo de la mañana pueda perder la seriedad que una oficina judicial debe dar, y se dé paso a un lugar eminentemente navideño. Al principio se piensa que lo recaudado será para comprar unos roscones de Reyes tan propios de estas fechas y comerlos. Todos de acuerdo. Pero surge una idea más solidaria: los donativos recaudados irán destinados a Cáritas. Perfecto. Hay que informar a todos, y se pone en la puerta de la oficina la existencia del Belén y el destino de la recaudación. Otro aspecto más de la historia: quien toma la iniciativa para “captar” a los posibles contribuyentes a esa causa generosa es una funcionaria, la más veterana, atea ella, que presume de que el nombre que lleva no se debe a una advocación mariana, sino a que sus padres quisieron ponerle el mismo nombre que el de una dirigente comunista española de gran protagonismo en los años treinta. Viendo su aptitud unos compañeros le dicen que de atea no tiene nada; otros, más ingeniosos, ya le llaman sor… (y su nombre). Para concluir, imagínate que en una semana se han conseguido unos setenta euros de aguinaldo. Se ha puesto fecha a la iniciativa: 31 de diciembre. Otra característica más de esta historia: cuando los funcionarios se reúnen, se olvidan del mucho trabajo pendiente, de sinsabores,  de rencillas personales, y todos a una (aunque desentonando, claro está) se unen para cantar y recordar un Misterio: el del Nacimiento de Jesucristo.
Bonita historia para ser verdad ¿no? Pues no, no es un cuento. Esta es la historia real de lo que viene ocurriendo en la oficina judicial donde desarrollo mi trabajo. En Navidad todo es posible.
Y ahora te pregunto: ¿verdad que la Navidad encierra un misterio? Y si es así, ¿no será que desde hace más de dos mil años, Dios nos está  queriendo mostrar que el amor es el cauce por el que se encapricha diariamente de nosotros, pero más aún en estas fiestas navideñas, cuando el mundo en sus cinco continentes celebra el Nacimiento de su Hijo?
Piénsale si te apetece. A lo mejor cambias el concepto que has tenido hasta ahora de las Navidades y del sentido de tu vida. Por probar que no quede. No tienes nada que perder. Y sí mucho que ganar.

De todo corazón, te deseo una muy ¡Feliz Navidad!`

Os dejo este villancico con los principales protagonistas de estas fiestas: El Niño Jesús y los niños.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La perla del amor: el matrimonio

Este post va dedicado a vosotros, Vanesa y Jorge, que dentro de pocos días vais a contraer matrimonio. El título no me diréis que no es precioso. Sin embargo, con total sinceridad, os anticipo que no se me ha ocurrido a mí, está sacado de un artículo de José Manuel Mañú Noain, profesor navarro. La mayoría de las citas están obtenidas de esas reflexiones, que me han llegado a través del colegio de vuestras primas.
Empiezo recordando una primera fecha: sábado, 25 de febrero de 2012. Primer día de un fin de semana aparentemente intrascendente, uno más en los comienzos de este año. Sin embargo, para vosotros no lo es tanto: anunciáis que os vais a casar. Una grandísima noticia. A mí, novia, ya me das un encargo: tengo que prepararte un discurso para hablar delante de los invitados el día de la boda. Me huele a boda de las modernas, por aquello de dirigirse la novia a la concurrencia; pero no, inmediatamente desaparecen los temores: te vas a casar, os queréis, casar en la Iglesia.  Desde ese momento, la mirada se fija en ti. No te quito ojo de encima. No es para menos. Pero no por el hecho de que os caséis, que ya es significativo en los tiempos que corremos, sino por la alegría desbordante y contagiosa que transmites. Dan ganas de grabarte para colgar el video en You Tube como ejemplo a seguir para las novias casaderas.
Diez meses después, el sábado, 27 de octubre de 2012, cinco de la tarde, en la Parroquia de la Concepción de Nuestra Señora, calle Goya 26, Madrid: ¡os casáis! Cuando tengamos que cambiar la hora en la madrugada del sábado a domingo, ¡ya seréis marido y mujer! ¡Sincronizar bien vuestros relojes, porque empieza una nueva andadura en vuestras vidas! ¡Fenomenal!
Como habéis hecho ya el cursillo prematrimonial no seré yo quien os adoctrine sobre la importancia del matrimonio. ¿Me veis capaz? Claro que no. Pero siempre viene bien reflexionar sobre el sentido del matrimonio, no solamente para quienes estáis en puertas, sino también para los que ya la hemos atravesado. Hay dos definiciones que quiero que conozcáis. La primera, es en base a la Constitución francesa de 1791: “La ley no considera el matrimonio más que como un contrato civil”. Un poco fría resulta la definición ¿no? Suena como a un acuerdo entre dos partes, como un contrato de compra-venta, o como un compromiso de permanencia con una compañía de telefonía móvil. Ésta no creo que os convenza. Y ahora, la segunda: “El matrimonio es una comunión de amor indisoluble”.  Suena mejor ¿verdad? Es más bonita, más comprometida tal vez, por cuanto se refiere a un lazo de amor para siempre. La pronunció el beato Juan Pablo II en su homilía a los esposos el 2 de noviembre de 1982, en Madrid. Uno de vosotros aún no habíais nacido, según mis cuentas, y el otro estaría todavía con los dientes de leche. Yo, estaba con la mili recién terminada.
Por consiguiente, os doy la enhorabuena por darle un sentido cristiano a vuestro enlace. Habéis acertado. Os casáis en la Iglesia, y no por la Iglesia. Porque casarse como suele decirse por la Iglesia supone mencionar el lugar físico en el que se contrae matrimonio, al igual que puede ser un ayuntamiento, un juzgado o un restaurante mínimamente acondicionado para el acto. Pero casarse en, no se refiere únicamente a hacerlo dentro de, sino  ajustándose a unas condiciones en este caso establecidas por Dios a través de la Iglesia. ¿Para qué? Para que seáis felices el resto de vuestras vidas. Sí, digo bien: ¡para el resto de vuestras vidas! Os vais a casar en la presencia de Dios, delante de uno de sus ministros,  porque  queréis uniros para el resto de vuestras vidas,  con plena libertad y teniéndonos por testigos a nosotros, vuestros familiares y amigos para así hacerlo público. ¡Cómo debe ser!
Sabéis que no son tiempos de uniones permanentes, que las parejas prefieren uniones temporales porque desconfían desde el primer momento uno de otro. Con estas premisas difícilmente puede lograrse el objetivo de unidad e indisolubilidad.  Se piensa más en cuando podrá romperse el vínculo que en llegar a mayores unidos por el objetivo que un día se marcaron. ¿Quién no conoce matrimonios que se han roto o que están a punto de hacerlo? Pero os digo con tono tomellosero: ¡no tengáis miedo de perpetuar vuestra relación! Mirar vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros tíos. Repasar en las celebraciones familiares cuando nos juntamos los matrimonios que somos, y los hijos que tenemos fruto de ese amor. ¿Sería lo mismo si en lugar de juntarnos seis matrimonios lo hiciéramos seis personas? ¿Verdad que no? ¡Pensar que para la próxima celebración familiar ya seremos siete matrimonios! ¡Qué gozada! ¡Bienvenidos al club los nuevos esposos!
Es cierto que hay momentos de oscuridad, de zozobra, donde aparecen dudas, desánimos; tampoco es nada nuevo lo que os cuento después de cinco años de noviazgo que lleváis. Sin embargo, la fuerza del amor puede más. Para los tibios, los que dan por perdida la batalla de la entrega por el otro, está frase -desconozco quien es el autor- puede escandalizarles; a vosotros, no obstante, os tiene que hacer pensar: Quiéreme más cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite. Ser felices no consiste en no asumir riesgos, sino en querer a personas, en tener un corazón enamorado y entregado al cónyuge. Discusiones, enfados y regañinas, sí; son inevitables; pero que no termine el día sin pedir perdón; de lo contrario puede correrse el riesgo de incurrir en esa advertencia de Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.
 Cuesta encontrar la llave que abre la puerta de la felicidad, y es una pena que la dejemos entreabierta para que se cuele por una rendija el aire sucio y maloliente del egoísmo. Además, ya sabéis que contraer matrimonio en la Iglesia tiene una gran ventaja: puesto que el matrimonio es un Sacramento (signo visible –os recuerdo- instituido por nuestro Señor Jesucristo, que produce la gracia), se hace posible que Dios entre en vuestra vida. Seréis tres. Pero tranquilos, no tendréis que ponerle plato para comer ni cama para dormir. No aumentará el presupuesto en la casa. No os penséis que es como tener una suegra (mala) en casa; al contrario, es una garantía de amor, porque, sencillamente, Él es Amor.
Fiarse de Dios es una elección metafísica, pero hay otra cuestión que vosotros tenéis que aplicar: la cuestión física; es decir, el empeño, la voluntad que empleéis  para el éxito. Porque en el matrimonio también se aplica una ley física como es la del  principio de causalidad (que no casualidad). Siempre hay un efecto provocado por una causa. El argumento más frecuente que se oye a una pareja divorciada es la de que el amor se ha acabado, como si tuviera fecha de caducidad. No, el amor no se acaba, se apaga. En la medida que se piensa más en el yo que en el tú la llama va siendo más tenue, hasta extinguirse. ¿Solución? Probar con el coche a no reponer gasolina –la incomunicación es el chivato que se enciende en el matrimonio para advertir que el combustible del cariño está bajo mínimos-; o dejar de comer día sí y día también y sabréis lo que es la inanición. Hasta una minúscula flor no se ve en el campo por casualidad, necesita del sol, la lluvia y el oxígeno para mantenerse aparente sobre la tierra. Pues en el amor, pasa lo mismo. Si no se cuida, si no se mima, si no se está pendiente de llenar el depósito (y esta labor para que fructifique atañe a los dos) se asfixia; pero no por casualidad o porque el destino lo quiera así; sino por la indiferencia. ¿Consecuencia? Que a los tres meses de contraer matrimonio, legalmente ya se puede solicitar la demanda de separación y, por consiguiente, divorcio a la vista. En vuestro caso, que sois una pareja de grandes objetivos, tenéis que tener bien grabada esta frase de San Agustín: “La medida del amor es amar sin medida”. ¡Hala, manos a la obra! ¡Sin complejos! Y si os tachan de inconsecuentes, vosotros a lo vuestro, haciendo caso a Jacinto Benavente, que comentaba: “El amor lo pintan ciego y con alas; ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”.
Y un último consejo: tener hijos. Si de unos padres altos, nacen hijos altos; de unos padres rubios, nacen hijos rubios; de unos padres guapos, nacen hijos guapos (no hay nada más que mirar a mis hijas, aunque en este caso lo único que he aportado por mi parte es el apellido; la belleza e inteligencia corre a cargo de la contribución a gran escala de vuestra tía); de unos padres simpáticos y sonrientes como vosotros, nacerán hijos simpáticos y sonrientes. El mundo necesita hombres y mujeres sonrientes. Y vosotros tenéis la semilla para aportar alegría al mundo. Hace unos días leía una frase que me llamó la atención. Es ésta: “una sonrisa significa mucho; enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la ofrece”. Además, los hijos favorecen que si en algún recoveco de vuestros corazones habita cierta dosis de egoísmo desparezca aumentando el afán de servicio.
Finalmente, la tercera fecha: 5 de marzo de 2010. Recuerdas, Vanesa, que te entregué la estampa de un paisano amigo, Ismael de Tomelloso, para que te encomendarás a él. No hace falta recordar el momento y el lugar. Sé que  te hiciste amigo suyo. Él también era alegre y divertido. El día de vuestra boda será buen momento para agradecer –por mi parte así pienso hacerlo-, poder disfrutar de esta señalada fecha junto a tus familiares y a los de Jorge, especialmente los que han pasado por muy serios problemas de salud. Esa frase de que hay que tener amigos hasta en el infierno es tan absurda como temeraria.  Los amigos hay que tenerlos en el Cielo. Ellos son los que verdaderamente interceden por nuestro bien.
Y un último apunte: podéis entrar en el post de septiembre de 2011, por si queréis conocer más impresiones mías sobre el matrimonio.
Espero que me deis las gracias por esta entrada dedicada a vosotros. Ya veis que me la he currado de lo lindo con tanta cita. Bromas aparte: si en cada entrada pongo el mayor empeño por intentar calar en el corazón de algún internauta, en esta, por supuesto, que el afán es mayor. ¡Os lo merecéis!
¡Ah, claro!... el video, que creo que muy apropiado.

sábado, 13 de octubre de 2012

Me duele España

El título que da entrada a este post se corresponde al comienzo de una famosa frase que pronunció el gran literato don Miguel de Unamuno (1864-1936); intelectual preocupado por las inestables situaciones socio-políticas que se produjeron en España en el convulso periodo de tiempo que le tocó vivir. La frase completa es ésta: “Me duele España; ¡soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo!”. Mi identificación con esta frase es plena, a excepción del último punto y coma: sustituiría español por cristiano. La rectificación no es por desdecir al inquieto don Miguel, sino por priorizar. Lo entiendes ¿no?
Hecha esta puntualización, surge una pregunta para razonar el sentido de esta entrada: ¿puede un cristiano vivir al margen de los problemas que acechan en su territorio nacional? Sin entrar en consideraciones partidistas, la respuesta es no. Por tanto, como cristiano español estoy en condiciones de repetir la frase de don Miguel de Unamuno: ¡me duele España!
Un repaso al panorama político, social y económico da cumplida muestra: un gobierno autónomo, el catalán, dispuesto a independizar a toda una región del resto de España; las medidas del gobierno de la Nación a pesar de esquilmar la economía de millones de españoles no dan el resultado esperado; resoluciones judiciales ponen en libertad a terroristas sin cumplir con la legalidad vigente y aprovechan para acusar a la clase política de estar en “convenida decadencia”; según la Organización Internacional del Trabajo, España es el líder en cuanto a paro mundial se refiere; desde una red social se incitó para ocupar el Congreso de Diputados el pasado día 25 de septiembre “…para conseguir la disolución de las Cortes y la apertura de un proceso constituyente para la redacción de una nueva Constitución, esta vez sí, la de un estado democrático”; y según el Instituto de Política Familiar, en el último año se han producido más de 113.000 abortos, bajo el supuesto de riesgo psicológico o físico de la madre, en el 96,8% de los casos.
Recurro a ti, amigo, amiga, de Estados Unidos, de México, de Alemanía, Argentina o Perú –por hacer mención de vuestra nacionalidad a algunos de los que os habéis asomado a este blog- para preguntaros: ¿os avergonzáis, o sabéis de compatriotas vuestros que sean mal mirados por llevar a la vista una bandera de vuestra nación? ¿conocéis alguna región de vuestros países en los que la autoridad política  multe por roturar en sus tiendas el idioma propio junto con la lengua autóctona? ¿sabéis de familias que tengan problemas para que a sus hijos los profesores puedan impartirles las clases en castellano a pesar de que un Alto Tribunal haya dictaminado la obligación de dar cumplimiento a la Constitución? ¿Qué os enorgullece más, amigos, amigas, de Rusia, Colombia o Chile, que a la hora de mencionar vuestra nación se le llame entre vuestros compatriotas “este país” o aludan directamente al nombre de la nación en la que habéis nacido?
No te sorprendas, es una lamentable realidad: hechos así, ocurren en España. ¿Dónde quedan esas gestas de nuestros antepasados en Sagunto contra los cartagineses, los hombres de Numancia contra los romanos, la batalla de las Navas de Tolosa (de la cual se cumplen ochocientos años) derrotando al invasor musulmán, las empresas en Europa y América, la sublevación de un puñado de españoles en Móstoles para combatir y expulsar a las tropas napoleónicas?... Y ¿sabes dónde se encuentra la diferencia? En la falta de ideales, en la ausencia de objetivos comunes, de metas ilusionantes. Éste es uno de los grandes males de España, extensibles, eso sí, al resto del mundo. Más bien cada cual estamos dispuestos a construir una torre de Babel para alcanzar con su cúspide el cielo; pero no para estar más cerca de Dios, sino para hacernos dioses enormemente egoístas y deseosos de vanagloriarnos en nuestras propias complacencias. No importa derribar los resortes que han emergido y sostenido una civilización milenaria si es menester para afirmarnos en intenciones partidistas y sectarias. Mientras utilicemos la ignorancia y buena fe de muchas personas, y las cifras avalen un determinado poder de convocatoria es suficiente argumento para justificar nuestras intenciones, por desaforadas, ilegítimas o inmorales que sean.
Por segunda vez estoy leyendo “In silentio…”, la biografía de mi paisano Ismael de Tomelloso. Y una salvedad: te confieso con una gran satisfacción producto de mis raíces tomelloseras, que de todos los posts publicados en este que es tu blog, el segundo más visitado es el que publiqué el 19/7/2011 refiriéndome a mi paisano. Sigo: los sucesos trágicos y despiadados previos a la guerra civil, la experiencia en el frente, el asesinato de personas conocidas y queridas, especialmente, el consiliario de Acción Católica en Tomelloso, don Bernabé Huertas, le hicieron sufrir mucho, incluso tuvo que esconderse para no ser detenido por los milicianos; pero un sufrimiento callado, edificante, sin sentido revanchista y desesperado, de hondo calado sobrenatural. En los últimos días de su vida, prisionero y enfermo aceptó el sufrimiento “porque quería sufrir –son palabras suyas- por Dios, por las almas y por España”. No era un soñador ni un romántico empedernido; era un joven cristiano, alegre y generoso, que lejos de desesperar, de albergar odio en su corazón,  quiso entregar su vida siendo hecho prisionero por el ejército vencedor.
Dios, almas, España. ¿No  te parecen valores por los que levantarse cada día con el afán de mejorar el entorno en el que vivimos? No puede quererse aquello en lo que no se cree. Es así. Si nos consideramos apátrida de una ciudad eterna, difícilmente podemos considerar que somos hijos de un país (España), que nos ha aportado poder vivir en una tierra, dentro de una familia, formando parte de una ciudad o municipio, por la que muchos compatriotas entregaron sus vidas.  
Debemos sentirnos, sí, ciudadanos del mundo, miembros de un continente europeo, pero poseedores de un idioma, una cultura, una idiosincrasia que solamente adquirimos por ser españoles, por haber nacido en España. Y si queremos edificar en un mismo proyecto, con elementos comunes que nos identifiquen unos de otros,  pero que a la vez esa variedad nos enriquezca a todos, tenemos que hacerlo considerando que somos unos modestos albañilitos dirigidos por un arquitecto universal: Dios. Tu Padre, el mío.
Y un consejo: si sientes el anhelo, el deseo ardiente de llamar patria cada vez que te acuerdes o hables de España, no te cortes, ni te acomplejes porque puedan llamarte lo que tú y yo sabemos qué nos pueden llamar; el art. 2 de la Constitución, que parte de la clase política quieren cargarse con el eufemismo de reformarlo, dice así: "La Constitución se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…”
¡Y nada de pesimismos! No incurramos en ese tizne pesimista que rodeó a la Generación del 98 de la que formaba parte don Miguel de Unamuno, en torno al desastre de 1898. ¿Vamos a ser pesimistas en la fiesta de la Virgen del Pilar, que se presentó a Santiago cuando más abatido estaba en tierras gallegas para alentar su ánimo apostólico? De ninguna manera; para los españoles María tiene que ser el pilar de nuestra esperanza. Una España con hondas raíces marianas no puede dejarse arrastrar por el desánimo. Máxime teniendo por delante todo un reciente Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI ayer mismo.
Y como es el día de la Hispanidad, concluyo con esta frase que dirijo especialmente a los Hugos, Evos, Castros y Cristinas que proliferan por el continente iberoamericano, que escribió un escritor ecuatoriano, liberal y anticlerical –todo hay que decirlo-, llamado Juan Montalvo (1832-1889): “España, España. Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos”.

martes, 25 de septiembre de 2012

Benedicto XVI en el Líbano

Benedicto XVI ha concluido el viaje a Líbano después de entregar la Exhortación Postsinodal ( documento final) del Sínodo de Obispos para Oriente Medio celebrado en 2010. Líbano, por otro lado, es un país ejemplar por lo que se refiere a convivencia entre distintas religiones. El cargo de Presidente de la República es siempre ocupado por Ley por un cristiano maronita, el de Primer Ministro por un suní y el de Presidente del Senado por un chiita; de este modo ninguna minoría queda excluida de puestos claves en la estructura del Estado.
Este viaje apostólico a una región enormemente conflictiva,  ha coincidido con la explosión de violencia que se ha desencadenado a consecuencia de la exhibición del video norteamericano y la publicación en una revista francesa de caricaturas al profeta Mahoma. Una mecha más en el polvorín imperecedero de Oriente.
Los cristianos tenemos superadas las provocaciones tendenciosas y deleznables desde hace veintiún siglos. Jesucristo fue despreciado incluso en la Cruz por quienes no entendieron o se negaron a entender que era el Hijo de Dios. Y prueba histórica de la continuación de los ultrajes entre sus seguidores, desde  finales del siglo II d.C. ya se conocía un grafito en las cercanías del palacio de Nerón en la que un cristiano llamado Alexámeno (que debía ser un alumno de la escuela de pajes al que sus compañeros paganos hacían burlas por ser cristiano) adora a un crucificado con cabeza de burro, y debajo de la imagen está escrito “Alexámeno  adora a su Dios”.
El papa Benedicto XVI no ha sido ajeno a los oprobios y agravios, como pontífice y antes como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. Recordemos que el pasado año en España, un día antes de su llegada a Madrid, se autorizó  una marcha laica sin más fin como se vio por su manifiesto, frases, parodias y final en la Puerta del Sol, que denostar a la Iglesia a través del Romano Pontífice y provocar y amedrentar a los jóvenes peregrinos. Los pregoneros de la igualdad y justicia social aprovechan así que surje la  ocasión para  arremeter contra Benedicto XVI  por su nivel de ostentación en los atuendos -dicen- señalándole a él y a la Iglesia como culpables de la pobreza que se padece en el mundo.  Sin embargo, sabemos que las injurias, mentiras, persecuciones, maldades y odios recibidos por causa de Jesucristo, serán recompensadas en el Cielo. Así lo enseña el Señor a sus discípulos en una de las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12 y Lc, 20-26). Por tanto, no corresponde a los cristianos levantarse cada mañana en busca del ofensor para hacer justicia humana: tenemos quien le juzgue.
Lo cierto y verdad es que mientras estas vacaciones muchos turistas habrán desechado la idea de viajar a Tierra Santa y  conocer los países árabes por el clima de inseguridad que se vive, Benedicto XVI ha acometido un problemático viaje para hacer entrega de un documento que bien podría haber sido facilitado por su Secretario de Estado o por un legado pontificio. Pero no: ha estado en Líbano. A ti y a mí puede servirnos de acicate su ejemplar sentido del deber. Tú y yo no me dirás que incurrimos en más de lo debido en una pereza que nos ata a una comodidad bien sujeta a nuestro propio ego; sobre todo en aquéllos deberes que más nos cuesta emprender. Pues el Papa, ahí lo tienes, con ochenta y cinco años, cumpliendo con el deber en un país en el que pocos representantes y autoridades de Estados hubieran decidido personarse en estas determinadas fechas.
Si tuviera que destacar una frase de las pronunciadas en los tres días que ha visitado Libano sería esta: “Vengo a Medio Oriente como peregrino de paz, amigo de Dios y de los hombres”.
Amistad, una palabra que suena mucho ¿verdad? Los niños desde la infancia ya establecen sus primeras amistades. Los matrimonios, se forjan primeramente con una sincera amistad antes de formalizar su relación.  Se dice que los padres tienen que hacerse amigos de los hijos para que éstos confíen en ellos. Poetas y cantantes han escrito y compuesto para alabar la amistad. Una persona sola, sin alguien en quien pensar y por quien vivir, es presa fácil de tristezas y peligrosas patologías. Hacer amigos forma parte de la vida de hombres y mujeres por nuestra condición de sociabilidad que llevamos implícita. Y si no, que se lo pregunten a Fernando Alonso que ha llegado  al millón de agregados en su twitter. El deseo del cantante brasileño Roberto Carlos lo ha hecho realidad (¿te acuerdas de la canción?: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar…)  gracias a la popularidad del protagonista y a las redes sociales.
Pero la amistad que propugna el Papa es otra. Benedicto XVI no ha hablado para contentar sino para convertir. ¿Convertir? Sí, convertir; convertir la convivencia humana en amistad con Dios y entre los hombres. La historia está llena de apretones de manos entre contendientes, de sonrisas delante de unas cámaras de televisión, de firmas en documentos refrendando acuerdos alcanzados entre las partes. Pero… ¿con qué resultados? Porque por mucho que se intente -y buscar la paz siempre es una loable empresa- si no tenemos a Dios por amigo es muy difícil, extremadamente complicado, que la amistad predomine entre los hombres, que perdure. Benedicto XVI humildemente se ha tildado de peregrino de la paz en una región azotada por las guerras, odios y divisiones; pero esa peregrinación no la hace en nombre de Dios, sino con Dios. Así es como se forja la verdadera amistad.
Si mañana de buenas a primeras alguien al salir de casa me parara y me dijera: Oye, tu que eres cristiano, convénceme para profesar tu religión, le daría un Nuevo Testamento para que leyera el capítulo 15, versículos 13 al 15 del evangelio de San Juan. El Señor habla de dar la vida por sus amigos, no les llama siervos, seguidores, simpatizantes. No. Les llama amigos. Y cumple la promesa: entrega su vida por ellos, por ti y por mí, por todos los hombres y mujeres, los que hemos nacido y los que no lo han podido hacer. Tenemos los cristianos un Dios cercano, que se hace amigo de los hombres para que los hombres nos hagamos amigos de Dios. ¿Alguien da más?
Por eso, los cristianos tenemos que esforzarnos por pulir de egoísmos el sentido de la amistad. La verdadera amistad es entrega desinteresada, de alegrías y tristezas compartidas. Las palabras de Benedicto XVI tienen que conducirnos al ejemplo de Jesucristo, que hizo la mayor entrega de uno mismo por los demás. ¿Tú y yo qué estamos dispuestos a entregar?
En estos tiempos que todo lo supeditamos a la temporalidad, no hay apuesta más segura que tener un amigo para siempre… Sí, ese mismo: se llama Jesús, y dice ser Dios. ¿No tienes inquietud por conocerle?


sábado, 8 de septiembre de 2012

La alegría de ser alegres

En el mes de agosto que recientemente hemos dejado atrás, se ha cumplido un año de la celebración de la JMJ en Madrid. Para muchos cristianos la intensidad de esos días vividos entre el 18 y 21 de agosto especialmente, es un recuerdo imborrable; sobre todo para quienes más cerca pudimos vivir ese encuentro de la juventud de todo el mundo con Benedicto XVI. Para agradecer la presencia del Santo Padre en esas fechas, jóvenes de la Archidiócesis de Madrid se trasladaron a Roma para ser recibidos en Audiencia por el Papa el pasado 2 de abril. Y les decía: “Queridos amigos, aquel espléndido encuentro sólo puede entenderse a la luz de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia”.



La alegría era la nota predominante que reinaba entre los peregrinos; una alegría que se transmitía con suma facilidad; una alegría que emocionaba y ensanchaba el corazón independientemente de edades, razas y nacionalidades. Ése fue el don que Dios quiso transmitirnos a través, como recordaba Benedicto XVI a los jóvenes, del Espíritu Santo.

Desde una visión natural, la alegría es consustancial al hombre; todos anhelamos vivir en un estado de plena satisfacción por haber alcanzado un objetivo o estar en situación de obtenerlo. Indefectiblemente, la alegría puede decirse que es vital para el ser humano. Aristóteles lo aconsejaba: “El hombre no puede vivir largo tiempo sin alegría”. No obstante, siempre estamos expuestos a que los contratiempos propios de la vida hagan oscurecer ese estado pleno de ánimo. A veces, incluso, perdemos la alegría por problemas y situaciones ficticias, insignificantes que son acrecentadas por nuestros propios miedos y arrogancias. Podríamos decir que nos sentimos alegres hasta que las circunstancias son propicias. Es una alegría determinada por situaciones externas, por acontecimientos que repercuten en nuestras vidas de manera satisfactoria, dependiendo en gran parte del objetivo perseguido. Podemos alegrarnos por encontrar unos zapatos que llevábamos tiempo buscando; pero más alegría producirá si en la zapatería compramos unas papeletas para un sorteo a Punta Cana para dos personas durante quince días, y somos los agraciados.

Si embargo, hay otra alegría más intrínseca, más profunda que tiene su raíz en el interior de la persona, diríamos que más sobrenatural, porque supera la propia alegría natural que emana del hombre. En esta búsqueda el objetivo ya no es perecedero, material, emocional o incluso sentimental; es ¡trascendental!: Dios. Además, la recompensa no se logra en proporción al esfuerzo personal; el Bien Supremo viene a nosotros para el resto de nuestras vidas, con una particularidad: jamás se diluirá si somos fieles, lo tenemos en esta vida y podemos gozar con Él en el Cielo. Por nuestra parte, basta decir sí a Quien nos busca. La alegría no perece, sino que persiste, ya es una manera de vivir, con un comportamiento que se exterioriza, que se transmite y se contagia. Es entonces cuando podemos decir que somos alegres, exteriorizamos un gozo que nace del interior por haber encontrado un sentido trascendental a nuestra vida, es la paz que se alberga en el alma. El ansía de infinita alegría y felicidad que busca el hombre solamente puede colmarla un Dios Infinito.

Indudablemente que la vida trae sinsabores, decepciones, dolor, sufrimiento, muerte; y que es una realidad que hace que la alegría en estas situaciones se esconda, que surjan dudas sobre si el hombre está hecho para la felicidad o es un ser condenado al sufrimiento. Será entonces cuando pidamos al Señor ahondar más detenidamente en la herencia del Cielo como ayuda para superar las situaciones difíciles, para aumentar la virtud de la esperanza. 

Don Luis Moya, sacerdote tretapléjico a consecuencia de un accidente de tráfico, entendió así el sentido de su tragedia personal: “Gracias a ello veo: creo que un amor inmenso preside mi vida. Y la de todos, aunque muchos no se den cuenta. Por resumir mi problema, diría que soy un multimillonario que ha perdido solo mil pesetas”. 

Para entender el entresijo de nuestras vidas, te propongo imaginarte un tapiz. Es frecuente mirar el reverso y nos fijamos en los hilos, cuerdas y nudos sin sentido alguno; pero si colaboramos con Dios, en la eternidad veremos el anverso de ese mismo tapiz y nos daremos cuenta de la maravillosa obra de arte que Dios hizo con nuestras vidas.

Todavía, por desgracia para ellos, son muchos los que piensan que vivir el cristianismo es renunciar a vivir la vida con plenitud, a estar como taciturnos, temerosos y angustiados de ofender a Dios, carentes de ilusión por disfrutar de todo lo bueno que la sociedad y el progreso ponen a disposición del hombre. Y nada más lejos de la realidad. La JMJ inundó de alegría interior las calles y los hogares de Madrid. Nos dejó muestra de lo que debemos ser los cristianos. Hombres y mujeres alegres, que tenemos que transmitir y contagiar esa alegría a quienes nos rodean. He conocido a cristianos jóvenes y ancianos, sacerdotes y laicos, sanos y enfermos, pudientes y de profesiones humildes, y la sonrisa y buen humor han sido gestos que denotaban una alegría interior notoria. ¿Y sabes por qué? Te contesto con el Libro del Deuteronomio, capítulo 4, versículo 7:”Porque ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos, como está el Señor, nuestro Dios, cuantas veces le invocamos?”. 

Conclusión: si quieres ser feliz busca a Dios; Él te ha encontrado primero y te está esperando. Pero, eso sí, vive la fe con alegría, siéntete tocado por esa frase de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. Porque de lo contrario habrás desaprovechado la mejor herramienta que Dios nos ha dejado para transformar el mundo cada día desde tu circunstancia personal: la virtud de la alegría. San Pablo insistía con esta virtud a los Filipenses: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraros”. (Filip. 4, 1-9) ¿Te apuntas?

No encuentro mejor lugar para cumplir el objetivo que no sea en…