jueves, 19 de junio de 2014

Juan XXIII, Papa bueno y santo







Casi a punto de cumplir setenta y siete años de edad, el cardenal Angelo Giuseppe Roncali fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958. Con el nombre de Juan XXIII fue el vicario de Cristo durante cinco años. Por su bondad y simpatía se le llamaba el Papa bueno. El 3 de septiembre de 2000, en la Plaza de San Pedro, junto con Pio IX, fue beatificado por san Juan Pablo II. Durante la Misa de beatificación decía sobre él: Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero... Ciertamente la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y  actuar y era nueva la simpatía con la que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra.

El 5 de julio de 2013, el Papa Francisco anunció la canonización del beato Juan XXIII. El Santo Padre consideró que no era necesario demostrar que haya habido un milagro debido a su intercesión. Es una prerrogativa de los Romanos Pontífices, y vistas las virtudes atesoradas y la personalidad del ya san Juan XXIII, el Papa Francisco se acogió a esta facultad.

Ante la sorpresa de muchos, el 25 de enero de 1959,  el recién elegido Juan XIII convocaba un Concilio ecuménico, que se denominaría Vaticano II; el último fue el Vaticano I, hacía casi cien años. La manera más clara de explicar las razones de la inesperada convocatoria,  fue expuesta ante un grupo de personas que deseaban conocer la finalidad de este nuevo Concilio. Se dirigió tranquilamente hacia la ventana, la abrió de par en par y les dijo: Para esto es el Concilio, para tener un poco de aire fresco en la Iglesia.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad Divina de Santa María 2.540 padres conciliares -fueron convocados 2.908- comenzaban el comentado Concilio Vaticano II. No pudo poner colofón al Concilio, porque el 3 de junio de 1963 entregaba su alma a Dios. El 8 de diciembre de 1965, concluyó con una Misa presidida por su sucesor,  el ahora Venerable Pablo VI -está próximo a promulgarse el decreto de beatifición-. 






En la Constitución Dogmática -decreto, o ley del más alto nivel que firma el Obispo de Roma -Lumen Gentium, se recoge en el apartado 11 c, una determinación de singular relevancia para los cristianos laicos; dice así textualmente: Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre. El deber de ser santos, que parecía estar reservado a quienes estaban en estados consagrados, se amplía para cualquier cristiano, sin excluir estado o circunstancia.

¿Y en qué consiste la santidad? Es fundamental conocer la respuesta. Santa María Faustina Kowalska, -joven monja polaca a la que san Juan Pablo II profesaba una gran devoción, que canonizó el 30 de abril de 2000, y gracias a las revelaciones recibidas de Jesucristo el segundo domingo de Pascua la Iglesia celebra el Domingo de la Misericordia Divina, merced a lo establecido por san Juan Pablo II-, entendió y vivió perfectamente el sentido de esta llamada a ser santos: Oh Jesús mío, tú sabes que desde los años más tempranos deseaba ser una gran santa, es decir, deseaba amarte con un amor tan grande como ninguna alma Te amó hasta ahora (1). Por consiguiente, santidad consiste en amar, y ese amor debe ser hacia una persona, Jesucristo. Sí, es difícil, porque tú y yo somos débiles, inconsistentes con nuestros objetivos, muy frágiles; pero, no hay que agobiarse, el Señor nos ama y nos comprende: La amistad de Jesús con nosotros, su fidelidad y su misericordia nos anima a continuar a pesar de nuestras caídas, nuestros errores y nuestras traiciones(2). 

Ante todo, amigo mío, amiga mía, para ser santos hay que ser muy humanos. Los santos se han caracterizado, han destacado, por su cualidades humanas. Andreas Widmer, como integrante de la Guardia Suiza Pontificia, dedicó dos años de su vida a proteger a san Juan Pablo II. En unas declaraciones a la CNA, reconocía que "fue la persona más plenamente humana que he conocido", destacando que "pese a ser Papa, Juan Pablo II fue un hombre normal". Es decir, que buscar la santidad, no nos convierte en personas raras, extrañas, individualistas y reservadas. La gracia de Dios surte efecto en aquéllas personas que destacan por sus cualidades humanas. Enamorarse de Jesucristo no resta un ápice de compatibilidad a nuestras ambiciones honestas, a nuestros amores nobles, a nuestra manera de ser; al contrario: realza más esas características que forman nuestra personalidad. Nos hace mejores personas.  No nos saca de la facultad, de la calle, del hogar, del trabajo, de la familia; al contrario, quiere vivir contigo las circunstancias de cada día.  Porque solo el amor tiene importancia, es él el que eleva nuestras pequeñas acciones hasta la infinidad(3).

Tienes un corazón para amar, deseas amar porque el amor es lo que colma de felicidad, y tienes a Quien poder amar. Amar a Jesucristo no supone querer menos a tus amigos, a tu novia, a tu esposa, a tus hijos, a tus seres queridos... ¡no! Es quererlos más porque te mueve a hacerlo el amor con el que Jesucristo impregna tu vida. Este mes de junio, el día 27, se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Tal vez, aunque solo sea balbuceando como un chiquillo cargado de timidez, podrías decirle a Jesús, quiero amarte. No se extrañará: Él ya te amaba antes de que nacieras.

Y acuérdate de la explicación que dio san Juan XXIII para convocar el Concilio: para tener un poco de aire fresco. Si abrimos la ventana de nuestra alma a Dios, encontraremos ese soplo de aire fresco tan necesario para ventilar tantos recovecos donde se almacena, tal vez sin darte  cuenta, polvo que impide que tu alma brille con una luz que irradie afecto y simpatía -como la que derrochaba san Juan XXIII- hacia las personas que trates.





(1)  La Divina Misericordia en mi alma, santa María Faustina Kowalska, Diario 1372.
 (2) Papa Francisco, en Getsemaní el 26 de mayo de 2014
(3) La Divina Misericordia en mi alma, santa María Faustina Kowalska, Diario 502

sábado, 31 de mayo de 2014

San Juan Pablo II: Totus Tuus


Concluye el mes de mayo, mes dedicado a recordar, evocar, tratar más a María, Madre del Salvador, Madre nuestra.  Se me ocurre que para fomentar la entrañable relación que debemos tener con la Virgen, nada mejor que recordar el día 27 de abril, en el que tuvo lugar en la Plaza de San Pedro la ceremonia de Canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II. Recordarás el lema del pontificado de Karol Wojtyla, Totus Tuus, radicado en la mariología de San Luis María Grignon de Monfort, y que es la abreviatura de la fórmula de la consagración completa que dice “Totus Tuus ego sum et omnia mea tua sunt”, que traducido al castellano quiere decir Soy todo tuyo y todo lo mío es Tuyo. Entrega a María, porque el camino para llegar a Jesús, siempre es a través de su Madre.

Un cristiano si progresar en su vida espiritual tiene que tener a la Virgen como madre. La vida de piedad tiene similitud con la vida natural de cualquier ser humano. Siempre necesitamos a una madre: desde el vientre materno nos vemos protegidos por ella; en las primeras horas de llegar al mundo, nada mejor que apaciguarnos en los brazos de nuestra madre; en la infancia, estamos más seguros teniendo la cercanía de nuestra madre; en la juventud y madurez, aunque parezca que no la necesitamos, ella está siempre a disposición de cualquier necesidad. Hasta que no mueren no dejan de ser madres; y ya desde el Cielo seguro que siguen el ejemplo de la madre de Santiago y Juan, pidiendo a Dios un buen puesto en la eternidad para sus hijos.

María, madre mía, podemos decirle con total confianza de que nos escucha. En la aflicción, en la pesadumbre, en la oscuridad del horizonte, María siempre con nosotros. Con ella la tristeza se convierte en alegría; el pesar, en optimismo y la oscuridad en luz infinita, en esperanza. Tener a la Virgen por madre es garantía de seguridad, de confianza de un hijo hacia una madre que sabe que siempre vela para su bien.

Concluimos también el tiempo pascual, han pasado cincuenta días desde la Resurrección de Jesucristo, y María está más presente en nuestras vidas, si cabe, porque ella es la Causa de nuestra alegría. Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Pero esta predilección de Dios no la aleja de la humanidad, de cada ser humano, de ti y de mí; todo lo contrario: nos arraiga más para considerarnos miembros de la familia de Dios, somos ¡hijos de Dios! merced a la humildad de una joven virgen.

Si consideramos a María nuestra madre es porque formamos parte de una familia. No podemos vivir afianzadamente nuestra fe si no nos consideramos pertenecientes a una familia: la de los hijos de Dios. El Papa Francisco en la homilía de Canonización recordó que en una ocasión Juan Pablo II dijo que le gustaría que fuera recordado como el Papa de la familia. Y las últimas palabras pronunciadas en su agonía, con gran sentido de filiación divina, fueron: Dejadme ir a la Casa del Padre. Y esa casa, ese hogar, no es otro que el Cielo.

Por si quieres aprender una virtud de la Virgen María te recomiendo que leas el capítulo 1, versículo del 39 al 56, del evangelio de Lucas. En él se narra que María, estando ya embarazada, se pone aprisa en camino para ir a casa de Isabel y Zacarías, y quedarse por espacio de tres meses. Ella, con Jesús en sus entrañas, va a servir, a ayudar a su prima Isabel, mayor que ella, embarazada de Juan, El Bautista. Llevar a Cristo a los demás, con espíritu de servicio, de entrega, para que otros puedan conocerlo, tratarlo, amarlo, tiene que ser la principal tarea de un cristiano. 

Este fue el empeño de San Juan Pablo II. Hizo 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 en el interior de este país, visitó 129 naciones, 616 ciudades, 317 de las 333 parroquias que hay en la Ciudad Eterna a lo largo de los 26 años, 5 meses y 17 días de Pontificado. Una barbaridad, ¿no?

Merced a este afán apostólico en dos ocasiones, de las cinco que visitó España, he tenido la dicha de haber podido verle y escucharle en Madrid. La primera, en el año 1993, en la Plaza de Colón; la segunda, con mis dos hijas, en el año 2003, recibiéndole a su llegada a Madrid, en la que fue su última visita a España.



Fue precisamente en el año 2011, en el mes de mayo, cuando inicié este blog, con el título de una de sus poesias: Canto del sol inagotable. Lo tengo como patrono. Desde el día de su Canonización lo tengo visible en el blog, ya como San Juan Pablo II, comparte espacio con el Siervo de Dios Ismael de Tomelloso, en proceso de Canonización. Para que te fijes y te des cuenta que Dios nos llama a cada uno a ser santos en cada una de las circunstancias de nuestra vida. Y siempre confiando a María nuestros afanes apostólicos: Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo(1).

El espacio se acaba y ya no puedo referirme al otro santo canonizado el 27 de abril, san Juan XXIII. Lo dejamos para el siguiente post.

(1) Evangelii Gaudium, pág. 213, Papa Francisco.

jueves, 17 de abril de 2014

Semana Santa, la fiesta de la salvación


Estamos en Semana Santa.  Los orígenes se remontan al siglo IV en Jerusalén, para extenderse despúes a Oriente y Occidente. Esa expansión popular se debe a una peregrina española, Egeria, que dejó un testimonio excepcional de la liturgia que se vivía en los Santos Lugares.

Me gustaría amigo mío, amiga mía que tu paso por la Semana Grande no fuera, cuando menos, un tiempo sin más, vivido no solamente para recordar la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, sino que lo aproveches para rememorar esos santos misterios tan determinantes. ¿Repasas conmigo los días más trascendentales?

Domingo de Ramos

La Semana Santa comienza con este día alegre. Las gentes se agolpaba a la entrada de Jerusalén, extendían sus mantos, agitaban los ramos de olivo y las palmeras, y alababan al Señor con esos cánticos de aclamación al Mesías: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y Gloria en las alturas!(1).

Pero tanta alegría se rompe en un momento. Cruzada la ciudad, descendiendo al monte de Los Olivos, los discípulos, también jubilosos, cambian la expresión de la cara: ven llorar a Jesús. Se compadece de esta ciudad; días más tarde va a ser clavado en una cruz, va a ser rechazado por el pueblo a pesar de los intentos de darle la verdadera dicha. ¡Hay si conocieras por lo menos en este día lo que se te ha dado, lo que puede traerte la paz! Pero ahora todo esto está oculto a tus ojos(2).

En ese lamento del Señor encontramos a quienes hoy día rechazan, ignoran, el sacrificio de Dios para la salvación de todos nosotros. De diversos modos, muchos hombres y mujeres, incluso cristianos, prefieren dar la espalda al sentido profundamente cristiano de estas celebraciones. Jesús no cuenta en sus vidas, hay otras preocupaciones, otros alicientes, otros impulsos. Años después, Jerusalén -ciudad de la paz, traducida del hebrero- será destruida; su templo, del que tanto presumían, será demolido. De todo cuanto nos gloriamos un día será recuerdo; la suficiencia que sustituye a la fe, es perecedera. Vivimos el día a día sin pensar que hay un mañana. Podemos preguntarnos: ¿dónde ponemos nuestras aspiraciones, nuestros proyectos? Esas lagrimas derramadas por el Señor cerca de Jerusalén, también las derramas por ti, y por mi, y por cuantos deliberadamente le rechazan. Quiere darnos la verdadera paz, la que colma, la que llena, ¡la verdadera paz! Es el momento oportuno para reflexionar sobre las vanidades de esta vida.

Jueves Santo

En este día, en la Ultima Cena que Jesús celebra con sus discípulos, instituye la Eucaristía. Esa celebración tan indispensable para los cristianos donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Misterio insondable, Misterio de amor, Misterio de entrega: ¡Dios habitando en el alma en gracia! ¡Jesús Sacramentado presente en todos los sagrarios de todas las iglesias del mundo! ¡Un Dios cercano!

En los Oficios de este día santo Jesucristo lava los pies a sus discípulos. Detalle de entrega, muestra de humildad: ¡Dios arrodillado ante los hombres!, pecadores como tú y como yo, ejerciendo el deber del siervo cuando el amo llega a casa. 

Entrega por los demás. Si queremos ser otros Cristos debemos emplear nuestra vida en servicio al prójimo. Puede ser que en ocasiones baste con una sonrisa, con una escucha amable ante quien nos cuenta sus problemas, con unas palabras de ánimo para el que sufre, con compartir los bienes con los necesitados..., dar y darse. Somos seguidores del Maestro si procuramos preocuparnos por el prójimo. En quienes más sufren podemos encontrar el rostro de Jesús que nos impulsa a amarle amando a los hombres. Amor sincero, amor desinteresado, amor verdadero.

Viernes Santo

Se consuma la entrega total. Jesús carga con la cruz, donde se hallan los pecados de todos los hombres, los tuyos y los míos.  Cae bajo el peso del madero pero se levanta, llega exhausto hasta el calvario para culminar el sacrificio redentor.

Los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos se burlaban de él, y los transeúntes que pasaban al verlo le decían: Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. Es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él (3).

Hoy es despreciada la Cruz, los crucifijos molestan en las escuelas, en los lugares públicos,  es un signo de una religión donde a Dios se le ve derrotado, en el que el mal puede más que el poder divino. No hace falta ser una autoridad política y religiosa como en aquél tiempo para burlar, humillar e ignorar el plan de salvación propuesto al hombre por Dios. El desprecio al Señor puede estar en boca de cualquiera.  Si Jesucristo se hubiera bajado de la Cruz, las puertas del Cielo estarían cerradas; tú y yo podríamos caer en la desesperación en la que tantos seres humanos incurren porque no encuentran la esperanza que el hombre busca incansablemente.

Pedimos al Señor mirándole a la Cruz que nos reconozcamos pecadores, esclavos de tantas pasiones, de debilidades acomodadas a nuestras apetencias, de nuestras pensamientos y acciones que dañan al prójimo, que tanto perjudican -aún sin percibirlo- nuestra vida interior. Jesucristo ofrece su vida por nosotros. Las miserias de los hombres, de cualquier generación, clavan al Salvador en la Cruz. 

Repítele esa oración del Vía Crucis: Te alabamos Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste el mundo. Y dile despacio: Señor, perdóname. Quiero convertir mi vida en una ofrenda para reparar por mis pecados y por los pecados de todos los hombres.

Sábado Santo

Tiempo de espera. Vigilia Pascual. Yace el cuerpo de Jesús sin vida. Es bajado de la Cruz y entregado a su Santísima Madre. Nació en un pesebre y fue sepultado en el sepulcro de José de Arimatea. Desasido de todo. Es el contraste con el hombre actual; tú y yo que estamos tan colmados de bienes y medios para nuestro confort, nos cuesta apreciar que la felicidad se encuentra no en lo que tenemos sino en lo que somos. Nos acogemos a la espera con María, la Santísima Virgen; ella sabe que Resucitará el hijo único nacido de sus entrañas. Solo ella es quien nos puede reconfortar. No debemos perder la esperanza, ni siquiera en los momentos finales de nuestra vida, por muy atropelladamente que la hayamos vivido, porque Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente generoso: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y le dijo: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”(4). ¡Un ladrón arrepentido está con Jesús Resucitado en el Cielo!

El Verbo de Dios parece aniquilado por el mal. Ante el aparente fracaso, la esperanza debe inundar nuestros corazones. El mundo en tinieblas, sin Dios todo es oscuridad. Las iglesias están cerradas hasta la Vigilia Pascual, esperando la Resurrección del Señor. ¿Qué sería de la cultura, la arquitectura, el arte, la pintura, las tradiciones, sin haberse Encarnado el Salvador? ¿Y las almas y nuestras vidas? Sin Dios está la nada; con Dios lo tenemos todo.

Domingo de Resurrección

Cuando todavía no ha despertado el día, las santas mujeres van al sepulcro y ven removida la piedra de entrada. Ante la noticia, Simón Pedro y el apóstol Juan salen corriendo y encuentran la sepultura sin el cuerpo de Jesús. Los lienzos extendidos y el sudario que envolvía su cabeza enrollado aparte. ¡Jesús, el Hijo de Dios, ha resucitado! A todos les cuesta creer; a María no. ¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima! ¡Bendito el fruto de tu vientre, Jesús! ¡El Salvador ha resucitado y nos abre las puertas del Cielo! ¡La vida puede más que la muerte; la gracia más que el pecado!

En la oración colecta de la misa del jueves de la Tercera Semana de Cuaresma el sacerdote implora a Dios con esta oración: Te pedimos humildemente, a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio pascual.

Ahora entendemos que la Semana Santa no es un periodo de tristeza, de abatimiento, sino de esperanza, de alegría inconmensurable porque hemos resucitado con Cristo a una vida nueva.

Esa alegría desbordante es la que tenemos que transmitir a los demás. Que cuando te encuentres con quienes han preferido vivir la Semana Santa lejos del sentir cristiano, vean en tu rostro la alegría del Resucitado.

Pero no olvides que para obtener los frutos de la redención nuestro Señor Jesucristo ha tenido que pasar por la Pasión y Cruz, derramando su Santísima Sangre por nuestros pecados. Estos días santos deben hacernos meditar que el derroche de Amor hecho por Dios tiene que ser aprovechado para sentirnos humildemente rescatados. 

Vuelvo a ofrecerte otro video de los chicos que se hacen llamar Fearless. Por cierto, según mis fuentes de traducción del inglés al castellano esta palabra significa algo así como sin miedo. ¿Tú y yo vamos a tener miedo de implicarnos en la Nueva Evangelización a la que nos llama el Papa Francisco, teniendo por compañero a Jesús Resucitado? ¡Ni hablar!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

(1) Lc. 19,38
(2) Lc. 19,42
(3) Mt. 27,40
(4) Lc. 23,42




domingo, 23 de marzo de 2014

Cuaresma, tiempo para poner cachas el alma


Desde el pasado día 5 de este mes, la Iglesia Católica nos ofrece cuarenta días para prepararnos a celebrar el Triduo Pascual de la Semana Santa. Es tiempo de Cuaresma.

 A una gran cantidad de cristianos si le preguntaran sobre el sentido de la Cuaresma posiblemente le costaría contestar acertadamente, o lo que es lo mismo, con el sentido verdadero que la Iglesia quiere que pongamos en práctica. Vivir las exigencias de la Cuaresma no supone únicamente abstenerse de comer carne los viernes, y guardar ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; es más, podríamos decir que este es solo el aspecto externo del verdadero sentido de estos cuarenta días. Ciertamente que donde se fragua la profundidad de la Cuaresma es en otra profundidad,  en la del ser humano.

Sin embargo, la mejor explicación que puede darse de la Cuaresma –al menos así quiero intentarlo- es meterse en la mentalidad de quien tanto valor da al estado del cuerpo, para explicar el cuidado del alma que debemos alcanzar quienes así nos lo proponemos, con la gracia, por supuesto, de Dios. Es un tiempo, por tanto, para robustecer el alma, para ponerla cachas.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos dice que cachas es una adjetivo que se emplea coloquialmente para definir a una persona que está musculosa, fornida. Hoy día el culto al cuerpo está muy extendido, lo sabes. Para conseguirlo se busca un buen consejero, un preparador físico para asesorarse e instruirse en consejos y pasos a seguir para gustarse cuando nos miramos al espejo o se acerca la época veraniego de exhibir cuerpos esbeltos y atléticos. Para ello hay que apelar al sacrificio, consistente en muchos casos en abstenerse de tomar alimentos o bebidas que provoquen aumento de grasas en el organismo, horas fijas de ejercicio físico, etc. Indudablemente, hay un coste económico por asistir a sesiones en un gimnasio, pagar a un profesor de padel, comprar aparatos para hacer ejercicios en casa o, incluso si nos introducimos ya en terrenos de gran desarrollo muscular, tenemos ya productos para llenarse el organismo de proteínas, aminoácidos, creatinina, vitaminas… Resumimos estos tres elementos indispensables para un cuerpo rebosante de felicidad: consejos, abnegación y desprendimiento (económico).

Pues los tres pilares de la Cuaresma para fortalecer el alma son muy similares a los que sirven de fortalecimiento muscular: oración, ayuno y limosna.

Oración. La Iglesia invita a profundizar en la vida interior. Necesitamos ese trato más íntimo con Dios, que nos aconseje, que nos instruya para no desviarnos de la estrategia a seguir, de entrenarnos con pequeños actos para hacer su voluntad, si queremos ser obedientes a sus mandatos. El es el guía que nos orienta, que nos corrige, que nos encauza, sin gritos ni aspavientos; en el silencio de la oración es donde mejor podemos escuchar sus instrucciones.

En la oración conversamos de tú a tú con  Dios;  es un don extraordinario que los cristianos deberíamos frecuentar con más insistencia. Dios es un Padre, y como hijos podemos dirigirnos a Él con sentido filial. San Juan lo destaca en una de sus cartas: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él”(1). Y no solamente podemos dirigirnos a Dios como Padre, mediante el trato con Jesucristo también encontramos sintonía divina, e invocando al gran Desconocido, el Espíritu Santo, recibimos en nuestra alma el amor de Dios. Y si queremos hacerlo a través de una madre, ahí tenemos a María, madre de Dios y madre nuestra, y a su castísimo esposo san José, o a los ángeles custodios o a lo santos del Cielo. Un gran elenco de intercesores que conducen nuestros pensamientos y nuestras vidas hacia Dios.

Ayuno. Así nos despojamos de ataduras, apetencias, de nudos que nos aferran a nosotros mismos, olvidando nuestra relación con Dios y con el prójimo. Son pequeñas renuncias, que no tienen que ser únicamente en los día que la Iglesia nos propone, ni únicamente alimentarios; podríamos decir que es un mínimo que nos exige, pero los cristianos podemos diariamente con pequeños actos de desprendimiento eludir esas apetencias, esas comodidades “Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas”(2). Es una íntima y hermosa manera de tener pequeños detalles para fortalecer una gran amor, no grande por la inmensidad de nuestros afectos, que siempre serán muy limitados; sino por a quien lo dirigimos.

Plenus venter non studet libenter es una frase que repetían los paganos en una época en donde lo superfluo no era útil, lo útil necesario y lo necesario indispensable: no estaban cautivados por el materialismo contemporáneo, sino que buscaban discurrir para profundizar en el propio hombre. De ahí que el significado de la frase más o menos  traducida al castellano dice así: cuando uno come demasiado su capacidad contemplativa disminuye. Nos entra sueño y vamos buscando el sofá o la cama para dar una cabezacita o echarnos una buena siesta. Es una manera de identificar la aptitud del hombre moderno: estamos tan llenos de materialidad, rodeados los sentidos de tanto gusto por lo apetente que somos hombres y mujeres adormilados espiritualmente. La Cuaresma es un tiempo adecuado, para ocuparnos más de vaciar la despensa de los apetitos, para mesurar las reservas del alma.

El escritor africano Tertuliano tenía esta diáfana razón para practicar el ayuno. Así lo expresaba, a finales del siglo II: "Hay un hecho que demuestra mejor que ningún otro el deber de ayunar. Y es este: que el mismo Señor ayunó.". Poderosa razón.

Limosna. La generosidad es una virtud que muestra la predisposición a ayudar a quien lo necesita. Que de nuestro bolsillo o cuenta corriente salga un dinero destinado a paliar las necesidades de tantos hermanos, es muestra del grado de altruismo con el que  vivimos. A nuestro alrededor hay mucha pobreza, y el tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio a pensar más en los demás.



El Santo Padre Francisco en el mensaje para la Cuaresma de este año se refiere a la pobreza, y la distingue de la miseria: “La miseria no coincide con la pobreza, la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”. Y diferencia tres clases de miserias: la miseria material, llamada habitualmente pobreza; la moral, cuando nos corrompemos por el vicio y el pecado y la espiritual, cuando nos privamos de Dios en nuestras vidas, y nos fiamos únicamente de nosotros mismos.

Sentir a los pobres y sentirnos pobres. Podríamos resumir así la virtud de la limosna para esta Cuaresma. Generosidad hacia los demás y humildad hacia nosotros mismos. Porque, y son palabras del Papa Francisco en el mismo documento, “Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L.Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo”.

Hay otra generosidad que podemos poner en práctica con el prójimo en la Cuaresma de este año: la crítica, la murmuración, los juicios despiadados, la inquina y el enojo hacia quien nos ofende. Es una buena manera de hacer bien al prójimo, evitando el daño de palabra y, por supuesto, de obra.

Éstas serían las similitudes entre un cristiano, especialmente en el tiempo de Cuaresma y un amante de un cuerpo perfecto, sano y deportista, de un cachas, vamos.  Pero, ¿cuáles son las diferencias? Aquí están las divergencias.  

El fin del cachas corporalmente se encuentra en sí mismo, en su propio cuerpo, en gustarse así mismo para exhibirse ante los demás.  Para quien busca poner cachas su alma, lo importante es dedicarse menos tiempo a sí mismo, más a Dios, e ir en busca del prójimo no para presumir, sino  para encontrar en él a Jesucristo. 

Existe otra diferencia más apreciable: la meta. Mientras que el cachas corporal con el paso de los años encontrará flacidez en sus músculos,  con la desesperanza de que todo el esfuerzo ha redundado en ser superado por la edad o la enfermedad,  el cachas espiritual encontrará más fortalecida la esperanza de alcanzar  la recompensa por el esfuerzo personal derrochado y la gracia de Dios recibida; esa corona incorruptible a la que hacía referencia san Pablo:  “¿No sabéis que los que corren en el estadio todos corren, pero uno solo alcanza el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis. Y quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptibles; mas nosotros para alcanzar una incorruptible”(3).

Y un consejo que te doy, amigo mío, amiga mía, sacado de la primera Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium, escrita por el Papa Francisco; no te digo como quiere a los cristianos, sino cómo no nos quiere: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”. No olvides, pues, que la alegría del Evangelio se encuentra en el Domingo de Resurrección.

En este video un grupo de universitarios nos invitan a participar hoy en el Día Internacional de la Vida en España,  previo a pasado mañana que la Iglesia celebra la Anunciación del Señor, justo nueve meses antes de su Nacimiento.  Estos chicos van a ser asiduos en este blog. Ya lo veréis.  Sin desmerecer ni mucho menos a los demás que intervienen, me quedo con la segunda joven que sale. Explico la razón: es mi hija mayor, Elena. Es una manera de presentártela. Tanto gusto. El gusto no, el gustazo, desde luego, es mío.

(1) 1 Jn. 3,1.
(2) San Josemaría Escrivá, Es Cristo que Pasa, pág. 128
(3) 1 Cor. 9, 24-25

viernes, 28 de febrero de 2014

Señor, que bien estamos aquí


Ya sé que el niño disfrazado de Papa Francisco no piensa en esos momentos lo que da pie al título de esta entrada; pero no me digas que no es encantadora la imagen. Ocurrió en la audiencia del pasado miércoles. Como ya estamos en carnavales a su madre se le ocurrió la idea de vestir así al chaval y presentarlo al Papa. Francisco no tuvo reparo en cogerlo cariñosamente entre sus brazos. En esta entrada nos referiremos al Papa Francisco y también a una madre.

Con este post doy por concluido los dedicados a invitarte a establecer un idilio entre tú y ese personaje tan carismático y que tanto ha trascendido en la historia de la Humanidad, Jesús de Nazaret. Noviembre fue el mes donde te sugerí descubrir el inmenso amor de Dios hacia ti; en diciembre, aprovechando las fiestas navideñas, te ofrecí impregnarte de esa santísima Humanidad de Jesucristo; en enero me referí al lugar del encuentro con Él, en la Iglesia, y en este mes que concluye te puedo mostrar el modo y manera en que el Señor se relaciona con aquéllos que le buscan.

Si como hombres y mujeres que profesamos la fe católica consideráramos que  perteneciendo a una institución jerárquicamente estructurada, cumplidores de unas normas morales de conducta y fieles a unos actos de piedad establecidos para dar culto a Dios, estaríamos en el camino de salvación, quedaría sometido el futuro de nuestras almas al resultado de nuestros propios aciertos y errores, dependientes del esfuerzo personal de cada uno. El camino estaría errado; nos faltaría la principal cualidad: la gracia de Dios. El cristianismo se asienta en tres pilares insustituibles: Cristo, Iglesia y Sacramentos.

El lugar para alcanzar la gracia de Dios, para vivir cara a Dios, pasa por pertenecer y vivir dentro de la Iglesia; porque es el lugar determinado por Jesucristo para llevar a cabo su plan de salvación a través de los Sacramentos. Esta es la clave para entender el compromiso cristiano de ser miembro de la Iglesia.

¿Y qué es un Sacramento? La definición más entendible a mi juicio es la que proporciona E. Schillebecks: “Un sacramento es, ante todo y sobre todo, un acto personal de Cristo que nos abraza, en el plano de la visibilidad terrestre de la Iglesia”. En realidad, los sacramentos “sustituyen” la presencia visible de Jesús y en ellos el creyente se encuentra con Él (1).

 Si queremos encontrarnos con la persona de Jesucristo estamos abocados a recibir los Sacramentos. El alma necesita la fortaleza, el alimento imprescindible para tratar al Señor; el cauce de la gracia son los Sacramentos. San Ambrosio escribe: “¡Cristo, te me has manifestado cara a cara; te encuentro en tus Sacramentos!”. Jesucristo actúa en la Iglesia, de un modo misterioso pero real por medio de ellos. Así se,  perpetúa su promesa: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28,20).

A modo de síntesis podríamos exponer que la labor de la Iglesia es hacer presente a Cristo entre los hombres, anunciar su doctrina, llevando a cabo la obra salvadora encomendada a Pedro y a sus discípulos, los Apóstoles.

Como hijo de la Iglesia me gusta referirme a ella como madre: “Veamos en la Iglesia a una buena mamá que nos indica el camino a recorrer en la vida, que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y que sabe ponernos en las manos de Dios” (2).

 Nos acoge como una madre en el momento del Bautismo, nos concede esa madurez espiritual en el Sacramento de la Confirmación, nos perdona y nos ayuda en la lucha espiritual mediante el Sacramento de la Penitencia, alimenta el alma y nos fortalece con el Sacramento de la Eucaristía y al final de nuestra vida nos acompaña en el Sacramento de la Unción de Enfermos. Para que Cristo pueda hacerse “presente” en nuestras almas necesita de hombres capaces de administrar esos Sacramentos; de ahí el del Orden Sacerdotal, y mediante el Sacramento del Matrimonio, refuerza el vínculo matrimonial entre los esposos, renueva la entrega prometida y en las etapas de crisis vigoriza los lazos entre padres e hijos fortaleciendo la unidad de la familia.

Cristo, por tanto, se encuentra en la Iglesia. Seguirle es estar en la Iglesia. No es posible mantener el enamoramiento pensando solamente en la persona amada; se piensa en ella cuando no está, pero se espera el momento del encuentro. Esa ocasión esperada para participar plenamente en la dicha de tenerle cerca, dentro del alma, ocurre en la Iglesia. Podríamos afirmar con el cardenal Christoph Schönborn que “Quien ha encontrado la Iglesia, ha encontrado el camino del hogar” .

En toda relación es preciso que los enamorados donen parte de sí mismos contribuyendo mutuamente a esa unión de afectos; la entrega es de un yo para ti y viceversa. La persona enamorada busca agradar, complacer al otro olvidándose de sí mismo. Jesucristo, toma la iniciativa: toda la divinidad la entrega para ti, para mí, para todos los hombres sin excepción a través de los Sacramentos. Y quien lo encuentra puede exclamar como Pedro, cuando Jesús se transfiguró mostrando a él, a Santiago y a Juan la divinidad de su Cuerpo: “Señor, qué bien estamos aquí” (3).

Sí, pensarás que lo que te propongo es una aventura, tal vez la más importante de tu vida; lo es. Te propongo ver este video para despegarte un poco de la comodidad en que fácilmente podemos incurrir, para despegar hacia metas espectaculares. A ver qué te parece.

(1) Aurelio Fernández, Yo Creo, pág 161
(2) Papa Francisco, Audiencia General, 18-IX-2013

(3) Mt. 17, 1-4


domingo, 26 de enero de 2014

Venid y lo veréis

Venid y lo veréis. Esta es la respuesta que Andrés y Juan recibieron de Jesús al  preguntarle dónde vivía(1). Debieron quedar impresionados del trato con el Maestro al constatar Juan la hora que tuvo lugar el encuentro: la décima. El encuentro con Cristo siempre marca una época en la vida personal; siempre hay un antes y un después.

En el post de diciembre había quedado en señalarte un lugar para encontrarte con Él. Te hablo, ya sabes, de Jesús de Nazaret,  cuya vida no es una leyenda: “El pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud”(2).

Es normal que cuando dos personas estás enamoradas siempre existen lugares especiales para encontrarse, para entablar una amistad más profunda, para conocerse el uno al otro, para que el amor crezca con el trato. En el caso que nos ocupa, este lugar se llama Iglesia. Jesucristo así lo dispuso, con un proyecto divino de eficacia y duración: para toda la vida. Fue muy claro en la misión encomendada a Pedro: “y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18). En tres ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús  el término “Iglesia”,  y 114 veces se hace mención a lo largo de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

La palabra Iglesia -en griego (Ekklêsía)- significa “convocación”. A los cristianos Dios nos convoca para que convivamos en una misma vocación y misión. Tiene todo el sentido de la lógica humana: la cualidad de socialización es característica primordial entre los hombres. Estamos necesitados unos de otros; nadie, por muy independiente que se crea o piense que así vive, es ajeno a depender de otro. Y si no piensa desde que te levantas hasta que te acuestas cuantas personas han sido necesarias para desarrollar tu vida diaria: el conductor de transporte público que te aproxima hasta la parada próxima a tu trabajo, el panadero que te suministra el pan, el kioskero que te vende el periódico, la empleada de mercería que te vende esos hilos para arreglar el vestido que te has comprado y te queda un pelín largo, el empleado de esa compañía telefónica que te ha gestionado el contrato para financiar el teléfono móvil de última generación que te has comprado o te han dejado los Reyes Magos… Sorprendente el número de personas que sin percibirlo colaboran en cubrir tus necesidades básicas diarias a veces, y excepcionales en otros casos.

Sin embargo, algunos cristianos dicen poner en práctica con éxito aparente  ese eslogan de “Cristo sí; Iglesia, no”. El beato Juan Pablo II dio cumplida cuenta y formuló una contestación a esta idea, afirmando: “Cristo sí; Iglesia, también”. No es una propuesta moderna ésta que contradictoriamente se propugna; ya San Cipriano en el siglo III enseñaba que “Nadie puede llamar a Dios Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”. Si en la economía de salvación Dios hubiera previsto no ser imprescindible convocarnos y convivir entre los católicos, no hubiera instituido la Iglesia. Pero Dios sabe más. Veintiún siglos desde que Jesucristo instituyó la Iglesia, la única Iglesia fundada por Él, es argumento suficiente para reflexionar sobre su carácter sobrenatural;  necesaria e imprescindible su existencia. Por tanto, es cuestionable sostener con perspectiva humana que el hombre pueda salvarse solo.

 En  la Audiencia del Papa Francisco el pasado día 15, se refería con estas palabras a la necesidad de pertenecer y vivir en la Iglesia: “Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser “canales” de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados”.

A pesar de nuestros límites y nuestros pecados. Quien piense  que la Iglesia está solamente  constituida para curas y obispos, y grupo selecto de fieles con grandes cualidades personales para ser piadosos, están tan equivocados  como quienes piensan que la Iglesia es hoy día una institución pasada de moda en la que pocos viven y predican con el ejemplo. Hay de todo en la vida del Señor. Entre el trigo hay cizaña, que no es lo mismo que decir que entre la cizaña hay trigo.

Los apóstoles no eran un dechado de perfecciones. El primer intento de “tráfico de influencias” tuvo como protagonistas a los hermanos Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que a instancia de su madre propusieron a Jesús sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino de los Cielos(3). Pocos días más tarde otro de ellos,  Judas Iscariote, vendió al Maestro por treinta monedas a los príncipes de los sacerdotes(4). Y en la noche del apresamiento del Señor, Pedro le negó por tres veces(5).

A lo largo de la historia de la Iglesia vemos cómo se pone de manifiesto la fragilidad de los cristianos, arrastrados por otros que olvidaron ese consejo evangélico de Juan Bautista -“Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn. 3,30)- provocaron herejías, doctrinas contrarias a la fe,  cismas en Oriente y Occidente, escándalos… Los grandes Padres y Doctores de la Iglesia no aparecen en periodos cándidos, recogidos en las celdas de sus monasterios sin otro ideal que elucubrar y buscar inspiraciones divinas para dejarlas escritas. Destacan, ante todo, por afianzar la Tradición de la Iglesia, ante la extensión de conductas y pensamientos desviados originados entre propios cristianos. El origen del  Credo de Nicea-Constantinopla, por hacer referencia a un dogma de fe, data del siglo IV y es la verdad fundamental de la Iglesia, regla de fe tanto en Occidente como en Oriente, para fortalecer la doctrina de la Santísima Trinidad y vencer definitivamente al arrianismo, enseñanzas que nacieron de Arrio, presbítero alejandrino nacido en Líbia.

En el año 2000 la Basílica vaticana asistió a un acto histórico. Fruto del éxamen de conciencia para la preparación del Jubileo, el beato Juan Pablo II presidía una celebración solemne dedicada al reconocimiento ante Dios y los hombres de las faltas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Siete cardenales arzobispos colaboradores del entonces Obispo de Roma elevaron a Dios siete súplicas de perdón. “Nunca más contradicciones con la caridad en el servicio de la verdad; nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas contra cualquier pueblo; nunca más recursos a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos” fueron las palabras con las  que el Papa Wojtyla cerró el acto.

No recuerdo que quienes con sus planteamientos filosóficos e ideológicos  infringieron dolor y sufrimientos a tantos millones de seres humanos por “crear” paraísos terrenales  en la vida pidieran perdón;  ni quienes propugnan todavía hoy  estas ideologías totalitarias por las que se han ocasionado grandes holocaustos hayan pedido perdón; ni quienes a costa de explotar y engañar al prójimo para obtener beneficios económicos exacerbados, hayan pedido perdón; ni a los principales responsables de organismos internacionales,  que conociendo que la tercera parte de los alimentos en el mundo y la mitad en Europa se tiran, mientras que uno de cada siete habitantes de la tierra pasa hambre, hayan pedido públicamente y a nivel internacional perdón, por cometer, provocar o aceptar semejantes ambrunas; ni que aquéllos líderes que profesan una religión en la que el grito más sonoro en los cinco continentes es el de “Boko Haram” (“Occidente es culpable”), hayan pedido perdón por los miles de asesinatos y barbaries cometidos en nombre de un Dios al que manipulan con intenciones políticas. En fin, no conozco que quienes crearon la esclavitud, la guillotina en nombre de una revolución para implantar unos derechos y libertades en el mundo; el marxismo, el nazismo o el capitalismo como sistemas opresores del género humano; el aborto como derecho a costa de segar vidas de seres humanos indefensos, hayan pedido perdón. La Iglesia, que ha sido clara y perseguida por levantar la voz contra estas atrocidades, sí.

Porque Jesús –acuérdate que este nombre propio significa el Salvador-, no ha venido para quienes se creen justos, hombres y mujeres impolutos, seres perfectos, sino para llamar a los pecadores(5), a quienes sentimos el peso de nuestras miserias, para quienes nos consideramos enfermos pero nos sentimos convencidos de que el Médico de las almas puede curarnos.

Mientras Chioma Dike quedaba en casa preparando la comida de Navidad en 2011, terroristas islamistas hacían estallar un coche bomba en la puerta de su parroquia: cuarenta y un feligreses morían, entre ellos su marido y sus tres hijos.  “Tengo el corazón roto –confesaba Chioma- pero lo pongo todo en manos del Señor. Sólo Él puede consolarme, nunca perderé la fe en Él”. Ocurrió en Nigeria. Este pasado año han muerto en parecidas circunstancias 1.200 personas. ¿Y qué hacen los cristianos? Perdonar.  Hezekiah Kovona es uno de los 327 seminaristas en la ciudad de Jos. “Nosotros –dice- queremos ser sacerdotes. En Nigeria los extremistas siguen el camino de la violencia, pero nosotros queremos seguir el camino del Señor”. Estos son solo dos testimonios de dos nigerianos, cuyo país es el principal vivero de vocaciones de toda Africa: 5.000 seminaristas, miles y miles de monjas, cristianos comprometidos para dar testimonio de Jesucristo, exponiéndose a arriesgar sus vidas. Se destruyen templos, pero se reconstruyen y los padres llevan a sus hijos a catequesis para aprender a perdonar, para aprender a amar. Ninguno actúa por su cuenta, no aplican el eslogan de “Jesucristo, sí; Iglesia, no” porque saben que estar fuera de la Iglesia es estar ausentes de Dios.

Por eso hace más de dos mil años Jesucristo fundó la Iglesia. Para perdonar. Para amar. Para que tú y yo podamos descubrir y disfrutar de la Misericordia de un Dios capaz de hacerse hombre para que el hombre sea capaz de convivir con Dios. Y ese Dios es el que se hace presente en la Iglesia. ¿Cómo? Perdona la insistencia: Venid y lo veréis. ¿Quedamos para el siguiente post?

Como una imagen vale más que mil palabras, te dejo unas cuántas durante dos minutos. Es una buena manera de terminar este post. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Navidad, Dios con nosotros








En el precedente post te sugería decantarte por la opción para el destino final de tu alma después de la muerte. Dentro de las opciones que te brindaba estaba la preferida por mí, ¿te acuerdas?: la del enamoramiento. Naturalmente debía presentarte a la persona que antes de que tú puedas amarla, ella ya te ha amado primero. Las fechas en las que nos encontramos son de lo más propicias para hablar de esa persona; nos estamos preparando para celebrar su nacimiento. Te la presento: se llama Jesucristo.

Todas las religiones son iguales. Esta frase la habrás oído en infinidad de ocasiones; incluso puede que seas partícipe de que quienes las pronuncian lleven razón. Es una manera de desligarse de una religión en particular. Resulta peculiarmente fácil encuadrarlas a todas desde un prisma negativo.

Sin embargo, en estas fechas navideñas, a poco que indaguemos en las características de las religiones,  se aprecian las diferencias trascendentales. Si quieres, las repasamos.

a) Budismo. Surge después de la búsqueda apasionada de Siddharta Gautama, hombre inquieto, religioso, por conocer el sentido de la existencia humana y el origen del sufrimiento. Un día tiene una iluminación –este es el significado de Buda-, y comienza a indicar el camino para llegar a Dios. Pero Buda no es Dios, él no se declara Dios.

b) Confucionismo. Confucio fue el restaurador de las creencias religiosas del pueblo chino, no fue ni el fundador ni dirigente religioso. Enlaza la religión con las tradiciones culturales y con la familia dirigidas hacia un Dios de lo que procede todo.

c) Hinduismo. Es un cúmulo de creencias religiosas que confiesa la fe en un Dios único, absoluto, al que denominan Brahmán. Sus seguidores investigan el misterio divino, expresado mediante mitos, ayudados de la filosofía, para liberar de las angustias de nuestra condición humana.

d) Mahometismo. Afectado de una crisis a la edad de 40 años, Mahoma se dedica a la meditación y ayuno durante un mes en una gruta cerca de la Meca; una noche del año 610, afirma que ha recibido una visita del arcángel san Gabriel que le revela que Allah es el verdadero Dios.

Estas cuatro religiones tienen un denominador común: el hombre es el que busca a Dios. Es una relación nacida de la búsqueda. La religión judía tampoco parte de esta inquietud religiosa. Junto con la cristiana es revelada; es decir, es Dios quien sale al encuentro del hombre. Su fundador es Abraham y su principal impulsor Moisés. Pero hay un personaje histórico que distingue la esperanza del pueblo judio con la esencia del cristianismo: Jesús. Mientras el judaismo espera la llegada del Mesías para instaurar el reino definitivo en la tierra, los cristianos damos por hecho, y por eso lo celebramos el 24 de diciembre, que las promesas de Dios se cumplen con el Nacimiento de Cristo.

Es un hecho incontrovertible que Jesucristo es un personaje más de la historia, tan fiable es su existencia como la de Napoleón, Carlomagno o Cristóbal Colón. Nace de una joven virgen (Misterio de la Encarnación), no para pasarse por un piadoso y ejemplar creyente, ni como un rabino, ni como un iluminado, ni siquiera como un nuevo profeta, sino para hablar y obrar con la dignidad de un ser superior. Afirma con tal claridad que es Hijo de Dios, que va a ser acusado por las autoridades religiosas judías por blasfemo. Y el colmo de lo sorprendente: se iguala a Dios Padre. Los judíos deben “honrar al Hijo como honran al Padre. (Jn. 5,23). Durante su vida pública Jesús pone énfasis en su divinidad, en los cuatro evangelios se cuentan hasta un total de 39 milagros. “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia en Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”(1). No propugna ideología alguna. El pueblo judio esperaba un Mesías pero Él no asume un liderazgo terrenal;  ante el gobernador romano declara que su reino no es de este mundo(2). Sin embargo, las enseñanzas de Jesús de Nazaret aporta un gran sistema de pensamiento humano-religioso en beneficio de la convivencia política, social y económica entre los hombres (3). A pesar de devolver salud a los enfermos, de resucitar a muertos, busca sanar al hombre de una herida más profunda: el pecado(4). Después de su muerte, en presencia de sus discípulos su cuerpo glorioso asciende a los Cielos(5).

¿Se engaño? Si es así, es el mayor iluso que ha tenido la historia. Pero un loco no es capaz de transformar dos mil años de historia. Ni dividirla, antes y después de su Nacimiento. Ni es capaz de atraer a tantos millones de personas  que se han entregado y se entregan por su causa, poniendo en riesgos sus vidas e incluso muriendo hasta sufrir martirio. Tantas personas llevando a cabo las exigencias del Evangelio, la entrega a los demás por amor a Dios, escritores, artistas, arquitectos, pintores inspirados por Jesucristo y su mensaje de salvación para los hombres,  no hacen más que dar testimonio de su divinidad.

Este es Jesús de Nazaret,  el Hijo de Dios. Exponía al principio de este post la peculiaridad del cristianismo: la Revelación, es decir, Dios a través de la Santísima Humanidad de Jesucristo, da a conocerse, con actos y palabras manifiesta la intimidad divina. Siendo Todopoderoso podría haberse manifestado de manera portentosa ante la criatura humana. Pero no. Se hace niño envuelto en pañales por su Madre, se somete al esposo de María, San José; hasta el comienzo de sus enseñanzas públicas vive una vida corriente entre su familia y vecinos, es el hijo del carpintero; habla con autoridad, pero no impone; cura y perdona pecados y, sin embargo, busca pasar desapercibido; entrega su vida clavado a un madero, porque se llama Jesús, y como significa su nombre, es el Salvador.

Y, sin embargo, quiere ganarse a todos los hombres, a ti y a mí amigo mío, amiga mía, por medio del amor: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”(6). Es una locura, una locura divina de amor. Las mayores locuras que podemos hacer nacen de un corazón enamorado; ¿quién no ha sido capaz de actuar en ocasiones irracionalmente para ganarse las simpatías de la persona que tanto nos atrae? 

Es preciso metérnoslo en la cabeza, pero más aún en el corazón, te lo propongo para estas Navidades que ya están aquí: ¡Dios te ama! La diferencia más apreciable que hay entre los seres humanos se reduce a una: aquéllos que conocen el amor que Dios nos tiene y los que lo ignoran: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene”(7). Estas entrañables fiestas deben ser las de la concienciación clara de una evidencia: ¡Dios nos ama! Se necesita creer, efectivamente, es preciso avivar esa fe, pues “La fe es ante todo un encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y solo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más”(8).

El 24 de diciembre no es una fiesta para recordar el nacimiento de Cristo, si fuera así sería caer en un reduccionismo del verdadero sentido de esta fecha; la Nochebuena es una oportunidad para que Jesús de Nazaret entre en tu vida. Es una ocasión para  abrirle la puerta del corazón. Siempre podemos darle un mejor cobijo, darle un mayor protagonismo. Si contemplas un nacimiento -ojala lo tengas expuesto en tu casa- detente un poco más de lo habitual y no solamente rememora el Misterio del Nacimiento de Cristo, sé osado, como un pastorcillo de los primeros en llegar a la gruta de Belén, y píde al bueno de San José ser tan paciente, sencillo y sereno como él; a la Virgen María un corazón tan limpio como el suyo para ayudarte a descubrir que Jesús es Dios,  y al Niño que no te acostumbres al amor que Dios te tiene, para que cada día te admires de que el Todopoderoso sea capaz de amarte como si fueras el único habitante de la tierra.

Si te atrae el plan de Dios, si te enamora Jesucristo, en el próximo post te aconsejaré un lugar para encontrarte con Él. Solo queda fijar el sitio idóneo para vivir apasionantes encuentros con Jesús. 

Te obsequio con este video. Saco una reflexión: qué tristeza la del ser humano que pone el cartel de overbooking en su corazón y cierra las puertas al amor de Dios.

¡Feliz y santa Navidad!


(1) Mt. 11, 4-7
(2) Jn. 18, 36-37
(3) Lc. 6, 20-23
(4) Lc. Lc. 5, 31-32
(5) Jn. 24, 50-51
(6) Jn. 13,34
(7) 1 Jn 4, 16
(8) Benedicto XVI, Catequesis, 21/10/09